Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Empecé a desear al novio de mi madre en secreto

Hay deseos que uno carga durante años sin atreverse a nombrarlos. El mío empezó el verano en que cumplí dieciocho, y todavía hoy, cuando lo recuerdo, siento el mismo nudo en el estómago. No es culpa exactamente. Es algo más incómodo: la certeza de que aquello me marcó para siempre.

Crecí solo con mi madre. Nunca conocí a mi padre y ella jamás me habló de él. De chico ya me daba cuenta de que era una mujer atractiva, de esas que hacían girar la cabeza a los vecinos cuando salía a tender la ropa, pero por alguna razón nunca le conocí una pareja. Hasta que apareció él.

Fue una tarde de sábado, en el centro comercial. Nos cruzamos con un hombre que yo, en ese momento, calculé que rondaría los cuarenta. Se llamaba Marcelo. Era alto, mucho más que nosotros, pasaba con facilidad el metro ochenta, y tenía una espalda ancha que ni la ropa holgada lograba disimular. Cara simpática, barba poblada, una sonrisa que parecía sincera.

—Así que vos sos el hombre de la casa —me dijo, y me tendió una mano enorme, áspera, de las que aprietan sin querer hacer daño.

No le contesté gran cosa. Estaba en esa edad en la que todo me daba vergüenza. Él lo notó y, en lugar de insistir, me compró un par de cosas y terminamos los tres en el cine.

Mi madre no me explicó nada esa tarde, pero no hizo falta. Apenas empezamos a caminar entre las tiendas, se tomaron de la mano. Llamaban la atención como pareja: ninguno de los dos era feo y se complementaban bien. Sobre todo por la altura de Marcelo, que la sacaba por más de una cabeza. A ella, a su lado, se la veía pequeña y feliz.

Nos llevó a casa en su auto, frenando antes para comprar comida así mi madre no cocinaba. Al despedirse se dieron un beso corto, de esos que apenas rozan. Era la primera vez que la veía besarse con alguien, y para mi sorpresa no me molestó. Me dio exactamente igual. Bajé del coche con las bolsas y entré silbando.

***

A partir de ahí, Marcelo se volvió parte de nuestros fines de semana. Mi madre me dijo, con cierta cautela, que eran novios. Yo no le di mayor importancia. Lo único que me importaba en esa época era que por fin podíamos viajar, conocer lugares a los que nunca habíamos ido porque no teníamos auto. Y eso me bastaba.

Hasta que, después de unos meses, fuimos a la playa. Y lo vi sin camiseta por primera vez.

Marcelo pasó a buscarnos temprano, vestido de manga larga pese al calor. El viaje fue largo. A mitad de camino paramos a cargar nafta y comprar algo para picar, y volvió al auto sin la camiseta, solo con una musculosa. Tenía unos brazos grandes, trabajados, y un pecho que tensaba la tela. Yo ya había empezado a sentir cosas por un compañero de clase, así que no era del todo ajeno a lo que me pasaba. Pero esa mañana, viéndolo flexionar el brazo para acomodar el espejo, me quedé embobado de una forma nueva.

Llegamos a una playa preciosa. Era mi primera vez frente al mar. Mientras mi madre y yo nos cambiábamos en una carpa, Marcelo se adelantó. Cuando salí, ya estaba de pie en la orilla con un short corto que dejaba a la vista sus piernas, peludas y firmes. Pero mis ojos fueron directos a su abdomen: marcado, cubierto por una fina capa de vello que bajaba desde el pecho y se perdía bajo la cintura del short.

Era la primera vez que veía a un hombre así, de cerca, en carne y hueso. Y me encantó. No era el único que lo miraba: varias mujeres giraban al pasar. Cuando salió del agua, escurriendo, acomodándose el pelo hacia atrás con las dos manos, sentí que me ardía la cara y tuve que mirar al horizonte para disimular.

La tarde fue genial, aunque me resultaba imposible no buscarlo con la mirada. Cada vez que se recostaba en la arena con los brazos detrás de la nuca, yo tenía ese torso a un metro de distancia y no sabía dónde poner los ojos. Esa noche dormimos en un hotel con piscina, y mi madre insistió tanto que terminamos los tres en el agua. Con la excusa de enseñarme a nadar, Marcelo me sostenía de la cintura. Lo único que aprendí fue a flotar; lo demás del tiempo lo pasé observándolo de frente, con la piel mojada brillando bajo las luces, abrazando a mi madre que reía.

***

Después de ese viaje agarré más confianza con él. Empezamos a charlar, me enseñaba a jugar a la consola, me prestaba atención de un modo que yo no estaba acostumbrado a recibir. Y, poco a poco, comenzó a quedarse a dormir.

Nunca escuché nada raro desde el cuarto de ellos, ningún ruido, ningún gemido. Yo me dormía temprano porque al día siguiente tenía clases. Pero había una señal infalible: las noches que Marcelo se quedaba, comíamos distinto, platos que él mismo cocinaba. Y cocinaba sin camiseta. Era habitual verlo salir de la cocina sudado, con el repasador al hombro, y a mí eso me provocaba una mezcla de calor y vergüenza que no sabía cómo manejar.

También se volvió costumbre que, al salir del gimnasio, pasara por casa y se quedara un rato dando vueltas en musculosa, ayudando a mi madre a mover muebles o arreglar cualquier cosa. Marcelo siempre fue respetuoso conmigo. Yo no lo era con él, al menos no en mi cabeza. Cada vez que lo veía con esos shorts cortos del gimnasio me resultaba imposible no imaginar cómo se vería completamente desnudo. La ropa no ayudaba: la tela fina marcaba un bulto que aparecía y desaparecía con cada movimiento, y un trasero que me robaba la atención de un modo que me daba miedo.

Así pasaron unos tres meses, entre noches que se quedaba y visitas que se estiraban hasta la madrugada. Hasta que una cena mi madre me anunció que Marcelo iba a venirse a vivir con nosotros. Tres días después, ya estaba instalado.

De él no podría decir nada malo, ni una sola cosa. Era el tipo de hombre que cualquiera querría tener cerca: amable, cariñoso, trabajador, respetuoso. Casi no tomaba. Y, encima, tenía el cuerpo y la cara de alguien que no debería existir en la vida real, solo en una pantalla.

***

Vivir bajo el mismo techo no lo cambió en nada. Se comportaba como si fuera mi padre, y ese era justamente mi problema: yo no lo veía como un padre. Lo veía como un hombre con el que, en otra vida, me hubiera gustado estar. Y la convivencia solo empeoró las cosas, porque empecé a verlo con cada vez menos ropa.

Con el argumento de que ya éramos una familia, y de que entre hombres no había nada que esconder, comenzó a andar más ligero. Primero una camiseta ajustada y bóxer, nada más. Se le marcaba todo. Mi madre no decía nada, y para mí era lo mejor del mundo verlo cruzar el living así, descalzo, como si nada.

Una mañana lo crucé saliendo del baño con un bóxer blanco, pequeño, todavía con la piel húmeda. Me quedé hipnotizado. Por primera vez lo tenía tan cerca y tan desnudo que no me salió ni una palabra. Cuando pasó a mi lado, le rocé el brazo sin querer, y esa altura suya, esa forma en que tenía que bajar la cabeza para mirarme, me dejó temblando el resto del día.

En otra ocasión salió disparado de su cuarto, también en bóxer, con una bolsa de basura en la mano, porque el camión ya estaba doblando la esquina. Me pidió que la sacara yo. No pude evitar notar que la tela se le marcaba más de lo habitual. Y esa misma tarde, hurgando para acomodar otra bolsa, encontré entre los desechos un envoltorio de preservativo, anudado, todavía con olor a látex.

Ese hallazgo cambió algo en mí. Me volví, sin proponérmelo, un coleccionista de pistas. Empecé a esperar la hora en que lo vería en bóxer, pero también empecé a revisar la basura de su cuarto. Lo seguí viendo en ropa interior muchas veces: a veces el bulto era apenas un relieve discreto, otras se notaba más pesado, y una vez salió casi del todo erecto, acomodado hacia un costado, gruesa la silueta bajo el slip ajustado que le marcaba las piernas. Pero lo que siempre terminaba atrapándome no era eso. Era ese rastro de vello que bajaba desde el ombligo y desaparecía bajo la cintura.

De la basura rara vez sacaba algo. Una vez encontré un preservativo con apenas un resto en la punta; otra, uno más cargado que, no sé por qué, terminé apretando entre los dedos hasta dejarlo pegajoso. Otras veces aparecían demasiado viejos y sucios, y ni los tocaba. Me sorprendía que en todo el tiempo que vivimos juntos jamás escuchara un solo sonido desde su cuarto, y que sin embargo esos rastros fueran la prueba muda de una vida sexual que yo solo podía imaginar.

Aproveché cada oportunidad de verlo así, con el bulto pequeño y dormido o tenso y despierto, y me lo comía con los ojos sin que él lo supiera. Nunca dejé de imaginar cómo se vería completamente desnudo. Para mi mala suerte, esa imagen jamás llegó a concretarse: unos meses más tarde, mi madre y Marcelo se separaron, y él se fue de casa una mañana cualquiera, con las mismas manos enormes y la misma sonrisa, sin sospechar nada de lo que había despertado en mí.

Nunca volví a verlo. Pero durante años, cada vez que un hombre alto de barba poblada se cruzaba en mi camino, algo en el pecho se me apretaba igual que aquel primer verano frente al mar.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (4)

NicoAndrade

Tremendo relato, no me lo esperaba así. 10/10

Romina_MdP

Por favor seguí con esto, quede con muchas ganas de saber que paso despues!

LectorNocturno88

Me enganchó desde el principio. Hay algo en esa situación de lo prohibido que te atrapa aunque no sea tu historia personal

Carlox88

¿y como termino todo? esperando la parte 2 ansioso

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.