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Relatos Ardientes

El pastor que se desnudó en la loma y no estaba solo

Bruno Vidal no era como los demás pastores del valle, y todo el mundo en la zona lo sabía.

No había nacido allí. Vino al mundo en Valencia, entre semáforos y ruido de tráfico, pero hacía una década su familia decidió dejar la ciudad y rehabilitar la finca que su abuelo, don Eustaquio, tenía en plena montaña. Bruno era entonces un adolescente que no sabía ni sujetar bien una pala. Se le caían las herramientas de las manos, se quemaba al sol, terminaba cada jornada con los músculos doloridos. Pero se empeñó en convertirse en un hombre de campo de verdad, sin renunciar por ello a quien era.

Y con los años lo consiguió. Por fuera parecía tallado a hacha. Era muy alto, igual que su padre, con el pelo pelirrojo y rizado, peinado siempre de cualquier manera. El cuerpo le acompañaba la estatura: ni delgado ni gordo, sino ancho, macizo, con un torso muy desarrollado de tanto cargar fardos y arrastrar animales. Un vello espeso le cubría el pecho y bajaba hasta el ombligo. Cuando se miraba al espejo después de la ducha, le gustaba lo que veía.

Porque todo lo que tenía de viril por fuera lo tenía de delicado por dentro. Su sensibilidad era cosa sabida en el pueblo, motivo de chanza para algunos de sus compañeros, que lo miraban como a un bicho raro que ensuciaba la imagen ruda de la profesión ganadera. A él le resbalaba. Seguía escuchando baladas a todo volumen mientras ordeñaba, seguía emocionándose con las novelas románticas que devoraba en las tardes de invierno. Y nunca ocultó que le gustaban los hombres. Lo decía sin bajar la voz, aunque su estampa fuese la antípoda exacta de lo que la gente esperaba de un gay.

La historia que voy a contar ocurrió la primavera pasada.

Bruno salió una mañana a llevar a sus ovejas a pastar a una loma no muy lejos de la finca. Iba armado de sus auriculares y de su teléfono, subiendo la cuesta a paso lento mientras el rebaño se desperdigaba entre las matas. Se había despertado especialmente coqueto consigo mismo, con esa cosquilla en el cuerpo que no avisa pero que se nota en cada gesto. El sol calentaba la espalda. El aire olía a tomillo.

Llegó a lo alto, se sentó bajo un árbol solitario y dejó que los animales pacieran a su antojo. Allí, con el valle entero a sus pies y nadie a la vista, sintió que la cosquilla se volvía urgencia. Tiró de imaginación y de recuerdos. Pensó en su última noche en la sauna, en aquel desconocido de manos grandes, y la sangre empezó a bajarle hacia donde quería.

Se quitó la camiseta y la dejó hecha un ovillo sobre la hierba. Empezó despacio, jugando con sus pezones, paseando la palma de la mano por el vello del pecho, apretando el bulto que ya se le marcaba en el pantalón. La brisa le erizaba la piel. Cerró los ojos.

Llevaba así unos minutos cuando notó algo. Una mirada. Esa sensación inconfundible de no estar solo. Se giró de golpe, escudriñó los arbustos del fondo, no vio a nadie y volvió a lo suyo, convencido de que era el viento moviendo las ramas.

Siguió. El bulto ya tomaba dimensiones serias y le pedía espacio. Se desabrochó el pantalón y lo bajó hasta las rodillas. La tela del slip estaba húmeda de tanto líquido pre-seminal. Tiró de la goma y liberó una polla palpitante, gruesa, surcada de venas y cubierta del mismo vello pelirrojo que el resto del cuerpo. Se desvistió del todo y quedó completamente desnudo sobre la loma, a la intemperie, libre.

Empezó a darse placer con ganas. Y justo cuando subía el ritmo, justo cuando estaba a punto de perderse, un gemido brotó de uno de los matorrales que había tras el árbol.

Esta vez no era el viento.

Bruno se levantó despacio, desnudo y empalmado, y se acercó sin hacer ruido. Apartó las ramas y se encontró con un chico joven, de poco más de veinte años, tocándose entre jadeos con los pantalones por los tobillos. El cuerpo no era muy distinto al suyo: normal, con algo de vello, y una polla que sin ser enorme se veía gruesa y reluciente de tan excitada.

—¿Se puede saber qué cojones haces? —soltó Bruno, con una mezcla de sorpresa, recelo y curiosidad.

El chico salió de su trance de golpe y pegó un respingo, blanco como la cera.

—Joder, tío, estaba paseando por la colina, te vi y no lo pude evitar —balbuceó, muerto de vergüenza—. No me hagas nada, por favor.

Bruno lo miró fijamente. Conservaba rasgos de cría todavía, suavizados por una barba poblada pero bien recortada. El pelo, moreno y sudado, lo llevaba igual de revuelto que él. Le temblaba el labio.

—Me… me llamo Adrián —dijo, con una lágrima cayéndole por la mejilla.

—Ponte de pie y acércate —respondió Bruno, que curiosamente no había perdido ni un milímetro de erección.

El chico dudó. Luego se incorporó y dio dos pasos cortos hasta quedar frente a él. Era un poco más bajo, lo justo para tener que levantar la barbilla.

Bruno le sujetó la cara con una suavidad que no encajaba con su tamaño, y le plantó un beso en la boca.

—Si querías esto —le susurró al oído, llevándole la mano hasta su polla húmeda y dura—, te acercas, me saludas y lo tomas. No hace falta esconderse en los arbustos.

El rostro de Adrián cambió en cuestión de segundos. El miedo se le derritió en una sonrisa pícara.

El beso se hizo profundo. Los dos se acariciaban el sexo y se recorrían el cuerpo con las manos, palpando, apretando, reconociéndose. En un momento dado, Adrián tomó la iniciativa y empezó a bajar, dejando un reguero de lametones por el cuello, las axilas, los pezones, el pecho. No quedó un solo palmo del torso de Bruno sin pasar por su lengua.

Luego llegó abajo. Empezó despacio, casi con timidez, y fue ganando velocidad e intensidad a medida que avanzaban los minutos. La trabajaba con una entrega que delataba experiencia y hambre a partes iguales.

Bruno era un manojo de jadeos y gruñidos.

—Dios, qué pasada —decía con la voz entrecortada, agarrándole la nuca al chico, marcándole el ritmo sin forzarlo.

La escena se prolongó un buen rato, hasta que Bruno decidió que era hora de subir el nivel.

Tumbó a Adrián de espaldas sobre la hierba y le echó las piernas sobre los hombros. El chico lo miraba con una mezcla de deseo, diversión y un punto de respeto por el calibre de lo que tenía delante.

—Despacito, porfa —pidió con una sonrisilla nerviosa—, que hace mucho que no recibe visita.

Bruno escupió en el culo del chico y en su propia polla, y con una calma sorprendente para la tensión del momento empezó a entrar, milímetro a milímetro. Adrián soltó una primera tanda de gemidos a los pocos segundos, apretando los dientes.

El culo estaba tenso, pero cedía con una soltura que delataba que aquel templo había tenido más de una visita.

—Hostia, tío, menudo trabuco, esto me parte —decía, con la cara dividida entre el placer y un dolor dulce.

—Vamos a disfrutarlo bien, tranquilo —respondió Bruno con un tono socarrón y a la vez cariñoso.

Aumentó el ritmo poco a poco, acariciándole el pecho, inclinándose para besarlo entre embestida y embestida.

—No me esperaba esto para nada hoy —jadeaba Adrián, con las palabras rotas por cada empujón.

Al cabo de unos minutos cambiaron de postura. Se sentaron los dos, y Adrián se acomodó encima para cabalgar a su antojo sobre la polla de Bruno, marcando él mismo la profundidad y la cadencia.

Las caras que ponían lo decían todo. Estaban sudorosos, ardiendo por dentro, y al mismo tiempo había algo tierno en el modo en que se sostenían la mirada, como dos que descubren que disfrutar juntos es mejor que disfrutar a solas.

No tardó mucho Adrián en avisar de que se iba a correr.

Bruno, que no quería desperdiciar ni una gota, se salió, lo tumbó de nuevo y se metió la polla del chico en la boca, insistiendo con la lengua sobre el glande. Bastaron treinta segundos para que Adrián estallara con un grito ronco, descargando en la garganta y la barba de Bruno.

—Dios, qué locura —murmuró el chico, agotado, con el pecho subiendo y bajando.

—Ahora me toca a mí —dijo Bruno, dejándose caer de espaldas sobre la hierba.

—Déjame a mí —respondió Adrián, que se incorporó todavía tembloroso y empezó a masturbarlo con delicadeza, mirándolo a los ojos.

Al minuto, Bruno anunció que se corría. Y entonces el chico lo sorprendió: se giró, se sentó de nuevo encima y volvió a metérsela en el culo justo a tiempo para recibir dentro varios chorros potentes, uno detrás de otro.

—Toma preñada que me has metido —dijo Adrián entre risas, dejándose caer sobre su pecho.

—La que tú has querido —contestó Bruno, sin aliento, riéndose también del tute que llevaban encima.

***

Se vistieron sin prisa, con la torpeza de los que no quieren que termine el momento. Adrián decidió acompañarlo a reunir a las ovejas, que se habían desperdigado loma abajo mientras ellos andaban a lo suyo.

Durante el camino se fueron contando cosas. Adrián era nieto de una de las vecinas de Bruno, una mujer que llevaba toda la vida haciendo queso en la falda de la montaña. El chico había venido a pasar una temporada con ella para aprender el oficio, harto de la ciudad y de trabajos que no le decían nada.

Hubo alguna caricia más por el sendero. Algún beso robado entre balido y balido. Antes de despedirse, se intercambiaron los teléfonos, con la promesa de verse pronto y sin la excusa de los arbustos.

Pero eso ya es otra historia.

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Comentarios (6)

Leon_84

buenisimo!!! ojalá hagas una segunda parte

NightRiderX

el ambiente del campo le da un toque muy distinto, bien logrado. segui escribiendo

Matias_RA

me sorprendio el giro, no lo vi venir jaja. Excelente relato

SebastianL

se hizo corto, queria mas. la narrativa es muy fluida, se lee de un tiron sin darte cuenta

PatoBA2

Por fin algo con escenario diferente, nada del tipico departamento o la oficina. Muy bueno!!!

GaboLect

tremendo, me tuvo enganchado hasta el final. Espero que sigas escribiendo mas seguido

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