Mi hijastro me llevó de fiesta y todo cambió
Después de cenar fueron a un local de copas del centro, uno de esos sitios donde la gente bebía, bailaba y consumía cosas de dudosa legalidad sin disimulo. Damián se abrió camino hasta la barra mientras Vera, pegada a su espalda, le gritaba el pedido al oído para hacerse entender por encima de la música.
—¡Ron con cola! —repitió ella.
Él le transmitió la orden a la camarera, una rubia guapa que le guiñó un ojo con complicidad mientras llenaba los vasos. Vera estaba sobrecogida por el bullicio. Pese a su juventud, nunca había sido de aglomeraciones ni de antros, y aquel exceso de cuerpos la abrumaba. A Damián, en cambio, se lo veía en su salsa.
Soltó un billete en la barra y le deseó buena noche a la mujer, que le devolvió una sonrisa reluciente.
—¡Gracias, guapo! —canturreó ella.
Buscaron un hueco en aquella marea humana y se apropiaron de él. Los neones y los focos ultravioleta le daban al lugar un aire psicodélico; la piel de Vera se oscurecía bajo esa luz mientras sus dientes brillaban con una blancura artificial.
Damián empezó a moverse alrededor de ella, animándola a imitarlo. Por raro que pareciera, Vera se sentía cohibida, en un giro de ciento ochenta grados respecto a la soltura que mostraba en los reels y los directos de sus redes.
De pronto, dos chicas se pusieron a corear a su lado.
—¡Vera! ¡Vera! —gritaban para imponerse al estruendo.
Y la tímida Vera renació de sus cenizas como el ave fénix, desplegando al instante su mejor versión.
—¡Hola! —exclamó, abriéndoles los brazos con calidez estudiada.
—¡No me lo creo! ¿Eres tú de verdad? —soltó una de ellas, anonadada.
—¡Pues claro que es ella! —la increpó su amiga.
—¿Es tu novio? —preguntó la primera, antes de recibir un codazo.
—Perdona, Vera, está tan emocionada que no se cree que te tengamos al lado —se disculpó la otra.
Damián contemplaba la escena atónito. Dos seguidoras la habían localizado en el lugar más insospechado, en medio de una multitud enfervorecida. Como si lo hubieran previsto, sacaron sendos rotuladores del bolso y le pidieron a Vera que les firmara.
—¡Claro! —accedió ella, con una sonrisa encantadora.
También se hicieron selfis con ella en el centro, y Vera adoptó de nuevo su pose más favorecedora. Cuando por fin se despidieron, la abrazaron con afecto. Damián sonreía y ella se había ruborizado un poco.
—¿Ves cómo me conocen? —le gritó al oído.
—¡Claro que sí! Has sido muy amable con ellas —contestó él.
—Me gusta que me reconozcan. No puedo negarme a firmar o hacerme una foto, aunque a veces haya alguna pesada —le confesó.
—Es el precio de la fama —gritó Damián cerca de su oreja.
Pronto divisaron a Bruno, al que todos llamaban «el Oso», y Damián dio saltos para llamar su atención. Ellos también acababan de llegar, así que se sumaron al grupo y se divirtieron juntos.
Mientras bailaban, Bruno se acercó a Vera.
—Perdona, tengo que ser sincero —le dijo al oído, alzando la voz—. Ya te había visto antes, con el padre de Damián, paseando por el puerto.
Vera se quedó paralizada. No entendía adónde quería llegar con semejante confesión justo ahora.
—Pensé en preguntarle por su padre, pero no me gusta meterme en lo que no me importa —añadió él.
Vera no estaba paralizada: estaba petrificada. ¿Qué le decía al grandullón? Solo le quedaba una salida.
—No pasa nada, Bruno. El padre de Damián es mi marido… es una larga historia. A mí tampoco me salía presentarme como su «madrastra» sin conoceros antes.
El grandullón asintió con parsimonia.
—Tranquila. Ya no somos desconocidos, no tienes que esconderte. Su padre es buena gente. Si algo he aprendido en la vida es a no juzgar, para que no me juzguen a mí.
Aquel arrebato de sinceridad, sin pretenderlo, la situaba ante algo que hasta entonces solo había rozado de soslayo.
—Gracias, Bruno. Te lo agradezco de verdad.
Prefirió dejar ahí la conversación, respirando un poco más aliviada al no tener que fingir frente a los amigos de Damián.
La alegría de los dos chicos era casi contagiosa. Mei, en cambio, se mostraba comedida en sus bailes y en sus gestos; su bagaje oriental parecía chocar con tanta efusividad pública. Vera se acercó a ella para que no se sintiera aislada. Tampoco ella era de expresar su júbilo abiertamente ni de hacer alarde de extroversión. En ese sentido se identificaba más con Mei que con Bruno.
El contraste de aquella pareja dispar la sacudió, y a la vez se vio reflejada en ellos: pensó en cuando salía a la calle con Marcelo y en cómo las miradas, cuando no los cuchicheos, los golpeaban como si la gente quisiera lapidarlos por transgredir normas que nadie había escrito.
Damián se colocó a su espalda y la rodeó por la cintura, moviéndose despacio. Vera se sintió incómoda y se volvió para mirarlo a los ojos.
—Él lo sabe —le susurró ella, acercándose a su oído.
—¿Quién lo sabe? —preguntó Damián, sin entender.
—Tu amigo. El Oso nos vio juntos, a Marcelo y a mí, en el puerto —sentenció Vera, turbada por la cercanía de su hijastro.
Él la miró sin apartarse ni un milímetro, tratando de asimilar lo que acababa de revelarle.
—¿Y qué? Es un amigo. Con él nuestro secreto está a salvo —dijo, dando un sorbo a su copa.
—No, Damián, no podemos —respondió ella, empujándolo con suavidad para alejarlo.
***
Su mirada triste se interrumpió cuando, cerca de ellos, irrumpió un pequeño río de chicos y chicas. Eran más amigos de Bruno y de Damián. Las presentaciones se sucedieron una tras otra hasta que Vera perdió la cuenta de nombres y caras.
Entraron como una ráfaga de aire fresco y exótico, abriéndose paso con la seguridad de quienes se saben dueños de la noche. Zaida, con su melena de rizos negros estallando en un ébano ingobernable, se fundió en un abrazo con Damián, mientras Aldo, de una palidez espectral bajo los estroboscopios, saludaba con un gesto de elegancia lánguida.
Detrás aparecieron Omar y Liv. El contraste era magnético: la piel de él, profunda y oscura como una noche sin luna, se entrelazaba con la tez de alabastro y el pelo platino de ella, formando una composición que Vera observaba entre fascinada y extrañada. Cerraban el grupo Hana, con su delicadeza grabada en un rostro imperturbable, y Nilo, un tipo de rasgos mediterráneos y mirada montaraz que parecía destilar una vitalidad contagiosa.
Damián, en mitad de aquel delirio colectivo, presentaba a los suyos a gritos que apenas perforaban el muro de sonido, mientras Vera sentía que su mundo de apariencias se desmoronaba ante la autenticidad de aquella gente. Ya no eran solo nombres: eran la prueba física de que la vida latía con una fuerza que ella, hasta esa noche, solo había intuido a través del cristal de una pantalla.
La fiesta subió de frenesí con la nueva aportación de capital humano. Mientras Damián se diluía en el mar de amigos recién llegados, Vera se sintió fuera de lugar. No estaba acostumbrada a un grupo tan grande, y quizá por eso se sentía desplazada. Damián la vio sola un momento y se aproximó.
—¿Qué te pasa, chica famosa? —le dijo, buscando una sonrisa.
—Nada. Estoy impresionada con tu popularidad. Yo tengo miles de seguidoras, pero no las veo, no las siento como aquí… como a vosotros —le confesó, compartiendo esa soledad rara de tener un ejército de más de cien mil almas en las redes.
—No te cortes. Mis amigos son tus amigos —le aseguró.
La metió de nuevo en el grupo. Las chicas se le pegaron y empezaron a bombardearla con preguntas e insinuaciones sobre su relación con él. Vera repetía que era «una amiga», sintiendo que la mentira no colaba y topándose con sonrisas pícaras. Aun así, ninguna dijo nada que la incomodara. Ahora podía bailar sin sentirse observada como antes; todos bailaban con todos en una especie de orgía social, tan excitante como agotadora.
El ritmo de la noche se estiró hasta la madrugada. Vera empezó a bostezar y la fiesta fue decayendo. Habían quedado lejos las confesiones mutuas sobre las heridas de cada uno.
Se acercó a Damián. Ya se habían marchado varios amigos cuando le susurró al oído:
—Estoy cansada. Me gustaría volver —le rogó, pegándose a su pecho.
—Claro. Vamos a despedirnos —asintió él, llevándola hacia el grupo de irreductibles que quedaba.
***
Se despidieron y salieron del local. La madrugada los recibió con un aire fresco y renovado. Tras dejar atrás aquel ambiente húmedo y viciado, por fin pudieron expandir los pulmones.
—¡Qué calor hacía ahí dentro! —exclamó Vera, llenándose de aire.
—El ambiente estaba saturado —convino Damián—. ¿Volvemos ya a casa?
—Me gustaría dar un paseo para despejarme —dijo ella, que de repente parecía haber olvidado su cansancio.
Aferrada a su brazo, echaron a andar por el paseo marítimo, tranquilo a esas horas, bajo un cielo que la luz de las farolas ensuciaba de naranja. Caminaron un par de kilómetros con la única intención de despejarse.
Al alba, cuando el negro de la noche empezaba a ceder ante los violetas y los lilas que anunciaban el nacimiento del sol, estaban sentados en la arena. Hacía rato que habían dejado de beber, así que la mente volvía a estar lúcida. Acurrucados uno junto al otro, la brisa marina, cargada de humedad, los refrescaba y sentían la necesidad de refugiarse en la compañía del otro. Vera se aferró a su pecho porque empezaba a tiritar.
—Me has sorprendido con tu grupo de amigos. Sois una pandilla increíble —confesó ella con melancolía.
—No me digas que la influencer de los miles de seguidores se ha dejado impresionar por una fiesta cualquiera.
—Por raro que te parezca, lo mío en redes son trucos de belleza y cuidado personal. Pero… nunca me había divertido así. Esos locales llenos de gente siempre me dieron rechazo.
—Entonces esto no te conviene. Es ir por el mal camino, chica —soltó Damián con sarcasmo.
Vera estaba muy a gusto a su lado. Quizá demasiado.
—No pensé que fueras tan buen tío —le confesó en un arrebato de sinceridad.
—¿En serio? Soy un sinvergüenza. Si no fueras quien eres, esta noche ya te habría hincado el diente —replicó él, entre juguetón y atrevido.
Vera soltó una carcajada, aunque se sintió halagada.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me harías? —contestó con picardía.
—¡Cosas innombrables! —dijo Damián, haciéndose el interesante.
Entonces ella separó el rostro de su pecho y lo miró a los ojos desde abajo. Estaban casi a oscuras, pero aún se adivinaban sus miradas, profundas y penetrantes. Él acercó sus labios a los de ella. Vera sintió el cosquilleo de su barba poblada y, aun así, los besó con dulzura.
Se entregaron a una sucesión de besos suaves y espontáneos, dejando que la tensión contenida durante toda la noche se desbordara de golpe. Abrazados bajo la brisa fresca del amanecer, a ninguno le entraba en la cabeza lo que estaban haciendo. Era la mujer de su padre. Él era el hijo de su marido. Y, sin embargo, ahí seguían, bebiéndose el uno al otro como si el mundo no existiera más allá de aquella franja de arena.
Tras una larga tanda de besos, ella se separó de pronto.
—¡Lo siento, Damián, yo no…! —balbuceó, frenando en seco, sintiendo que el vértigo que crecía dentro de ella la empujaba hacia un abismo que la aterraba.
—Tranquila, no pasa nada… —dijo él, culpable por haber empezado algo que no podían terminar.
El remordimiento los invadió por haberse dejado arrastrar por aquella noche loca, y no supieron qué decirse a continuación.
Damián se levantó y le tendió la mano en silencio para emprender la vuelta a casa. Cuando se acercaban a la moto, Vera se negó.
—¿Contigo en la moto? ¡Ni hablar! Dijiste cero alcohol, ¿recuerdas?
—Tranquila, chica. Hace rato que dejé de beber e iré despacio, ¡te lo prometo! —insistió él.
Ella lo escrutó con suspicacia, curvando apenas la comisura de los labios.
—¿Seguro?
Damián se limitó a imitar la mueca y giró un poco la cabeza, invitándola a montar con un ademán silencioso.
—¡Vamos, sube!
Vera miró la playa por última vez, donde el sol ya prendía fuego al filo del mar, y supo que ninguno de los dos volvería a casa siendo del todo el que había salido. Se subió detrás de él, le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la mejilla en su espalda mientras el motor rugía y el paseo desierto empezaba a deslizarse bajo las ruedas.