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Relatos Ardientes

Así engañé a mi novio con el que hoy es mi marido

Hola otra vez, queridos lectores. Hoy quiero contarles cómo conocí al hombre con el que terminé casándome. Y sí, lo conocí mientras tenía novio. Como les he contado antes, en aquella época yo coleccionaba aventuras con la misma facilidad con la que otras chicas coleccionaban pulseritas, y la entrada de Joaquín a mi vida no fue una excepción a la regla. Fue, eso sí, la última jugada antes de quedarme con uno solo para siempre.

El novio que tenía entonces se llamaba Tobías. Era un año menor que yo, tímido en lo que importaba y muy entusiasta en lo que no. Yo ya venía con kilómetros recorridos y, sin querer, lo iba dejando atrás. Lo besaba afuera de mi casa, en la vereda, y a esa altura mis besos ya no eran besos de chica buena: le ponía las manos donde podía, me apretaba contra él, le metía la lengua hasta hacerlo sonrojar. Tobías miraba a los costados, nervioso, esperando que ningún vecino nos viera.

Fue justo en uno de esos besos largos cuando lo vi.

Pasó frente a nosotros un chico en una bicicleta finita, de esas con el manubrio caído. La bici me llamó la atención antes que él; era preciosa, todavía la conserva y la mira como se mira a una primera novia. Giré la cabeza para seguirla con la vista y, en ese segundo, él interpretó que lo estaba mirando a él. Sonrió de costado, sin frenar, y siguió de largo.

Diez minutos más tarde, volvió a pasar por el otro lado de la calle, ahora bien despacio. Esta vez sí lo miré. Tenía el pelo revuelto, la remera pegada al cuerpo por el calor y los ojos chiquitos y vivos. Levantó la mano y me saludó desde la bici, como si yo no estuviera abrazada al cuello de otro. Me dio un poco de vértigo lo descarado del gesto. Apoyé la mejilla en el hombro de Tobías y, aprovechando que él no veía nada, le devolví la sonrisa al desconocido.

Pasó una vez más, todavía más lento. Lo miré sin disimulo. Tobías, ajeno, hablaba de cualquier cosa.

Me moría por sacarme a mi novio de encima.

***

Esa noche me dormí imaginando la bici y al chico, y los dos días siguientes me la pasé mirando la calle desde la ventana de mi pieza. Al tercer día lo vi pasar otra vez, pero estaba lejos y él no me vio. Salí a la entrada y me quedé parada como una boba más de quince minutos, esperando que volviera. No volvió.

Recién a la tarde, mi mamá me mandó a la despensa de la esquina por una caja de leche y un kilo de pan. Y ahí estaba la bicicleta, recostada contra la reja.

Me puse nerviosa por dos motivos. Uno, porque lo iba a tener cerca por primera vez. Y dos, porque el dueño del local —don Heriberto, un señor casado, panzón y con olor a tabaco rancio— tenía la fea costumbre de echarme un manoseo cada vez que iba sola. Esperaba a que se vaciara la despensa, fingía que me alcanzaba algo de un estante alto y me pasaba la mano por debajo de la remera o me apretaba una nalga. Yo me dejaba; no sé si por miedo, por morbo o por las dos cosas. Ese día no quería que me tocara delante del chico de la bici, así que recé para que él saliera antes.

Salió antes. Cargaba una botella de gaseosa contra el pecho. Nos cruzamos en la puerta y, cuando lo tuve a un metro, todo el plan de hacerme la indiferente se cayó solo.

—Hola —le dije, casi sin voz.

—Hola. Por fin —contestó él, sonriendo de esa manera que ya empezaba a gustarme.

Charlamos cinco minutos al costado de la bici. Me dijo que se llamaba Joaquín, que vivía a quince cuadras, que estaba en segundo año del profesorado de Educación Física. Me preguntó si tenía novio. Le dije que sí. Me preguntó si me importaba mucho. Le dije que más o menos. Se rió. Me pidió el número de teléfono y yo se lo di sin pensarlo dos veces. Entré a la despensa, compré la leche y el pan, dejé que don Heriberto me pasara la mano por la cintura más rato del necesario y me volví a casa con el corazón haciéndome ruido.

Dos horas más tarde llegó el primer mensaje.

Empezamos hablando de pavadas: música, la facultad, el calor que hacía. Yo estaba apurada por llegar a lo importante. Para mí, en ese momento, Joaquín era simplemente un candidato más que había elegido para que me diera lo que Tobías no se animaba a darme. Así que fui llevando la conversación hacia donde quería, despacio pero sin cortarme. Él entendió perfecto. A los pocos minutos me estaba diciendo que tenía «lindo cuerpito» y que, si yo lo dejaba, una de estas noches se iba a llegar hasta mi casa para que le diera uno de esos besos que le estaba dando a mi novio en la vereda.

Le dije que si venía, quizá le daba uno. Quizá.

Vino esa misma noche.

***

Mis viejos ya se habían acostado. Yo estaba en la pieza con la luz apagada y el celular en la mano cuando me llegó el mensaje: «Estoy en tu puerta». El estómago se me cerró. Bajé en puntas de pie, abrí la puerta del fondo y crucé el patio. Cuando le abrí el portón, Joaquín ni siquiera me saludó. Apoyó la bici contra la pared y me dijo:

—Vengo por mi beso.

Me lo dio él a mí. Me agarró la cara con las dos manos y me besó con una calma que no me esperaba; nada de apuro, nada de chico nervioso. Yo intenté seguirle el ritmo pero me fui poniendo blanda. Mientras me besaba, una de sus manos bajó por mi cintura, me apretó un segundo y siguió de largo hacia abajo. Pasó por encima del pantaloncito del pijama y se apoyó justo entre mis piernas.

Quise apartarla. Le agarré la muñeca. Pero las ganas de saber qué iba a hacer pudieron más, y aflojé los dedos.

—Quieta —me dijo bajito.

Me acarició por encima del short, sin apuro, hasta que la tela se mojó sola. Después metió la mano adentro, corrió la tanga a un costado y me clavó dos dedos. Yo solté un gemido cortito que no se me oyó porque tenía la boca contra su hombro. Le dije que parara, que tenía que volver adentro. Sacó los dedos, los miró un segundo a contraluz de la lamparita del patio y se los llevó a la boca.

—Sabés muy rico —dijo.

Sonreí como una idiota. Me dijo que al día siguiente venía más temprano. Le avisé que de tarde estaba Tobías. Esperé la respuesta típica de los tipos con los que había estado antes, esa de «yo te quiero para mí solo, dejalo». Pero me dijo otra cosa:

—No me importa. Seguí con tu novio. Yo quiero meterte los dedos otra vez. Y un poco más.

Le dije que bueno. Me metí a la casa y subí a mi pieza temblando un poco. Me tiré en la cama y me masturbé con la imagen de sus dedos, su voz y la prepotencia con la que se había servido de mí en menos de diez minutos.

***

Al día siguiente, cuando llegó Tobías, hice lo posible para que entendiera lo que yo quería. Me había puesto una pollerita corta a propósito. Lo besé en la vereda, le restregué las tetas contra el brazo, le agarré la mano y me la apoyé encima del muslo. Tobías la sacó como si quemara, miró para los costados y siguió hablándome de un partido de fútbol. Me dieron ganas de gritar. A los quince minutos le inventé que tenía sueño y casi lo eché.

Apenas dobló la esquina, le escribí a Joaquín.

—Si tenés tiempo, venite ahora.

Llegó nueve y media. Me esperaba apoyado contra un árbol de la vereda. Cuando me vio salir con la pollera puesta, levantó las cejas. Me saludó con un beso en la mejilla, normal, como si fuéramos compañeros del colegio. Y al oído me dijo:

—Hoy va a ser más fácil meterte los dedos.

Me reí. Me hacía la inocente, pero él me leía como un libro abierto. Empezamos a besarnos pegados al ligustro de la entrada y en menos de cinco minutos ya tenía la mano debajo de mi pollera. Le importaba poco si alguien pasaba por la calle. Se me pegaba contra el cuerpo, me tapaba con su torso, y a la vez no perdía tiempo. Yo le mordía el hombro a través de la remera para no hacer ruido. No sé cuánto duró, pero me acabé tres veces apoyada contra esa pared, con la pollerita arrugada y la tanga corrida.

—Mañana me toca a mí —me dijo mientras se acomodaba la ropa.

Esa misma noche me mandó una foto de su verga. Yo le contesté que pronto lo compensaba. La verdad, esperaba el sábado, que mis viejos solían irse a la casa de mi tía y me quedaba sola toda la tarde. Tenía planeado meterlo a mi pieza.

Pero Joaquín no quiso esperar al sábado.

***

Al día siguiente, jueves, me preguntó si podía caer un rato. Le dije que sí, que más tarde, después de cenar. Estrené para la ocasión una tanga blanca y una pollera de jean cortita que era mi favorita. Cuando terminamos de cenar, mis viejos se quedaron en la sala viendo una novela. Les avisé que salía un ratito a saludar a un amigo nuevo. Mi mamá me miró la pollera y arqueó la ceja.

—Diez minutos, mami. Veinte como mucho.

Me dejó salir.

Joaquín estaba esperando en la vereda. Me recorrió de arriba a abajo y me dijo:

—Qué linda estás.

Y al oído me dijo otra cosa, mucho menos linda y mucho más excitante. Me reí y le contesté que el sábado se la cobraba toda. Él me dijo que estaba bien, me besó el cuello, me agarró de la cintura. La puerta de mi casa había quedado entornada, y él, sin pedir permiso, me empujó suavecito hacia adentro. Cerró el portón a sus espaldas y me arrinconó contra la pared del zaguán, justo detrás del primer recodo, donde no se nos veía desde la sala.

Me agarró del cuello, no fuerte, lo justo para que me callara, y me dijo:

—Hoy te lo doy acá, nena.

Me reí, pensando que jugaba. Pero ya se estaba bajando el cierre del pantalón. Me apoyó las manos en los hombros y me hizo bajar. Yo estaba aterrada y mojada al mismo tiempo. Quise hablar, pedirle que me dejara avisar adentro que ya había vuelto. Me apoyó la verga en la boca antes de que pudiera terminar la frase.

—Subí, avisales y bajá ya —me dijo después de un rato—. No quiero que nadie venga a buscarte.

Subí con la cara colorada. Mis viejos estaban hipnotizados con la tele. Les dije que me quedaba un rato más afuera y volví al zaguán como si me corriera un perro. Joaquín seguía ahí, con la verga afuera, esperándome. Ahora, más tranquila de saber que nadie iba a aparecer, me arrodillé y le hice todo lo que él me iba pidiendo. Me acuerdo del sabor —era nuevo para mí— y de la mano firme que me apoyaba en la nuca.

Me levantó, me dio vuelta y me empujó la espalda contra la pared. Me subió la pollera, corrió la tanga blanca y me metió la verga en una sola embestida. Me tapé la boca con la mano para no gritar. Él me hablaba al oído sin parar: que tenía el culo más rico del barrio, que un día me lo iba a coger por atrás, que le encantaba estarme dando todo eso con mis viejos a tres metros mirando televisión.

—¿Sí o no que sos mi nena? —me dijo.

—Sí, soy tuya —le contesté—. No pares.

Me dio vuelta otra vez, me cargó de las piernas y me apoyó contra la pared. Yo le rodeé la cintura con las rodillas. Así me cogió un rato largo, en silencio, mirándome a los ojos. En un momento me dijo que no dejara a Tobías, que siguiera con él como si nada, que él iba a venir cuando quisiera porque yo, desde esa noche, ya era de él también. Le dije que sí. Le dije que sí a todo.

Cuando me sintió temblar, me bajó, me puso otra vez de rodillas y se masturbó con la punta apoyada en mis labios. Yo le pasaba la lengua despacito. Cuando estaba por acabar, me dijo que abriera la boca. Le hice caso. Acabó adentro, me apretó la nariz con dos dedos y me hizo tragar todo. Después me obligó a limpiarle la verga con la lengua, despacito, hasta dejarlo seco.

Me ayudó a pararme. Me agarró un cachete con una mano y me dijo, bajito:

—Así subís a tu cuarto. Sin la tanga.

Me la guardó en el bolsillo del pantalón. Me dio un beso en la mejilla, como había llegado, y salió de mi casa empujando la bicicleta. Yo me quedé clavada en el zaguán, las piernas flojas, sintiéndome usada de una manera que no había sentido nunca. Subí a la pieza como pude. Pasé por delante de mis viejos, di las buenas noches, y mi mamá ni levantó la vista.

Apenas cerré la puerta, le escribí. Le dije que me había encantado. Que nunca me había pasado algo así. Su respuesta llegó al toque:

—Si te portás como yo te diga, vas a ser cada vez más mía. Yo te voy a dar todo lo que necesites.

Le contesté que sí.

Y bueno, mis amores, ya saben cómo termina la historia: a Tobías lo dejé tres semanas después, sin decirle el verdadero motivo, y a Joaquín lo terminé llevando al altar dos años más tarde. Me sigue tratando como esa primera noche en el zaguán, y yo le sigo contestando que sí.

Gracias por leerme, chicos. Pronto les cuento qué pasó el sábado siguiente, cuando mis viejos sí se fueron a lo de mi tía y Joaquín se quedó a dormir.

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Comentarios (6)

Luis Ifer

excelente relato!!! me encanto

GabiSurMdq

Por favor contanos mas de como siguio todo despues de esa noche, quede con muchas ganas

Kike_77

los nervios que deben haber pasado con los viejos cenando al lado jajaja increible

Valeria_Salta

Que paso cuando tu novio de ese entonces se entero? Me quede con la intriga

Marisa_K

lo mejor fue lo del sofa y los padres, demasiado atrevido!!! me mato de risa y de nervios al mismo tiempo

RodriMdz

muy bien narrado, se siente real y cercano. Espero que sigas escribiendo porque este me gusto mucho!!

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