La doctora del turno noche y el pasillo vacío
Cuando Valeria salió del quirófano pasada la medianoche, todavía tenía las manos un poco entumecidas por las cuatro horas que había estado operando. Una hernia complicada en un paciente obeso, dos asistentes que la habían mirado más de la cuenta y un anestesista que no paraba de hablar de fútbol. Llevaba la bata abierta, el cabello recogido en una cola alta y la espalda mojada bajo el ambo verde.
El pasillo del ala de postoperatorio estaba vacío a esa hora. Solo se oía el zumbido de los fluorescentes y, a lo lejos, el pitido apagado de un monitor. Caminó despacio hacia la sala de descanso, calculando cuántos cafés iba a necesitar para sobrevivir las cinco horas que le quedaban de guardia.
Bruno estaba apoyado contra el carro de medicación, ordenando ampollas. Veintisiete años, hombros anchos, piel oscura y esa costumbre de quedarse mirándole el escote un segundo más de lo decente. Llevaba seis meses en el turno noche y, en seis meses, Valeria no había sido capaz de mirarlo a los ojos sin sonrojarse.
—Doctora Acuña —dijo él al verla, con esa voz baja que parecía siempre estar terminando una frase íntima—. La veo destrozada.
Ella se detuvo. Lo miró. Por primera vez no apartó la vista.
—Destrozada y con ganas de que alguien me saque esta presión de encima —contestó, y se sorprendió a sí misma de la frase.
Bruno levantó una ceja. Sonrió de costado, como quien acaba de ganar algo que llevaba mucho tiempo esperando.
—¿Y si yo me ofrezco, doctora?
No hubo discusión. Valeria miró a un lado y al otro del pasillo, lo agarró del cuello del ambo y lo empujó hacia la sala de descanso. La puerta se cerró tras ellos con un clic que sonó demasiado fuerte. Más tarde se acordaría de que la cerradura nunca terminó de trabar.
—Hace meses que pienso en esto —murmuró él contra su boca.
—Hablás demasiado.
Le tapó la boca con un beso. Bruno la empujó contra la heladera de la sala, le subió la parte de arriba del ambo y le bajó el corpiño deportivo de un tirón. Le tomó los pechos con las dos manos y los apretó como si quisiera comprobar que eran de verdad.
—Mierda —dijo él—. Hace seis meses que no duermo pensando en estas tetas.
Valeria se rio entre los dientes. Le bajó el pantalón quirúrgico con una mano y dejó libre la verga, ya dura, gruesa, más grande de lo que había imaginado. Se arrodilló en el piso de linóleo frío sin pensarlo dos veces.
—A ver si te callás un rato —dijo, y se la metió en la boca de un saque.
Bruno gimió en voz baja. La agarró de la cola alta y empezó a moverle la cabeza al ritmo que él quería. Ella lo dejó hacer. La saliva le chorreaba por el mentón. Tenía la concha empapada bajo el pantalón quirúrgico y todavía no la había tocado nadie.
—Pará —dijo él de pronto—. Pará o termino acá.
La levantó del pelo, la sentó en la mesa de fórmica del centro de la sala y le bajó el pantalón con la ropa interior incluida. Le abrió las piernas. Le miró la concha depilada y brillante un segundo, como evaluándola, y después se arrodilló entre sus piernas.
—Qué linda concha tenés, doctora.
Le pasó la lengua de abajo arriba, lento, y después se la enterró sin tregua. Valeria tuvo que morderse el dorso de la mano para no gritar. Se vino en menos de un minuto, temblando, apretándole la cabeza contra la pelvis.
Bruno se incorporó. Se escupió la verga, se la pasó por la concha de ella y la empujó hasta el fondo en una sola embestida.
—Ahh, hijo de puta —jadeó Valeria.
La mesa crujió. Las luces blancas del techo le pegaban de lleno en la cara. Bruno la cogía con una rabia mansa, como si estuviera cumpliendo un pacto que habían firmado meses atrás sin escribirlo. Ella le clavaba las uñas en los antebrazos.
—Más fuerte —le pidió—. Más fuerte, te dije.
Él la dio vuelta. La apoyó boca abajo sobre la mesa, le abrió las nalgas con los pulgares y le escupió en el culo. Valeria se quedó quieta. Hacía años que su marido no le pedía eso.
—¿Querés? —preguntó él.
—Despacio.
Bruno empujó despacio. Le costó entrar. Ella apretó los dientes y respiró por la nariz hasta que el dolor se acomodó en algo distinto. Después él empezó a moverse, primero suave, después con todo. Las bolas le chocaban contra la concha mojada cada vez que entraba hasta el fondo.
Se vino otra vez, más fuerte, mordiendo el antebrazo doblado debajo de su cara. Bruno sacó la verga a último momento y se descargó sobre la espalda baja de ella, un chorro espeso que le quedó colgando entre las nalgas y la cintura.
Se quedaron jadeando un rato. El olor a sexo y a desinfectante se mezclaban en el aire. Valeria se limpió como pudo con papel de cocina, se acomodó el ambo y se miró en el reflejo de la puerta del microondas. Tenía el pelo desarmado y las mejillas rojas.
—No volvió a pasar esto —dijo, sin mirarlo.
—Lo que vos digas, doctora.
Ninguno de los dos miró hacia la cámara del pasillo. La cerradura, además, no había terminado de trabar.
***
Damián recibió el mensaje a las nueve de la mañana siguiente, en la oficina, entre dos llamadas. Número desconocido. Un video de cuarenta segundos, sin audio. La calidad era mediocre, pero alcanzaba. Se reconocía la cola alta de su mujer, el ambo verde, la mesa de la sala de descanso del hospital donde ella trabajaba desde hacía nueve años.
Lo vio tres veces seguidas. La cuarta lo apagó. Se quedó mirando la pantalla en negro. Las manos no le temblaban; era otra cosa. Una sensación pesada en el estómago, como si hubiera tragado una piedra caliente.
Llamó a la secretaria y le dijo que cancelaba todo. Manejó hasta la casa con las ventanillas bajas. En la radio sonaba algo viejo de Charly que no escuchó.
Valeria todavía estaba en la ducha cuando él entró al baño. La cortina estaba corrida; se la veía borrosa detrás del plástico, lavándose el pelo con la cabeza echada para atrás. Damián se sentó en el inodoro cerrado y esperó.
—¿Damián? —dijo ella al asomarse—. ¿Qué hacés acá? Pensé que volvías a la noche.
Él le tendió el teléfono sin decir nada. El video empezó a reproducirse.
Valeria se quedó sin aire. El agua le seguía cayendo en los hombros. No intentó negar nada; no había nada que negar.
—Damián, escuchame…
—No.
La sacó de la ducha de un tirón. Ella cayó arrodillada sobre el piso de cerámica, mojada y tiritando. Él la miró así, desnuda y vencida, y descubrió algo que lo asustó: la tenía dura. No quería tenerla dura, pero la tenía dura.
—Levantate —le dijo.
La llevó al dormitorio. La tiró sobre la cama deshecha donde habían dormido juntos hacía menos de doce horas. Se bajó el pantalón. Ella se dio vuelta sola, sin que él se lo pidiera, y abrió las piernas sin mirarlo a la cara.
—Pegame si querés —murmuró.
—No te voy a pegar.
Le metió la verga en la concha de un empujón. Ella estaba seca al principio, pero a los pocos minutos no lo estaba. Damián la cogió en silencio, con la mandíbula apretada, mirándola fijo. Ella terminó gimiendo. Él terminó adentro. Después se quedaron tirados, los dos boca arriba, sin tocarse.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella al techo.
—No sé.
—Yo tampoco.
Esa fue la primera mentira de muchas. Los dos ya sabían lo que iban a hacer.
***
En el hospital, el video se filtró igual. Para el mediodía siguiente, la mitad del personal ya había oído algo. El director llamó a Valeria a su oficina, cerró la puerta y le pidió «más discreción» con una voz que no admitía réplica. Le suspendió dos guardias y la mandó a casa. A Bruno lo pasaron al turno tarde en otra ala.
Lo que ninguno de los dos preveía era que eso no iba a alcanzar. Bruno empezó a escribirle al día siguiente. Mensajes breves, sin preguntas. ¿Cuándo? Valeria los borraba. Después los volvía a leer en el baño. Después contestaba.
Se vieron en un hotel barato de la avenida Colón. Después en el auto de ella, en el estacionamiento del hospital, con los vidrios polarizados y la lluvia tapando los ruidos. Después otra vez en la sala de descanso, ahora con la cerradura bien trabada y la cámara del pasillo desviada con un truco que aprendió de un residente.
Damián, en su casa, no preguntaba. Pero sabía. Se había vuelto algo distinto desde la mañana del video. Más callado, más atento. La esperaba despierto las noches de guardia, fingiendo leer en el sofá. Cuando ella entraba con olor a otro, no le decía nada. Le servía agua. Le ponía la mano en la nuca. Le pedía detalles después, en la cama, mientras le metía los dedos en la concha.
—Contame.
—Damián, no…
—Contame.
Ella se lo contaba. Todo. Y mientras lo contaba, él se ponía tan duro que terminaba corriéndose sobre su panza con una violencia que antes no tenía.
***
El plan se le ocurrió un viernes a la mañana. Tomás y Lucía tenían fin de semana de campamento con los primos en Villa Allende. Él iba a llevarlos. Se acordó del altillo del dormitorio principal —ese espacio entre el techo falso y las tablas viejas donde, cuando se mudaron, habían dejado cajas que nunca volvieron a abrir—. Desde ahí, agachado contra la madera, se veía la cama entera.
Le escribió a Valeria al mediodía: «Llevo a los chicos a Villa Allende. Vuelvo el domingo a la noche. Descansá vos.»
Ella respondió con un «ok, que se diviertan» y un emoji. Damián sonrió con la boca cerrada. Sabía que ella iba a morder.
Dejó a los chicos en lo de sus primos, dio la vuelta y volvió a Córdoba antes de las nueve. Entró por el garaje sin encender luces. Subió al altillo con una botella de agua, el teléfono en silencio y el corazón golpeándole en las orejas. Se acomodó contra una caja de libros y esperó.
A las diez y media oyó el auto. Después la puerta. Después la risa de Valeria, demasiado alta, demasiado nerviosa. Y dos voces masculinas.
Una era la de Bruno. La otra no la reconoció: era más grave, más segura, de alguien acostumbrado a entrar en casas ajenas. Después se enteraría de que se llamaba Iván y trabajaba en el mismo hospital.
—Tranquila, doctora —dijo Iván—. Mi amigo me habló mucho de vos.
—Demasiado, seguro —contestó ella, y se rio.
Subieron al dormitorio. Damián los vio entrar. La vio dejarse desnudar entre los dos, primero la camisa, después la pollera, después el corpiño. La vio arrodillarse en el medio de la cama, su cama, y alternar entre las dos vergas con la boca abierta. La vio dejarse penetrar por los dos al mismo tiempo, Bruno abajo y el otro detrás, mientras se mordía el dorso de la mano para no gritar tan fuerte.
—Decilo —le ordenó Iván, tirándole del pelo.
—¿Qué?
—Que tu marido no te coge así.
Ella dudó dos segundos. Damián, escondido arriba, contuvo la respiración.
—Mi marido no me coge así —dijo Valeria, y la voz se le quebró un poco.
Damián cerró los ojos. Después los abrió. Tenía el pantalón abierto desde hacía rato y la mano puesta donde no quería tenerla. Se odió por estar haciendo eso. Y siguió haciéndolo.
Los dos terminaron en la cara de ella, parados frente a la cama, mientras ella sostenía la lengua afuera como una alumna aplicada. Después se vistieron, se rieron de algo que él no llegó a escuchar y se fueron.
Valeria se quedó sentada en el borde de la cama, con la cara brillante y el rímel corrido. Estuvo así un largo rato.
Damián bajó del altillo en medias, sin hacer ruido. Caminó hasta el umbral del dormitorio y se apoyó en el marco. Ella levantó la cara. Lo vio. No gritó. No se sorprendió del todo.
—¿Hace cuánto estás ahí? —preguntó.
—Desde el principio.
Ella asintió despacio. Se pasó la lengua por los labios. Después dijo, en voz muy baja:
—¿Y ahora qué?
Damián se acercó. Se arrodilló frente a ella. Le tomó la cara con las dos manos y le pasó el pulgar por la mejilla, limpiando una marca que no se iba a ir con un pulgar.
—Ahora me contás todo —dijo él, con una voz que no era la suya de antes—. Y mientras me contás, decidimos los dos qué clase de matrimonio vamos a tener de acá en adelante.
Ella lo miró sin entender del todo. Después entendió. Asintió una vez. Le abrió el cinturón sin apuro.
Afuera, en algún lugar de la ciudad, el auto de Bruno doblaba en una esquina. Adentro, en ese dormitorio que olía a otros hombres, empezaba algo nuevo que ninguno de los dos sabía nombrar todavía.