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Relatos Ardientes

El día que dejé a mi prima a solas con mi marido

La gripe me había tenido tres semanas fuera del coro y, cuando por fin volví a escuchar mi propia voz mezclada con las del resto, sentí que la casa entera respiraba distinto. Andrés decía que mi mejor versión solo aparecía cuando cantaba, y aquella tarde de domingo, mientras nos preparábamos para visitar a mi prima Marina, yo me sentía exactamente así: viva, plena, con la melena cobriza recién cortada y el cuerpo otra vez firme después del parto de Sofía.

—Lleva el bañador de la niña —me dijo Andrés desde el pasillo—. Y el de Tomás también, por si Marina no se acuerda.

Asentí sin discutir. Hacía años que asentir sin discutir era nuestra forma de hablar.

Marina es mi prima por parte de madre. Vivió con nosotros una temporada larga, cuando los tres aún éramos solteros y compartíamos un piso minúsculo en el centro. De aquella convivencia nació todo lo que ahora trataba con naturalidad. Sus ojos azules, su pecho rotundo y esa manera suya de buscar protección hicieron que se aficionara a Andrés con una devoción que no se molestó en disimular. Llamó Tomás a su hijo. Yo nunca pregunté por qué un nombre tan parecido al segundo de mi marido. Tampoco hacía falta.

Hugo, el marido de Marina, viajaba mucho. Nosotros aprovechábamos esas semanas para ir a verla. Decir que aprovechábamos suena feo, pero es la palabra exacta.

***

Llegamos pasadas las cinco. Marina abrió la puerta con un vestido azul que le marcaba todo y un beso para cada uno. A mí me lo dio en la mejilla. A Andrés en la comisura.

—Pasad, pasad. Tomás lleva toda la tarde preguntando por Sofía.

Los niños se entendieron enseguida, como siempre. Pintaron, vieron dibujos, se persiguieron por el pasillo. Marina y yo preparamos la merienda mientras Andrés, en el sofá, fingía leer el periódico. De reojo, lo veía mirarla cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa.

Hacia las seis y media, decidí lo de siempre.

—Voy a bajar con los niños a la piscina. Está fresca y hay sombra.

Marina se giró desde el fregadero. Andrés bajó el periódico. Ninguno dijo nada, pero algo en la cocina cambió de temperatura.

—¿Seguro que no te ayudo? —preguntó ella sin convicción.

—Seguro. Quedaos un rato tranquilos. Subimos en una hora.

Cerré la puerta detrás de Sofía y Tomás. En el ascensor, mi hija me preguntó por qué se quedaba mamá Marina arriba. Porque tiene que hablar con papá de cosas de mayores, le dije. Y le aparté un mechón de la cara.

***

Sé exactamente lo que pasó arriba porque Marina me lo cuenta después, con detalle, sin pudor. Porque también porque, los primeros años, yo necesitaba saberlo. Necesitaba escucharlo de su boca para confirmarme que no estaba imaginando lo que ya sabía.

En cuanto la puerta se cerró, ella cruzó el salón sin prisa. Andrés ya estaba de pie. No hubo preguntas, no hubo seducción torpe, no hubo el guion ridículo de la primera vez. Marina se alzó de puntillas, le rozó el pecho con los suyos y lo besó como si llevara meses guardándoselo. Las manos de él bajaron a su cintura y la guiaron al dormitorio, el de invitados, el que nadie usa salvo en estas tardes.

Marina me dice que él la recostó sin apuro, que le subió el vestido azul hasta dejarlo arrugado en la cintura, que le separó las piernas con la rodilla antes que con las manos. Que ella arqueó la espalda como hace siempre, que sintió cómo entraba completo a la primera, sin esa torpeza inicial de los amantes nuevos.

Llevan así doce años. Doce años conocen sus cuerpos de memoria. Doce años saben en qué momento ella va a clavarle las uñas en la espalda y en qué momento él va a pasarle el pulgar por el labio inferior.

Marina me cuenta que él le apretó los pechos con las dos manos mientras seguía moviéndose dentro, que el peso de su cuerpo los aplastó contra las costillas y que ella se rio, porque hay maneras de querer que parecen brutalidades y son ternura.

Después la giró. Eso siempre lo hace. La puso de rodillas sobre la cama, le apoyó la cara en la almohada y, con la saliva de él y la humedad de ella, la preparó despacio. Marina dice que en ese instante, el de la presión y la respiración profunda y la decisión de relajarse, es cuando siente que ella elige más fuerte. Que no es algo que le hagan. Es algo que entrega.

Él se vació dentro, como siempre. Marina sintió el calor y se quedó quieta, de bruces, sonriendo contra la almohada. Andrés se tumbó a su lado, le buscó un pecho con la boca y, mientras lo recorría con la lengua, le metió dos dedos. Marina me dijo que tardó cinco minutos. Que él la conoce mejor que Hugo. Que llegó dos veces antes de que se ducharan.

***

Yo, abajo, jugaba con Sofía a contar las baldosas del fondo de la piscina. Tomás me explicó por enésima vez que de mayor iba a ser bombero. Una vecina del cuarto piso saludó desde su tumbona y me preguntó por mi marido. Le dije que estaba subiendo cosas con Marina. La vecina sonrió de esa manera que sonríen las mujeres cuando saben sin saber.

A los cuarenta minutos exactos los vi salir del portal cogidos del brazo, riéndose. Andrés llevaba el bañador y dos toallas. Marina venía con el pelo todavía húmedo de la ducha y la cara recién lavada. Se metieron al agua casi sin saludar y los niños se les echaron encima.

—¿Os habéis acordado de los flotadores? —pregunté.

—Sí, señora —contestó Andrés con una sonrisa que era solo para mí.

***

El juego empezó como acaban siempre las tardes así, en la cuerda floja entre lo familiar y lo otro. Marina le salpicó. Él le devolvió con más fuerza. Marina protestó. Él, con una sonrisa de chiquillo, cogió una de las chanclas de goma que flotaban en el bordillo.

—Una vez más y te llevas un recuerdo.

Marina lo retó con la mirada y le tiró agua a la cara. Andrés la persiguió por la piscina, la sacó por la escalerilla, la sujetó por la cintura y, riéndose los dos, le dio tres palmadas con la chancla en una nalga mojada. El sonido fue el que tiene que ser. Seco. Limpio. Reconocible. Sofía se rio. Tomás también, sin entender.

—¡Esto es abuso! —exclamó Marina, dramática, fingiendo refugiarse detrás de mí.

—No es abuso si te ríes mientras te lo hago —respondió Andrés.

Yo seguí el juego, divertida. Le aparté el pelo a Marina, le bajé el borde del bañador y le pasé los dedos por la marca roja que se le iba dibujando en la piel. La nota de la chancla estaba clavada como un sello.

—Va a tardar dos días en irse —le dije por lo bajo.

—Bien —contestó ella, también por lo bajo.

Desde los pisos de arriba, dos vecinas mayores se asomaban entre las plantas del balcón. No se molestaban en ocultar el cuchicheo. Marina las vio y, por un instante, dudó. Andrés aprovechó esa pausa para acercarse y darle un cuarto azote, este más fuerte, ya sin coartada de juego. Le quedó la silueta entera de la chancla.

—Eso es trampa —protestó ella, con los ojos brillantes.

—Si dudas, pierdes —contestó él—. Es la regla del juego.

Las vecinas siguieron susurrando. Yo levanté la mano y las saludé. Una de ellas, sorprendida, me devolvió el saludo con torpeza.

***

Volvimos a casa al filo del anochecer. Sofía se durmió en el coche apretando el flotador contra el pecho. Andrés conducía despacio y, en cada semáforo, me miraba como si quisiera comprobar que yo seguía ahí.

—Estás callada —dijo en uno de ellos.

—Estoy contenta.

—No es lo mismo.

—Hoy sí.

Llegamos a casa, acostamos a Sofía y bajamos al salón. Él se sentó en el sofá, con esa postura suya de pierna sobre pierna, los brazos abiertos sobre el respaldo. Yo me arrodillé entre sus piernas sin que me lo pidiera. No siempre es así. A veces lo pide. A veces lo doy. Esa tarde lo daba.

Le desabroché el cinturón despacio, mirando hacia arriba. Andrés me apartó un mechón de la cara con una delicadeza que contrastaba con todo lo demás. Bajé la cabeza y empecé. Conozco su ritmo igual que Marina conoce el suyo. Conozco la respiración que se le acelera dos segundos antes de tensar los muslos. Conozco la parte del paladar contra la que tengo que apretar.

Me hundió los dedos en el pelo. Yo lo recibí entero, hasta la arcada que ya casi no es arcada después de tantos años, hasta que sentí el primer empujón en la garganta y supe que faltaba poco.

—Mi cantante —murmuró—. Mi cantante favorita.

Se vino con un gemido apretado, sin avisar. El primer chorro me cruzó la mejilla. El segundo entró entero en la boca. Cerré los labios y tragué. Después le pasé la lengua por todo el largo, recogiendo lo que se había escapado, limpiándolo despacio mientras él me acariciaba la nuca y repetía mi nombre.

—Este micrófono lo tienes a tu disposición —dijo, sonriendo con los ojos cerrados.

Me reí. Subí a sentarme a horcajadas sobre él y le besé la frente.

—Gracias —le dije.

—¿Por qué?

—Por dejarme cantar.

Él entendió y no entendió. Me dio la vuelta sobre sus piernas, con cuidado, y me bajó el pantalón del pijama hasta los muslos. Me dio cuatro azotes, espaciados, no demasiado fuertes, esos que conocemos los dos y que sirven para otra cosa. Después dejó la mano quieta sobre la piel caliente, me abrió con dos dedos y empezó a moverlos despacio. Llevó la otra mano a mi boca y yo se la mojé con la lengua. Cuando volvió atrás, la usó para abrirme por detrás, con una paciencia que no termino de acostumbrarme a recibir aunque lleve años recibiéndola.

Me corrí con la cara hundida en el cojín del sofá, mordiéndolo para no despertar a la niña. Andrés se quedó un rato así, con la mano en mi espalda, mientras yo respiraba en bocados cortos.

—Te quiero —dijo.

—Eres todo lo que tengo —contesté.

Y lo decía. Lo digo. Aunque haya en este todo una prima con los ojos azules que se queda a solas con él dos tardes al mes. Aunque haya vecinas que cuchichean desde el balcón. Aunque, cuando subo al escenario del coro el próximo sábado y mire a la primera fila, Marina vaya a estar sentada al lado de Andrés, y los dos vayan a aplaudir al mismo tiempo, exactamente al mismo tiempo, como si hubieran ensayado.

Hay vidas que no se entienden desde fuera. La mía es una de ellas. Y no la cambiaría por ninguna otra.

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Comentarios (6)

DarioBA88

Increible relato!!! Me dejó sin palabras, de verdad

SubMorbosoBA

Por favor necesito una segunda parte, esto quedó muy corto para todo lo que prometía. Quede con ganas de mas

Tomas_CC

Me gusto mucho como lo narraste, se siente muy autentico. Esa tensión desde el primer mensaje es lo que más me atrapó

CuentosFan

Excelente escritura, se nota que dominás el tema jajaja. Esperando más de esto pronto

NocheExtraña

Tremendo!!! Me quedé leyendo sin parar hasta el final

Gustavo_Rb

Jaja la parte del mensaje me mató de nervios solo leyéndolo, imaginate vivirlo en persona

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