El cliente que me pidió hablar con mi padre
Las últimas exposiciones del congreso terminaron pasadas las seis. En el lobby me crucé con el ejecutivo que había aceptado subir a mi suite a las diez de la noche. Nos saludamos como dos colegas más, le confirmé el número de la habitación y seguimos cada uno por nuestro lado, sin que nadie sospechara nada.
A los pocos minutos también me topé con Adrián, mi amigo y principal contacto en aquella ciudad. Quedamos en almorzar al día siguiente con el resto del grupo, antes de que cada quien volviera a su rutina.
Subí a la suite, me preparé un baño caliente y aproveché para descansar un rato. Tenía que decidir qué ponerme para Damián. Había usado ya casi todo lo bueno durante la semana, así que opté por algo extremo: aquello que reservaba para los clientes que merecían el espectáculo completo.
Tacones altísimos, negros, y un bustier blanco con bordado en hilo oscuro. El bustier era de los que no incluyen sostén interno, así que los pechos quedaban completamente al aire, sostenidos por la pieza desde abajo. Catorce ojales al frente, cada uno con su botón forrado. La pieza demoraba en abrirse, lo cual era parte del juego.
La tanga era una invención de mi modista en Asunción. Apenas hilos de elástico plano, forrados en terciopelo, todos unidos por un pespunte blanco que cruzaba el negro como un brochazo de tiza. Un aro hacía de cinturón en la cintura; desde cada cadera bajaba una tira hasta el pliegue inguinal, donde otra atravesaba por fuera de cada labio para volver a juntarse cerca del ano y subir por la espalda. El sexo quedaba expuesto, enmarcado, listo. Vestida, pero ofrecida.
Me miré al espejo de cuerpo entero. Los elásticos apretaban los labios y los hacían sobresalir. Cualquier lengua que se aventurara entre ellos los iba a separar sin esfuerzo, pensé.
Damián golpeó la puerta justo a la hora pactada. No me cubrí, no me puse bata, no improvisé pudor: abrí y me dejé ver.
Suspiró. Clavó los ojos en mis pechos y no atinó a otra cosa que cerrar la puerta detrás de él. Me colgué de su cuello porque era bastante más alto que yo, y le metí la lengua antes de que pudiera articular palabra.
Respondió con hambre. Me llenó la boca de saliva, me apretó los pechos hasta hacerme jadear, y mientras tanto yo le iba abriendo la camisa y bajándole los pantalones. Quedó en bóxer, marcando bulto sin pedirle permiso a nadie. Se descalzó solo, me besó otra vez, y empezó a abrir uno a uno los catorce botones del bustier. Sin apuro. Esa lentitud me gustó.
Cuando la pieza cayó al piso, me arrodillé frente a él. Le bajé el bóxer y dejé que la verga saliera. Estaba semierecta, colgada, perfecta para empezar. No usé las manos. Mantuve los ojos fijos en los suyos —eso siempre desarma— y la chupé entera, primero la cabeza, después el tronco, después de nuevo todo entero, alternando succión y lengua. En pocos minutos ya estaba dura, perpendicular al vientre, lista.
Lo llevé a la cama y me acosté boca arriba. Abrí las piernas para no dejar dudas. Damián entendió sin instrucciones. Empezó por los pezones, después el ombligo —ahí me erizó la piel, casi nadie se acuerda del ombligo— y siguió bajando hasta el sexo. Me dejó la tanga puesta y lamió alrededor de los elásticos. La lengua se metió entre los labios sin necesidad de apartarla; los hilos se abrieron solos. Sentí su respiración caliente contra mí y me dejé ir.
Me hizo girar boca abajo. Lamió todo, sin reparos, desde el sexo hasta el otro lado, sin saltarse nada. Me ensalivó el ano con paciencia, me lo punteó con la lengua, lo ablandó con la primera falange del dedo del medio. Yo sacudía la pelvis contra el colchón pidiendo más, sin palabras.
Me empezó a coger en esa posición. Estaba durísimo, mojado, listo. Entró hasta el fondo sin pedir permiso ni necesitarlo. A veces aceleraba, a veces se frenaba para volver a besarme la nuca; una vez me escupió entre los omóplatos y me masajeó los hombros con su propia saliva. Y a mí ya no me molestaba nada de eso. Lo gozaba.
Lo bueno de las pausas fue que duramos. Yo acabé primero, gritando contra la almohada sin importarme si el pasillo me oía. Damián se vino unos minutos después; se sacó la verga justo a tiempo y descargó casi todo a la puerta de mi sexo, dejando apenas la cabeza adentro.
Lo que pasó después no me lo esperaba. La verga seguía dura. Recogió con los dedos el semen que escurría sobre el muslo, lo devolvió a su lugar y me la metió otra vez, esta vez hasta el fondo, empujando su propia leche hacia adentro. Lo balbuceé contra la sábana:
—Me gusta.
—Te sigo —contestó, y me puso las piernas sobre sus hombros.
No se le bajó. Diez minutos más, ritmo creciente, y acabó por segunda vez bien adentro. Cuando se salió, le limpié la verga con la boca, como siempre hago, y mientras yo lo chupaba él recogía con los dedos lo que me escurría y me lo daba a probar. Beso blanco, manoseo, risa. Estábamos agotados.
***
Apoyados uno contra el otro, ya en silencio, me dijo que era la primera vez que aguantaba dos polvos seguidos sin que se le bajara, que cogía bien, que mis pechos eran lo máximo, que ya tenía planes para mi culo. Y entonces vino la sorpresa.
—Hablé con Adrián sobre vos —dijo, mirándome de costado—. Además de ser su gerente regional, somos amigos personales. Hay confianza mutua. Y me contó algo que no me sale de la cabeza.
—Decime qué fue —contesté, aunque ya intuía.
—Tu padre. La relación que tienen.
Hice una pausa antes de responder. Si Adrián se lo había dicho era porque sabía que Damián era de confianza. No podía negarlo.
—Espero que no nos juzgues mal.
—Al contrario. Me excita. No puedo dejar de pensarlo desde anoche. Y quería pedirte algo.
—Pedí.
—Quiero cogerte sin límites, con él mirando. Que esté ahí, al lado de la cama, pero sin tocar. Sólo mirando. ¿Es posible?
Me quedé quieta unos segundos. No era la primera vez que mi padre miraba —y participaba—, pero la idea de que sólo mirara, sin moverse, sin desfogarse, era otra cosa. Era pedirle que aguantara. Y estaba mi marido también. Lo dije.
—Mateo cuenta. No me olvido de él.
—Sé que te complace cuando se lo pedís. Eso también me lo contó Adrián. Y por supuesto, va a haber un regalo importante de mi parte.
Me senté en la cama. Pensé un segundo y agarré el teléfono de la mesa de luz. Llamé a Mateo por videollamada y puse altavoz. Quería que viera todo, que escuchara todo, que decidiera con la información en la mano.
—Hola, mi amor. Perdoná que te despierte. Es importante.
Yo estaba desnuda, con restos de semen aún brillando alrededor del sexo y los pechos mojados de saliva. Mateo se rio al verme.
—Veo que hubo acción.
—Bastante. Te presento a Damián, gerente regional de Adrián y nuevo amigo.
Le pasé el teléfono. Damián saludó, conversaron breve, y le expliqué la propuesta con todos los detalles. Mateo escuchó, pensó, y contestó con su lógica de siempre.
—¿Cuánto te paga?
—Estamos por hablar de la cifra.
—Bueno. Para mí está bien, con una condición: yo también miro. En vivo o por televisor gigante, pero yo también. Y que sea en nuestra ciudad, no podemos exponer a tu padre a un viaje injustificado.
Damián aceptó sin dudar. Empezó a chuparme los pechos mientras yo aún sostenía el teléfono, sabiendo que Mateo lo veía. Mi marido sonrió, nos mandó besos y cortamos.
Damián seguía duro contra mi pierna. Quiso saber lugar, fecha, monto. Le dije que primero tenía que hablar con mi padre, pero que podía imaginar el estudio en mi ciudad, o el campo durante uno o dos días. Le pregunté cuánto pensaba pagar.
—¿Cuánto te dieron alguna vez?
—La verdad: seis mil a una modelo de acá.
—¿Y ocho mil?
No le contesté. Se quedó esperando una respuesta que nunca le llegué a dar esa noche. Hicimos un sesenta y nueve lento, sin tensión, y nos dormimos.
***
Despertamos cerca de las ocho. Sentí su verga deslizándose entre mis nalgas antes de abrir los ojos del todo, y las manos en mis pechos. Me giré, lo besé y le susurré buenos días. Me gustó cómo respondió. Me dijo «me gustás mucho» con una voz que no era la de anoche, y volví a besarlo.
Empezó a frotarse contra mí. Me amasó las nalgas, se ensalivó los dedos y empezó a masajearme el ano. Sabía adónde iba.
Le dije que iba a llamar a mi padre antes de seguir. Esta vez sin altavoz y sin imagen: si la cosa avanzaba, prefería que fueran perfectos desconocidos hasta el día del encuentro. Le mandé a papá el código que usamos hace años —un saludo a una hora invertida significa «llamame cuando puedas hablar tranquilo»— y esperé.
Mientras tanto Damián se había acomodado en cuchara detrás de mí. Me ensalivó el ano de nuevo y empezó a jugar a entrar, apenas la cabeza, sin terminar de empujar. Cada tanto se volvía a ensalivar. Yo ya estaba desesperada cuando sonó el teléfono.
—Hola, papá.
Saludé con voz tranquila y le dije, sin rodeos, que estaba en la cama con alguien y que en cualquier momento me iba a coger por atrás. Quería excitarlo antes de presentarle la idea. Le expliqué la propuesta con calma, frases cortas, pidiéndole opinión más que permiso. Le dije que era libre de aceptar o rechazar. Le conté que Mateo ya había dicho que sí, con la condición de mirar él también.
—Va a ser un sacrificio para vos —le dije—. Pero a mí me gustaría que estuvieras. Imaginate en la cabecera de la cama, sosteniéndome con la mirada. Yo no te voy a soltar los ojos.
Hubo un silencio breve.
—Hija, si sufro va a ser por vos. Si gozo también. Lo hacemos.
—¿Lo hacemos?
—Adelante. ¿Estás con él ahora?
—No —mentí enfáticamente—. Estoy con Adrián. Por eso te llamé sin video.
Damián, que había oído todo, no aguantó más. Se ensalivó una última vez y empujó con fuerza. Solté un grito que se escapó solo. Sabía que mi padre lo había oído.
—Me la metió, papá. Te dejo. Gracias por aceptarlo.
—Disfrutá. Ojalá no me arrepienta.
Cortó.
Damián estaba hasta los huevos dentro de mí. Yo gozaba por lo que pasaba ahí adentro y por lo que acababa de decir mi padre. Una pierna mía cruzada sobre las de él, me la sacaba y me la volvía a meter, y yo le pedí que terminara como anoche, en el sexo después del ano.
—¿Igual que antes?
—Sí. Por favor.
La sacó, la ensalivó una vez más, y me la pasó a la cuca como en un tubo. Unos minutos de vaivén bocabajo, después me dio vuelta, me la clavó hasta el fondo de frente, fue saliendo hasta dejar la cabeza adentro y acabó. Menos volumen esta vez, pero le alcanzó. Recogió con la verga lo que escurría, me la clavó una vez más, dos minutos, se ablandó. Me la dio a chupar.
Bajó a chuparme el sexo sin ningún reparo, se subió otra vez y me besó. Le conté entonces lo que ya había deducido: que sí estaba con él durante la llamada, que mi padre no lo sabía. Le encantó el detalle. Hicimos planes vagos para septiembre. Antes de despedirlo le di un beso negro de despedida que pensé que iba a recordar más de lo necesario.
Nos duchamos, guardé el efectivo en lugar seguro —otra parte la transfería Adrián de empresa a empresa, como honorarios de conferencia— hice el check out y bajé al almuerzo.
***
La mesa estuvo formal, como correspondía. A mitad del postre, pasó al lado nuestro una pareja que conocía todo el restaurante: ella, ex modelo, hoy figura de televisión, todavía impresionante; él, alguien cuyo nombre no puedo dejar acá. Adrián los presentó como amigos suyos y quedaron en tomar café arriba.
Cuando terminamos, Adrián tardó en despedirse de mí. Al final me apretó la mano y me dijo bajito: «café en mi suite, en quince minutos».
Subí.
Ella ya estaba ahí, sin el marido, que se había ido a una reunión que —deduje después— estaba programada justamente para que se fuera. Me saludó de nuevo, esta vez con un beso en la mejilla, y se mostró mucho más simpática que en la pantalla. Conversamos un rato. Adrián, siempre directo, fue al grano:
—Antes de que te vayas, quiero que sepan que se conocieron porque ella es íntima amiga mía.
—Es así —dijo ella—. Adrián es uno de mis tres «permitidos» del mes. Sinceramente, dos de esos tres son para él. Nos vemos siempre de mañana o de tarde, porque de noche tengo familia.
—Y por cierto, los disfrutamos —agregó Adrián—. En un ambiente como el de los artistas, son imprescindibles.
—Y como el de los ejecutivos —dijo ella, mirándome a los ojos.
—Cuenten con mi reserva absoluta —dije.
—Contamos con más que tu reserva, a futuro —contestó Adrián.
Ella sonrió.
—Sos todo lo que me había contado.
—Con muchísimo gusto, de mi parte —dije, y se lo dije a ella directamente—. Me encantás.
—Gracias.
—Sabrás que ella es enamorada de mi país —agregó Adrián— y a veces va por trabajo.
—Lo sé. Nuestra casa de campo está a la orden. Para vos, para ella y también para su marido. Y mi oficina-hotel, ya saben.
Y ese fue el cierre. Bajé, busqué el coche y me volví a casa con escala en una ciudad intermedia para no agotarme. Dormí profundamente esa noche, imaginando muchas cosas. Al día siguiente llegué a los brazos de Mateo, de mi padre, de mi suegro, y a mis tareas habituales, esas que ustedes ya conocen.
Besos.
Carolina.