Le fui infiel a mi marido en la convención de Cartagena
La convención anual de la aseguradora donde trabajo siempre se celebraba en Cartagena, y siempre seguía el mismo guion: vuelo desde Bogotá, hotel de cinco estrellas frente al mar, conferencias soporíferas durante el día y una fiesta corporativa interminable por la noche. Llevaba siete años yendo. Sergio, mi marido, ya ni preguntaba demasiado cuando hacía la maleta. Confiaba en mí. Era una de las cosas que más me gustaban de él, y de las que más iban a pesarme al día siguiente.
Llegué al hotel al mediodía y subí a cambiarme antes del almuerzo. Treinta y ocho años, dos hijos, ocho de matrimonio y un cuerpo al que cuidaba con disciplina porque me daba la gana, no porque me hicieran falta los piropos. En el espejo me revisé sin nostalgia. No estaba mal. Sergio me decía que estaba mejor que cuando me casé, y yo le creía aunque sabía que era su obligación creerme.
—¿Dónde te metiste, Lorena? —el WhatsApp de Renata se encendió mientras me secaba el pelo.
—Recién llego. ¿Bajamos a almorzar?
—Te espero en el lobby en quince.
Renata era mi mano derecha en la oficina de Bogotá. Treinta y dos años, soltera por convicción y una de esas mujeres que entran a un lugar y obligan a la mitad de los hombres a mirar al piso porque les quema mirarla de frente. Nos llevábamos bien desde el primer día. Yo aportaba la cabeza fría y los contactos; ella aportaba el desparpajo y una capacidad para cerrar pólizas que rayaba en la magia negra. Hernán, nuestro jefe regional, nos adoraba porque le hacíamos los números todos los trimestres.
El almuerzo fue largo, la conferencia de la tarde fue eterna, y para cuando llegó la cena yo ya estaba contando las horas. Subí a vestirme. Saqué del clóset un vestido negro corto, ajustado en la cintura, con un escote discreto. Ropa interior roja, porque hasta yo necesito acordarme a veces de que soy una mujer y no solo una ejecutiva. Tacones medios para no quedar coja a las dos de la mañana. Me miré una última vez y pensé que esa noche iba a beber un poco más de la cuenta.
La fiesta en el salón principal era exactamente como la había anticipado: doscientos compañeros de toda la región hablando de pólizas, comisiones y resultados trimestrales. A las once y media yo ya estaba harta. Renata se había enredado en una conversación con dos directores de la zona Pacífico, y yo aproveché para escabullirme.
—Voy a tomar aire —le dije al oído.
—Aguanta media hora más, no me dejes sola con estos.
—No prometo nada.
Salí al hall principal y, en lugar de subir, me desvié hacia una pequeña barra lateral que estaba prácticamente vacía. Dos camareros limpiaban copas detrás del mostrador, ajenos al resto del mundo. Me senté en uno de los taburetes y dejé caer el bolso.
—¿Le sirvo algo, señora? —preguntó el más joven.
—Un brandy. Solo.
—Enseguida.
Los miré con calma mientras me preparaban la copa. El joven tendría unos veintiséis, delgado, con el pelo castaño y rizado y una sonrisa fácil que se le notaba ensayada. Atractivo, sí, pero del tipo que ya sabe que es atractivo. El otro era distinto. Mayor, treinta y tantos, alto, ancho de espaldas, la cabeza rapada y una barba corta muy bien recortada. Camisa negra, corbata negra. No me miraba. Limpiaba copas con la misma concentración con la que se desactiva una bomba. Y eso, justamente eso, me molestó. Me molestó tanto que decidí que esa noche iba a obligarlo a mirarme.
—Disculpe —le dije, directo a él—. ¿Usted también sabe servir un brandy, o solo lava copas?
Levantó la vista por primera vez. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y una manera de sostener la mirada que me hizo sentir que llevaba meses preparándose para devolverla.
—Sirvo lo que la señora pida —respondió, sin apurarse.
—Lorena.
—Diego.
Diego. Me lo repetí en silencio mientras me llevaba el primer sorbo de brandy a los labios. El joven seguía a lo suyo, charlando con un huésped que se había acercado a pedir algo. Diego y yo quedamos prácticamente solos en nuestra punta de la barra.
—¿No le toca atender la fiesta? —pregunté.
—A mí me tocó la barra de fuera. Aquí solo entra quien se escapa.
—Entonces hoy se va a aburrir mucho.
—Eso depende.
Lo dijo con el tono justo. Ni un milímetro de más, ni uno de menos. Y a mí se me secó la boca y se me humedeció el coño al mismo tiempo, con una precisión insultante. Hacía años que un hombre no me hacía sentir esa cosa concreta, esa que empieza en el estómago y baja sin pedir permiso, esa que te obliga a apretar los muslos debajo de la barra para que no se te note. Bebí otro sorbo, despacio, y crucé las piernas para que el vestido me tirara un poco más arriba.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Se aburre?
—Mortalmente.
—¿Cuántos días se queda?
—Tres.
—Es mucho tiempo para una mujer que se aburre.
Me reí. Una risa baja, sin abrir mucho la boca. Iba a contestarle algo cuando vi a Renata bajando la escalera. Cuando Renata baja una escalera, no hay forma de no mirarla. Vestido rosa metálico, tacones altísimos, el pelo suelto. Llegó a la barra, me apretó el brazo y miró a los dos camareros como quien tasa un anillo.
—Veo que estabas muy aburrida —me dijo en voz baja.
—Mucho.
—¿Cuál te gusta?
—El de negro.
—Buena elección. Me quedo con el otro.
Pidió un martini y se acodó al lado del joven, que la atendió de inmediato como si llevara toda la noche esperándola. En diez minutos ya se reían. En quince, las puntas de los dedos de él rozaban las de ella sobre la barra. Renata cerraba pólizas y cerraba hombres con la misma técnica: paciencia y una sonrisa al final.
Yo me quedé en mi lado, con Diego frente a mí. Hablamos poco. Le pregunté cosas que no me interesaban demasiado y él me contestó con esa economía de palabras que algunos hombres usan como arma. En un momento dejó la copa que estaba secando y se inclinó hacia adelante apoyando los antebrazos en la barra. Le miré los brazos, gruesos, con las venas marcadas debajo de la camisa remangada, y me imaginé una de esas manos entre mis piernas con una claridad que me hizo cerrar los ojos un segundo.
—¿Está casada? —preguntó.
—Sí.
—¿Y le importa?
Me quedé en silencio. Demasiado silencio. Cuando levanté los ojos él seguía esperando la respuesta.
—Esta noche no —dije.
Asintió una vez, muy despacio.
—Termino en cuarenta minutos.
—Habitación cuatrocientos catorce.
—Allá estaré.
Me terminé el brandy de un trago y bajé del taburete. Al bajar sentí la ropa interior roja pegada, empapada, y tuve que apretar los muslos otra vez, esta vez para caminar derecho. Renata estaba ocupada y no la interrumpí. Subí al ascensor sola, miré mi reflejo en el espejo de bronce y vi a una mujer que hacía mucho que no se reconocía. No me dio pena. Me dio una especie de hambre.
***
Llegó a las doce y treinta y dos. Lo sé porque miré el reloj cuando tocó la puerta. Me había duchado, me había puesto perfume detrás de las orejas y en la cara interna de los muslos, había dejado las luces bajas y me había pasado dos dedos por el coño antes de abrir, para calmarme, y solo había conseguido lo contrario. Abrí en bata. Diego entró sin hablar, cerró la puerta con el pie y me sostuvo la mirada como en la barra. Esa mirada me derrumbaba.
—Vine —dijo.
—Ya veo.
—¿Sigue queriendo?
—Sí.
Me besó sin avisar. No fue suave. Me sujetó por la nuca con una mano grande y caliente y me obligó a abrir la boca. Le devolví el beso con la misma furia que me daba la propia decisión que estaba tomando. Pensé en Sergio una sola vez, en mi casa de Bogotá, en mis hijos durmiendo. Después no pensé más en eso. La bata se abrió sola, o casi. La otra mano de Diego se metió por el hueco, me subió por el vientre desnudo y me apretó una teta entera, pesándola como se pesa la fruta en el mercado. El pezón se le clavó en la palma y yo gemí dentro de su boca.
—Estabas esperándome —murmuró contra mi cuello.
—Llevo media hora esperándote.
—Media hora tocándote, seguro.
—Un poco.
—Enséñame cómo.
Me empujó contra la pared del pasillo de la habitación y me besó otra vez, ahora más despacio, mordiéndome el labio inferior justo cuando yo creía que iba a soltarme. Las manos me bajaron por la espalda hasta el trasero y me apretó con fuerza, levantándome lo suficiente para que sintiera, contra el vientre, lo que llevaba bajo el pantalón. Una polla dura, larga, gruesa, atrapada de lado contra la tela, empujando como si quisiera romperla. Solté un sonido que no había hecho desde hacía años y le busqué la bragueta con la mano. Se la apreté por encima del pantalón, midiéndolo, y él me mordió el cuello como respuesta.
—Diego.
—Dime.
—No tengo toda la noche.
—Yo sí.
Me llevó al borde de la cama y me sentó. Se desabotonó la camisa negra muy lentamente, mirándome todo el tiempo, como si me obligara a verlo bien antes de seguir. Cuando dejó caer la camisa al piso, me quedé sin aire. No era un cuerpo de gimnasio. Era un cuerpo trabajado por la vida: hombros anchos, pecho liso, el vientre marcado sin exageración, una línea oscura de vello que le bajaba por el ombligo y se perdía dentro del pantalón. Le pasé las manos por encima y le dejé las uñas marcadas sin querer. Me acerqué, le desabroché el cinturón y le bajé el cierre. Le solté el pantalón y le metí la mano en el bóxer sin pedir permiso.
La polla saltó afuera cuando le bajé la tela, caliente y venosa, con la punta ya mojada. La agarré por la base, la sopesé, y descubrí que apenas me la abarcaba la mano. Le pasé el pulgar por el glande y una gota gruesa se me quedó pegada al dedo.
—Mira lo que tenías guardado —murmuré.
—Para ti.
—Cállate.
Me incliné hacia adelante y me la metí en la boca de golpe, hasta donde me alcanzó, y él soltó un jadeo ronco y me metió la mano en el pelo. Le chupé la polla despacio al principio, sacándomela hasta el borde de los labios para volver a tragármela entera, humedeciéndosela con saliva hasta que le brilló. Le pasé la lengua plana por debajo, de la base al glande, y después me dediqué a la punta, jugando con ella entre los labios y la lengua mientras con la mano se la masturbaba. Él me miraba desde arriba, con esa cara que se les pone a los hombres cuando les estás haciendo perder el hilo. Me la clavé al fondo de la garganta, tosí un poco, se me llenaron los ojos de lágrimas, y volví a hacerlo. Le agarré los huevos con la otra mano y se los apreté con cuidado.
—Puta madre, Lorena.
—¿Te gusta cómo te la chupo?
—No pares.
—Después.
Me la saqué de la boca con un ruido húmedo y me acosté hacia atrás en la cama, arrastrándolo con la mano. Se terminó de sacar el pantalón, se quitó los zapatos a patadas y quedó desnudo, de rodillas al pie de la cama, con la polla apuntándome directo a la cara.
—Acuéstate —me ordenó.
Lo hice. Me bajó la bata por completo y me dejó tirada sobre la colcha, desnuda salvo por una cadena fina que llevaba en el cuello desde el día de mi boda y que ninguno de los dos mencionó. Se arrodilló al pie de la cama, me agarró los muslos con las dos manos y me los abrió sin contemplaciones. Me sentí expuesta hasta un límite que no recordaba. Me miraba el coño de cerca, sin apuro, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
—Mírame —dijo.
Lo miré. Y entonces bajó la cabeza y empezó a comerme con una calma que rayaba en la crueldad. Me pasó la lengua entera, plana y ancha, de abajo hacia arriba, de la entrada del coño al clítoris, y allí se quedó, dándole vueltas despacio, chupándomelo entre los labios y soltándolo, apenas rozándolo con la punta cuando yo ya empujaba las caderas contra su boca. Los labios apenas rozándome, dos dedos que entraban y salían de mi coño marcando un ritmo que era completamente suyo, curvados hacia arriba, tocándome un punto que me hacía apretar los muslos alrededor de su cabeza. Yo me agarré a las sábanas como si pudieran salvarme de algo. Me metió un tercer dedo, sin preguntar. La lengua se le concentró en el clítoris con una insistencia que ya no era caricia, era trabajo. Me corrí antes de lo que me hubiera gustado admitir. No fue un orgasmo educado. Fue un grito que tuve que tapar con la mano libre, mientras él seguía sin levantar la cabeza, chupando y lamiendo entre mis piernas como si estuviera a la mitad de un trabajo, exprimiéndome hasta la última contracción.
—Diego, por favor —murmuré cuando ya no aguantaba más.
—¿Por favor qué?
—Súbete. Métemela.
—Dilo bien.
—Fóllame de una vez.
Subió. Se inclinó sobre mí y me besó en la boca. Me llegó mi propio sabor mezclado con el suyo. Con una mano se agarró la polla y me la pasó de arriba abajo por los labios del coño, sin meterla todavía, empapándose la punta, restregándomela en el clítoris hasta hacerme temblar de nuevo.
—¿Sin nada? —preguntó.
Le di los segundos justos para decir lo correcto. No los aproveché.
—Sin nada.
Entró despacio, centímetro a centímetro, sin apartar los ojos de mí. Yo abrí la boca para gemir y él me la tapó con la suya. Me besó mientras se enterraba hasta el fondo, y se quedó quieto unos segundos para dejarme acostumbrar. Lo sentí latir dentro. Me llenaba de una manera que no recordaba que una polla pudiera llenarme, y ese solo pensamiento me obligó a apretárselo por dentro, a propósito, para que lo notara.
—Así —murmuró—. Apriétamela.
Después empezó a moverse. Despacio al principio, midiéndome; sacándomela casi entera para volver a clavármela hasta los huevos, con ese golpe seco de la pelvis que me sacaba el aire. Después más fuerte; después como si los dos lleváramos años postergando ese encuentro y solo nos quedara una hora para alcanzarlo. La cama empezó a golpear contra la pared con un ruido que a mí ya me daba lo mismo.
—Mírame —repetía—. No cierres los ojos.
Yo lo miraba. Le clavaba las uñas en los hombros y lo miraba. Me subió las piernas por encima de sus hombros y desde ese ángulo me la metió más profundo todavía. Le veía el vientre golpeando contra el mío, la polla saliendo brillante de mi coño y volviendo a hundirse, y no podía dejar de mirarlo. Se llevó una mano a la boca, se lamió el pulgar y me lo puso encima del clítoris, apretándome despacio en círculos mientras seguía cogiéndome. Me corrí otra vez, en silencio, apretando la boca contra su antebrazo.
En algún momento me dio vuelta, me puso boca abajo, me levantó las caderas y volvió a entrar desde atrás. La primera embestida me hizo gemir con la cara enterrada en la almohada. Con una mano me sujetaba la nuca contra la almohada y con la otra me sostenía la cadera. Me dio una palmada en el culo, fuerte, y el escozor se me mezcló con el placer de una manera nueva. Me dio otra. Después me agarró el pelo desde la nuca, me tiró hacia atrás y me obligó a arquearme mientras me la clavaba con embestidas largas.
—Mira cómo te tengo —me dijo al oído—. Casada, con las nalgas rojas, y suplicando.
—Sí.
—Dilo.
—Estoy casada.
—¿Y qué hago yo con tu coño?
—Lo que quieras.
—Otra vez.
—Fóllame lo que quieras, Diego, por favor.
Su voz me llegaba grave, contra el oído, diciéndome cosas que en otra vida me habrían avergonzado y que esa noche me hicieron acabar otra vez, mordiéndome el antebrazo para no despertar al hotel entero. El coño me palpitaba alrededor de su polla en oleadas y él no paraba, seguía embistiéndome mientras yo me deshacía.
—Voy a terminar —dijo al cabo de un rato, con la voz ya rota.
—Adentro no.
—¿Segura?
—Segura. Encima. Encima de mí.
Aceleró. Me clavó las últimas embestidas con una fuerza que me tumbó de bruces contra el colchón, gruñendo entre dientes. Salió en el último segundo, se agarró la polla y se vació sobre mi espalda y mis nalgas con dos, tres, cuatro chorros gruesos de semen caliente que me corrieron por la cintura hasta el hueco de los riñones, dejándome marcada como una confesión. Sentí una gota resbalarme entre las nalgas y no me moví para limpiarla.
Se dejó caer a mi lado, con la respiración rota, y me apartó el pelo de la frente con una delicadeza que no le había pedido y que me desarmó más que todo lo anterior. Pasó un dedo por el reguero de semen que tenía en la espalda, despacio, como firmando.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Te quedas tranquila?
—Mañana ya veré.
Se rio bajo. Una risa corta, sin maldad.
***
Se quedó hasta las cuatro. En el medio, cuando yo ya me creía en paz, se puso de espaldas contra el respaldo, me agarró de la cintura y me sentó encima de él. Me clavé sola sobre su polla, otra vez dura, y monté despacio, apoyando las manos en su pecho, mirándolo desde arriba mientras él me chupaba las tetas de a una, mordiéndome los pezones con los dientes justos. Me corrí encima de él con las rodillas temblándome, y esta vez le dejé terminar dentro de mi boca. Me arrodillé en el piso al pie de la cama y me la mamé hasta que me llenó la lengua de semen espeso y salado. Se lo enseñé antes de tragarlo. Le encantó.
No volvimos a hablar de Sergio, ni de la habitación, ni del hotel. Hablamos de tonterías, como dos personas que se conocían desde antes. Me contó que estudiaba ingeniería de noche, que le quedaban dos años, que vivía con su madre en un barrio que no me molesté en aprender. Yo le conté mentiras pequeñas sobre mi trabajo, cosas que sonaban a verdad. A las cuatro y diez se levantó, se vistió en silencio y me dio un beso en la frente, no en la boca, y eso me pareció más íntimo que todo lo anterior.
—¿Te volveré a ver? —pregunté, sin saber por qué lo preguntaba.
—Estoy todas las noches en la barra hasta el sábado.
—De acuerdo.
Cuando cerró la puerta, me quedé en la cama mirando el techo. Me dolía el cuerpo en lugares que no usaba hacía tiempo. Tenía el coño hinchado, los pezones ardidos y el sabor de él todavía en la boca. Pensé en Sergio. Esperé sentir la culpa. La culpa no llegó. Llegó algo más extraño, una calma rara, como si me hubieran devuelto una parte mía que ni siquiera sabía que andaba extraviada. Mañana veré qué hago con esto.
Renata me escribió a las nueve.
—Desayuno en quince. Cuéntame todo.
—No hay nada que contar —contesté.
Y sonreí sola, en una habitación que olía a hombre y a semen seco sobre las sábanas, sabiendo perfectamente que esa misma noche, antes de subir a hacer la maleta, iba a bajar otra vez a la barra. Solo por un brandy. Eso me dije. Solo por un brandy.