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Relatos Ardientes

El lechero le hizo probar algo más que la leche

El timbre sonó a las siete en punto, igual que cada mañana de la semana. Mariela abrió la puerta con la taza de café todavía caliente entre las manos, envuelta en el albornoz de seda granate que reservaba para esas horas en que la casa era solo suya. Rodrigo se había ido al despacho hacía ya media hora, y el silencio que dejaba atrás era el único momento del día en que ella sentía que respiraba.

En el umbral estaba él. El lechero. Un hombre joven y ancho de hombros, de brazos trabajados y una sonrisa lenta que siempre parecía esconder algo que no terminaba de decir.

—Buenos días, señora. Hoy le traje algo especial —dijo, levantando una botella de vidrio que no era la de costumbre. El líquido del interior tenía un blanco amarillento, denso, casi viscoso contra el cristal.

—¿Qué es eso, Damián? —preguntó ella, apoyándose en el marco.

—Leche nueva. De una vaca poco común. Más espesa, más… sustanciosa. Para probarla bien tengo que advertirle una cosa: es un poco caprichosa. A veces desborda y salpica. No querría manchar un albornoz tan bonito.

La advertencia sonó sincera, pero había un brillo en sus ojos que decía otra cosa. Antes de que ella alcanzara a responder, él ya había cruzado el umbral y se metía en la cocina como si conociera la casa de memoria.

—Para que esté cómoda y no se preocupe por la ropa, póngase esto —dijo, y sacó de su bolso un delantal doblado con cuidado. Lo desplegó frente a ella. Mariela contuvo el aliento.

No era de tela de trabajo. Era de encaje rosa, fino, casi transparente, con dos lazos de satén que colgaban de los hombros.

—Damián, esto es… esto es de juego, no es para una cocina —protestó ella, con una risa que le tembló en la garganta.

—Es para no mancharse, señora. Y para probar bien la leche hay que tener el ambiente adecuado —insistió él, acercándoselo—. Póngaselo. Y esto también, por si algo se derrama.

Le tendió un par de guantes de goma amarillos, brillantes, recién estrenados. La escena era absurda, ridícula incluso, y aun así la calma con que él daba las órdenes la desarmaba por completo. Sintió una punzada baja en el vientre, una curiosidad peligrosa que no quería nombrar. Con un suspiro que fue más rendición que negativa, se ató el delantal de encaje por encima del albornoz.

El tejido áspero le rozó los pezones a través de la seda y un escalofrío le subió por la espalda sin pedirle permiso. Después se calzó los guantes, sintiendo cómo sus manos se volvían algo ajeno, instrumental, dispuesto a obedecer.

—Así está mucho mejor —murmuró él, mirándola de arriba abajo con una aprobación que la hizo enrojecer—. Ahora sí parece lista para servir.

La palabra la golpeó en algún sitio que no esperaba. No la ofendió. La encendió.

—Empecemos la prueba —dijo Damián, colocando la botella sobre la mesa de la cocina. La destapó despacio, con una solemnidad casi teatral. Un olor dulzón, tibio, casi animal, se le metió a Mariela por la nariz—. Siéntese y abra la boca.

Ella obedeció sin pensarlo, y esa obediencia automática fue lo que más la asustó. Se sentó en una de las sillas de madera, las manos enguantadas quietas sobre el regazo, echó la cabeza hacia atrás y separó los labios.

Pero él no inclinó la botella. En lugar de eso, se desabrochó el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las trabillas resonó en la cocina silenciosa. Mariela abrió los ojos de par en par, con una mezcla de sobresalto y una anticipación que le aceleró el pulso.

—Primero probamos la leche del lechero —dijo él, con la voz más baja y más grave—. La que viene directa de la fuente.

Se liberó del pantalón. Ya estaba duro, grueso, expuesto a un palmo de su cara. Se lo paseó despacio por los labios entreabiertos de ella, que seguían separados por el asombro. La protesta se le atascó en algún punto entre la garganta y la conciencia. Y entonces él empujó, apenas un poco, y se lo metió en la boca.

Era cálido, pesado, con un sabor salado y limpio que le inundó la lengua. Mariela se quedó inmóvil un segundo, sentada en su propia cocina, con el delantal de encaje atado al pecho y los guantes amarillos en las manos, usada de esa manera, en su propia casa, mientras su marido firmaba papeles a quince minutos de allí. El pensamiento de Rodrigo le cruzó la mente como un relámpago y, en vez de frenarla, la empujó más adentro.

Empezó a moverse. Despacio al principio, con la lengua, explorándolo, midiéndolo, descubriéndolo. La vergüenza y el deseo se le mezclaban hasta volverse indistinguibles.

—Así, señora —dijo él, hundiéndole los dedos en el pelo—. Pruebe bien. A ver si es tan sustanciosa como le prometí.

La retiró de golpe, dejándola jadeando. Un hilo brillante le colgaba del labio inferior. Mariela tragó saliva, mareada, con las mejillas ardiendo.

—Ahora viene la segunda parte de la prueba —dijo, señalando el suelo con un gesto seco—. De rodillas. Es la hora del postre.

La orden cayó directa, sin adornos ni rodeos. Mariela vaciló una fracción de segundo. Una voz dentro le gritaba que parase, le recordaba el anillo que llevaba en el dedo, las catorce mañanas iguales con su café y su silencio, la palabra esposa. Pero su cuerpo ya se había puesto en marcha por su cuenta.

Una sola vez. Nadie tiene por qué saberlo.

Se arrodilló sobre las baldosas frías, el encaje rosa rozándole los muslos, hasta quedar a la altura exacta. Levantó la vista. Él la miraba desde arriba con una tranquilidad que la hacía sentir pequeña y, al mismo tiempo, extrañamente libre.

—Abra la boca y deguste despacio —dijo Damián, tomándola por la nuca y guiándola hacia él—. Quiero verla tragar hasta la última gota.

Mariela lo miró una última vez. En sus ojos había una mezcla rara de sumisión y hambre, las dos cosas a la vez, sin contradicción. Después abrió la boca y lo recibió entero.

Empezó a chuparlo con una entrega que no se conocía. Ya no protestaba. Ya no era la señora de la casa, ni la mujer de Rodrigo, ni la dueña de esa cocina impecable que limpiaba cada tarde. Era la sirvienta del delantal de encaje, la de los guantes amarillos, y su único propósito en ese instante era complacerlo. Lo chupó con ganas, con un apetito que la sorprendió a ella misma, sintiendo cómo crecía contra su lengua, escuchando los gemidos roncos que él dejaba escapar entre dientes.

Las manos enguantadas le subieron por los muslos a él, lo sujetaron, lo acercaron más. El roce de la goma contra su piel arrancó otro gemido. Mariela cerró los ojos y se dejó ir, midiendo el ritmo por los sonidos que él hacía, acelerando cuando lo sentía tensarse, frenando para alargar el tormento.

—Sí, así, sin parar —jadeó él, con la mano firme en su nuca—. No me imaginaba que la señora tan correcta tuviera esta boca.

La humillación de la frase le bajó por el cuerpo como una corriente y la dejó más mojada todavía. Apretó los muslos enguantados uno contra otro, buscando alivio, sin dejar de moverse. Cada palabra que la rebajaba parecía empujarla un poco más lejos de la mujer que había sido al abrir la puerta.

Sintió el cambio antes de que él lo dijera: la respiración más corta, los músculos en tensión, los dedos cerrándose con fuerza en su pelo.

—Trágalo todo —ordenó, con la voz quebrada—. Hasta el final.

Y entonces terminó. El primer chorro le golpeó el paladar, espeso, caliente, abundante. Era la leche que le había prometido, sustanciosa y copiosa, igual que el resto de la promesa. Mariela lo recibió sin apartarse, sin perder una gota, tragando cada oleada mientras él temblaba sobre ella sujetándola por la nuca. El sabor salado se le quedó pegado a la lengua como una marca.

Cuando él por fin se retiró, ella se quedó arrodillada en las baldosas, los labios hinchados y brillantes, el delantal de encaje torcido, la respiración entrecortada y algo dentro del pecho sacudido por completo.

Damián se acomodó la ropa con una calma exasperante, se abrochó el cinturón y recogió la botella sin abrir de la mesa.

—La leche nueva se la dejo igual —dijo, con esa misma sonrisa lenta del principio—. Para que la pruebe usted sola y compare.

La dejó sobre la encimera, junto a la taza de café ya frío. Mariela seguía en el suelo, mirándolo, incapaz de decir nada que tuviera sentido.

—Mañana a las siete, como siempre —añadió él, ya en la puerta—. Y póngase otra vez el delantal. Le queda mejor que el albornoz.

La puerta se cerró con un clic suave. Mariela se quedó un rato largo arrodillada en su cocina perfecta, con los guantes amarillos todavía puestos y el corazón golpeándole las costillas. Despacio, se levantó. Se quitó un guante, luego el otro, y los dejó doblados con cuidado junto a la botella.

Subió a ducharse antes de que volviera Rodrigo. Bajo el agua caliente se frotó la piel hasta dejarla roja, como si así pudiera borrar lo que acababa de pasar. Pero mientras se enjuagaba, se descubrió contando las horas que faltaban para las siete de la mañana siguiente, y supo, con una certeza que la asustó más que cualquier culpa, que a partir de ese día siempre tendría sed.

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Comentarios (4)

KarinaMza

jajaja el titulo ya lo dice todo!! me enganchó de entrada y no me decepcionó para nada. Muy bueno

ValenRO

Que inicio tan bueno, desde el primer parrafo ya estaba totalmente metida en la historia. Excelente relato, seguí escribiendo!

LectorBA_23

necesito la segunda parte ya!! no puede terminar asi

Toni_BsAs

Me hizo acordar a esas historias de barrio que uno escuchaba de chico, pero esta version es mucho mas interesante jaja. Tremendo

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