Lo que hizo mi primer amor en casa de mi amigo
El sol nos golpeaba de frente en la autopista mientras volvíamos del último porte de la mañana. Yo odiaba cargar muebles por escaleras infinitas, pero necesitaba el dinero para seguir pagando la carrera en la ciudad. Desde que me marché a estudiar Arquitectura, pasaba los veranos en la empresa de mudanzas del tío de Bruno, mi mejor amigo, que iba espatarrado detrás con el móvil pegado a la cara.
—¿En serio nunca te conté lo de aquella fiesta? —dije, con las zapatillas en el salpicadero—. Bruno se metió en medio cuando otro tío estaba a punto de llevarse a la chica. Insistió tanto en seguir bebiendo en su casa que acabamos los tres en la misma cama.
—Menudos gritos pegaba —añadió él desde atrás, sin levantar la vista de la pantalla.
Bruno era un año mayor que yo. En el pueblo lo conocían de sobra: el típico ligón del instituto que se llevaba a todas por su físico y su sonrisa fácil. Le llamaban El Lobo. Se había ganado el mote yendo siempre salido, persiguiendo mujeres como un animal hasta acostarse con ellas. Nunca fue el más listo; por eso se había quedado aquí, viviendo de cualquier manera en la casa de sus abuelos.
Se asomó entre los dos asientos delanteros y me plantó el móvil en la cara. Una chica salía completamente desnuda, mordiéndose el labio, con un tanga rosa diminuto.
—¿Esa no es Noelia Cano, la pelirroja de los ojos verdes? —pregunté, reconociendo a una chica que iba un curso por debajo del mío—. Joder, está buenísima.
—Me la mandó esta mañana. Quiere quedar otra vez —dijo, sacudiendo la mano—. Es una pesada, pero esta noche me la tiro igual.
Era increíble la facilidad que tenía. A mí me costaba horrores. Me faltaba esa chispa, ese descaro. Me limité a asentir, resignado.
***
Al volver al local me vibró el móvil. Era Carla. «¿Estás en casa hoy?» Lo leí dos veces, con un cosquilleo raro en el estómago, y respondí que se pasara luego.
De niños, Carla venía mucho a mi cuarto a ver películas y leer. Se mudó al barrio, a casa de su abuela, cuando estábamos en quinto, y desde entonces fuimos inseparables. Fue mi primer amor: el primer beso inocente, las familias que se conocían, todo perfecto. Lo dejamos al empezar la secundaria, y a los dieciséis, justo cuando reuní valor para pedirle salir otra vez, ella se marchó del pueblo. Mi madre me contó que este verano había vuelto a pasar unos días con su abuela. Estudiaba Veterinaria. Hacía años que no la veía.
La encontré esperando en mi portal con una sudadera azul, el pelo suelto teñido de un castaño claro en lugar de su negro de siempre, y un flequillo desordenado que enmarcaba esos ojos enormes. Caminamos durante horas, hablando de lo mucho que habíamos cambiado. El corazón se me aceleraba cada vez que el viento le movía el pelo. Al final dijo que quería releer un libro que le presté de niña, y terminamos en mi habitación, como antaño.
—Tu cuarto huele igual a como recordaba —dijo, alzándose de puntillas para alcanzar el libro de la balda más alta—. Eso me hace sentir un poco en casa.
Mis ojos se desviaron sin querer hacia sus caderas. Había ganado algo de peso desde la última vez, sobre todo en los glúteos, ahora más redondeados. La forma en que echaba el culo hacia atrás no ayudaba. Aparté la mirada, incómodo conmigo mismo.
—¿Tienes novia? —soltó mientras hojeaba El jardín de las brumas.
—Ahora no. Un día estoy con una, otro con otra. Me gusta la libertad —mentí. Si le decía la verdad, sonaría a pringado.
—Yo también he estado con unos cuantos —respondió, con una sombra de tristeza que duró un suspiro—. Hace tiempo que dejé de ser una cría.
—¡Mateo! —El grito se coló por la ventana. Solo por el tono supe que era El Lobo.
Salí a la puerta. Bruno, rascándose la barriga, venía a que le prestara la consola porque su última conquista lo había dejado tirado. Se la di y volví.
—¿Cómo puede ser tu mejor amigo alguien así? —preguntó Carla—. Nunca os vi hablar.
—Tú te fuiste. No sabes qué hemos hecho desde entonces —me defendí, y le pasé el móvil con fotos de un viaje a Baleares. Al deslizar, apareció un mensaje entrante de Bruno y lo toqué sin querer. «Lo prometido es deuda. No te la casques mucho.» La pelirroja, desnuda. La sangre abandonó mi rostro.
—¿Y esa chica? —preguntó ella con fingida indiferencia, haciendo zoom—. Se parece un poco a mí, ¿no crees?
—¡Qué va! Solo tenéis el mismo color de pelo —me reí, nervioso, guardando el teléfono a toda prisa.
—Si tú lo dices… —Se levantó y estiró los brazos como un gato—. Porque juraría que tiene mis mismos ojos. Aunque yo tengo las tetas más grandes. ¿Tú qué crees? —Caminó hacia la puerta y se giró—. Espero que no te la casques mucho. Y menos con una que se parece a mí.
La puerta se cerró con un clic. Me senté en la cama con la respiración pesada y un bulto imposible de disimular. Saqué el móvil y abrí la foto. No era ella, pero no pude evitar verla con los ojos de Carla, con su voz riéndose de mí en la cabeza. Acabé corriéndome en menos de un minuto. Carla había vuelto, y por un instante volví a sentirme feliz.
***
Al día siguiente, Bruno no se presentó al trabajo. Su tío, Rosendo, me mandó a buscarlo con la vena de la frente hinchada. Aparqué frente a su casa, la última antes de los campos, y entré por el jardín. Unos aullidos de placer salían del ventanal abierto. Me asomé.
Bruno veía una grabación casera suya con la pelirroja, hecha en ese mismo sofá, mientras se masturbaba sin el menor pudor.
—Cabrón, no has venido a trabajar y tu tío por poco nos mata —le solté. Ni se inmutó.
—Es que esta mañana me escribió Noelia. Se me fue la hora —respondió, sin detener la mano, presumiendo de todas las posturas que habían probado.
Mis ojos se desviaron un segundo, sin poder evitarlo. Se la machacaba despacio, la mano enorme apenas capaz de rodearla, las venas tensas como cuerdas bajo la piel. Vivía en un estado constante de excitación, algo casi animal. Bajé la vista a mis pies. ¿Qué hago yo mirando a mi amigo hacerse una paja?
—Oye, ¿mañana me llevas en moto al local? —preguntó con total naturalidad—. Mi tío no va a venir a buscarme.
—Claro. Esta noche me paso por la casa de apuestas.
***
Esa noche, una de esas apuestas locas que hago por impulso salió redonda y me llevé trescientos cincuenta euros. Volvía a casa cuando un grito agudo me frenó a mitad de camino.
—¡Eh! ¡Espérame!
Carla se acercaba con paso ligero. Vestía una camiseta de tirantes blanca que le marcaba las curvas y una falda oscura que danzaba a cada paso, a media altura del muslo. El corazón se me disparó.
—¿Has bebido? —Le ofrecí el brazo. Tenía las mejillas coloradas y los ojos brillantes.
—Solo un poco —replicó, dando una vuelta sobre sí misma. La falda se alzó un instante—. ¿Por qué no me invitas a tu casa y nos tomamos una? Me pongo muy cariñosa cuando bebo.
—No me voy a aprovechar de ti, Carla.
Se detuvo en seco y avanzó hasta quedar frente a mí, inclinándose, con un escote que dejaba poco a la imaginación. Me clavó el índice en el pecho.
—No soy una cría, Mateo. He bebido, ¿y qué? Tengo muy claro lo que quiero —dijo, sin alzar la voz, con esa expresión casi angelical que me hacía vibrar entero.
Fuimos hacia la tienda del barrio, pero la persiana ya bajaba. Justo en la puerta nos cruzamos con quien menos esperaba: Bruno, con una botella de whisky en la mano. Me dio un abrazo efusivo y saludó a Carla con dos besos demasiado largos.
—Soy Bruno. Tú ibas al insti, ¿verdad?
—Soy Carla. Te llamaban El Lobo —respondió ella con una sonrisa educada.
—No me habías dicho que conocías a esta belleza —me dijo, rodeándome el cuello con el brazo—. ¿A dónde ibais?
—A mi casa, a tomar un par de copas.
—¿Vais a follar? Qué suerte —soltó sin filtro.
—¿Tú qué te crees? ¿Que por ir a solas con alguien ya vamos a abrirnos de piernas? —replicó Carla, arrugando el entrecejo.
—Solo digo que si yo me fuera a solas con una tía buena como tú, acabaríamos follando. La haría gozar toda la noche.
Nos quedamos los tres en un silencio denso. Intenté cortarlo como creí mejor.
—Qué va… Carla es como una hermana para mí. No le tocaría ni un pelo.
Ella parpadeó despacio y frunció los labios, como si algo de lo que dije le hubiera molestado.
—Pues yo la veo como una mujer. Y menuda mujer —bufó Bruno—. ¿Por qué no venís a mi casa? Estamos más cerca.
—Sí —me interrumpió Carla, mirándome de reojo—. Seguro que nos lo pasamos genial los tres. Ya que soy su «casi hermana».
***
Bruno no paró de encadenar chistes por el camino. Al principio Carla lo ignoraba, con los brazos cruzados, pero le costaba cada vez más disimular la sonrisa. Cuando llegamos, estaba doblada de la risa. Yo apenas había abierto la boca. Sabía que me estaba ignorando, y disfrutaba haciéndolo.
El salón olía fuerte, espeso, a sexo. Carla se sentó en el sofá verde; yo, con la imagen de Bruno masturbándose ahí al mediodía aún fresca, opté por la butaca del rincón. Él volvió de la cocina con tres chupitos y los llenó de whisky hasta el borde.
—Por esta nueva amistad —brindó, bebiéndoselo de un trago antes de dejarse caer junto a Carla y extender el brazo por detrás de ella—. ¿Qué recuerdas de mí?
—Que le entrabas a todas porque eras guapo —respondió ella entre risas—. Y ahora intentas lo mismo conmigo. No te va a funcionar.
Sentí un escalofrío al ver el brillo en sus ojos. Conocía esa mirada: era el momento exacto en que elegía un objetivo.
—No seas tan mala —le apoyó una mano en la rodilla—. ¿Te he dicho que soy muy bueno con los masajes?
—Pues aquí tienes tu primer «no» —dijo ella, formando un anillo perfecto con los labios.
—De momento —replicó él, grave.
La conversación siguió, y cada vez me sentía más invisible. Se tomaron otra ronda y el flirteo avanzaba como si llevaran toda la noche en eso. Las frases subían de tono, las miradas duraban más. Carla ya no se giraba a comprobar si yo escuchaba. Harto de esperar un turno que quizá nunca existió, me fui a la cocina con la botella. Me preparé un whisky con cola y le di un trago largo mientras las carcajadas estallaban en el salón.
Cuando volví, Bruno se inclinaba para susurrarle algo al oído. Sus dedos ya estaban bastante más arriba, acariciándole el interior de los muslos por debajo de la falda. Ella apartó la mirada y, por un instante, creí ver una sombra de duda.
—¿Dónde está el baño? —se levantó de pronto—. Y ni se te ocurra seguirme.
Se alejó contoneando las caderas. Bruno no apartó la vista de su trasero. Me incliné en la butaca.
—Tío, déjala. No quiere nada.
—Tranqui —siseó—. Esta está cachonda, solo necesita perder la vergüenza. Cuando dicen «no», muchas veces quieren decir «insiste un poco más». Al final caen. Todas caen.
Estaba seguro de que se equivocaba. Ella no era como las demás. El calor era asfixiante y el alcohol me pesaba en la cabeza. Dejé caer la nuca contra el respaldo y cerré los ojos un momento, con una pregunta golpeándome por dentro: ¿por qué tarda tanto?
—Déjate llevar —La voz de Bruno me sacó del letargo. Me había quedado traspuesto. Abrí los ojos.
Carla estaba sentada a su lado, con el pelo recogido en un moño y la cara roja, una mano apoyada en el muslo de él. ¿Cuánto rato había tenido los ojos cerrados?
—¿Y si nos quitamos algo de ropa? —sugirió Bruno, levantándose con demasiada intención.
—¿Qué hac…?
Las palabras de Carla se cortaron en seco. Abrió mucho la boca y los ojos. Bruno se había bajado los pantalones y los había lanzado al suelo, a escasos centímetros de su cara. Vi cómo ella tragaba saliva.
—Esto lo has provocado tú —dijo él, balanceándose el miembro con la mano—. ¿Qué tal si me ayudas un poco?
Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron a la vez. Quise moverme, pero era como tener bloques de cemento en los tobillos.
—Tío, corta el rollo —logré decir.
—Vale… un poco y te vistes —murmuró ella.
Carla se inclinó hacia el borde del sofá y su mano reemplazó la de Bruno. Sus dedos, finos y temblorosos, no alcanzaban a rodearlo. Bajaban despacio por toda la extensión y volvían a subir con la misma cadencia. La forma en que se miraban me estaba matando.
—¿Te gusta? —jadeó él—. Porque está así por ti.
—¿O será que eres un salido que se pone duro con cualquiera que respire? —dijo ella con una sonrisa torcida, apretándolo más, humedeciéndose los labios con la lengua—. Aunque… la tienes dura como una piedra. Lo admito.
Lo masturbaba con su carita de no romper un plato mientras él acompañaba el vaivén con las caderas. No reconocía a esta Carla.
—Ya está. Ponte la ropa —se detuvo al fin, respirando agitada.
—¿Crees que dejaré que te vayas sin gozar? —la ignoró, volviendo a sentarse junto a ella.
—No, espera, ah… para…
Su cuerpo enorme bloqueó mi vista. Los quejidos fueron a menos, reemplazados por jadeos. Me froté la frente y, al alargar la mano hacia el vaso, lo entendí: tenía la mano enterrada bajo su falda. El sonido húmedo no dejaba dudas. Carla apretaba los dientes y le clavaba las uñas en el antebrazo, no para rechazarlo, sino para no gemir.
—No… mmm… para… —sollozó—, no quiero…
—Pero si estás empapada —gruñó él—, y a Mateo no le importa.
Mostró los dedos, brillantes, y me hizo un gesto para que me uniera. Negué con la cabeza. Tomó la manta del respaldo y se recostó junto a ella, cubriendo ambos cuerpos. El movimiento bajo la tela era constante; solo dejaban las cabezas fuera.
—Espe… ah… ah… —Un grito escapó de debajo de la manta, profundo, desgarrado.
—Para… no sigas… —la oí suplicar, aunque la voz ya no sonaba a rechazo.
Un pitido agudo se me instaló en los oídos. El sofá crujía con cada empuje, cada vez más fuerte. Me puse de pie; necesitaba moverme.
—¿Qué estáis haciendo ahí debajo? —pregunté, aunque temía la respuesta.
—Follar —respondió Bruno, apartando la manta como si lo obvio pudiera ocultarse.
La imagen me sacudió entero. Carla tenía el top subido y la falda enrollada en la cintura. Bruno, detrás, la sostenía de un muslo mientras embestía sin freno. Parecía imposible que entrara y saliera con tanta facilidad. Ella sollozaba, rota de placer, con la boca entreabierta y el cuerpo entregado a ese ritmo brutal.
Aguanté una arcada y me clavé las uñas en las palmas para no gritar. La volteó, la puso a cuatro patas y volvió a hundirse de un solo movimiento, aferrado a sus caderas.
—No mires —me susurró ella, con la cara hundida entre los brazos, sin dejar de moverse—. Vete.
—Que se quede —rió Bruno—. Si te encanta.
Carla se mordía el labio y negaba con la cabeza, luchando por no sucumbir delante de mí. De golpe se incorporó, apretó los glúteos y puso los ojos en blanco.
—Me corro… me corro… —sollozaba, arañando la tela del reposabrazos antes de deshacerse en un gemido agudo.
—Estoy a punto —anunció él, con la voz rota.
—Por favor… hazlo fuera… me puedo quedar embarazada… —suplicó ella, temblando.
Bruno se apartó en el último segundo y se corrió sobre su trasero antes de desplomarse en el sofá, exhausto. Yo no pude más. Me dirigí al ventanal y vomité todo lo que llevaba dentro. Me limpié la boca con el dorso de la mano y enjuagué las lágrimas.
—¡Qué asco! Me has follado a pelo —apretó los puños Carla, los nudillos blancos—. ¡¿Y si me pegas algo?! Eres un cerdo. Me voy.
Se arregló la ropa como pudo, con restos cayéndole aún por las piernas. Bruno se inclinó sobre ella.
—Si ha estado increíble. Quédate a dormir.
—No te quiero ver en la vida —escupió ella, y salió dando un portazo.
***
De aquello hace ya unos meses. Carla volvió a la ciudad poco después y apenas hemos vuelto a hablar. Sé que nunca fue mía, que me hice una idea equivocada en la cabeza de lo que aquel reencuentro significaba. Lo sé, y aun así no me sirve de consuelo.
Cada vez que la recuerdo, algo se me remueve por dentro. No es rabia. No es del todo nostalgia. Es algo más suave y más cruel a la vez.
Ese vacío en el estómago que solo provoca el primer amor. Ese que nunca se va del todo.