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Relatos Ardientes

El plomero, su esposa y lo que el marido no debía ver

El timbre sonó justo cuando Esteban estaba a punto de perder la paciencia con el grifo de la cocina, que llevaba toda la mañana goteando como un metrónomo de tortura. Abrió la puerta y se encontró con un hombre que parecía tallado en piedra y sarcasmo: alto, de barba cerrada, con un overol manchado de grasa y una mirada que no pedía permiso para nada.

—Soy el plomero. Me llamaron por la fuga.

—Pase, pase. Qué alivio verlo. La cosa es… —Esteban bajó la voz y miró hacia el pasillo—. Mi esposa, Carolina, está de un humor de perros. Es muy… orgullosa. No le haga caso. Usted haga su trabajo, que yo le pago bien y en mano.

El plomero, que dijo llamarse Bruno, esbozó media sonrisa.

—Trato con señoras así todos los días —dijo—. No se preocupe. Suelo encontrar la manera de que se relajen.

Esteban lo dejó en la cocina y se refugió en su estudio, feliz de lavarse las manos del asunto.

Carolina entró pocos minutos después, con una copa de vino tinto en la mano y una expresión de desdén general. Llevaba un vestido de lino caro y un aire de quien acaba de regresar de un lugar mucho más importante que su propia casa.

—Usted debe ser el plomero —dijo, sin mirarlo, como si le hablara a un mueble—. No haga mucho ruido. Y no ensucie más de lo necesario.

Bruno ni se inmutó. Se arrodilló junto al fregadero con una calma que a ella la irritó más que cualquier insolencia.

—No se preocupe, señora. Soy profesional —respondió, mientras revisaba las cañerías—. He trabajado en casas mucho más imponentes que esta. Y con señoras mucho más exigentes que usted. Al final descubro que casi todas guardan la misma curiosidad debajo de tanta postura. Solo hay que saber qué tecla tocar.

Carolina frunció el ceño.

—No sé a qué se refiere con esa charla barata. Limítese a arreglar el grifo.

Bruno trabajó en silencio durante una media hora, mientras ella lo observaba desde el otro extremo de la cocina, como a un insecto interesante. Él, de tanto en tanto, soltaba un comentario casual, un pequeño anzuelo en el aire.

—Este suelo de mármol es frío. Debe ser incómodo andar descalza aquí, ¿verdad, señora? O con esos tacones tan altos. Apuesto a que duelen más de lo que usted admite.

—¿Le gusta el vino tinto? —siguió un rato después, sin levantar la vista—. Tiene cara de elegir siempre lo correcto. Lo aprobado. Nunca lo que de verdad le da curiosidad.

Cada frase era una pequeña picadura, un dedo que apretaba justo donde no debía. Y, sin embargo, Carolina se descubrió respondiendo. Primero con monosílabos cortantes. Después con frases enteras. La copa vacía volvió a llenarse. La mirada de desprecio fue mutando, casi sin que ella lo notara, en otra cosa: una curiosidad irritada, una tensión que le calentaba la nuca.

Finalmente Bruno se levantó, limpiándose la frente con el dorso de la mano.

—Listo. Creo que está arreglado —dijo—. Pero para estar seguro, hay que probarlo a fondo. Necesito que alguien lave una buena pila de platos, que el agua corra con fuerza y veamos si la fuga vuelve.

Carolina rio, incrédula.

—¿Yo? ¿Lavar platos? Para eso tengo a alguien.

—Ah, ¿sí? Pues llámela, entonces. Yo me marcho y, si mañana gotea, no es mi problema. O lo hace usted misma y se asegura de que el trabajo quedó bien. Su decisión, señora.

El desafío la dejó sin respuesta. No iba a molestar a su empleada un domingo por unos platos. Miró el montón de loza en el desagüe y suspiró, vencida por su propio orgullo.

—Está bien. Pero necesito un delantal. No pienso mancharme el vestido.

—Por supuesto.

Bruno abrió un armario como si conociera la casa de toda la vida y sacó un delantal blanco, sencillo, de los que usaba la mucama. Del cajón rescató un par de guantes de goma amarillos.

—Póngase esto. Es lo que usa su personal, ¿no? Así se mete en el papel.

Carolina protestó con la mirada, pero el deseo de cerrar el asunto —y algo más que no quiso nombrar— pudo más. Se ató el delantal sobre el vestido caro y se calzó los guantes, sintiéndose ridícula y, al mismo tiempo, extrañamente expuesta. Se plantó frente al fregadero y empezó a fregar.

Que termine de una vez y se vaya, pensó. Pero su corazón latía demasiado rápido para esa mentira.

Fue entonces cuando Bruno cambió de registro. Se acercó por detrás, sin tocarla todavía, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo contra la espalda.

—Tan señora que parecía —murmuró junto a su oído, la voz convertida en un gruñido bajo—. Y mírese ahora. Con el delantal puesto, fregando platos como cualquier otra. ¿Le molesta… o le gusta más de lo que esperaba?

Carolina se quedó muy quieta. El agua seguía corriendo. Podía dar un paso al costado, decirle que se fuera, recuperar su vestido y su postura. Lo sabía. Y precisamente porque lo sabía, no se movió.

—Termine lo que vino a hacer —dijo, pero la voz le tembló y los dos lo oyeron.

—¿Está segura de que quiere que termine? —preguntó él, posando al fin las manos sobre su cintura, encima del delantal—. Porque puedo apartarme ahora mismo. Una palabra suya y me voy.

Hubo un silencio largo. Carolina cerró el grifo. Apoyó las manos enguantadas en el borde del fregadero y, en lugar de apartarse, empujó las caderas hacia atrás, contra él.

—No se atreva a irse a medias —susurró.

Eso fue todo lo que Bruno necesitó. Le recogió la falda del vestido con una lentitud deliberada, dándole en cada centímetro la oportunidad de detenerlo. Carolina no lo detuvo. Al contrario: levantó ella misma la tela cuando él se demoró, ansiosa. Él le bajó la ropa interior hasta los muslos y deslizó una mano entre sus piernas, encontrándola tan dispuesta que ella tuvo que morderse el labio para no gemir de golpe.

—Mírate —dijo Bruno, ya tuteándola, mientras la acariciaba con dos dedos—. Tan altiva arriba y tan abierta acá abajo. ¿Hace cuánto que nadie te trata como en realidad querés que te traten?

—Cállese y hágalo —jadeó ella, y enseguida, corrigiéndose, con una sonrisa torcida que él no alcanzó a ver—: por favor.

Él la penetró despacio la primera vez, midiéndola, escuchando cómo el aliento de Carolina se rompía en el medio. Cuando la sintió empujar de nuevo hacia atrás, pidiendo más, dejó la prudencia. La sujetó por las caderas y la embistió con un ritmo firme, sin pausas, mientras ella se aferraba con las manos enguantadas al fregadero de mármol.

—Eso es —gruñó él contra su nuca—. Eso es lo que te morías por hacer y no te dejabas. Decilo.

—Sí… —admitió Carolina, con la frente apoyada en el azulejo—. Sí, esto, así.

Le sorprendió lo fácil que fue rendirse. Llevaba tanto tiempo midiendo cada palabra, cada gesto, cada copa de vino servida con la pose exacta, que había olvidado lo que era simplemente querer algo y tomarlo. El plomero le subió una mano por la espalda, encontró el lazo del delantal y tiró de él hasta soltarlo. La tela blanca cayó al suelo mojado, y con ella algo más que Carolina no supo nombrar: la idea de quién creía que debía ser.

La cocina entera parecía vibrar. Cada embestida la sacudía hacia adelante, el delantal blanco arrugado contra el borde, los guantes amarillos resbalando sobre la superficie mojada. Carolina, que llevaba años eligiendo siempre lo correcto, lo aprobado, lo que se esperaba de ella, se descubrió pidiendo en voz alta exactamente lo prohibido, soltando la imagen impecable que tanto le había costado construir.

—No pare —repetía—. No pare ahora.

Fue justo en ese momento cuando Esteban entró en la cocina, atraído por los ruidos. Se detuvo en seco, con la copa a medio camino de la boca. La escena le resultó imposible de procesar: su esposa, la elegante e inalcanzable Carolina, con un delantal de mucama atado al vestido y guantes de goma en las manos, inclinada sobre el fregadero, moviéndose al ritmo del plomero y gimiendo sin ningún disimulo.

Lo que terminó de desarmarlo no fue la sorpresa. Fue darse cuenta, con el calor subiéndole por el cuello, de que no podía apartar la vista. De que llevaba años imaginando a su mujer así —entregada, sin máscara— y nunca había sabido cómo pedírselo.

Carolina abrió los ojos y lo vio en el umbral. Por un instante ninguno de los dos respiró. Ella podría haberse detenido, haber inventado una excusa, haber recuperado el control. En cambio sostuvo la mirada de su marido, sonrió apenas y, sin dejar de moverse contra Bruno, le habló a él, despacio:

—¿Vas a quedarte ahí parado… o vas a mirar bien?

Esteban no contestó. Cerró la puerta de la cocina a su espalda, con ellos dos adentro, y se quedó.

Bruno lo miró por encima del hombro de Carolina, sin perder el ritmo, y soltó una risa ronca.

—Se lo dije, señor —murmuró—. Siempre encuentro la manera de que se relajen. Su esposa resultó tener muy buena disposición.

Y Carolina, que toda la tarde había tratado a aquel hombre como a un mueble, rio entre jadeos contra el mármol, descubriendo que la mujer que fingía ser le quedaba, de pronto, mucho más incómoda que el delantal de la mucama.

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Comentarios (4)

PepeCordoba77

que relato! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar hasta el final. esto es exactamente lo que busco cuando entro al sitio

ClaraRosario

Por favor que haya segunda parte!! me quede con demasiadas ganas de saber como sigue todo despues de eso...

DiegoEnBaires

lo del delantal fue un detalle genial, esas cositas chiquitas son las que hacen que un relato se sienta verdadero. muy bueno

LuisF_1988

jajaj el titulo ya me adelanto bastante pero igual lo lei con ganas. no defraudo para nada

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