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Relatos Ardientes

Lo que despertó el mejor amigo de su marido

El restaurante estaba a medio llenar, ese punto cómodo de un viernes por la noche en el que todavía se puede hablar sin levantar la voz. Andrés gesticulaba con el tenedor mientras explicaba algo sobre un contrato que llevaba semanas persiguiendo. Marina lo escuchaba con una sonrisa automática, más pendiente del ritmo con el que hablaba que del contenido exacto de la historia.

—Al final, si no aprietas, no se mueve nada —concluyó él, satisfecho, antes de llevarse el vino a la boca.

—Eso pasa en todos lados —dijo Lucía, acomodándose en la silla.

Diego asintió distraído. Tenía el codo apoyado en la mesa y jugueteaba con el borde del mantel. Fue Marina quien lo miró al decir:

—Tampoco en todos los trabajos funciona así.

Diego levantó la vista. No lo hizo de golpe, sino con un gesto pausado, dejando el vaso sobre la mesa antes de mirarla.

—¿No?

Marina sostuvo su mirada un instante antes de responder, consciente de que, sin saber por qué, le estaba hablando a él y no al grupo.

—Hay ámbitos en los que, cuanto más presionas, peor sale todo. La creatividad, por ejemplo. Si fuerzas, se bloquea.

Diego siguió el leve movimiento de su mano sin apartar los ojos de su cara. Andrés frunció el ceño.

—Pero al final hay que exigir resultados, ¿no?

—Sí, claro —concedió ella—, aunque no desde la presión constante. Hay gente que funciona mejor desde la confianza.

—Eso mismo digo yo siempre —respondió Diego, ladeando la cabeza con una sonrisa contenida, de esas que solo reconoce quien está atento.

La frase se quedó flotando un segundo más de lo normal. Nadie la recogió enseguida. Lucía pasaba las páginas de la carta de postres sin decidirse. Marina sintió una pequeña sacudida, algo parecido a cuando dos ideas encajan sin esfuerzo. Todavía no era complicidad. Era solo una coincidencia cómoda. Pero se le quedó grabada.

Al levantarse de la mesa, Diego pasó junto a ella para coger la chaqueta. No dijo nada. Solo cuando estuvo a su altura apoyó la mano en el respaldo de su silla para apartarla y dejó que los dedos le rozaran el antebrazo un instante más de lo necesario.

—Perdón —murmuró.

Fue un contacto leve, fugaz, perfectamente justificable. Nadie lo habría señalado. Marina no se movió. Sintió el roce subirle por el brazo y quedarse ahí, suspendido. No había pasado nada, se dijo. Y, sin embargo, algo acababa de empezar.

***

El martes siguiente sonó el timbre. Marina no esperaba a nadie. Al abrir se encontró con Diego, la chaqueta al brazo.

—Perdona que aparezca así. Andrés se dejó unos papeles en mi coche el otro día y me venía de paso.

Ella dudó lo justo.

—Pasa.

La casa estaba en silencio, demasiado ordenada para esa hora. Se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, respetando un espacio que parecía necesario. Hablaron del tráfico, de la lluvia que no quería marcharse en todo el invierno, hasta que, casi sin transición, Diego bajó la voz.

—El otro día, lo que dijiste en la cena. Ojalá eso funcionara en mi casa.

No había reproche en su tono. Solo cansancio.

—Lucía y yo no estamos bien —continuó—. Hace tiempo. Es como si hubiera levantado un muro. Todo le molesta.

—¿Se lo has dicho? —preguntó ella, apoyando la taza con cuidado.

—Claro. Y siempre es «ya hablaremos», «estoy cansada», «ahora no».

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Diego la miró como si estuviera calibrando hasta dónde podía llegar.

—Hay cosas que ni siquiera puedo comentar con ella. Se pone a la defensiva. Ni recuerdo la última vez que follamos. A veces pienso que tiene a otro.

—Estará pasando una mala racha. El trabajo, los gemelos, todo satura, y al llegar la noche lo último que apetece es acicalarse —dijo Marina, intentando ser justa—. Dos niños no es moco de pavo. Es normal que el sexo quede relegado.

—Lo entiendo. De verdad. Pero hay algo que se me escapa: cuando por fin toca, no hay más que quejas. «Me haces daño», «ve con cuidado», «la tienes demasiado grande», «no me la metas toda». Comentarios como para bajarle la libido al más apasionado. Perdona que sea tan claro.

Cuando terminó, el silencio volvió a instalarse, esta vez más cargado. Marina se dio cuenta de que tenía las manos entrelazadas, tensas. Sin querer, su vista resbaló un segundo hacia la entrepierna de él, en un acto reflejo que la avergonzó. Debajo del vaquero se adivinaba un bulto que no se parecía a nada que ella hubiese visto de cerca.

—Supongo que me lo cuentas porque confías en mí —dijo, desviando la mirada.

—Supongo —admitió él, despacio.

No pasó nada más. Pero cuando Diego se levantó para irse y sus cuerpos se cruzaron en el pasillo, Marina sintió que un límite ya no estaba exactamente donde ella creía. Cerró la puerta y apoyó la espalda en la madera. El café seguía caliente sobre la mesa. Ya no tenía ganas de beberlo.

Esa noche tardó en dormirse. No pensaba en él de forma consciente, pero su mente volvía a fragmentos sueltos: el tono de su voz, la manera en que había bajado la mirada antes de sincerarse. Y, sobre todo, una frase que se le colaba entre pensamientos cotidianos. La tienes demasiado grande. ¿Cuánto era demasiado? ¿Por qué algo así debía ser un problema y no una posibilidad? Sin darse cuenta, su mano se había deslizado por debajo del camisón, entre los muslos, y se descubrió mojada, hinchada, con el clítoris palpitando por una polla que solo existía en su imaginación. Retiró la mano de golpe, como quemada, y se acercó al cuerpo dormido de Andrés, buscó su calor familiar y, durante unos segundos, el mundo volvió a ordenarse. Funcionó. Al menos lo justo para cerrar los ojos.

***

Fue el jueves. Llovía con esa persistencia gris empeñada en empapar la ciudad entera. Marina no tuvo que mirar por la mirilla para saber quién era.

—Andrés no me coge el teléfono y necesitaba preguntarle algo del sábado —dijo Diego, con el pelo mojado y una sonrisa incómoda.

Ella dudó menos que la vez anterior.

—Pasa. Está trabajando.

Esta vez no se sentaron. Se quedaron de pie, demasiado cerca sin necesidad. La conversación se agotó rápido; ambos sabían que aquello no era el verdadero motivo del encuentro.

—El otro día me quedé con la sensación de haberme pasado —dijo él—. No debí hablarte así.

—No. Agradecí que fueras sincero.

Diego la miró con atención. De cerca se notaban detalles que antes le habían pasado desapercibidos: una ojera ligera, una arruga incipiente en la frente. Nada de eso le restaba atractivo; al contrario, le añadía una hondura que la volvía intensamente deseable. No miraba a una fantasía, sino a una mujer hecha, capaz de sostener un silencio, una mirada larga sin apartarla.

—No estoy bien —admitió—. Y creo que tú lo sabes.

—Diego…

—No, déjame terminar. No te pido nada. Solo no me mires como si no hubiera dicho nada.

Ella levantó la vista. Lo miró de verdad. No hubo un gesto claro que lo desencadenara. Quizá un paso mal calculado, quizá el silencio demasiado largo. De repente estaban a una distancia que ya no permitía fingir.

—Esto no está bien —dijo Marina, dando un pequeño paso atrás.

—Lo sé —asintió él, sin acercarse más.

Pero ninguno se movió. Cuando Diego levantó la mano, fue despacio, pidiendo permiso sin palabras. Sus dedos rozaron apenas su antebrazo. Un contacto mínimo, suficiente. Marina cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, ya era tarde para fingir. El beso no fue largo ni apasionado. Fue breve, torpe incluso, lo justo para cruzar una frontera invisible.

—Lo siento —dijo él, con la voz ronca.

—No lo hagas más difícil.

Diego se marchó poco después, sin mirar atrás. Marina apoyó la frente en el marco de la puerta, consciente de que cualquier ruido habría sido una confesión. No había pasado casi nada y, sin embargo, lo había cambiado todo.

***

No fue una cita ni una decisión tomada con tiempo. Diego apareció una mañana gris, sin aviso, con una excusa mínima que ella apenas escuchó. Lo dejó pasar casi por inercia, cerró la puerta y sintió cómo algo se acomodaba dentro de ella con una naturalidad inquietante.

No hablaron de nada importante. No lo necesitaban. Cuando él la besó, ella no se sorprendió: respondió. Fue un beso húmedo, sucio, con la lengua entera dentro de su boca, mientras las manos de Diego le agarraban el culo por encima de la falda y la apretaban contra su bulto. Marina sintió aquella dureza clavándose contra su vientre y ahogó un gemido en la garganta de él. La empujó hasta la pared del pasillo, le subió la falda de un tirón y le arrancó las bragas con dos dedos que se colaron de golpe entre sus labios.

—Estás empapada —gruñó él, con la boca pegada a su cuello—. Joder, cómo estás.

—Cállate —jadeó ella, mientras le desabrochaba el pantalón a ciegas.

El dormitorio quedó atrás sin que ninguno lo propusiera en voz alta. Se desnudaron de forma atropellada, tirando ropa a los lados, hasta que Marina se detuvo al verlo completamente desnudo. La impresión fue inmediata, casi física. Diego tenía entre las piernas una polla enorme, gruesa, con el glande hinchado y morado, que se le pegaba al vientre por lo tiesa que la tenía. Marina se quedó con la boca abierta, incapaz de disimular. Aquello superaba lo imaginado y despertaba una curiosidad incómoda, intensa, que la obligó a mirarlo con una franqueza que no se había permitido nunca.

—Ven —le dijo él, agarrándose la verga por la base y ofreciéndosela como quien tiende una mano.

Marina se acercó, la rodeó con los dedos y comprobó que no le llegaban a cerrar. La sopesó, la movió, sintió el latido bajo la piel. Se lamió los labios y bajó la cabeza. Al principio solo lamió el glande, con la punta de la lengua, recogiendo la primera gota transparente que asomaba. Luego lo abrazó con la boca. Le costó abrirse, pero se acomodó, salivando abundantemente para que resbalara, dejando que aquella polla ancha le forzara la mandíbula. Diego echó la cabeza atrás y gimió por lo bajo.

—Así, mi vida, así… mámamela despacio.

Marina cerró los ojos y se dejó follar la boca, marcando el ritmo con las dos manos apoyadas en los muslos de él. Podía sentir cómo la punta le rozaba el fondo de la garganta cada vez que empujaba un poco más. Cuando notó que se le venía, lo apartó. No quería que acabara así todavía.

Se subió a la cama y se abrió de piernas sin fingir pudor, dejando que él viera el coño rasurado, brillante, con los labios hinchados y el clítoris asomando. Diego se relamió y se dejó caer entre sus muslos. Le comió el coño despacio, chupando cada pliegue, metiéndole la lengua entera, presionando el clítoris con el pulgar mientras le hundía dos dedos. Marina se retorció, agarrándose las tetas y pellizcándose los pezones, sintiendo cómo el primer orgasmo se le disparaba con una fuerza que la dejó jadeando en el techo.

—Métemela ya, por favor —suplicó cuando pudo hablar—. Métemela.

Diego se colocó sobre ella, apoyó el glande en la entrada y empujó despacio. Marina abrió mucho los ojos. Aquello no cabía. Aquello no podía caber. Y sin embargo la iba abriendo, centímetro a centímetro, hasta que sintió cómo se le hundía entera, hasta el fondo, chocando contra un tope que nunca antes había sido tocado. Se le escapó un grito ahogado, mezcla de placer y de asombro. No hubo dolor, o si lo hubo se transformó en otra cosa: una plenitud que la obligó a aferrarse a él, a arañarle la espalda.

—Dios, cómo la tienes —gimió, con la voz quebrada—. Cómo la tienes, Diego, joder.

Él empezó a follarla con embestidas largas, sin prisa, dejando que ella lo sintiera entrar y salir enterito. Cada vez que se hundía, Marina notaba el vientre golpeado por dentro, como si la estuviera reordenando. Diego le agarró las piernas y se las echó sobre los hombros, doblándola por la mitad, y desde esa postura empezó a bombear más fuerte. Entre sensaciones dispersas apareció una idea insistente, casi cruel: no entendía a Lucía. No entendía cómo se podía convivir con una polla así y relegarla al último rincón de la vida.

Diego se entregaba con una intensidad feroz, absorbido por una necesidad largamente contenida. La sostuvo con firmeza, las piernas de ella balanceándose frente a sus hombros, buscándole el fondo con una insistencia casi animal mientras el calor de la habitación les arrancaba el sudor. El roce de sus cuerpos, el chapoteo del coño empapado y los jadeos desacompasados llenaban un espacio espeso, imposible de ignorar.

—Córrete dentro —le pidió ella, tirándole del pelo—. Córrete dentro, quiero sentirlo.

El final llegó sin aviso. Diego pronunció su nombre con la voz rota y se entregó por completo, perdiéndose en ella, descargando chorro tras chorro de semen caliente en lo más profundo de su coño, mientras Marina se aferraba a su cuerpo, estremecida por una sacudida que los dejó suspendidos, exhaustos, fuera del tiempo. Cuando él se retiró, un hilo espeso escurrió entre los muslos de ella y manchó la sábana. Ninguno hizo ademán de limpiarlo.

—Nunca me he sentido así con Lucía —susurró él, la frente apoyada en su hombro—. Todo lo que no tengo en casa, contigo encaja sin esfuerzo.

Marina lo escuchó en silencio, el cuerpo todavía temblando, el coño palpitando y goteando la corrida de él. No sintió culpa. Sintió confirmación. Aquello no había sido un desliz. Había sido un comienzo.

***

La segunda vez llegó demasiado pronto y, a la vez, con una naturalidad que la descolocó. No hubo sorpresa; hubo expectativa. Se besaron nada más cerrar la puerta, con la boca abierta y la lengua hambrienta. Cuando volvió a verlo desnudo, la impresión regresó distinta, más profunda: ya no era solo el impacto visual, sino la memoria del cuerpo anticipándose. El coño se le contrajo antes incluso de tocarlo. ¿Cómo es posible que alguien conviva con esto y no lo desee?

Diego exhibía su erección sin pudor, firme y dispuesta, con las venas marcadas y el prepucio replegado tras un glande brillante. La boca de Marina se abrió de forma involuntaria y notó una humedad creciente entre las piernas que le empapaba el interior de los muslos. Quería tocarla, probarla, comérsela entera. Se arrodilló ante él sabiendo de antemano que era imposible albergarlo entero, pero el ansia la empujó a intentarlo. Lo olió, hundió la nariz en la base y aspiró el olor a hombre, a sudor, a sexo. Lo palpó, lo miró de cerca, le sacó la lengua y le lamió los huevos uno a uno, metiéndoselos en la boca con delicadeza. Después subió por el tallo con la lengua plana, como quien lame un helado, y se relamió los labios antes de abrazarlo con la boca, mientras con ambas manos lo aferraba con fuerza.

Lamió la punta, recogió la gota de líquido preseminal, la saboreó, y descendió hasta abarcar lo que fue capaz, marcando el límite que no podía rebasar. Aun así se forzó, arqueando el cuello, obligándose a tragar un poco más, hasta que las arcadas la hicieron retirarse con hilos de saliva colgándole de la barbilla.

—Joder, Marina, cómo mamas… así… así, mi puta…

La palabra, lejos de ofenderla, la encendió. A partir de ahí inició un vaivén lento que fue ganando cadencia, la mano de él acompasando cada movimiento, empujándole la cabeza hacia abajo. Salivaba abundantemente, con sonoros ruidos, intentando acoger gran parte de su envergadura. Con una mano le acariciaba los huevos, apretándoselos, y con la otra le masajeaba el tramo que no le cabía en la boca, girando la muñeca en cada subida. Diego sentía un placer que no recordaba haber experimentado con Lucía: cada reacción de Marina lo absorbía por completo. Toda su atención estaba puesta en ella, en la forma en que respondía, en la fuerza evidente de su deseo. Aquella mujer disfrutaba haciéndolo, chupándosela como si fuera la última polla del mundo, y eso redoblaba su placer. Era todo lo contrario a su esposa, que, si alguna vez se lo hacía, era por obligación, con dos lametones a desgana y la cara de asco mal disimulada.

—Me corro —avisó él, con los dientes apretados—. Me corro, joder…

El clímax lo alcanzó sin margen para retroceder. Se aferró a su cabello, la acercó hacia él y estalló mientras una oleada de calor lo atravesaba entero. El primer chorro se descargó directamente contra el paladar de Marina y ella intentó tragarlo, pero eran demasiadas oleadas, demasiado espeso, demasiado abundante. Tuvo que apartarse, y parte se desparramó en su cara, en la barbilla, en el escote, y grandes gotas blancas cayeron sobre sus pechos. Diego seguía descargando, marcándola por fuera, y ella lo sostuvo con la mano, apuntándoselo, apretando el tallo hasta la base para sacarle hasta la última gota. Diego contempló aquel rostro empapado y, lejos de mostrar asco, Marina se pasó los dedos por la mejilla, recogió la corrida y se la llevó a la boca, relamiendo su esencia con lascivia. La imagen se convirtió en un imán de morbo que borró cualquier resto de lealtad hacia su amigo.

—Otra vez —le pidió ella, con los labios brillantes—. Ponte otra vez dura. Quiero que me la metas por detrás.

Diego la miró incrédulo, pero su verga respondió antes que él. Después la dispuso de rodillas en el borde de la cama, la espalda arqueada, el culo bien alto, y se instaló de pie detrás. La visión era magnética: la mujer que había deseado en secreto estaba entregada por completo, con el coño abierto y goteando entre las nalgas. Le dio dos azotes secos en cada glúteo, dejándole la marca roja de la mano, antes de apoyar el glande en la entrada. Ni él mismo creía en la firmeza de su miembro, como si todo lo anterior no hubiese pasado. Marina volteó la vista para contemplarlo y, lejos de intimidarla, aquello la impulsó a alentarlo con sugerentes movimientos de cadera.

—Métemela toda —le exigió—. Toda, Diego, no me la dejes fuera.

Él la penetró de una sola embestida, hasta el fondo, y Marina soltó un aullido que se hundió en el colchón. Diego empezó a follarla a un ritmo brutal, agarrándole las caderas con las dos manos, entrando y saliendo con toda su polla, haciendo que las nalgas rebotaran contra su pelvis con un chasquido húmedo cada vez.

—¿Te gusta? —preguntó él, con la voz vibrante y contenida—. ¿Te gusta cómo te la meto, puta?

—Sí, sí, sí… más fuerte, joder, más fuerte…

Ella apenas podía responder. Cada embestida la recorría por dentro, la dejaba sin aire, atrapada entre la sorpresa y el vértigo. Diego se humedeció el pulgar con la saliva de la boca de ella y se lo apoyó contra el ojete, presionando despacio, hasta metérselo hasta el nudillo. Marina se convulsionó entera. El orgasmo irrumpió en oleadas como nunca antes, ni en sus momentos más intensos con Andrés, ni en sus fantasías a solas. Fue un orgasmo largo, brutal, que le hizo apretar la polla de Diego con contracciones del coño tan fuertes que él tuvo que aflojar el ritmo un segundo para no correrse antes de tiempo. La obligó a gritar sin filtros, dejándose llevar únicamente por las sensaciones, mordiendo la almohada para no despertar al vecindario entero.

Diego seguía bombeando, tirando de su pelo castaño como de unas riendas, arqueándole la espalda hasta que casi se tocaban los omóplatos.

—Dime que soy el único que te folla así —jadeó él—. Dímelo.

—El único —gimió ella—, eres el único, el único, córrete, córrete dentro, por favor…

Hasta que él también se liberó con un gemido ronco, descargándose dentro de ella una segunda vez, inundándole el coño de una corrida que empezó a rebosar antes de que sacara la polla. Luego cayeron derrotados sobre el lecho, en un silencio denso, cargado de una intimidad que ninguno se atrevía a nombrar. Diego se quedó mirando cómo su semen escurría del coño de Marina y resbalaba hasta la sábana, y aquella imagen le pareció más suya que cualquier cosa de su matrimonio.

—No debería ser así —dijo ella al cabo, más para sí misma que para él.

—Con ella nunca es así —respondió Diego.

Marina cerró los ojos. Aquella frase no le produjo culpa. Le produjo confirmación.

***

A partir de ese día los encuentros se sucedieron sin promesas ni pactos, pero con una frecuencia que dejó de ser casual. Se buscaban, ajustaban horarios, se decían poco y se entendían demasiado. Cada vez el placer se volvía más confiado, más libre, más sucio: se follaban en el sofá, contra la encimera de la cocina, en la ducha, con ella a cuatro patas o cabalgándolo hasta empalarse entera; se corrían en la boca, en las tetas, en el culo, dentro. Y con él crecía una pregunta persistente: ¿por qué aquí sí y allí no?

Con Andrés todo seguía igual. Tal vez demasiado igual. Las cenas, las rutinas, los gestos conocidos. Cuando follaban, Marina cerraba los ojos y sentía la polla de su marido —una polla normal, cariñosa, previsible— y se descubría comparándola sin querer con la verga descomunal de Diego, con las embestidas hasta el fondo, con la corrida abundante que la desbordaba. Lo miraba y sentía cariño, ternura, incluso deseo, pero era otro deseo, más tranquilo, más previsible. Y Diego, sin decirlo, empezaba a quedarse un poco más cada vez, a mirarla un segundo de más, a necesitar algo que ya no era solo el cuerpo. Ella lo notó. Fue entonces cuando el placer empezó a mezclarse con una inquietud que ya no podía ignorar.

Quería todo: el calor de Diego, la seguridad de su vida con Andrés, la ternura de su hija. Y sabía que era imposible. Diego se había mostrado dispuesto a derribar cualquier barrera por ella. Esa entrega la estremecía y, al mismo tiempo, la aterraba. La claridad llegó como un golpe seco: no podía seguir así. El deseo, por intenso que fuera, no podía convertirse en el verdugo de su vida.

Cuando Diego volvió del baño aquella mañana, después de haberla follado por última vez con la misma ferocidad de siempre, Marina tomó aire y, por primera vez, nombró la decisión en voz baja.

—Se acabó.

Era algo que él ya sabía que ocurriría tarde o temprano. No insistió. Solo asintió con una mirada que mezclaba respeto y un brillo de comprensión que dolía. Se vistió y se marchó aceptando su decisión, aunque sabiendo que también había tomado la suya: él no iba a seguir con Lucía.

Marina regresó al calor de su hogar, a Andrés, a su hija, a la rutina que conocía. Volvió a sus costumbres con una atención casi obsesiva, buscó el cuerpo de su marido con una voluntad que era mitad afecto, mitad reparación. Esa misma noche se le montó encima y lo cabalgó con los ojos cerrados, apretando los muslos, intentando arrancarle una intensidad que sabía que no estaba allí. Andrés se corrió pronto, satisfecho, y ella se quedó a horcajadas sobre él, con el coño aún hambriento, fingiendo un orgasmo que no llegó. La vida continuaba. Pero el tacto de Andrés, su voz, todo parecía pertenecer ahora a alguien con quien ya no compartía aquel fuego. Las comparaciones se colaban sin aviso.

Esa noche, frente al espejo, vio en sus propios ojos algo que no había visto antes: una mujer consciente de haber cruzado un límite, de haber experimentado lo absoluto y de saber que, al regresar, nada volvería a ser suficiente.

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Comentarios(8)

Luciana_BsAs

Dios mio que tension desde el primer parrafo... no pude parar de leerlo!!!

TomasLP

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchas ganas de mas

CrisRio45

Lo que se transmite con ese simple roce... eso es saber escribir. Muy bueno el relato

NadiaSol88

Me recordo a una situacion que vivi, ese momento en que uno sabe que algo va a pasar aunque todavia no paso nada. Bien escrito!!

FrancoTK

Excelente!! se me hizo cortisimo

ElenaRosario

¿Va a haber continuacion? Porque sino es una crueldad dejarlo asi jajaja

MatiasQuilmes

La situacion esta muy bien planteada, se siente real y creible. Felicitaciones por el relato

Camila_B33

El excerpt ya me engancho y el relato cumple y supera las expectativas. Bravo!!!

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