Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El regalo que mi amante le llevó a su marido

Lorena camina por la acera con ese paso firme que pone cuando se sabe observada. Llega hasta la puerta de su casa, apoya la mano en el picaporte y, antes de girarlo, vuelve la cabeza hacia la esquina donde está aparcado mi coche. Sabe que la miro. Intuye mi cara de deseo desde aquí y sonríe apenas, una sonrisa pequeña y privada que reserva solo para estos momentos.

Vuelve a casa más contenta que de costumbre. Vuelve con algo que él lleva tiempo esperando, algo que ansía desde hace meses y que nunca se ha atrevido a pedir en voz alta. El ritual se repetirá como tantas otras veces. Le contará a Andrés cómo ha ido el encuentro, se subirá a la cama, se levantará la falda y abrirá las piernas frente a él.

Entonces Andrés hundirá la cara entre sus muslos y limpiará despacio cada rastro de lo que ha quedado dentro. Esa rutina lo enciende como ninguna otra cosa. Le gusta que su mujer sea mi amante, mi sumisa, que yo la posea y que él pueda después recoger lo que dejo. Es un marido consentidor, feliz porque ella despierta el deseo de otro hombre y porque a él le toca el cierre del círculo. Pero hoy es distinto. Hoy hemos dado un paso del que ya no hay vuelta atrás.

Se ha despedido con un beso rápido para no perder ni un segundo. Se aleja con pasos cortos, medidos, cruzando un poco los pies al andar, como caminan las modelos. La intención es clara: no quiere derramar nada del tesoro que lleva consigo. Aprieta los muslos uno contra otro, guardando lo que va a compartir con su esposo.

Hoy no ha sido como otras tardes en mi departamento. He conducido hasta un aparcamiento cubierto a pocas calles de su casa. En el asiento trasero la he puesto a cuatro patas y la he tomado sin rodeos, sin esperar a que llegara primero su placer. El único objetivo era terminar dentro, con ganas, dejarla bien llena. Es lo que ella me pidió: quiere que Andrés celebre su cumpleaños con una ración generosa. Y lo hemos conseguido. Lorena vuelve a casa con el sexo hinchado, los labios brillantes y la respiración todavía acelerada.

Andrés sabe que me acuesto con su mujer cuando me apetece. Solo tengo que marcar su número y decirle que la quiero conmigo. La reacción es casi automática. Viene, obedece, se entrega sin condiciones. Cumple cada cosa que le propongo y disfruta de todas las fantasías que se me ocurren. Es ella quien decide hasta dónde, pero dentro de ese límite no se guarda nada.

Hace un tiempo me confesó que su marido estaba al corriente de todo desde el principio. Él sabe que su mujer goza como una loca cada vez que viene a verme, y lo consiente. Su placer está en escuchar lo que ella le cuenta y luego limpiarla hasta borrar cualquier prueba de lo ocurrido. Hay algo en ese gesto, en ser el último, que lo satisface más que cualquier otra cosa.

En realidad fue Andrés quien la empujó hacia mí. Fue él quien la animó a insinuárseme, a buscar mi atención, a colarse en mi vida sin prejuicios. Facilitaba los encuentros, preguntaba después, se moría por los detalles. Lorena ronda los cuarenta y tantos, estatura media, delgada, con curvas en los sitios justos. Lleva el pelo corto, castaño claro con mechas, y tiene unos ojos verdes enormes que se entrecierran cuando se concentra. Una mujer atractiva y una amante caliente como pocas.

Estamos los tres cómodos con lo que tenemos. Andrés es un marido respetuoso, Lorena cumple su doble papel de entregada conmigo y de dueña del placer de él, y yo ocupo el lugar que ambos necesitan que ocupe. Funciona porque nadie miente y nadie pide más de lo que el otro puede dar.

Por lo que ella me cuenta, la mayor satisfacción de Andrés es verla llegar contenta, saciada, bien tomada, con la huella de mi paso todavía fresca. Dice que él siempre la espera impaciente, que le pide que le cuente cómo ha sido, y que cuando ya no aguanta más hunde la cara entre sus piernas y la recorre entera, lamiendo cada zona por donde sospecha que yo he estado minutos antes. Eso lo enloquece. Cuando no puede más, ella se lo permite y lo masturba hasta hacerlo terminar. Es un juego lleno de morbo que los mantiene en equilibrio.

Lorena queda satisfecha por partida doble. Primero conmigo, hasta sentirse agotada y rota de placer. Después en casa, cuando su marido la devora como si llevara días sin probar bocado. Le gusta que él se entretenga entre los pliegues de su sexo y juegue con su clítoris desplegando todo su apetito hasta dejarla limpia y reluciente. Sabe que haciéndolo es feliz, y que muchas veces esas caricias terminan arrancándole un orgasmo nuevo.

***

Hoy hemos ido un poco más lejos. Quería que le hiciera una foto con su móvil, mi sexo en su boca. Aunque no lo dijo con todas las letras, pensaba enseñársela a Andrés como regalo de cumpleaños. Sabe lo mucho que le va a gustar cuando la vea.

—Es para tener un recuerdo —me dijo, tratando de encuadrar su cara en el selfi.

—Trae, déjame a mí —respondí, quitándole el teléfono de las manos.

Separé bien las piernas y dejé que se arrodillara entre ellas. En lugar de una foto, empecé a grabar un video. En la pantalla aparecía Lorena con la mirada encendida, pasando la lengua de abajo hacia arriba, demorándose en cada punto sensible. La grabación recogía cómo me tomaba entera, cómo cerraba los labios y succionaba despacio, cómo se atrevía a llegar al fondo hasta que se le saltaban las lágrimas y tenía que apartarse para respirar.

Lo grabé todo. Sus movimientos, sus miradas, las pequeñas guarradas que le gusta hacer con la saliva, esa manera suya de jugar con ella y recogerla otra vez con la lengua.

Puso su cara más lujuriosa, como si actuara para una película. Pero yo sabía que aquello no era para ella. Era para Andrés. A mí me gustaba verla así, entregada, sin un gramo de la timidez con la que él me la presentó la primera vez. Me preguntaba dónde se escondía aquella mujer recatada de entonces. En unas horas él vería todo lo que hacía. Esperaba que lo disfrutara tanto como yo.

—Para, para —le dije cuando empezó a alternar la mano y la boca con demasiado entusiasmo—. Así me vas a hacer terminar antes de tiempo.

Lo recordaba bien: el trato de hoy era llenarla a ella, no desperdiciar nada por el camino. Lorena se detuvo de golpe, con un mohín de fastidio. A ella le encanta esa parte, la de provocar, la de tenerme al borde y retirarse para alargar el momento. Pero conocía el plan tan bien como yo.

Se dio la vuelta sin que tuviera que pedírselo. Apoyó el pecho contra el asiento, separó las rodillas y, con las dos manos, se abrió para mí. Estaba húmeda, dispuesta, temblando un poco de anticipación.

Me coloqué detrás, dirigí la punta hacia ella y empujé apenas, lo justo para sentir cómo me recibía.

—Voy a grabar cómo te lleno —le dije, dándole una palmada en la nalga mientras con la otra mano sostenía el teléfono enfocando el punto exacto donde nuestros cuerpos empezaban a encontrarse—. Y voy a grabar cómo te lo haces tú sola.

—Sí, sí —jadeó ella, echándose hacia atrás para tragarme poco a poco.

—Eso es. Empuja, mueve las caderas, ordéñame hasta la última gota. Quiero oír cómo suenas cuando chocas contra mí.

Me gustaba ver cómo se mecía adelante y atrás, cómo me hacía entrar y salir, cómo ondulaba el cuerpo buscando que el contacto fuera más hondo. Gemía bajito, acoplándose a mi ritmo, llevándome ella a mí más que al revés.

—Te voy a llenar entera —le advertí, sintiendo que empezaba a acumularse todo en la base del vientre.

Le puse una mano en la cadera, me afirmé y entré del todo. Empecé despacio, un vaivén lento que fue ganando velocidad sin pausa, gradual, cada vez más intenso. Nuestros cuerpos chocaban, la piel sudada crujía con cada embestida, y yo apenas podía mantener el encuadre del móvil. Pero debía hacerlo. Tenía que quedar bien registrado.

—Dámela toda —gruñó ella, sabiendo que estaba a punto de estallar—. Toda.

Un ronquido ronco se me escapó del pecho cuando el orgasmo me recorrió de arriba abajo. Una contracción, y otra, y otra más. Hoy había sido más abundante que nunca. Esta vez llevaba dedicatoria.

Salí despacio, con cuidado, y dejé de grabar. Le di una última palmada cariñosa.

—Ya la tienes. Aprieta las piernas para que no se pierda nada. Ve, corre, llévasela. Y cuéntale que esto es mi regalo, por dejarte ser mía.

Lorena se dio la vuelta, me besó en la boca, atrapó mi lengua un segundo. Sin decir palabra se arregló la falda, abrió la puerta y bajó del coche.

***

Lorena camina por la acera con ese paso firme que pone cuando se sabe observada. Llega hasta la puerta de su casa, apoya la mano en el picaporte y, antes de girarlo, vuelve la cabeza hacia la esquina donde estoy aparcado. Sabe que la miro. Intuye mi cara de deseo y sonríe.

Un rato más tarde me llega un mensaje suyo. Me invita a cenar. Con ella y con su marido.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (4)

GabiFlores22

tremendo relato!!! no pude dejar de leerlo

NachoPampas

Por favor que haya continuacion, me quede con ganas de saber como termina todo con el marido.

CristinaBue

Que concepto tan original, me dejo pensando un buen rato despues de terminarlo. Muy bien escrito!

Passional_Lector

jajaja la situacion es de otro nivel, que atrevida!! Sigue publicando por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.