Lo que ofreció para que su hijo fuera titular
Lorena Cifuentes había aprendido hacía mucho que su cuerpo era una llave capaz de abrir casi cualquier puerta. A los cuarenta y seis años seguía siendo una mujer imposible de ignorar: morena de piel cálida, melena negra y ondulada cayéndole por la espalda, ojos marrones que sabían sostener una mirada hasta incomodar. Vestía siempre un poco más ajustado de lo necesario, no por descuido, sino por costumbre y por estrategia. Sabía exactamente qué provocaba cuando entraba en una habitación, y le gustaba.
Su matrimonio con Esteban llevaba años funcionando como un mueble viejo: presente, útil, sin sorpresas. Él era contable, metódico, previsible hasta en la cama, y pasaba la mitad del mes de viaje por trabajo. Lorena no lo odiaba; simplemente había dejado de esperar nada de él. Lo que necesitaba —intensidad, urgencia, sentirse el centro absoluto del deseo de alguien— lo buscaba por su cuenta, con discreción y sin remordimientos.
Pero esa tarde no la movía el deseo. La movía Bruno, su hijo de dieciocho años, recién subido al equipo amateur del pueblo. Bruno entrenaba con una obstinación que partía el alma: el primero en llegar, el último en marcharse, los botines siempre embarrados. Y aun así, partido tras partido, se quedaba en el banquillo sin que nadie lo mirara. Lorena sabía, en algún rincón honesto de sí misma, que al chico le faltaba chispa, esa velocidad que no se entrena. Pero verlo cabizbajo en la grada le encendía algo que no estaba dispuesta a apagar con resignación.
El responsable tenía nombre: Damián Rey, el entrenador. Cuarenta y cuatro años, ancho de hombros, con el cuerpo todavía firme de quien fue lateral semiprofesional antes de que una rodilla lo retirara. Barba oscura, voz grave, esa clase de autoridad tranquila que hacía obedecer a los jugadores con una sola frase. En el pueblo se decía, a media voz, que más de una madre separada había encontrado consuelo en su casa. Con las casadas, en cambio, mantenía las distancias. Era profesional. O eso creía él.
***
Era sábado y el sol pegaba fuerte sobre el campo de tierra a las afueras. El partido había acabado hacía rato; los chicos se habían ido con sus padres y solo quedaba Damián recogiendo conos y balones, la camiseta gris pegada al cuerpo por el sudor. Lorena lo había observado desde las gradas vacías, las piernas cruzadas, un vestido corto de licra roja que apenas le tapaba los muslos. Cuando él se quedó solo, ella bajó sin prisa, calculando cada paso.
Se había arreglado a conciencia. El escote en uve le caía profundo, sin sujetador debajo, la tela fina marcando lo justo para obligar a mirar. Tacones que le estiraban las piernas, los labios pintados de rojo, un perfume dulce y denso que llegaba antes que ella.
—Buenas tardes, entrenador —dijo con voz baja, deteniéndose a un par de metros, lo bastante cerca para que él la viera entera.
Damián levantó la vista y se quedó quieto un segundo de más. La había visto en los partidos, siempre en primera fila, siempre con ropa al filo de lo decente, pero nunca tan cerca.
—Buenas tardes. Usted es la madre de Bruno, ¿verdad? —respondió, enderezándose y limpiándose las manos en el pantalón. Intentó sonar neutro y no lo consiguió del todo.
—Lorena. —Dio un paso más, invadiendo su espacio—. Vengo por mi hijo. Otro partido entero en el banquillo. Ni un minuto. ¿Me explicas por qué?
Él suspiró y dejó la bolsa de balones en el suelo. Se cruzó de brazos, y la camiseta se le tensó sobre el pecho.
—Seré sincero, como siempre. Bruno es buen chico, disciplinado, no falta a un entrenamiento. Pero le falta nivel. Velocidad, lectura del juego, decisión. Hoy por hoy no está para el once titular. Si lo pongo, desequilibro al equipo. No me gusta decirlo así, pero es la verdad.
Lorena no retrocedió. Avanzó otro paso, hasta que él pudo oler su perfume mezclado con el calor de su piel.
—¿De verdad no hay nada que hacer? —preguntó, bajando aún más la voz, dejando que un mechón le cayera sobre el hombro—. Soy una madre preocupada, Damián. Y sé cómo funciona esto. Sé que a veces hay… arreglos. Conversaciones privadas.
Él tragó saliva. Los ojos se le fueron solos al escote.
—¿Qué me estás insinuando?
Ella sonrió despacio, mordiéndose el labio. Le posó una mano en el antebrazo, rozándolo con las uñas.
—Que sé agradecer un favor. Mi marido está fuera toda la semana. Estoy sola en casa. Y tú pareces un hombre que sabe apreciar a una mujer de verdad. Ven esta noche. Hablamos con calma. Te convenzo.
Se apartó girando despacio, para que él viera el contoneo completo mientras se alejaba. Damián se quedó plantado en mitad del campo, mirándola hasta que desapareció, con la respiración alterada y una decisión a medio tomar que su cuerpo ya había tomado por él.
***
A las nueve en punto, Damián llamó al timbre con el pulso disparado. Lorena abrió con un camisón de seda negra, corto, transparente, nada debajo. La luz tibia del recibidor dibujaba cada curva a través de la tela.
—Pasa —dijo—. Estamos completamente solos.
Lo llevó al salón: luces bajas, dos copas, una botella de tinto abierta respirando sobre la mesa. Se sentaron muy cerca en el sofá. Ella cruzó las piernas con lentitud calculada, dejando que el camisón trepara.
—¿Pensaste en mi oferta? —preguntó, tendiéndole una copa.
—Todo el día —admitió él, y la mano le temblaba apenas—. Eres peligrosa.
—Peligrosa y generosa. —Se inclinó hasta rozarle el brazo con el pecho—. Si pones a Bruno en el once del próximo partido, esta noche te llevas todo lo que quieras.
No esperó respuesta. Le buscó la boca y lo besó hondo, la lengua hambrienta, las manos de él subiendo enseguida a apretar por encima de la seda. Ella gimió contra sus labios, arqueando la espalda, y le bajó los tirantes para liberarse de la tela.
—Confirma el trato primero —murmuró, apartándole la cabeza cuando él ya devoraba.
Damián levantó la mirada, oscura de deseo.
—Lo pongo titular. Te lo juro. Pero ahora te quiero entera.
—Paciencia, entrenador —sonrió ella, empujándolo contra el respaldo—. La noche es larga. Voy a volverte loco antes de darte nada.
***
Lorena se deslizó del sofá al suelo con una lentitud teatral, arrodillándose entre las piernas abiertas de él. Le subió las manos por los muslos, lo desabrochó sin prisa y lo liberó, abarcándolo con ambas manos. Lo miró desde abajo, los ojos brillantes, antes de inclinarse.
—Mi marido apenas sabe usar lo que tiene —dijo, la voz ronca—. Tú, en cambio, vas a recordar esta noche el resto de tu vida.
Se lo llevó a la boca despacio, jugando con la lengua, demorándose en el ritmo, alternando la presión hasta que él gruñó y le enredó los dedos en el pelo. Ella subía y bajaba con una técnica deliberada, parando justo antes de que cediera, apretando para contenerlo, riéndose bajito cada vez que lo dejaba al borde.
—Joder, Lorena —jadeó él, tirándole del pelo como de unas riendas—. Eres lo mejor que ha pasado por esta casa.
—Y todo por unos minutos de fútbol para mi hijo —murmuró ella, soltándolo un instante con una sonrisa torcida, antes de volver a la carga.
Lo torturó largo rato, lento y luego rápido, hasta que él la apartó con un gruñido ronco, incapaz de aguantar más.
—Basta. Ponte como yo te diga. Quiero todo lo que prometiste.
***
La dobló sobre el brazo del sofá y la tomó por detrás de una sola estocada. Ella gritó, agarrándose a la tapicería, y enseguida empujó hacia atrás, exigiendo más. Damián marcaba el ritmo con las manos clavadas en sus caderas, sin tregua, mientras ella le pedía con la voz quebrada que no parara, que la rompiera, que la hiciera olvidar el nombre de su marido.
—Esto es lo que querías, ¿no? —gruñó él contra su nuca—. Una madre casada negociando con su cuerpo.
—Sí —jadeó ella, clavándole las uñas en el antebrazo—. Y mi hijo va a ser titular gracias a esto. Más fuerte, no te detengas.
Se corrió así, temblando entera, y él la giró sin sacarla apenas para tenerla de frente. La tumbó en el sofá, le abrió las piernas y volvió a entrar, esta vez mirándola a los ojos. Lorena le rodeó la cintura con las piernas, atrayéndolo, mientras él bajaba la boca a su pecho y ella le hundía las uñas en la espalda dejándole surcos rojos.
—Eres una infiel sin remedio —le dijo él entre embestidas—. Vendiendo lo que tienes por un puesto en el equipo.
—Soy lo que haga falta esta noche —respondió ella, riéndose entre gemidos—. Con tal de que mi chico juegue, soy lo que tú quieras.
***
La noche se estiró en una sucesión de cambios y treguas breves. Ella encima, marcando el compás hasta hacerlo rogar; los dos de lado sobre la alfombra, las bocas pegadas; él de pie, sosteniéndola contra la pared del salón, los dos al filo de que algún vecino los oyera. Hubo una pausa para que ella lo bebiera de nuevo, y otra para una copa de vino que ninguno terminó. Lorena perdió la cuenta de las veces que se deshizo, la voz cada vez más ronca de tanto callar y tanto gritar a la vez.
En algún momento, exhausta pero todavía con hambre, le ofreció lo que faltaba.
—Hay algo más que puedo darte —dijo, mirándolo por encima del hombro—. Pero ese extra tiene su precio aparte. Bruno juega toda la temporada, pase lo que pase.
—Lo que haga falta —respondió él, ya rendido a ella.
Lo tomó así también, despacio al principio y luego sin freno, mordiendo el cojín del sofá, sorprendida de su propia entrega. Cuando por fin él sintió que no aguantaba más, ella se arrodilló frente a él en el suelo, la cara levantada, esperando.
—Termina donde quieras —le dijo, los ojos vidriosos—. Quiero recordar mañana exactamente cómo compré el puesto de mi hijo.
Damián se dejó ir con un rugido, y ella lo recibió sin apartarse, sonriendo bajo el desastre, lamiéndose los labios con una satisfacción que era mitad placer y mitad victoria.
***
Después se desplomó de espaldas en el sofá, el pecho subiendo y bajando, vacío y aturdido.
—Ha sido la noche más larga de mi vida —dijo, mirando al techo.
Lorena se incorporó del suelo, aún de rodillas, y se apartó un mechón pegado a la mejilla.
—Recuérdalo, entrenador. Bruno titular. Toda la temporada.
—Hecho —murmuró él—. Tu hijo es intocable.
***
A la mañana siguiente, el mensaje cayó en el grupo del equipo: alineación oficial para el próximo partido, Bruno Cifuentes titular en el centro del campo, con una nota del cuerpo técnico sobre «su evidente progresión». Lorena lo leyó en el móvil mientras el café se enfriaba en la cocina, y sonrió despacio, con una calma profunda y un poco perversa. Su placer —y su sacrificio— habían comprado exactamente lo que quería. Esteban volvería el domingo sin enterarse jamás de nada, y ella estaría en la grada, en primera fila, aplaudiendo a su hijo como cualquier otra madre.