Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La nieve me encerró tres días con un extraño

El silencio de la alta montaña es una presión física que zumba dentro de los oídos. Apagué el motor y la calefacción del coche empezó a perder la batalla contra los doce grados bajo cero del exterior. A través del parabrisas, la silueta del refugio de piedra parecía un colmillo astillado clavado en la ladera. No era el hotel con encanto que Daniel me había prometido para «reconstruir» nuestro matrimonio después de doce años de silencios compartidos en un piso del Eixample.

Daniel no estaba. Una llamada de última hora desde Frankfurt lo había retenido, y yo, en un arrebato de orgullo y de hastío, decidí subir sola hacia la cumbre, desafiando la tormenta que los informativos anunciaban con una insistencia casi apocalíptica.

Salí del coche y el viento me golpeó con la fuerza de un portazo. La nieve, convertida en agujas de hielo, me cortaba la visibilidad. Arrastré mi maleta hacia el porche, maldiciendo cada decisión que me había llevado hasta allí.

Al empujar la puerta, me recibió una bofetada de calor seco y olor a resina quemada. Mateo estaba allí, de pie ante un mapa desplegado sobre una mesa de madera tosca. No era el conserje amable que yo esperaba. Tenía la mirada de quien ha visto demasiados inviernos y le queda poca paciencia para los turistas que juegan a la aventura.

—Buenas tardes. Soy Carla, tengo una reserva a nombre de mi marido, Daniel. Siento llegar en plena tormenta, pero me gustaría registrarme antes de que empeore —dije, tendiéndole una mano enguantada con una cortesía glacial.

—La carretera acaba de cerrarse —respondió sin saludar, con una voz que parecía salir de las entrañas de la roca—. Te vas a quedar aquí un buen rato, y no tengo televisión ni servicio de habitaciones. Solo estamos tú, yo y la nieve que está sepultando tu coche. Mi mujer está en el pueblo de abajo, bloqueada por el ventisquero. Tu marido estará bebiendo vino caro en un aeropuerto.

Me quité las gafas de sol y dejé al descubierto unos ojos cargados de una fatiga que no se cura durmiendo. Mateo llevaba una alianza de plata, gastada y mate, en el dedo anular. Yo también llevaba la mía: un diamante que Daniel me había regalado en uno de sus viajes, una joya que pesaba más que el plomo.

—Solo necesito una habitación —insistí, intentando recuperar el tono de autoridad que usaba con mis empleados en la agencia.

Él me miró con una crudeza que me desnudó mucho antes de que cayera la primera prenda. No había cortesía en sus ojos, solo la evaluación de un hombre que reconoce a una mujer perdida.

—No sé qué clase de hombre deja a su mujer subir sola a una montaña con alerta roja —añadió—, pero sé qué clase de mujer sube porque prefiere morir de frío antes que pasar otra noche fingiendo que todo va bien.

El silencio volvió a instalarse, roto solo por el crujido de la leña en la chimenea. El mundo exterior se había borrado. Solo quedaba aquel espacio mínimo, saturado por la presencia de dos extraños unidos por el azar y por la evidencia de sus propios naufragios.

Me senté en un banco de madera. Mateo sirvió un poco de guiso en un cuenco de barro y me lo puso delante sin mediar palabra, junto a un trozo de pan denso y oscuro.

—Come. Necesitas calorías para generar calor —ordenó, sentándose enfrente—. Mañana la nieve llegará al primer piso. No habrá forma de salir de aquí en tres días, como poco.

Miré el cuenco. En mi mundo, las cenas eran platos minimalistas en restaurantes con estrella, donde se hablaba de inversiones mientras se picoteaba una ensalada. Aquí, el olor del guiso era fuerte, animal.

—¿Y tú? —pregunté, mirando su alianza—. ¿Tu mujer también cree en los retiros de desconexión?

—Mi mujer nació en este valle —contestó, fijando los ojos en la llama de la vela que separaba nuestros rostros—. Sabe que la montaña no es un escenario para encontrarse a uno mismo, sino un lugar donde es muy fácil perderse. Bajó al pueblo a por suministros antes de que el frente cerrara el paso. Es la primera vez en años que el refugio se queda aislado con alguien dentro.

Probé el primer bocado, caliente y cargado de especias que me quemaron la lengua. Levanté la vista y me topé con sus ojos. No había la cortesía vacía de Daniel, ni esa manera suya de mirar de reojo mientras atendía el teléfono. Mateo me miraba de frente, buscando las fisuras en mi compostura.

—Llevas un anillo de dos quilates y una cara de quien acaba de salir de un entierro —dijo con una brutalidad tranquila—. ¿A quién has venido a enterrar aquí arriba, Carla? ¿A Daniel o a la mujer que eras antes de cargar con ese peso en el dedo?

Dejé la cuchara sobre la mesa. La pregunta fue un golpe directo al plexo. El viento arreció fuera, haciendo vibrar los cristales como si algo pesado quisiera entrar. En ese instante, la cabaña dejó de ser un refugio para volverse un confesionario de madera y piedra.

—Daniel cree que el aislamiento purifica —dije, y mi propia voz me sonó ajena, despojada del tono modulado de mis reuniones—. Me envió aquí porque ya no soporta mirarme a los ojos y ver el reflejo de sus propios fracasos. Conozco sus huidas, sus llamadas a deshoras, su necesidad de sentirse joven en camas que no son la nuestra.

Mateo apuró un vaso de tinto sin apartar los ojos de mí. La luz de las velas proyectaba su sombra contra la pared, agrandando su figura hasta hacerla parecer parte de los cimientos del refugio.

—El aislamiento no purifica —sentenció—. Arranca las capas que sobran hasta que solo queda lo que es real. Y tú tienes demasiadas capas. Aceptaste venir porque estar sola en una montaña te dolía menos que estar sola a su lado.

Se puso de pie. Una cojera leve en la pierna izquierda, herencia de algún accidente antiguo en el hielo, le daba un aire de depredador lastimado pero letal. Se acercó a la chimenea y removió los troncos.

—Te quejas del frío, pero te aterra el fuego, porque el fuego quema —añadió—. Y tú no estás hecha a las cicatrices, solo a los adornos.

Me levanté con una chispa de rabia. La suficiencia de aquel hombre me resultaba insoportable, precisamente porque rozaba la verdad con la precisión de un bisturí.

—¿Y tú qué sabes de cicatrices, Mateo? Vives aquí aislado, jugando al ermitaño sabio, mientras tu mujer se queda en el pueblo. Igual tu silencio no es sabiduría, sino cobardía. Igual prefieres estar solo porque aquí nadie te exige ser nada más que un hombre que corta leña y aviva la lumbre.

Se levantó despacio. La luz de las velas le bañaba el rostro, marcando las arrugas y la dureza de una mandíbula tallada en granito.

—Mi mujer y yo hace años que no nos miramos como si tuviéramos algo nuevo que decirnos. Ella es el paisaje, Carla. Es constante, es segura, pero ya no me pone la polla dura. Estoy aquí porque este refugio es el único sitio donde no tengo que fingir que aún siento el hambre de hace veinte años.

—Somos dos extraños en una caja de madera, rodeados por una tormenta que no nos dejará salir. Tú odias tu vida de cristal y yo estoy harto de mi vida de piedra. El resto de la noche es solo cuestión de cuánto frío estamos dispuestos a aguantar antes de admitir que nos necesitamos para no desaparecer.

—Dices que tu mujer es el paisaje. Es lo más cruel que he oído nunca —repliqué—. La has convertido en algo que está ahí, como una montaña o un árbol, algo que ya no ves porque siempre estuvo. Yo, por lo menos, todavía tengo la decencia de odiar a Daniel por lo que me hace sentir. Estás tan muerto por dentro como la nieve de ahí fuera. Solo que tú todavía respiras.

Encajó el golpe sin pestañear. La llama de la vela tembló entre los dos.

—Quizá tengas razón —admitió con una voz que vibró en la madera del suelo—. Pero tú aún esperas que alguien te rescate de esa pulcritud en la que vives. Buscas una grieta, algo que rompa el cristal. Por eso subiste sola con alerta roja. No buscabas soledad, Carla. Buscabas el impacto. Querías ver si bajo esa ropa de marca todavía queda un coño capaz de mojarse de verdad.

Sentí que el aire de la habitación se volvía más denso. La palabra removió algo primario en mi vientre, un tirón caliente que se me instaló entre las piernas.

—Daniel nunca me ha hecho gritar —susurré, y la confesión sonó a rendición—. Ni siquiera me ha hecho sudar. A veces cierro los ojos mientras me folla y solo pienso en la lista de la compra o en la reunión del lunes. Se corre en tres minutos, se limpia con una toallita y se duerme. Ni una vez, Mateo. Ni una sola vez me ha tocado como si de verdad quisiera destrozarme.

Avancé hasta quedar a un palmo de su pecho. Su olor —una mezcla de resina, sudor antiguo y frío— me golpeó con más fuerza que cualquier perfume caro.

—Dime, Mateo... ¿Tú también eres civilizado? ¿O tú también te has vuelto parte del paisaje, frío e inerte?

No se movió, pero su respiración se volvió pesada, una presencia rítmica que llenaba el hueco entre los dos. Sus ojos recorrieron mi cara, deteniéndose en mis labios, ya sin rastro de carmín.

—La civilización se queda en la cota mil —dijo, y su voz fue un roce de lija contra la madera—. Aquí arriba, la cortesía no te da de comer ni te quita el frío. Quieres que te folle como a la puta cara que eres bajo la ropa de firma. Quieres que te rompa el guion, ser la que se aferra a la mesa con los muslos abiertos para no caerse cuando el mundo empieza a dar vueltas.

Sentí un latido violento en el clítoris, una humedad espesa que me empapó las bragas al instante. Mateo rondaba los cincuenta y ocho, pero su cuerpo recio, forjado en la supervivencia y no en el gimnasio, imponía sin necesidad de exhibirse. Se le marcaba el bulto duro contra los vaqueros gastados, y no hizo el más mínimo esfuerzo por disimularlo.

—Demuéstrame que no eres solo paisaje —susurré, desafiante—. Demuéstrame que todavía hay fuego bajo toda esa piedra. Sácala. Enséñame lo que tienes.

No retrocedí. Pensé en mis otras huidas, en aquellos cuerpos jóvenes y atléticos que buscaba en hoteles de diseño para sentir algo: encuentros higiénicos, pollas depiladas y correctas, orgasmos administrados con la misma pulcritud con la que Daniel firmaba un contrato. Nunca había estado con un hombre que oliera a hombre, que sudara, que me mirara como si supiera exactamente en qué agujero iba a meterme la verga en los próximos dos minutos.

—Entonces no finjas —susurré.

***

Rompió la inercia con una brusquedad que me dejó sin aliento. Su mano se cerró en mi pelo, no con crueldad, sino con una posesión precisa, tirándome la cabeza hacia atrás para obligarme a ofrecer el cuello. Me mordió justo debajo de la oreja, un mordisco cerrado que me arrancó un gemido agudo, y bajó por la garganta lamiendo, chupando, marcándome la piel con esa barba de tres días que raspaba como papel de lija.

El beso, cuando llegó, fue una invasión de lengua y dientes que sabía a vino tinto y a madera quemada. Me metió la lengua hasta la garganta y yo se la chupé como una cría hambrienta, gimiendo contra su boca, sintiendo el contraste de mi piel cuidada contra la aspereza de su lana y de su mandíbula. Su mano libre me agarró una teta por encima del jersey de cachemira, apretándome el pezón entre el pulgar y el índice hasta hacerme jadear de dolor y de gusto al mismo tiempo.

—Fuera —gruñó, tironeando del jersey.

Se lo saqué yo misma por la cabeza, con las manos torpes, y a continuación me desabroché el sujetador y lo dejé caer al suelo. Mis tetas quedaron al aire, los pezones tiesos como piedras por el frío y por lo que ya me estaba corriendo por dentro. Él me miró un segundo, sin sonreír, y a continuación se agachó y se metió uno en la boca entero, chupando fuerte, mordisqueando, tirando con los dientes mientras con la otra mano me pellizcaba el otro pezón sin piedad. Grité, y me aferré a su nuca, empujándole la cara contra mi pecho.

—Más fuerte —le pedí, con la voz rota—. Muérdemelas más fuerte, joder.

Obedeció. Me chupó los dos pezones hasta dejármelos rojos y palpitantes, y cuando levantó la cara para volver a besarme, tenía la boca brillante de saliva. Me desabrochó los vaqueros de un tirón, me los bajó hasta las rodillas junto con las bragas, y metió la mano entre mis muslos sin preámbulos. Dos dedos gruesos, callosos, se hundieron en mi coño empapado hasta los nudillos.

—Estás chorreando —dijo, casi como una acusación—. Toda esa cara de señora bien y tienes el coño que se me cae de la mano. ¿Cuánto tiempo llevas sin que te folle nadie como Dios manda, Carla?

Los movió dentro de mí, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que Daniel nunca había sabido encontrar. Lo encontró a la tercera embestida y yo me abracé a su cuello, temblando, cabalgándole la mano sin pudor. Con el pulgar me apretaba el clítoris, dando círculos lentos y firmes, y yo empecé a follarle los dedos como una perra en celo, moviendo las caderas al ritmo que él me marcaba.

—Así —jadeé—. Ahí, no pares, ahí…

El primer orgasmo me pilló todavía a medio desvestir, con los vaqueros colgando de los tobillos y las tetas rebotándome contra su pecho. Me corrí gritándole en la boca, apretándole los dedos con las paredes del coño, sintiendo cómo me chorreaba por la muñeca hasta el antebrazo. Él no paró: siguió moviéndolos dentro de mí, alargándome los espasmos hasta que se me doblaron las rodillas.

Me levantó en vilo, me llevó los dos pasos que había hasta la mesa de pino y me sentó de un empujón sobre la madera. Noté el frío de la superficie contra el culo desnudo mientras él, sin prisa, se desabrochaba el cinturón gastado. Se bajó los vaqueros hasta la mitad del muslo y sacó la polla.

Me quedé sin aliento. Era una polla de hombre, no de figurín: gruesa, venosa, con la cabeza morada e inflamada, el prepucio ya retirado del todo, un hilo de líquido preseminal colgándole de la punta. Ni depilada ni perfumada. Olor a hombre puro, a sudor y a piel caliente. Se la agarró por la base y se la sacudió una vez, dos, como haciéndole entender a mi coño lo que le venía encima.

—Ábrete —ordenó.

Me eché hacia atrás sobre los codos y separé las piernas todo lo que pude. Él se colocó entre mis muslos, se pasó la punta de la polla arriba y abajo por mis labios empapados, embadurnándose el glande con mi flujo, y sin previo aviso se hundió de una sola embestida hasta el fondo.

El grito que solté se perdió en el estruendo del viento contra los cristales. Me estiró, me abrió, me llenó de una manera que no había sentido nunca. Sentí cada vena de su polla contra las paredes del coño, cada centímetro, la cabeza gruesa golpeándome el cuello del útero desde dentro. Me aferré a los bordes de la mesa, con las uñas clavadas en las vetas, mientras él se quedaba quieto un segundo, dejándome ajustarme a él, mirándome a la cara.

—Mírame —me ordenó—. Cuando te folle, me miras a los ojos.

Y empezó a moverse. Sacaba la polla casi entera, hasta que solo quedaba la cabeza dentro, y volvía a hundirla de golpe, con un chasquido húmedo que retumbaba en la cabaña. Me embestía con un ritmo pesado, animal, sin las florituras cortesanas de mis amantes de gimnasio. Cada golpe me subía el cuerpo diez centímetros sobre la mesa. Sus manos me sujetaban por las caderas, tirando de mí hacia él con cada acometida, empalándome hasta el fondo una y otra vez.

—Follas como una diosa —gruñó—. Toda apretadita, toda mojada para mí. Mira cómo se traga mi polla este coño de señora fina.

Bajé la vista y lo vi: su verga gruesa entrando y saliendo de mi coño, brillante de mis jugos, mis labios estirados alrededor del tronco. Solté un gemido largo, tembloroso. Nunca me había atrevido a mirarme follar. Con Daniel siempre tenía la luz apagada y los ojos cerrados. Aquí, bajo la luz temblorosa de la chimenea, era pura carne, dos animales en calor sobre una mesa de pino.

—Chúpate los dedos y tócate el clítoris —me ordenó, sin dejar de embestir—. Quiero verte correrte encima de mi polla.

Obedecí sin pensarlo. Me metí dos dedos en la boca, los ensalivé bien y bajé la mano a mi pubis. Empecé a frotarme el clítoris en círculos rápidos, sintiendo cómo cada envite de Mateo me sacudía entera. El segundo orgasmo me subió por las piernas como una descarga eléctrica, y cuando me rompió, aullé. Aullé como una loba, arqueando la espalda, apretándole la polla con el coño hasta oírle gemir a él por primera vez.

—Joder, cómo aprietas —jadeó—. Otra vez. Quiero otra ya mismo.

Me sacó la polla de golpe, chorreando de mí, y me giró sobre la mesa como si no pesara nada. Me obligó a apoyar las manos y el pecho contra la superficie fría, con el culo levantado y las piernas separadas, mientras él permanecía de pie detrás. Me dio una palmada seca en la nalga derecha que sonó como un latigazo, y a continuación me abrió los cachetes con las dos manos y volvió a hundirse en mí de un empujón brutal.

—Aaaah, joder…

La diferencia de edad desaparecía en la funcionalidad del acto. Desde atrás me llegaba todavía más al fondo. Sentía el roce áspero de sus muslos contra los míos, el peso de sus huevos golpeándome el clítoris con cada embestida, esa fricción bestial que me disparaba la sensibilidad hasta un punto que me daba miedo. Me follaba como un martillo, con esa cadencia lenta y demoledora de quien sabe que tiene toda la noche por delante.

—Dime que eres mía —me gruñó al oído, inclinándose sobre mi espalda, agarrándome del pelo—. Dime que este coño esta noche es mío.

—Tuyo —gemí, con la mejilla aplastada contra la madera—. Es tuyo, todo tuyo, fóllame como quieras…

Me chupó un dedo, se lo humedeció bien, y me lo pasó por el ojete. Yo me tensé un segundo, y él se rio bajito contra mi nuca.

—Tranquila. Otro día. Ahora quiero corrértelo por delante otra vez.

Me metió el dedo pulgar en el culo hasta la primera falange, sin moverlo, solo dejándolo ahí, y ese estímulo extra sumado a la polla que me machacaba el coño me arrancó el tercer orgasmo. Fue una serie de espasmos que me dejaron sin aire, los brazos derritiéndose contra la mesa, los muslos temblándome incontrolables. Chorreé por sus muslos, empapé la madera. Él siguió embistiendo mientras yo me convulsionaba, alargándome la corrida hasta hacérmela dolorosa.

Me sacó la polla, empapada de mí, y me obligó a arrodillarme sobre la alfombra de piel frente a la chimenea. Bajo la luz de las llamas, me miró desde arriba, con la verga tiesa apuntándome a la cara, brillante de mis jugos.

—Chúpala —dijo—. Limpia lo que has ensuciado.

La agarré con las dos manos. Estaba caliente, dura, palpitando. Saqué la lengua y le lamí toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, saboreándome a mí misma en su piel: salado, espeso, real. Me la metí en la boca hasta donde pude, ahogándome un poco, sintiendo cómo la cabeza me golpeaba la garganta. Él me agarró por la nuca con las dos manos y empezó a moverme la cabeza al ritmo que quería, follándome la boca sin miramientos.

—Así, con las mejillas huecas, chúpala como si te fuera la vida en ello.

Le chupé la polla como no le había chupado a nadie. Con babas, con arcadas, con las lágrimas resbalándome por las mejillas cuando me la metía hasta el fondo. Lo miré desde abajo, con los labios estirados alrededor de su verga, y él soltó un gruñido gutural al ver mi cara desencajada. Le lamí los huevos, se los chupé de uno en uno, volví a la polla, la ensalivé toda, le pasé la lengua por debajo del glande, justo donde late la vena, y sentí cómo se le tensaba entero.

—Para, para —jadeó, apartándome la cabeza—. No me voy a correr en tu boca. Todavía no.

Me tendió boca arriba sobre la alfombra de piel, rodeada por el calor del hogar. Se arrodilló entre mis piernas, me las alzó hasta apoyármelas sobre sus hombros, y yo quedé doblada, con el culo levantado y el coño completamente expuesto ante él. Se agachó y me lo comió. Me hundió la lengua entera, chupó, lamió, me metió y sacó dos dedos mientras me devoraba el clítoris con los labios. Yo grité, me agarré a su pelo canoso, le empujé la cara contra mí sin ningún pudor.

—Cómemelo, joder, cómemelo entero…

Me lamió hasta dejarme al borde otra vez, y justo antes de que me corriera se apartó. Se colocó de rodillas entre mis piernas abiertas de par en par, se agarró la polla y me miró: la silueta recia de un hombre que no pedía perdón por su fuerza, cabeza inclinada, ojos oscuros clavados en mi coño.

—Esto es lo que buscabas en la montaña, Carla —dijo, con una voz que era casi un gruñido—. Algo que no pudieras controlar. Un hombre que te llene entera y te vacíe entera.

Se hundió en mí una vez más, y esta vez fue distinto. Fue la embestida final, más violenta, más honda, una arremetida que me elevó del suelo. Me folló apretándome los tobillos contra sus hombros, doblándome en dos, cada golpe llegándome hasta un sitio que yo no sabía que existía. La cabaña entera olía a sexo, a sudor, a coño mojado y a leña quemada. El chasquido húmedo de nuestras carnes se mezclaba con el bramido del viento fuera.

—Me voy a correr dentro —me avisó, con los dientes apretados—. Te voy a llenar el coño entero.

—Sí —gemí, arañándole los antebrazos—. Dentro, córrete dentro de mí, quiero sentirlo…

Sentí el tercer orgasmo subir, el más largo de mi vida, una descarga que me empezó en el clítoris y me subió por la columna hasta explotarme detrás de los ojos. Grité su nombre, grité obscenidades, grité cosas que no reconocí como mías. Y en el mismo instante, él dio tres embestidas finales y se hundió hasta el fondo, quedándose quieto, y sentí cómo su polla latía dentro de mí, cómo me llenaba de chorros calientes y espesos, cómo la corrida me inundaba el coño y empezaba a resbalarme por los muslos.

Con un rugido contenido, se vació entero. Lo recibí apretando los músculos a su alrededor, ordeñándole hasta la última gota, negándome a dejarlo marchar. Se quedó dentro de mí, todavía duro, mientras nos temblaban las piernas a los dos.

Nos quedamos así, unidos por la carne y el sudor, con su semen chorreándome entre las nalgas hasta la piel de oveja, mientras el fuego se consumía y la nieve terminaba de sepultar el refugio. Con el corazón martilleando contra las costillas, comprendí que el desgarro no era físico, sino vital: nada volvería a ser igual.

Aquella noche me folló otras dos veces. Una en la cama estrecha del cuarto de arriba, con las mantas tiradas por el suelo, después de haberme dormido un rato sobre su pecho. Me despertó chupándome el coño desde el pie de la cama, con la lengua ya dentro, y me hizo correrme en su boca antes de subírseme encima y metérmela otra vez. Y la tercera fue de madrugada, cuando yo me desperté empapada, con su polla ya empalmada apretándome la espalda, y le busqué la mano y me la puse entre las piernas. Me folló despacio, de lado, mordiéndome la nuca, susurrándome guarradas al oído, mientras la tormenta seguía aullando fuera.

Los tres días siguientes fueron uno solo. Follamos en el suelo, contra la puerta, sobre la mesa donde me había comido el guiso. Me montó a horcajadas sobre él en el sofá de piel y me hizo cabalgarle mientras él me chupaba las tetas y me marcaba las nalgas con las manos. Me lo chupé de rodillas a los pies de la chimenea, con las llamas iluminándome la boca llena de polla. Me penetró en la ducha, con el agua helada corriéndonos por la piel y mi coño ardiendo alrededor de su verga. Aprendí el sabor de su semen en la garganta, en las tetas, entre los muslos. Aprendí lo que era gritar hasta afonarme, dormirme con una polla dentro, despertarme con otra polla dentro. Aprendí que mi cuerpo, ese que Daniel había ignorado durante doce años, era una máquina insaciable en cuanto encontraba la mano adecuada.

***

El deshielo llegó al cuarto día, no como una tregua, sino como una rendición del paisaje. Bajé de la cota dos mil con el cuerpo marcado por una fatiga sagrada, los muslos temblando todavía, el coño hinchado y dolorido, y el olor de Mateo incrustado en los poros. Aquellas setenta y dos horas no habían sido un pasatiempo, sino una purga: cada embestida, un cincel que retiraba las capas de impostura que Daniel había ayudado a levantar.

El silencio de mi casa era una capa de barniz sobre una estructura podrida. Daniel esperaba en el salón, con el televisor encendido sin volumen, rodeado de ese lujo aséptico que ambos habíamos construido. Cuando crucé el umbral, ni siquiera se levantó.

—Ha sido un susto terrible, Carla. Estaba a punto de contratar un rescate privado —dijo, con esa preocupación de fábrica que reservaba para las crisis.

Solté el equipaje. El cuero contra el mármol sonó como un disparo.

—No hacía falta, Daniel. He estado perfectamente rescatada. Se acabó: el viaje, la sociedad y este simulacro de convivencia.

Dejó la copa sobre la mesa de diseño; el cristal tintineó con un sonido ridículo.

—No digas tonterías. Estás cansada. La agencia atraviesa un momento crítico y no podemos permitirnos una escena ahora.

—Nuestra agencia es como nosotros: una fachada brillante para ocultar que no nos queda nada —me acerqué, invadiendo el círculo de luz de la lámpara—. He pasado tres días con un hombre que sabe usar la polla. Mientras tú te escondías en Frankfurt con tu «asistente» —la misma que lleva meses mandándote mensajes que borras antes de entrar en casa—, yo descubrí que tengo el coño hambriento y que tú no tienes ni la verga ni la fuerza para saciarme.

Daniel palideció, pero recuperó el tono de desprecio que usaba en los consejos de administración.

—¿Me estás echando en cara a Marta? ¿Tú? No me hagas reír, Carla. ¿Crees que no sé lo del becario del verano pasado? ¿O lo del instructor del gimnasio? Llevamos años follando por ahí. Es el precio de nuestro éxito. Un revolcón de emergencia en una cabaña con un montañés no te da superioridad moral.

—No busco moral, Daniel. Busco verdad. Mis infidelidades eran huidas, igual que las tuyas. Pollas correctas, correrse rápido y volver a casa. Pero he pasado tres días con un hombre que me ha follado hasta afonarme, que me ha llenado el coño de leche cinco veces y me ha comido hasta dejármelo en carne viva. Y tus jovencitos de gimnasio eran bocetos comparados con él.

Me planté frente a él, obligándole a ver las marcas que la ropa todavía ocultaba. Me abrí el escote y le enseñé las tetas: los pezones mordidos, los cardenales oscuros en los pechos, las marcas de dedos en las caderas.

—¿Ves esto, Daniel? ¿Ves cómo me han marcado? Me ha hecho correrme hasta perder la voz mientras la nieve nos enterraba. Me ha follado en el suelo, contra la pared, en la mesa, en la ducha. Me ha llenado el coño hasta que le chorreaba por los muslos. Me ha hecho sentir que mi cuerpo es un territorio vivo, no una moneda de cambio en nuestra farsa.

—¡Es mi negocio también! —estalló por fin, levantándose—. No puedes liquidar doce años de expansión por un orgasmo en la nieve.

—No fue un orgasmo, Daniel. Fueron docenas. Perdí la cuenta al segundo día. Quédate con la agencia. Con los contratos y con tus amantes de diseño. Yo me quedo con el hambre que él me ha despertado en el coño. Mañana mi abogado te enviará los papeles para disolver la sociedad. No quiero la casa, ni los muebles, ni nada que huela a tu pulcritud estéril.

Caminé hacia la habitación y me detuve un instante antes de cerrar la puerta.

—Me voy a duchar, Daniel. Pero no para quitarme su semen. Su olor y su corrida son lo único real que he tenido en años. Me voy a duchar para terminar de lavarme de ti, de tus mentiras y de la mujer pequeña en la que me convertí a tu lado.

La puerta sonó como un veredicto. Daniel se quedó solo en su salón impecable, rodeado de cristal y acero, sintiéndose por primera vez como lo que era: un hombre derrotado por el recuerdo de una polla ajena que, en una caja de madera bajo la tormenta, le había arrebatado hasta la última gota de orgullo.

Semanas después, dejé que el agua casi hirviendo me golpeara los hombros en mi apartamento nuevo, un espacio pequeño y despojado de mármol. No usé esponja: evitaba cualquier fricción que pudiera borrar el recuerdo de mi propia piel despertando. Cerraba los ojos y el vapor del baño se transformaba en la bruma de la alta montaña, y volvía a sentir el peso de Mateo dentro de mí, esa polla gruesa abriéndome el coño, esa plenitud que no entendía de infidelidades corteses. Bajaba la mano y me tocaba, despacio, rememorando cada embestida, cada mordisco, cada chorro de leche caliente que me había dejado dentro. Me corría contra los azulejos con su nombre en los labios, sola, y no me daba ninguna vergüenza.

Había bajado de la cumbre, pero una parte de mí se quedaría para siempre en aquella caja de madera y piedra, con las piernas abiertas y el coño ardiendo, mientras el resto del mundo seguía congelado en su propia farsa.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios(8)

GabrielTucuman

tremendo relato, de los mejores que lei aca en mucho tiempo

SoledadRivera

Por favor seguí contando! quede con ganas de saber mas de esos tres dias encerrados. Segunda parte??

MauroK77

Me engancho desde la primera linea. Esa sensación de querer romper con todo... muy bien narrado, se siente autentico.

NoeliaSC

Jajaja la nieve como excusa perfecta. me imagino la cara del marido cuando volviste

Vale_Quilmes

Necesito saber como termino todo cuando llegaste de vuelta a casa. Por favor seguí!!

IgnacioFdez

Muy bien escrito, la verdad. Corto pero intenso, ojalá hagas mas relatos así

TaniaMar

Eso de vivir encerrada en un cristal me llego al alma. Muy real, muy honesto. Gracias por compartirlo

DiegoR_Mdz

Me hizo acordar a un viaje que hice al sur hace unos años. A veces la vida te pone en el lugar justo en el momento justo... excelente!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.