Cómo seduje a la esposa de mi amigo en un viaje
Después de varios meses follándome a Rosario, esa viuda insaciable que dirigía mi departamento, me cabreó descubrir que se reservaba a dos amantes más además de mí y se negaba a mezclarnos. Por puro despecho dejé de aceptarle las llamadas y centré la mira en otro objetivo: su cuñada Carolina. Cuarenta años, melena rubia hasta los hombros, ojos verdes que cortaban como cristal, un cuerpo de poco más de metro sesenta tan bien repartido que mareaba. Pechos grandes y firmes, cintura estrecha, un culo que parecía pedir perdón por ser tan injusto con el resto del mundo. Cara de virgen y mirada de pecadora.
Llevaba meses trabajándomela despacio, sembrando comentarios al pasar, mirándola un segundo más de la cuenta cada vez que coincidíamos en alguna cena. Cuando me lancé en serio, ella temblaba.
—Iván, eres un cabrón muy guapo, y cualquier mujer estaría halagada por lo que me estás diciendo —me dijo, con la voz a punto de quebrarse—. Pero no puedo hacerle eso a Diego. Es un buen hombre, lo destrozaría. Y lo quiero.
No me dijo «no». Me dijo «sí, pero todavía no». Esas dos cosas se parecen tanto como un gato y un pollo. Yo sabía leer entre líneas. Lo único que me hacía falta era paciencia y un detonante.
A Diego ya lo había estudiado. La misma estatura que ella, cuerpo blando, apretón de manos sin presencia. Cuando bebía un par de copas se le soltaba la lengua y se ponía locuaz, casi pesado, pero nunca perdía esa cara de buen chico que ponía a ratos en el trabajo. A través de sus confesiones de borracho fui dibujando un mapa: Carolina, antes de él, había sido otra mujer. Más viva. Más libre. Él la había domesticado a su nivel y ahora cargaba en silencio con la frustración de no estar a la altura.
Una tarde, en una sobremesa larga, le hice la maniobra. Le dejé caer que opinaba de muchas cosas, pero no de la mujer de un amigo. Saltó como un resorte, ofendido. Le tiré la frase preparada.
—Diego, no quiero ofenderte. Pero si me preguntas, te diré que tu mujer está hecha para que la deseen. Punto.
Le brillaron los ojos. Insistió. Le di un poco más, midiéndolo. Le hablé del cuerpo de Carolina como un mecánico habla de un coche que envidia. Cuando terminé, él se removía en la silla. Estaba excitado. Lo bueno vino después.
—Te vas a reír de mí —murmuró, con las orejas rojas—, pero llevamos años intentando que se deje por detrás y nunca lo conseguí. Se cierra entera. Pierdo la erección. Es como chocar contra una pared.
Le sonreí con una mezcla de pena y desafío.
—Eso no es de ella, Diego. Eso es de los dos. ¿Quieres un consejo?
Y le solté un manual entero: paciencia, lengua, dedos, lubricante, algún azote suave para sacarla del bloqueo mental. La idea del azote le horrorizó.
—¿Estás loco? Carolina me partiría la cara.
—Los maridos creéis conocer a vuestras mujeres en la cama —le dije—. La mayoría se sorprendería de las cosas que aceptan cuando se las pide la persona adecuada.
Esa noche no hubo más. Pero la semilla quedó plantada y empezó a brotar sola. Un mes más tarde, Diego me buscaba con un tema nuevo. Ya sobrio, ya consciente. Quería entender por qué le había dicho aquello de que los maridos no conocían a sus mujeres. Le respondí sin rodeos: porque me había acostado con muchas parejas y siempre, sin excepción, el marido se quedaba con la boca abierta al ver a su mujer en otro registro. Le conté que cada cornudo se gestionaba a su manera —mirando, participando, obedeciendo— y que los hay para todos los gustos. Diego se puso colorado hasta las orejas, pero no me cortó. Esperaba más.
***
El viaje a Sevilla fue el detonante perfecto. Carolina tenía una feria profesional de tres días y Diego pidió acompañarla. Yo iba al mismo congreso, así que nos hospedamos en el mismo hotel. La mañana que tocaba moverse hasta el recinto, Diego, en su infinita inocencia, propuso ir en metro.
Cuando vi bajar a Carolina al desayuno, casi se me cae la taza. La mojigata se había quedado en la habitación. Bajó con un vestido vaporoso, ligero, que se le pegaba a las caderas y dejaba adivinar muslos largos y firmes. Escote moderado, justo el necesario para insinuar dos pechos que prometían. Sandalias planas, melena suelta. Estaba para apartar a Diego de un empujón y llevármela al ascensor.
El metro a esa hora era un cruce de combates. Tres trasbordos, mucha gente, calor. En la segunda estación, con el aluvión, Diego se quedó pegado a un mapa en la pared y nosotros dos, empujados por la masa, terminamos prensados contra una de las puertas. Su culo, redondo y firme, apretado contra mi entrepierna. Se me puso dura sin que pudiera evitarlo. Ella lo notó. Se quedó quieta un segundo, conteniendo el aire. No protestó.
Le bajé la mano por la cintura, despacio, como si la duda formara parte del gesto. Los dedos quedaron apoyados en la curva de su cadera. Cada vez que el vagón frenaba, la masa nos empujaba más y su culo se restregaba contra mí. Me incliné y le rocé el lóbulo con los labios.
—¿Te gusta, Carolina?
Tembló. No respondió. Apoyó la cabeza atrás, contra mi hombro, en una rendición silenciosa. Mi mano se atrevió a más. Subió por debajo del vestido, encontró el muslo desnudo, y siguió subiendo hasta tocar el borde de un tanga de encaje. Soltó un jadeo apagado.
—Iván... aquí no...
—¿Por qué no? A Diego le encantaría saberlo.
Le mordí suavemente la oreja. Los dedos ya estaban dentro del elástico. La encontré húmeda y caliente. La acaricié allí, en medio de doscientas personas, con su marido a tres metros buscándonos sin vernos. Cuando estaba a punto de derretirse, vi la cabeza de Diego asomar entre la gente. Saqué la mano en un parpadeo, me la llevé a la nariz y la miré a los ojos mientras inhalaba.
—Esto es el aperitivo.
Diego se coló entre nosotros con cara de cordero contento. La mala suerte —para él, para mí no— quiso que el vagón se llenara aún más y los tres terminamos apretados como sardinas. Carolina entre los dos. Esa fue la siguiente etapa.
Volví a la carga, esta vez sobre la tela del vestido. La palma abierta en el culo, apretándolo, separándolo. Ella miraba al frente, con la mandíbula tensa. Diego escogió ese instante para abrir la boca.
—¿Te gusta el metro, cariño?
Carolina parpadeó dos veces antes de responder. Mi mano ya estaba otra vez por dentro del vestido, dos dedos hundidos en ella.
—S-sí. Es rápido.
—Pareces nerviosa.
—Es el calor.
Lo nuestro era un calor de otro tipo. Mientras él le ponía la mano en la frente como si le tomara la temperatura, yo le buscaba el clítoris con el pulgar y lo dibujaba en círculos lentos. Sus rodillas empezaron a fallar. Se agarró a mi brazo con tanta fuerza que me dejó las marcas. Cuando Diego le sugirió bajarse en la próxima estación y coger un taxi, la combinación de su preocupación de bobo y mis dedos dentro fue demasiado. Apoyó la frente en mi pecho y se mordió el labio mientras un espasmo le recorría el cuerpo entero. Sentí cómo se cerraba sobre mis dedos. Se corrió en silencio, escondida en mi pecho, mientras su marido le acariciaba el pelo y le decía que respirara hondo.
***
A la vuelta nos recogió una furgoneta de empresa, espaciosa, con la última fila escondida tras dos asientos altos. Cuando subimos, los únicos sitios libres juntos eran los dos del fondo. Carolina dudó un segundo, pero se sentó a mi lado. En cuanto arrancamos, le subí el vestido hasta la cintura, y esta vez no fue para preliminares. Le aparté el tanga y la trabajé con dos dedos al ritmo del traqueteo. La llevé al borde tres veces seguidas y le retiré la mano cada una. Quería que llegara al hotel desesperada.
—Por favor, Iván... —susurró en un punto, con la voz rota.
—Todavía no.
Cuando bajamos del vehículo, ella entró en el hotel corriendo, sin mirar atrás. Diego se quedó conmigo en la recepción, sonriente, con una idea fija en la cabeza.
—Iván, ¿cómo la ves? El vestido nuevo y todo. ¿Te ha llamado la atención?
—Diego, voy a ser sincero. Ese vestido pide que se lo quiten. Eso es lo atrevido.
Tragó saliva. Se ajustó los pantalones sin disimulo. No dijo nada. Subió a la habitación detrás de su mujer.
Esa noche, cuando bajaron a cenar, Carolina era otra. Diego, el cornudo en construcción, la había convencido para ponerse algo de combate. Falda corta, blusa de seda sin sujetador, tacones que le levantaban el culo. Por la forma en que la seda se le ceñía al pubis, no llevaba nada debajo. Diego se me acercó como un perrito.
—¿Así sí, Iván? ¿Así está más atrevida?
—Ahora estás cerca. Casi para follársela.
El «casi» lo dejó congelado. A ella, humillada. Pero la humillación, en una mujer así, también era combustible.
Después de cenar terminamos en un bar oscuro con una pista de baile pequeña. Diego se sentó. Carolina vino conmigo. La primera canción ya fue lenta. Le metí una pierna entre las suyas y le presioné el coño con el muslo. Le apreté el culo con las dos manos, le levanté un poco la falda con la espalda al público y le hablé al oído.
—¿Lo sientes? Esto es lo que necesitas.
Bailamos pegados durante una hora. La llevé al borde tres veces más y la dejé colgando cada una. Diego nos miraba con la mano apoyada en el regazo sin disimular. Cuando volvimos a la mesa, Carolina temblaba.
***
En la puerta de la habitación, cuando me iba a despedir, no pudo más. Me agarró de la camisa con las dos manos.
—No te vayas, por favor. Quédate.
—¿Para qué, Carolina?
—¡Para que me folles, Iván! ¡No puedo más!
Diego abrió la boca como un pez. La fantasía se le materializaba más cruda de lo que la había imaginado. Me solté de Carolina con calma, miré primero a uno y luego al otro.
—Yo no me follo a las mujeres de mis amigos sin permiso del amigo.
Ella se giró hacia su marido, con los ojos llenos de lágrimas y rabia.
—¡Diego, dile que lo haga, por favor!
Diego balbuceó. Tres intentos de frase, ninguna terminada. Yo le sostuve la mirada hasta que tragó saliva, bajó los ojos y, sin apartar la vista del suelo, le habló a su mujer con un susurro ronco.
—Pídeselo, Carolina. Pídele a Iván que te folle.
Ella soltó un gemido que era mitad alivio, mitad rendición. Se giró hacia mí.
—Por favor, Iván. Diego me da permiso. Fóllame.
Abrí la puerta y la empujé dentro. Cayó sentada sobre la cama, con las piernas abiertas y la falda en la cintura. Diego entró detrás como un autómata y cerró la puerta. Se quedó pegado a la pared.
La puse a cuatro patas, le agarré el pelo y la obligué a mirar a su marido mientras se la metía hasta el fondo. Soltó un grito que hizo temblar la pared. Empecé a follármela duro, rítmico, sin pausa. Diego, contra la pared, se sacó la polla y empezó a masturbarse con una furia muda.
Carolina, entre embestidas, encontró la voz para hablar.
—¿Lo ves, Diego? Hoy en el metro me metió los dedos. Delante de todos. Y en la furgoneta. Estuviste media hora a tres asientos mientras me follaba con la mano. ¿Y no te diste cuenta?
—Sí —dijo Diego, sin parar la mano—. Sí lo soy.
La saqué para que la limpiara con la boca. Me la chupó mirándolo a él. Cuando volví a colocarme detrás, ella se giró hacia su marido con la dulzura más venenosa que le había escuchado.
—Bésame. Quiero que sepas a qué sabe la polla de otro.
Diego se acercó, se inclinó y la besó. La besó saboreándome a mí en la lengua de su mujer mientras yo me volvía a meter en ella, lentamente esta vez, disfrutando del momento. Ese beso fue el sello final. Ya no eran un matrimonio. Eran míos.
Esa primera noche intenté llevarla por detrás. Carolina se cerró como una caja fuerte. Llegamos hasta dos dedos y desistí. Ya habría tiempo.
***
La segunda noche fui preparado. Cenamos sin prisa y volvimos al mismo bar. Esta vez nos metimos en una sala lateral, casi sin luz, con un sofá de cuero en el rincón. Saqué un tubo de lubricante del bolsillo. Carolina abrió los ojos como platos. Le llené el culo despacio, con dos dedos, abriéndola, dándole tiempo.
Luego miré a Diego, que nos observaba desde un metro de distancia, con la mano ya en la entrepierna.
—Ven.
Se acercó. Le puse lubricante en la palma.
—Úntame la polla.
Carolina soltó un gemido de incredulidad y excitación. Diego me la untó con dedos torpes y temblorosos. Esa imagen —el marido preparando al amante— fue la primera piedra de un edificio nuevo.
La apoyé sobre el respaldo del sofá. Le puse la punta en el ojete y empujé. La primera resistencia se rompió con el lubricante. Su culo se abrió y me tragó hasta abajo. Carolina gritó, pero el grito se perdió en el bajo de la música del local.
—¡Míralo, Diego! ¡Mira cómo me lo rompe! —gritaba ella—. ¡Y me pone más todavía que estés ahí mirando!
Diego se vino solo, en los pantalones, sin tocarse. Carolina, al darse cuenta de que su marido había acabado sin ayuda, explotó debajo de mí en un orgasmo que le dobló las rodillas y la dejó colgando del respaldo, conmigo todavía dentro hasta el fondo.
Aquella segunda noche entendí que no había vuelta atrás para ellos. Lo último que recuerdo, antes de salir del bar con los dos cogidos del brazo como una pareja rara, fue la cara de Diego: ya no era la de un hombre confundido. Era la cara de alguien que por primera vez en la vida había entendido cuál era su sitio. Y le encantaba.