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Relatos Ardientes

Le di permiso a mi mujer frente al patrón del barco

El velero «Brisa Salada» llevaba dos horas fondeado en una cala sin nombre, al abrigo de un islote que apenas figuraba en las cartas. El agua tenía ese verde de cristal en el que se distinguía cada piedra del fondo y los bancos de peces moviéndose bajo el casco. Era el tercer día de travesía. El sol de media tarde caía a plomo sobre la cubierta de teca, pero la brisa lo volvía soportable.

Nuria estaba tumbada boca abajo en una colchoneta de proa, con un biquini negro de lazos flojos que parecían a punto de deshacerse con cada respiración. Tenía la piel ya tostada, un tono más oscuro que el día que embarcamos, y el pelo castaño claro revuelto por la sal y el viento. Se había soltado la parte de arriba para no marcarse la espalda, y a cada movimiento yo contenía el aliento.

Yo la miraba desde la bañera, con una cerveza que apenas había probado entre las manos. Llevaba meses dándole vueltas a la misma idea: yo quieto, observando, mientras otro hombre la tocaba, la besaba, la hacía gritar de formas que conmigo nunca llegaban. Al principio ella rechazaba la fantasía de plano. Me llamaba enfermo, decía que ni en broma. Pero con las semanas empezó a callarse, a respirar distinto cuando yo se lo susurraba en la cama. Las últimas noches se mojaba al instante en cuanto le describía la escena al oído.

Hugo salió de la cabina con dos cervezas frías. Era el patrón que habíamos contratado para la semana, treinta y tantos, la piel curtida por el salitre, el pelo oscuro corto y unos ojos claros que contrastaban con todo lo demás. Tenía la espalda ancha de quien lleva años tirando de cabos, y se había quitado la camiseta hacía rato.

—¿Todo en orden por aquí? —preguntó con esa voz tranquila, alargando las palabras—. El parte da calma hasta la noche. Podemos quedarnos fondeados todo lo que queráis.

Asentí, pero la mirada se me fue otra vez hacia Nuria. Acababa de girarse de lado, apoyada en un codo, y el movimiento había desplazado uno de los triángulos lo justo para dejar a la vista la curva del pecho. No hizo nada por corregirlo. Al contrario: estiró los brazos por encima de la cabeza, arqueó la espalda y soltó un suspiro largo.

Hugo también lo vio. Sus ojos se detuvieron un segundo y volvieron a mí con media sonrisa que no prometía nada, pero tampoco negaba nada.

Nuria se incorporó por fin, se ató la parte de arriba con una lentitud deliberada y caminó descalza hacia nosotros. Se sentó a mi lado, me puso una mano en el muslo y miró al patrón de frente.

—¿De qué habláis, chicos? —preguntó con voz suave, casi inocente.

—De nada importante —respondió Hugo, encogiéndose de hombros—. Del mar, del tiempo, de lo bien que se está aquí sin nadie alrededor.

Ella sonrió, pero había algo nuevo en esa sonrisa: un filo travieso y nervioso a la vez. Me miró de reojo.

—Amor… —dijo bajito, aunque Hugo estaba a un metro—. ¿Seguimos hablando de lo de anoche?

Sentí el pulso subirme a las sienes. La noche anterior, en el camarote, yo había vuelto a sacar el tema. Le había descrito con detalle cómo sería verla con él. Nuria no había dicho que no. Solo había gemido más fuerte y se había corrido apretándome dentro.

—¿Ahora? —pregunté, con la voz algo ronca.

Ella asintió despacio. Miró a Hugo, que fingía observar el horizonte pero escuchaba cada palabra.

—Quiero hablarlo con los dos —dijo al fin, sorprendiéndonos—. Sin rodeos.

Hugo giró la cabeza lentamente, arqueando una ceja.

—¿Conmigo también? —preguntó, con un matiz de curiosidad genuina.

Nuria respiró hondo.

—Sí. Damián lleva meses fantaseando con verme con otro hombre. Contigo, concretamente. Desde el primer día que subiste a bordo no ha parado de imaginarlo. Me lo cuenta en la cama, me describe cómo sería, y yo… al principio me daba vértigo. Celos, miedo, vergüenza. Pero estos días, con el sol, el mar, sintiéndome tan deseada, me he dado cuenta de que me excita. Mucho.

Me removí en el asiento. La tensión en el bañador era ya casi dolorosa.

Hugo dejó la cerveza sobre la mesa con calma y se cruzó de brazos.

—Sois directos, eso desde luego —dijo con una risa baja—. ¿Y qué queréis exactamente? ¿Que entre en vuestro juego?

Nuria me miró, pidiéndome permiso con los ojos. Tragué saliva. Los celos me quemaban el estómago, pero el deseo pudo más.

—Nuria… —empecé, con la voz temblorosa pero decidida—. Tienes mi permiso. Delante de mí. Quiero verte. Quiero verte besarlo, quiero verte gemir con él, quiero verte disfrutar de un modo que conmigo no consigues. Y luego quiero hacerte el amor yo, sabiendo que sigues siendo mía aunque él te haya hecho gritar.

Se hizo un silencio pesado. Solo el chapoteo del agua contra el casco y el latido acelerado de los tres.

Nuria soltó un gemido apenas audible y se mordió el labio.

—Gracias, amor —susurró. Luego se volvió hacia Hugo—. ¿Y tú? ¿Te apetece, delante de mi marido?

El patrón se pasó la mano por la nuca, sonriendo de medio lado.

—Cómo me lo ponéis… —dijo—. Claro que sí. Pero sin prisas. Quiero que lo disfrutéis los dos.

***

Nuria se levantó y se acercó a él hasta que sus pechos rozaron el torso desnudo. Subió las manos por el pecho de Hugo, sintiendo el músculo duro y caliente bajo la piel.

—Bésame —pidió en voz baja, casi una orden.

Hugo la cogió por la nuca con una mano grande y la besó. Primero suave, explorando; después con la lengua, posesivo. Nuria gimió contra su boca, las manos bajando por el abdomen de él. Yo lo miraba todo desde un metro de distancia, incapaz de moverme, con el corazón a punto de salírseme.

Ella se apartó un instante, jadeando, y me buscó con la mirada.

—¿Estás bien, amor? —preguntó, y había ternura debajo del deseo.

—Sigue —murmuré—. Por favor, sigue.

Se arrodilló despacio delante de Hugo sin quitarme los ojos de encima. Lo tomó con la mano, lo acarició, y se inclinó. Lo que hizo después lo había hecho conmigo mil veces, pero nunca con esa entrega, nunca con esa hambre. Ella me miraba mientras lo hacía, y yo entendía que ese era el verdadero juego: no él, sino su forma de mostrarme cuánto le gustaba que yo la viera.

—¿Lo ves, Damián? —murmuró, apartándose un momento—. Nunca me has visto así, ¿verdad?

Negué con la cabeza, la respiración entrecortada.

—No… nunca —admití, con la voz rota por la mezcla de celos y excitación.

Hugo la levantó con facilidad y la sentó en el borde de la mesa de popa. Le desató los lazos del biquini de abajo con un tirón suave y la tela cayó a la cubierta. Le recorrió el interior de los muslos con los dedos, sin prisa, hasta que ella echó la cabeza atrás y soltó un gemido largo.

—Estás temblando —dijo él en voz baja.

—Por eso —respondió ella, y me señaló con la barbilla—. Porque me está mirando.

***

Lo que vino después lo recuerdo en fragmentos, como si el calor y el deseo me hubieran borrado el resto. Recuerdo a Nuria arqueándose sobre la mesa, recuerdo sus uñas clavadas en los hombros de Hugo, recuerdo su voz repitiendo mi nombre entre jadeos, como si quisiera asegurarse de que yo seguía ahí. Recuerdo que cada vez que ella me miraba, los celos se transformaban en algo más caliente, más urgente.

—Ven —me dijo en un momento, estirando una mano hacia mí—. Bésame. Quiero sentirte cerca mientras pasa esto.

Me acerqué. La besé con desesperación mientras su cuerpo se movía con cada embestida, y noté sus gemidos ahogados contra mi boca. Olía a sal, a sudor, a deseo. Nunca la había sentido tan mía y tan ajena al mismo tiempo, y la paradoja me volvía loco.

Se corrió gritando, el cuerpo convulsionando, agarrándose a los dos a la vez. Yo no aguanté mucho más; me bastó verla deshacerse para terminar casi en el mismo instante, sin apenas tocarme, con la frente apoyada en la suya.

Hugo se apartó con un gruñido ronco y se dejó caer en el banco, recuperando el aliento. Nuria se quedó tumbada sobre la mesa, jadeando, una sonrisa exhausta cruzándole la cara.

—Joder… —susurró—. Ha sido… no encuentro la palabra.

Se incorporó despacio, el pelo pegado a la frente, las mejillas encendidas, y me buscó la mano.

—¿Estás bien de verdad? —preguntó, y vi que para ella esa pregunta importaba más que todo lo anterior—. No quiero que esto nos haga daño.

Le aparté un mechón de la cara.

—Estoy mejor que bien —dije, y era cierto—. Acabo de ver a la mujer de mi vida disfrutar como nunca. Y al final del día sigues subiendo a la litera conmigo.

Ella sonrió, esta vez sin filo, solo con cariño.

—Eso siempre, tonto —murmuró, y me besó.

***

Hugo entendió que sobraba. Se levantó, recogió su camiseta del suelo y nos dejó solos con un gesto discreto antes de subir al puente de mando.

—Os preparo el fondeo para pasar la noche —dijo desde arriba, como si no acabara de pasar nada—. Avisad cuando queráis cenar.

Nos quedamos los dos en la colchoneta de proa, enredados, mirando cómo el sol bajaba hacia el agua y la teñía de naranja. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y yo le pasé el brazo por la espalda todavía caliente.

—¿Era como te lo imaginabas? —preguntó al cabo de un rato.

Lo pensé.

—No —admití—. Era mejor. Pero no por él. Por cómo me mirabas tú mientras pasaba.

Ella se rio bajito contra mi piel.

—Lo sabía —dijo—. Todo este tiempo creías que la fantasía era verme con otro. Y resulta que la fantasía era que yo te eligiera a ti, otra vez, al final.

No respondí. No hacía falta. La brisa había refrescado, el agua se había vuelto de un azul profundo, y por primera vez en meses sentí que no me faltaba absolutamente nada. La abracé más fuerte y nos quedamos así, escuchando el mar, hasta que se hizo de noche sobre la cala.

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Comentarios (5)

RominaCordo

Que relato!!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

ClaudioF22

Muy bien narrado, se siente la tension desde el principio hasta el final. Espero que haya segunda parte

Ruben

excelente, sigue asi!!

SoniaRed

Lo lei de un tiron y no pude parar. La situacion de la cala desierta esta increiblemente bien descrita, te mete de lleno. Gracias por compartirlo

Facundo99

Y vos como te sentiste despues? quede con esa pregunta dando vueltas jaja

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