Grabé a mi mujer confesándome lo del vecino jubilado
—Doctor Aranda, no sé por dónde empezar. Llevo días sin poder pensar en otra cosa.
—Mateo, respire. Estamos aquí para eso. Tómese su tiempo y cuénteme qué es lo que le está quemando por dentro.
El paciente se retorció en el diván. Puse la grabadora en marcha y me acomodé en la butaca. Ya en la primera visita me había dado cuenta de que aquel hombre traía algo denso, algo que no podía compartir con nadie de su entorno. Y a mí, lo confieso, empezaba a atraparme la curiosidad.
—Fue la semana pasada, doctor. Carmen me pidió que bajara la basura. Estaba con un salto de cama muy fino, se le transparentaba todo. Yo estaba tirado en el sofá y no me apeteció bajar, así que le dije que bajara ella. Refunfuñó, se metió en el dormitorio y volvió a salir con un pantalón gastadísimo del pijama y una camiseta de hilo verde oscura, sin sujetador. Le marcaba los pezones a través de la tela.
—Continúe.
—Salió, y a los cinco minutos empecé a extrañarme. La basura se tira en un minuto. Cuando llevaba ya diez, algo raro me recorrió la espalda. Me calcé las chanclas y abrí la puerta muy despacio, sin hacer ruido. Al asomarme por el hueco de la escalera, oí voces. Voces bajas, susurradas. Una era la de ella. La otra era una voz de hombre, grave, muy tranquila, y Carmen contestaba con un tono que no le había oído nunca. No era enfado. Era otra cosa.
—¿Y qué hizo?
—Me asomé un poco más. Vi su cuerpo, dos plantas más abajo, agitarse. Como si intentara despegarse de alguien. Vi una mano ancha en la parte baja de su espalda, entrando debajo de la camiseta. La mano se la retiró ella misma, la apartó. Pero antes de retirarla, doctor, dejó que se quedara ahí un par de segundos. No la arrancó. La apartó despacio. Y ese hombre soltó una risa ronca antes de que ella empezara a subir.
—¿Sabe quién es él?
—Claro que lo sé. Es Anselmo, un ex militar jubilado que vive justo debajo. Sesenta y muchos, cabrón, seco, con muy mala hostia, un tío al que la calle entera respeta y él a nadie. A mí me ignora. Cuando bajamos juntos por la escalera, ni me mira. Solo la mira a ella. Le suelta piropos con la boca torcida, la agarra del codo con la excusa de saludarla, y ella se ríe nerviosa. Yo llevaba años tragándomelo sin decir nada. Hasta esa noche.
—Siga.
—Cerré la puerta antes de que ella terminara de subir. Cuando entró, tenía la cara colorada y la respiración cortada. Le pregunté qué le pasaba. Me dijo «nada, sigue viendo la tele». Se metió directa al baño. Y ahí fue cuando pasó lo que en realidad me trajo aquí.
Guardé un silencio profesional. Mateo se pasó la lengua por los labios y miró al techo. Estaba tenso, con las piernas cruzadas y las manos apretadas sobre el vientre.
—Me levanté del sofá y fui hasta el baño. La puerta estaba entornada. La empujé unos centímetros. Ella había abierto ya la ducha. La mampara es de cristal opaco, pero cuando cae el agua se transparenta lo suficiente para adivinar lo que hay al otro lado. Y lo que vi, doctor, me dejó clavado en el sitio.
—Descríbamelo.
—Carmen no se estaba lavando. Se estaba tocando. Se pasaba la mano jabonosa por las tetas y se las apretaba con fuerza, se pellizcaba los pezones hasta ponerlos duros como piedras. Se los estiraba hacia arriba. Nunca la había visto hacerse eso a sí misma. Nunca. Con los años ya casi ni la tocaba yo. Bajó la mano por el vientre y se metió los dedos entre las piernas. La oí gemir, un gemido apretado, contenido, como si tuviera miedo de que la escuchara desde el salón.
—¿Y usted?
—Yo estaba con la mano dentro del pantalón. La tenía dura antes de darme cuenta. La escena me estaba poniendo enfermo de caliente. Ella cogió la alcachofa de la ducha, le puso el chorro fuerte, ese que sale a presión, y se lo puso directamente en el coño. Doctor, se apoyó en la pared con las piernas abiertas y se lo dejó ahí. Se lo estaba pegando al clítoris a mala hostia. Yo la oía gemir cada vez más fuerte, mordiéndose la mano para no chillar. Se retorcía. Se meneaba las tetas con la mano libre. Estaba follándose el agua pensando en algo que no era yo.
—¿En qué pensaba, según usted?
—En él. En Anselmo. En la mano de ese viejo cabrón metida por debajo de su camiseta. En lo que le habría dicho al oído en el rellano. En lo que le habría hecho si ella no se hubiera apartado. Yo lo supe en ese momento. Se estaba corriendo pensando en el vecino, con la boca abierta, con los ojos apretados, mientras el agua le golpeaba el chocho. Y yo, doctor, en vez de romperle la mampara, me estaba corriendo también dentro del calzoncillo, apoyado en el marco de la puerta.
Hubo un silencio. Mateo respiraba fuerte. Yo, dentro de la butaca, sentí un tirón entre las piernas que fingí no notar. Aquel material era oro puro.
—¿Se corrió, ella?
—A lo bestia. Soltó un gemido gordo, gutural, un ruido de animal que no había oído en veinte años de matrimonio. Y luego se dejó caer de rodillas en el plato de la ducha, con el agua encima. Yo salí antes de que me viera. Volví al sofá y me limpié como pude. Cuando ella salió del baño, en bata, me sonrió como si no hubiera pasado nada. Y yo, doctor, fue como si me hubieran cambiado por dentro. Ya no la miraba igual. La miraba como quien mira a una guarra que descubre. Una guarra que quiere que alguien se la folle. Y yo quería verlo.
—Mateo, lo que me cuenta no es tan raro como usted cree. Es un tipo de deseo cada vez más frecuente. El sentimiento posesivo del matrimonio antiguo va perdiendo peso. La fidelidad como propiedad ya no es un valor absoluto. Hay hombres que descubren, como usted, que el placer de su mujer, aunque venga de otro, no les repugna. Al contrario, les excita.
—¿Entonces no estoy enfermo?
—Ni enfermo ni raro. Distinto.
—Doctor, ¿cree usted que podría conseguir que ella se folle a Anselmo? ¿Con mi consentimiento?
Lo miré. Lo tenía. Se había abierto del todo. Los ojos le brillaban con esa mezcla de miedo y calentura que a mí, para qué mentir, me interesaba profesionalmente y también me interesaba de otro modo que no correspondía. Aquel hombre iba a alimentar mis próximas semanas.
—Le voy a proponer algo, Mateo. Ejercicios. Pasos. Confesiones cruzadas. Y en un mes, si sabe usted llevar los tiempos, no será usted el que la lleve al vecino. Será ella la que le pida bajar.
—Doctor, haga usted lo que sea.
—Nos vemos el martes a las cinco.
***
Cinta número tres, quince días después. Mateo entró más suelto, con una carpeta bajo el brazo. Se tumbó sin esperar a que se lo indicara.
—Doctor, pasó. Pasó anoche.
—Cuente.
—Le hice caso en todo. Le fui dejando caer conversaciones. Le pregunté qué hombre le había puesto cachonda últimamente. Le confesé que me ponía imaginármela con otro. Al principio se puso roja, se rio, me llamó cerdo y cambió de tema. Pero volvió sola al tema esa misma noche, en la cama. Y a la semana ya me estaba contando fantasías con el vecino mientras se tocaba delante de mí.
—Bien. Continúe.
—Anoche bajamos los dos con la basura. Me quedé en el rellano, apoyado en la barandilla. Anselmo abrió su puerta antes de que llegáramos, como si nos oliera. Le clavó la mirada a Carmen. Ella llevaba una falda corta negra y unos tacones que no se pone para bajar la basura. Yo le había dicho que se la pusiera. Me miró a mí, luego a él. Y le dijo al viejo, con una sonrisa temblona, «Anselmo, mi marido quiere subir a fumar un cigarro a la azotea, ¿me deja pasar un momento?».
—¿Y usted?
—Subí al piso, doctor, pero no fumé un carajo. Bajé por la escalera de servicio, entré a su cocina por la puerta trasera que él siempre tiene sin cerrar, y me metí en el trastero. La puerta corredera del salón la dejé un dedo abierta. Y desde ahí lo vi todo.
—Descríbamelo, Mateo. Todo. Sin cortarse.
—Anselmo la sentó en el sofá, se puso de pie delante de ella y le agarró la barbilla con dos dedos. Le dijo, muy tranquilo, «llevo veinte años esperándote». Carmen se quedó mirándolo desde abajo. Le temblaban las manos. Él le abrió la blusa uno a uno los botones. Le sacó las tetas del sujetador y se las apretó con las manos anchas, esas manos de hombre grande, curtidas. Se las lamió despacio, chupándole los pezones uno por uno. Ella soltó un gemido y le agarró la cabeza para pegársela más al pecho. Ya no había miedo. Había hambre.
—Continúe.
—Le levantó la falda y le vio que no llevaba bragas. Se rio, se rio con la boca torcida, y le dijo «pero mira qué guarra estás hecha, mira cómo se te chorrea el coño». Le metió dos dedos y ella arqueó la espalda. Se los metía hasta el fondo y se los sacaba mojados, brillantes, y se los enseñaba antes de volver a meterlos. Con la otra mano se abrió el pantalón, se sacó una polla gorda, doctor, no muy larga pero muy gruesa, con la punta ya mojada, y se la puso en la boca a Carmen sin preguntar. Y ella abrió la boca. Ella misma abrió la boca. Se la metió entera, se la chupó como no me la ha chupado a mí en la vida, con babas colgándole del mentón, con ruidos húmedos, con la mano apretándole los huevos al viejo. Anselmo tenía la mano en su nuca, marcándole el ritmo. Le decía «así, guarra, chupa la polla del vecino, chúpala bien, que se te caiga la baba».
—¿Y usted seguía mirando?
—Con la polla fuera, doctor. Sacada del pantalón y la mano encima. No podía parar. La estaba viendo mamársela al viejo cabrón por el que llevaba veinte años tragándome piropos, y en vez de romper la puerta y matarlo, me la estaba meneando yo. La levantó del sofá, le dio la vuelta, la puso de pie apoyada en el respaldo con el culo hacia arriba. Le dio un manotazo en la nalga que sonó en todo el salón. Le quedó la mano marcada en la piel. Ella gimió y le abrió las piernas más. Y el hijo de puta se la metió de una embestida. Toda dentro. Carmen soltó un grito que se tragó mordiendo el respaldo del sofá.
—Siga.
—La estaba follando duro, doctor. Cada embestida sonaba, los muslos del viejo golpeaban contra el culo de mi mujer, y ella pedía más. «Más, joder, más fuerte, no pares». Nunca la había oído hablar así en la cama. Nunca. Anselmo le agarraba el pelo con una mano y con la otra le apretaba la garganta suave, sin ahogarla, marcándola. Le dijo «dile a tu marido lo que te está haciendo el vecino» aunque no sabía que yo estaba escuchando a dos metros. Y ella jadeaba, con la voz rota, «me está follando, me está follando bien, me está follando como no me folla él, me está partiendo». Ahí me corrí yo, doctor, en silencio, dentro de la mano, mordiéndome el puño para no soltar el gemido.
—¿Y ella?
—Se corrió dos veces. La primera con la polla dentro y él dándole en el clítoris con el pulgar mojado en su propia saliva. Se le doblaron las rodillas y la aguantó él por las caderas para seguir metiéndosela. La segunda vino después, cuando la puso de rodillas en la alfombra y se corrió encima de las tetas y de la boca, chorros gordos, y ella abrió la boca para tragar lo que le cayera, gimiendo como una perra. Se quedó ahí, arrodillada, con el semen del viejo en la cara y en el cuello, y él le limpió la barbilla con el pulgar y se lo metió en la boca. Y ella lo chupó, doctor. Le chupó el pulgar como quien da las gracias.
—Impresionante, Mateo.
—Cuando volvió a casa, no se lavó la boca. Se metió en la ducha, se enjuagó el cuerpo, pero la boca no. Se acostó conmigo con el sabor de él en la lengua, se puso encima, me montó a pelo, y me susurró al oído todo lo que le había hecho el vecino mientras yo me corría dentro de ella. Que la había abierto de piernas. Que le había apretado el cuello. Que la había llamado guarra. Que se había tragado la corrida de otro hombre pensando en mí. Doctor, jamás había gozado tanto en mi vida.
Detuve la grabadora un instante. Miré al hombre que tenía delante y supe que a partir de esa cinta ya no sería solo un caso. Sería mi obsesión. Anoté en el margen del cuaderno, con letra que ni yo mismo entendería después: «Voyeur del voyeur. Contagio limpio».
—Nos vemos el martes que viene a las cinco, Mateo. No falte.
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