Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi mujer me pidió un permiso que lo cambió todo

Con Marina llevamos veintiocho años casados. Regenteamos juntos un bar en un polígono industrial de las afueras hasta que decidimos traspasarlo, y esos años detrás de la barra fueron los que nos cambiaron la vida sin que ninguno lo viéramos venir.

Ella acaba de cumplir cincuenta. Yo tengo cincuenta y cuatro. Y una noche, hace ya cinco años, mi mujer se sentó frente a mí en la cocina con una copa de tinto en la mano y me dijo algo que llevaba tiempo dándole vueltas.

—Necesito hablar contigo de una cosa —empezó, sin mirarme a los ojos—. Y necesito que me escuches sin interrumpir.

La escuché. Me contó que hacía meses que se sentía distinta. Que ya no le bastaba conmigo. Que no era falta de amor, ni de deseo hacia mí, sino algo que venía de más adentro: una necesidad de sentirse deseada por otros hombres, de recuperar algo que había perdido en los veinticinco años de criar hijos y servir cañas.

—Si me dices que no, lo dejo pasar —me dijo—. Pero no quiero engañarte. Prefiero que lo hablemos.

Tardé tres días en contestarle.

Al cuarto, con otra botella abierta y los chicos ya fuera de casa, le dije que sí. Que si eso la hacía feliz, adelante. La única condición era que me lo contara todo. Nada de mentiras, nada de escondites. Ella me abrazó llorando y me besó con más pasión de la que le recordaba en años.

El primero fue Ramiro. Un cliente del bar de toda la vida, camionero, cincuenta y muchos, separado. Marina se había cruzado miradas con él desde el primer día que entró a pedir un carajillo. Aquella tarde, cuando le dije que podía llamarlo, se fue al baño a arreglarse el pelo con las manos temblando.

Yo me quedé en casa mirando la televisión sin ver nada. Ella volvió a las tres de la mañana, con el rímel corrido y el pelo hecho un desastre, y se metió en la cama conmigo.

—Cuéntame —le pedí, en la oscuridad.

Y me lo contó. Me lo contó todo. Cómo la había recogido en el aparcamiento del centro comercial, cómo la había besado antes incluso de arrancar el coche, cómo la había llevado a un motel de la carretera y le había arrancado la ropa nada más cerrar la puerta. Que le había comido el coño hasta hacerla correrse dos veces sobre la colcha. Que la había puesto a cuatro patas y se la había follado hasta que ella le pedía que parara y no parara al mismo tiempo. Que la corrida se la había tragado.

Le pregunté detalles y me los dio. Le pregunté si le había gustado y me dijo que hacía años que no se sentía tan viva. Le pregunté si iba a repetir con él y me contestó que sí, que ya habían quedado para el jueves siguiente.

Ahí, escuchándola, con su mano metida por debajo de mi ropa interior, entendí una cosa que nunca me había atrevido a pensar: escucharla me ponía duro. No me daban celos. Me daba morbo. Le hice el amor esa noche con una urgencia que ella no me conocía, y cuando me corrí dentro de ella, con el olor de otro hombre todavía pegado a su piel, algo entre nosotros terminó de romperse y de recomponerse a la vez.

***

Con Ramiro duró un mes. Luego vino Damián, un compañero de gimnasio suyo. Después Sergio, el del taller mecánico. Marina empezó a salir dos, tres noches por semana. Yo la esperaba despierto, muchas veces con la polla ya en la mano antes de que abriera la puerta.

Un domingo por la mañana me pidió algo nuevo.

—Quiero que estés —me dijo, mientras se pintaba los labios delante del espejo del recibidor—. Que mires.

Esa tarde Damián vino a casa. Yo me senté en el sillón del salón con una cerveza fría en la mano. Marina lo recibió en la puerta con una bata de seda oscura que le había comprado él y nada debajo. Se la desató delante de mí sin ceremonia. Damián me miró un segundo, buscando permiso, y yo le hice un gesto con la cabeza.

La besó de pie, en mitad del salón, mientras ella le desabrochaba el cinturón con una mano y con la otra le buscaba la polla dentro del calzoncillo. Cuando se la sacó, se arrodilló en la alfombra sin decir nada y se la metió entera en la boca. Damián soltó un gruñido y le sujetó el pelo con las dos manos. Marina lo chupaba hasta el fondo, mirándolo a los ojos, tragándose las babas y volviendo a bajar. Le pasaba la lengua por los huevos, le mordisqueaba la punta, se separaba solo para respirar y volvía a metérsela.

Yo estaba a menos de dos metros. La veía de perfil, veía cómo se le hinchaban las mejillas cada vez que él le empujaba dentro, cómo se le corría el maquillaje por la barbilla. Me bajé el pantalón sin pensarlo.

Damián la levantó del pelo, la subió al sofá y le abrió las piernas de un tirón. Le comió el coño con hambre real, con la cara metida entera, y Marina gritó agarrándole la cabeza y sacudiéndose contra su boca. Yo veía el brillo de su humedad en la barbilla de él. Cuando se corrió, se corrió con la boca abierta y sin taparse los sonidos, como si quisiera que yo la escuchara bien.

Y todavía no habían empezado.

La puso boca abajo sobre los cojines y la penetró de una embestida, sin preparación, hasta el fondo. Marina soltó un gemido ronco y arqueó la espalda. Damián empezó a follársela duro, con las manos clavadas en sus caderas, marcándole el ritmo con la pelvis. Cada empujón la sacudía entera. Yo me estaba masturbando sin poder parar, apretándome la polla al ritmo del suyo.

—Mírame —me pidió Marina, girando la cabeza sobre el cojín—. Mírame, cariño.

La miré. La miré mientras se la follaban delante de mí, mientras se retorcía y le pedía más. La miré cuando cambiaron de posición y ella se sentó encima y lo cabalgó con las tetas rebotándole y los ojos cerrados. La miré cuando le pidió que se la metiera por el culo y él le escupió encima y se la fue metiendo despacio, milímetro a milímetro, hasta el fondo. La miré cuando se corrió por segunda vez, y por tercera, con la mano de él apretándole la garganta sin cerrarla del todo.

Damián le gritó que se iba a correr y ella le dijo que en la cara. Se arrodilló en la alfombra frente al sofá y él le disparó la corrida entera encima. En los labios, en el mentón, en las tetas. Marina abrió la boca y sacó la lengua para recoger lo que caía. Después se giró hacia mí, con la cara todavía brillando, y me hizo un gesto con el dedo.

Me acerqué. Me la chupó allí mismo, con el sabor de él en la boca, hasta que me corrí en su lengua. Damián se vistió sin decir nada, me apretó el hombro al pasar y se marchó por la puerta como si volviera del trabajo.

Marina y yo nos duchamos juntos y nos dormimos abrazados en el sofá. Nunca me había sentido tan cerca de ella en veintitantos años.

***

De eso hace cinco años. Nuestra vida cambió sin que decidiéramos que cambiara. Marina tiene ahora tres amantes fijos: Damián sigue ahí, y se le sumaron Nico, un compañero de una empresa de reformas, y Andrés, un profesor de yoga al que conoció en un curso de fin de semana.

Duermen en casa. Nico dos noches por semana, Damián los viernes, Andrés cuando puede escaparse. Compartimos un piso grande, con dos habitaciones que casi no usábamos desde que se marcharon los chicos. Ahora las usan ellos. Marina se acuesta con quien toque en la habitación principal, la nuestra, y yo muchas noches acabo en el sofá del salón o en el cuarto de la niña, escuchando cómo la follan al otro lado del pasillo.

No me duele. No sé si a otros les parecerá una locura, pero hace cinco años que Marina no me miente en nada. Me cuenta cada polvo con detalle antes de que se lo pregunte. Follamos más que antes, y follamos mejor. Cuando llega de una cita y viene directa a la cama con el olor de otro todavía pegado a la piel, la deseo con una intensidad que no sentía desde los primeros meses de novios.

La semana pasada organizamos una cena en casa. Vinieron los tres. Marina cocinó paella y abrió las mejores botellas de la bodega. Después de comer, mientras yo recogía los platos, ella se los llevó al salón. Terminé en la cocina, me serví un whisky y me senté en el sillón a mirarla, como aquella primera vez con Damián.

Se la turnaron durante casi dos horas. Nico se la comió por delante mientras Andrés la besaba en la boca y le apretaba los pezones entre los dedos. Damián esperó su turno con una copa en la mano, mirándome de vez en cuando y sonriéndome con complicidad de viejo cómplice. Cuando le tocó, la penetró por detrás mientras ella le hacía una mamada a Andrés y le masturbaba la polla a Nico con la otra mano. Los tres se corrieron encima de ella, uno detrás de otro, y Marina se los tragó, se los untó por la cara, se los pasó por el pelo. Ella se corrió tres o cuatro veces. Perdí la cuenta.

Cuando se marcharon, ya de madrugada, Marina se me sentó encima con el cuerpo entero pegajoso y todavía temblando. Se metió mi polla dentro y se movió despacio, mirándome a los ojos, apretándome las mejillas con las dos manos.

—Gracias por dejarme ser esto —me susurró.

Le contesté que no me diera las gracias. Que la que me había hecho un regalo era ella. Y me corrí dentro de ella una vez más, con la certeza tranquila de que a los cincuenta y cuatro años sigo casado con la mujer más increíble que he conocido nunca, y que a ninguno de los dos nos importa lo más mínimo lo que piense el resto.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios(5)

Carlitos85

tremendo relato, de los mejores que lei en esta categoria!!!

Tomás_RBA

Por favor seguí con esto, el final me dejó con ganas de saber mas...

NadiaMdq

Me encanto como lo contaste, se nota que hay algo real detras. Muy bien llevado todo, sin caer en lo burdo.

LautaroCba85

Jajaja me recordó a una situacion que viví hace tiempo, aunque la mia no termino tan... asi. Buenisimo igual.

VeraDeNoche

Se hizo cortisimo, quiero la segunda parte ya!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.