La ex volvió al vestuario después de mi pelea
La noche que la vi entrar al cuarto de descanso todavía tenía el cuerpo temblando por la pelea. Había ganado hacía menos de una hora, y aunque ya me había duchado, en la piel seguía sintiendo el castigo de cada golpe, el ardor en el pómulo, la presión sorda en las costillas, el cansancio espeso de haber vaciado todo arriba del tatami. Me habían felicitado varios compañeros, el entrenador, un par de tipos que apenas conocía. Yo solo quería sentarme cinco minutos y respirar.
Entonces la puerta se abrió y apareció ella.
Se llamaba Mara, aunque durante años yo la había llamado de otra forma, una más íntima, una que me mordí la lengua para no usar en cuanto la vi. Llevaba un vestido verde suave, ajustado en la cintura, el cabello castaño recogido y esa manera de mirarme que siempre me desarmó más que cualquier llave o cualquier patada. Hacía bastante tiempo que ya no estábamos juntos. Lo habíamos arruinado todo, sobre todo yo.
Nos quedamos mirándonos un segundo largo, incómodo y eléctrico. Yo estaba sentado en la banca, con una toalla al cuello y el bolso abierto a mis pies. Ella cerró la puerta despacio y sonrió apenas, como si también le costara creer que de verdad estaba ahí.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí, y me puse de pie aunque me doliera medio cuerpo.
Nos abrazamos con torpeza al principio. Después menos. Su mejilla rozó la mía, su perfume me golpeó de inmediato y me trajo recuerdos que no quería tener tan presentes: moteles baratos, tardes encerrados, discusiones seguidas de sexo sucio, promesas que yo nunca había sabido cumplir. Cuando se apartó, me recorrió con la vista desde la ceja abierta hasta el abdomen todavía tenso.
—Te dejaron hecho mierda —murmuró.
—Yo diría que el otro quedó peor.
Se rio por lo bajo. Ese gesto me hizo más daño que el combate, porque me recordó todo lo que había perdido por andar metiendo la polla donde se me antojaba. Yo la había engañado con alumnas, con vecinas, con desconocidas que apenas me sostenían la mirada cinco minutos. Mara se enteró de suficiente como para irse, y con razón. Desde entonces solo habíamos tenido un encuentro rápido, escondido, como si quisiéramos fingir que el cuerpo podía arreglar lo que la cabeza ya había roto.
—Te vi pelear —dijo, acercándose a la mesa—. Sigues entrando como un animal.
—Eso dicen.
—No lo dicen. Lo eres.
Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y empezó a hablar conmigo como si no hubiera dos años de resentimiento de por medio. Preguntó por el gimnasio, por mis entrenamientos, por una vieja lesión en el hombro. Yo le pregunté por su vida y me respondió poco, lo justo. Había aprendido a cuidarse de mí. Aun así, cada tanto me rozaba la rodilla con la punta del zapato, y cada vez que lo hacía sentía que debajo de la toalla mi cuerpo reaccionaba como un imbécil.
—No pensé que vendrías —le confesé.
—Yo tampoco —dijo ella—. Pero igual vine.
Hubo un silencio corto. Afuera se escuchaban voces lejanas, el eco de un pasillo, una puerta que se cerraba. Ahí dentro, en cambio, todo se había vuelto pequeño y privado. Yo notaba hasta el movimiento de su garganta al tragar saliva. Ella notaba que mis ojos no podían dejar de mirar sus piernas.
—Sigues mirándome igual —dijo.
—Sigues provocándome igual.
Mara ladeó la cabeza y sonrió de ese modo suyo, apenas cruel.
—¿Y sigues jodiéndolo todo igual?
No supe qué decir. La verdad siempre había sido simple conmigo: quería demasiado, demasiado rápido, y casi nunca me importaba el costo hasta que ya era tarde. Bajé la vista un segundo, pero ella no me dejó escapar.
—No te pongas humilde ahora —dijo—. Nunca te salió bien.
Solté una risa seca. Ella se levantó despacio y dio la vuelta a la mesa. Cuando estuvo frente a mí, me puso una mano en el hombro con una delicadeza que no combinaba nada con lo que me estaba haciendo por dentro. Sentí el calor de su palma a través de la camiseta. Después me besó en la mejilla, muy cerca de la comisura de la boca.
—Me alegra verte vivo —susurró.
Giré la cara y nuestras bocas quedaron a un suspiro. No fui yo el que dio el último paso. Fue ella.
El beso empezó contenido, casi prudente. Duró muy poco así. En cuanto abrí los labios y ella metió la lengua, se me fue a la mierda cualquier intención de portarme bien. La agarré de la cintura y la atraje contra mí. Mara soltó un gemido bajo, ese sonido ronco que recordaba demasiado bien, y me mordió el labio inferior antes de besarme otra vez con más hambre.
—No aprendes nunca —murmuró contra mi boca.
—Contigo no quiero aprender.
Le subí las manos por la espalda y noté la tela fina del vestido, la curva de su cintura, la tensión contenida con la que había entrado ahí fingiendo calma. Ella me empujó de nuevo contra la banca y, sin dejar de besarme, se acomodó entre mis piernas. Mi erección ya estaba dura y marcada bajo el pantalón deportivo. Cuando la sintió, apretó un poco las caderas contra mí.
—Sigues respondiendo rápido —dijo.
—Tú sigues sabiendo exactamente qué hacer.
Mara me agarró la mandíbula y me obligó a mirarla. Sus ojos verdes estaban encendidos.
—No vine a hablar de sentimientos —soltó—. No me confundas.
—Entonces dime a qué viniste.
En lugar de contestar, me tomó la mano y la metió por debajo de su vestido.
Lo primero que sentí fue la piel caliente del muslo. Lo segundo, que no llevaba nada debajo. Ni bragas. Ni medias. Nada. Mis dedos subieron despacio, incrédulos y ansiosos, hasta encontrarla abierta y húmeda. Ya estaba mojada. Mucho. Mara cerró los ojos un segundo cuando le rocé el coño con la yema de los dedos.
—A esto vine —dijo, casi sin aire.
La respuesta me disparó la sangre. Le separé los labios con dos dedos y empecé a acariciarla despacio, de abajo arriba, apretando el clítoris con el pulgar. Ella me agarró del hombro herido sin querer y tuve que soltar un gruñido.
—Perdón —dijo, aunque siguió frotándose contra mi mano—. Te duele.
—No pares por eso.
Le metí un dedo despacio, luego dos. Su coño me recibió apretado y resbaloso, con esa presión caliente que hace que uno pienda peor. Mara apoyó la frente en la mía y empezó a moverse sobre mis dedos, buscándolos más hondo. Cada vez que los sacaba casi por completo, me apretaba para que volviera a metérselos. El sonido húmedo entre sus piernas empezó a llenar el cuarto.
—Joder... —susurró—. Así, sí... así.
La besé debajo de la mandíbula, en el cuello, mientras le bombeaba los dedos con ritmo más rápido. Mi pulgar seguía frotándole el clítoris y ella ya estaba temblando sobre mí. Le levanté más el vestido hasta la cintura. Verla así, con la falda arrugada arriba y el coño brillando sobre mi mano, me puso todavía más duro.
—Mírame —le dije.
Me obedeció. Le encantaba hacerme caso solo en ciertas cosas, solo cuando quería. Le metí los dedos hasta el fondo y la vi abrir la boca con un gemido más alto.
—¿Todavía te acuerdas de cómo te hacía correrte?
—No me hagas hablar —jadeó—. Mételos otra vez.
—Contesta.
Me clavó las uñas en el pecho por encima de la camiseta.
—Sí, me acuerdo —dijo—. Me acuerdo demasiado.
La saqué de encima de mi mano de golpe y me llevé los dedos a la boca. Probé su sabor delante de ella, sin apartar la vista. Mara soltó un gemido ronco, medio furiosa, medio excitada. Luego bajó la mirada a mi entrepierna y no disimuló nada.
—Sácatela —ordenó.
Me bajé el pantalón y el bóxer hasta medio muslo. La polla salió dura, pesada, ya húmeda en la punta. Ella la agarró de inmediato y la acarició con firmeza, de arriba abajo, deteniéndose un momento en el glande. Sus dedos estaban resbalosos por su propio coño, y sentir esa mezcla sobre la piel me hizo apretar los dientes.
—Sigues igual de grande —murmuró.
—Y tú sigues empapándote demasiado rápido.
Sonrió. Después se arrodilló frente a mí.
Solo verla así ya me tenía medio ido. Mara me besó la punta antes de lamerla despacio, recogiendo el líquido con la lengua. Luego abrió más la boca y me tragó de golpe hasta donde pudo. Tuve que apoyar las manos en la banca para no moverle la cabeza de puro instinto. Ella empezó a chuparme con ritmo constante, subiendo y bajando, dejando que la saliva corriera por el tronco de mi polla hasta su mano.
—Joder, Mara...
Ella no se detuvo. Me chupaba como si me castigara, mirándome desde abajo con los ojos abiertos, disfrutando el efecto que tenía sobre mí. Cada vez que sacaba la boca, me lamía desde la base hasta la punta y volvía a metérmela más hondo. Sentí el borde de sus dientes apenas, justo para volverlo más intenso, y después la presión húmeda de sus labios apretando mejor.
Le agarré el cabello recogido y ella dejó que le guiara un poco el ritmo. No hacía falta fuerza. Nos conocíamos demasiado. Cuando le empujé apenas, relajó la garganta y me tragó más. El sonido húmedo, la saliva escurriendo, su mano masajeándome los huevos, todo eso me fue llevando demasiado rápido.
—Si sigues así, me voy a correr en tu boca.
Se apartó solo para decir:
—No. Quiero sentirte dentro.
Se levantó, todavía con los labios mojados, y se sentó otra vez sobre mis piernas. Se acomodó el vestido hacia arriba sin la menor vergüenza, me tomó la polla con una mano y se la puso entre los labios de su coño. La punta resbaló entre su humedad. Ella soltó aire por la nariz y bajó despacio, metiéndosela centímetro a centímetro.
Yo la miraba entrar. La piel de su coño se abría y me tragaba con lentitud, ajustada, brillante. Cuando me tuvo dentro casi por completo, se quedó quieta un segundo, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—Mierda... —jadeó—. Sí. Esto extrañaba.
—Muévete.
Lo hizo. Primero lento, subiendo apenas y volviendo a bajar hasta encajarme hondo. Después un poco más rápido. Yo le sujeté las caderas y la acompañé desde abajo con pequeñas embestidas que le hacían perder el ritmo. Su respiración se volvió irregular enseguida. Tenía las tetas tensas bajo el vestido y los pezones marcados contra la tela. Le metí una mano por el escote y se los apreté mientras me cabalgaba.
—Así que no venías a hablar —le dije.
—Cállate y fóllame.
La obedecí. Empecé a levantar las caderas con más fuerza y ella comenzó a botar sobre mi polla, cada vez más desordenada, cada vez más caliente. El cuarto se llenó del ruido húmedo de sus nalgas golpeando mis muslos, de nuestros jadeos y de algún gemido que se le escapaba demasiado alto antes de ahogarlo contra mi cuello.
Le bajé un tirón el escote del vestido y saqué una de sus tetas. La pezón estaba duro. Me incliné y la chupé mientras ella se seguía montando. Mara me agarró la nuca y apretó con fuerza.
—No hagas eso o me corro —dijo entrecortada.
—Para eso estoy.
Le mordí suave el pezón y la sentí apretarse alrededor de mi polla. Su coño me estrujó tan fuerte que casi me hace acabar. Ella lo notó. Sonrió con mala intención y empezó a moverse más despacio, restregándose, obligándome a aguantar.
—Todavía te conozco —murmuró—. Siempre estás a punto cuando te hago esperar.
—Y tú siempre hablas demasiado cuando estás caliente.
La levanté de golpe por los muslos. Soltó un gritito sorprendido y se aferró a mis hombros. Me puse de pie con ella colgada de mí, aunque me tiraran las costillas, y la apoyé contra la pared del vestuario. Entré de nuevo de una sola embestida, hasta el fondo. Mara echó la cabeza hacia atrás y gimió sin contenerse.
—Ahí, sí... joder, ahí.
La sujeté por debajo de los muslos y empecé a follármela de verdad. Cada empuje hacía que la espalda de ella golpeara suave contra la pared y que el vestido siguiera subiéndole hasta la cintura. Su coño estaba tan mojado que la polla entraba y salía con un sonido obsceno, brillante de humedad. Mara me rodeó la cintura con las piernas y empezó a recibirme con la cadera, buscándome más profundo.
—Más fuerte —pidió—. No me trates con cuidado.
—Después te quejas.
—Fóllame y cállate.
Eso hice. La agarré mejor y aumenté el ritmo hasta que los impactos se volvieron secos, intensos, casi violentos. Ella gemía ya sin intentar disimular nada. A ratos me mordía el hombro; a ratos me besaba desesperada; a ratos solo repetía mi nombre como si le diera rabia seguir deseándome tanto.
Bajé una mano entre nuestros cuerpos y le busqué el clítoris mientras seguía metiéndosela. En cuanto empecé a frotarla ahí, perdió el control. Me apretó con las piernas, enterró la cara en mi cuello y su cuerpo empezó a temblar.
—No pares, no pares, no pares...
La froté más rápido, sincronizado con cada embestida. Su coño se contrajo alrededor de mi polla una, dos, tres veces, y entonces se corrió con un gemido largo, sucio, completamente entregado. La sentí mojarme más, apretarme con espasmos, quedarse sin fuerza un segundo.
Yo seguí. No podía parar. La bajé apenas hasta que tocara el suelo, la incliné hacia delante apoyándole una mano en la pared y le abrí más las piernas con la rodilla. Desde atrás la vista me terminó de volver loco: el vestido recogido, el culo redondo y tenso, su coño abierto y brillante esperándome todavía.
Le escupí en la entrada y me la volví a meter de un empujón. Mara soltó un jadeo ahogado.
—Mierda... sí...
Le agarré una cadera con fuerza y empecé a darle duro desde atrás. Ya no había nada suave ahí, solo deseo viejo, rencor, hambre y costumbre. Mi polla salía casi entera y volvía a entrar hasta chocar con un golpe húmedo que me sacudía las pelotas. Ella abría más las piernas para recibirme mejor y empujaba el culo hacia atrás cada vez que yo me retiraba.
—Así te gusta, ¿no? —le dije, jadeando—. Que te la meta duro.
—Sí... sí, cabrón... así.
Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó al instante, gimiendo alrededor de ellos mientras la seguía follando. Luego le sujeté del cabello y le arqueé un poco más la espalda. Mi mano libre bajó otra vez a su clítoris. En cuanto empecé a frotarla, noté cómo se le doblaban las rodillas.
—Otra vez —me pidió—. Hazme correr otra vez.
—Te vas a correr en mi polla.
—Sí.
Eso bastó. Apreté los dientes, aceleré todavía más y la trabajé entre las piernas hasta que volvió a explotar. Esta vez el orgasmo le salió en un grito abierto, seguido de una serie de contracciones que casi no me dejaron seguir. Su coño me ordeñaba. Yo ya estaba al límite desde hacía rato.
La sostuve por la cintura y le di unas cuantas embestidas más, cortas y brutales, hasta que la corrida me subió desde el abdomen y me vacié dentro de ella con un gruñido. Sentí cada pulsación, cada descarga espesa saliendo y quedándose en su interior mientras seguía empujando hasta el fondo. Mara se quedó quieta, respirando agitada, con la frente contra la pared. Parte del semen empezó a escurrir cuando saqué apenas la polla, y la visión me hizo temblar de nuevo.
Le di dos empujes lentos más, exprimiendo lo último, y entonces sí salí. El semen resbaló por sus muslos. Pasé los dedos por ahí y se los mostré. Ella me miró por encima del hombro, con el rímel apenas corrido y una expresión agotada que seguía siendo hermosa.
—Siempre tan bestia —dijo.
—Y tú siempre vuelves.
No contestó enseguida. Se acomodó el vestido con manos todavía temblorosas y luego se giró hacia mí. Nos besamos otra vez, esta vez más despacio. Sabía a su saliva, a sexo, a final de algo que igual no terminaba nunca del todo.
—Te extraño —le solté, porque después de correrme ya no tenía energía para fingir.
Mara me acarició la mejilla golpeada con una ternura que no merecía.
—No extrañas una vida conmigo —dijo—. Extrañas lo que sientes cuando estás conmigo. No es lo mismo.
—Podría ser distinto.
—No contigo.
Me dolió porque era verdad. Aun así, insistí con la mirada. Ella negó apenas y limpió con el pulgar una mancha de saliva que yo llevaba en el labio.
—Tú siempre vas a buscar otra —dijo—. Una alumna, una vecina, cualquiera que te mire con ganas. Te conozco demasiado.
—No siempre.
—No me mientas justo ahora. Acabas de correrte dentro de mí y aun así sigues siendo el mismo hombre.
No tuve defensa contra eso. Bajé la vista. Ella me levantó la cara otra vez.
—No vine a darte una segunda oportunidad —dijo con suavidad—. Vine porque te vi pelear, te vi salir vivo y me dieron ganas de recordarte. Nada más.
—Para ti nunca es nada más.
Se sonrió, triste y provocadora al mismo tiempo.
—Para mi cuerpo, quizá no. Para mi cabeza, sí.
Nos quedamos callados unos segundos. Afuera pasó alguien riéndose. La realidad volvió de golpe, con sus pasillos, su luz blanca y su capacidad para joderlo todo. Mara recogió su bolso del respaldo de la silla y dio un paso hacia la puerta. Antes de abrir, se volvió hacia mí.
—Cuídate esos golpes.
—Quédate un rato más.
—Si me quedo, vuelvo a montarte. Y si vuelvo a montarte, voy a odiarme un poco.
—Ya me odias un poco.
—No tanto como debería.
Se acercó por última vez, me besó corto en la boca y apoyó la frente en la mía. Sentí su respiración ya más tranquila, el eco de lo que acabábamos de hacer entre nosotros, la maldita costumbre de encajar incluso cuando todo estaba roto.
—Adiós, Darío —susurró.
Y se fue.
***
Me quedé solo en el vestuario con la polla todavía semidura, las piernas flojas y la cabeza peor que antes. Volví a sentarme en la banca y miré la puerta cerrada durante un rato idiota, como si fuera a abrirse otra vez. En los muslos me quedaban rastros de su humedad y en la nariz su perfume. Sobre todo me quedaba esa mezcla enferma de satisfacción y culpa que siempre me acompaña después de hacer lo que no debo.
Podría decir que aquella noche entendí algo importante, que decidí cambiar, que al fin me vi como era. La verdad es menos limpia. Lo que entendí fue que la deseaba más que a muchas otras, pero no supe si eso era amor, adicción o simple costumbre. Tal vez las tres cosas.
Me di una ducha caliente para aflojar los músculos. Mientras el agua me corría por la espalda, recordé cómo se había abierto sobre mis dedos, cómo me había chupado de rodillas, cómo había temblado contra la pared mientras se corría en mi polla. Quise pensar en otra cosa y no pude. Con ella nunca pude.
Cuando salí, me senté a escribirlo todo en mi cuaderno, porque esta es una de esas historias que uno cuenta solo si está dispuesto a quedar mal. Yo quedo mal en casi todas. Fui un cabrón con Mara cuando la tenía. Lo seguí siendo cuando volvió. Y sin embargo, si hoy me preguntan cuál de todas las mujeres que pasaron por mi cama fue la que más me movió el suelo, sigo pensando en ella entrando al vestuario con ese vestido verde y la decisión ya tomada entre las piernas.
No sé si volveré a verla. Tampoco sé si, si vuelve, tendré la fuerza de decirle que no. Lo más honesto que puedo admitir es esto: aquella noche no recuperé a mi ex. Solo me la follé otra vez. Pero desde entonces ninguna victoria me supo tan fuerte como ese momento en que cerró la puerta, se acercó a mí y me demostró que todavía conocía la peor forma de hacerme caer.
Si este relato te dejó con ganas y estás en zona norte, conocé chicas escort en Pilar.