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Relatos Ardientes

La confesión de infidelidad que paralizó la fiesta

Dos pitidos agudos y un destello anaranjado parpadearon sobre el suéter blanco y peludo que le cubría el cuello a Renata Belén. En su rostro, lo único que alcanzó a verse fue una calma incómoda, una serenidad que no encajaba con nada de lo que estaba por decir.

La cámara del móvil enfocó por error el interior tapizado de su camioneta. Por la inclinación de su cuerpo se intuyó que acomodaba bolsas en el maletero. Volvió a enderezarse, se encuadró la cara y, sin prisa, oprimió el botón de la cerradura. El portón se cerró a su espalda con la lentitud de un bostezo.

—Todo esto que me pasa… —dijo, entrecerrando los ojos—. ¡Es necesario que lo sepan todos!

Bajo el toldo blanco del jardín, los familiares de la pareja cruzaron miradas sin decir palabra. Todos buscaban con los ojos a Esteban, demasiado quieto sobre la tarima, paralizado frente a la pantalla donde se proyectaba el rostro de su esposa.

—Que quede claro, por si alguien quiere repartir culpas: esta decisión es mía y solo mía. No quiero que Esteban cargue con miradas torcidas ni con sospechas. Él no hizo nada malo. ¡Todo esto lo permití yo!

La familia de Renata negó con la cabeza, incrédula. Beatriz, la mano derecha y socia de Esteban, subió de prisa al escenario, lo tomó del antebrazo y le habló al oído.

—Tranquilo, esto debe ser otra de sus bromas pesadas. Seguro llega tarde y se inventó este teatro para que la perdonemos. —Pero ni ella misma se creía sus palabras, y el gesto apretado de sus labios la delató.

—Hace unos días, sola en casa, me puse a ordenar la alcoba y a separar ropa para donar —continuó Renata desde la pantalla—. Y de pronto, en el rincón más oscuro y polvoriento del vestidor, encontré nuestros álbumes de fotos.

Mientras los desempolvaba sonaba de fondo un viejo bolero que él solía dedicarle. Me senté al borde de la cama y los hojeé uno por uno. Nuestra boda, mi primer embarazo, las noches sin dormir… ¡Todos tan bonitos, tan bien ordenados!

Bajo el toldo, los aplausos se mezclaron con un suspiro de ternura general. A Esteban se le acercó su madre, la señora Marta, y lo apretó contra su costado. Su hermana Lorena le posó la mano en el hombro. Él ya tenía los ojos aguados, todavía convencido de que era una broma.

—Después vinieron las fotos de mi segundo embarazo —siguió ella, mientras subía las escaleras alfombradas y la cámara temblaba con cada peldaño—. Y recordé tus cuidados, tus exageraciones, esa forma tan tuya de quererme. En cada imagen donde estábamos los dos nos veía riéndonos, abrazados, cómplices. El amor se nos notaba a leguas, osito mío.

Esteban respiró hondo. Por un instante el orgullo le ganó a la angustia, y hasta sonrió hacia la pantalla. Es una broma, tiene que ser una broma. Pero Renata no lo vio: estaba de espaldas, guardando algo al borde de la cama.

—Se acabó, Esteban. Ya no voy a ser tu esposa. Y no es porque esté harta de ti. Es que me cansé de mentirme. Algo fue creciendo dentro de mí y no puedo seguir escondiéndolo. Me di cuenta de algo muy importante: por más que vuele, jamás voy a llegar a tu altura.

Los invitados miraban la pantalla como si fuera el último capítulo de una telenovela. Las copas vacías delataban la sed que el chisme había despertado, y los meseros volvían a llenarlas sin descanso. Alguien le puso en la mano a Esteban un vaso de whisky con dos cubos de hielo. Lo recibió sin mirarlo.

—No creas que fueron tus manías ni nuestras rutinas —continuó ella—. Yo volvía de mis vuelos y encontraba la casa llena de flores y regalos, pero vacía de ti. Tú vivías para tus negocios, y yo, los fines de semana, lejos, en hoteles de ciudades preciosas que habría querido recorrer de tu mano. Las videollamadas nunca alcanzaron a calentarme la piel.

Dentro de Esteban peleaban dos cosas: la culpa por haber estado ausente y el rencor por no ser comprendido, él, que se había partido el lomo para darle siempre lo mejor. ¿Acaso querer con cosas no es también querer?, pensó.

—Con los años, separados por el trabajo, sola en tantos lugares hermosos, fue germinando esto —dijo Renata—. Y entonces, hace cosa de año y medio, él reapareció. Un amor de mi juventud que se fue sin explicaciones, que me dejó con preguntas, sueños rotos y fantasías sin cumplir. Volvió justo cuando tú no estabas cerca para protegerme de la tentación.

Camila, la hija de ambos, no podía creer lo que escuchaba. Negaba con la cabeza una y otra vez, mientras su novia pelirroja intentaba calmarla con palmaditas en el hombro.

—Me cansé de luchar contra la necesidad de probar lo que quedó abandonado cuando él desapareció —prosiguió, y bebió un trago largo de un termo deportivo—. Llevo viéndome con él algunos meses. Pocas veces, y casi nunca a solas, pero las suficientes para entender que ya no hay vuelta atrás. Me he sentido fatal conmigo misma, contigo, con nuestros hijos y con todos los que están ahí. A todos los he engañado.

Don Aurelio, el padre de Renata, lanzó la pregunta al aire, furioso, mirando de reojo a su esposa como si ella tuviera algo que ver.

—¿Pero a esta niña qué le pasa? ¿Se le torcieron los cables?

—Aguanta, Aurelio, que a mí esa muchacha no me ha comentado nada —se defendió doña Rosalba, agitando las dos manos en el aire, las pulseras de colores tintineándole en las muñecas.

—Quiero que sigas siendo el mismo hombre amoroso de siempre —retomó Renata—. Ni por un segundo te sientas miserable por mi culpa. Llegará alguien más adelante a tu lado; solo no te encierres en la desesperanza en la que te dejo. Ábrele a ese nuevo amor tus brazos, sin miedo.

Esteban se movió por fin, como si el suelo se le hubiera ablandado bajo los pies, e hizo el intento de trepar a la tarima. Camila lo alcanzó y le sujetó la pierna.

—Papá, ya. Detente, por favor. —Y al ver que él insistía, le habló más fuerte—. ¿Acaso no lo entiendes? Mamá te está dejando. ¡Date cuenta de una vez! Te cambió por otro hace tiempo. Se va, y no va a volver.

Esteban bajó la pierna, derrotado, y lloró sobre el hombro de su hija.

***

—Perdóname, gran amor de mi pasado, por haberte sido infiel todo este tiempo mientras vivía honestamente al lado de mi esposo. —La frase cayó como un balde de hielo sobre el jardín—. Y perdóname tú también, osito mío, por haber dejado que ese fantasma se me enredara en las patas. Falté a nuestro juramento de envejecer juntos. No lo logré. Lo siento.

—¡Maldición, Renata! Deja ya de decir estupideces. Esta bromita me está dando migraña. ¡Basta! —gritó Esteban, golpeando con las dos manos el borde de la tarima.

La imagen empezó a entrecortarse. El vídeo se congeló, la voz se cortaba a pedazos y solo se oía su respiración agitada, cajones que se abrían, cremalleras corriéndose, algo pesado arrastrándose por el piso.

—¡Ay, familia, se me fue el video! Qué señal tan pobre… —Pero tartamudeaba de más, fingiendo—. Creo que es mejor así. No los veo, no me ven. ¿Al menos me escuchan?

Un «¡sí!» rotundo brotó de medio salón. Y ella, que supuestamente no tenía buena señal, los escuchó con perfecta nitidez.

—Prefiero que no me veas ahora, osito hermoso, ni yo verte a ti. Quizás sea lo mejor: quedarnos con el recuerdo de la última vez que nos vimos felices. Aquella mañana, antes de irme al aeropuerto, tú me abrazaste más fuerte que de costumbre, sin ganas de soltarme, y me dijiste al oído cuánto me ibas a extrañar.

Esteban escuchaba con la vista clavada en el piso, sin atreverse a mirar la pantalla. Total, ya no queda nada por ver.

—Tú siempre tuviste miedo cuando yo volaba —siguió ella—. Lo escondías tras esa postura segura y esa sonrisa de conquistador, pero te morías de susto cada vez que cruzaba el océano. Y lo que nunca te confesé es que yo me sentía igual. Adrenalina pura, y un poco de pánico de no volver a casa, a tus brazos. Hasta hoy.

—En eso La Negra tiene razón —le susurró Ricardo a su hermano—. Esteban se cagaba del miedo cada vez que ella se subía a un avión.

Lorena escuchó el comentario y le clavó un pellizco en el brazo. Sabía cuánto le molestaba a Esteban que se refirieran así a su mujer.

—Ya no te amo como antes, y no es que merezcas menos —dijo Renata, la voz quebrada—. Es que mi amor por ti maduró y se volvió otra cosa. Te quiero, pero ese fervor de antes se pausó. Ya no siento esas vibraciones cuando estás cerca, ni ese calor en el bajo vientre que me dabas con solo imaginarte. Lo lamento, osito mío.

***

Esteban entendió que nadie iba a darle el nombre por las buenas. Buscó entre los invitados a quién interrogar primero. Alguien aquí tiene que saberlo. Se abrió paso entre los brazos que querían retenerlo y alcanzó a su suegra, a quien apretó el hombro con desesperación.

—Suegra… dígame, por favor, ¿qué está pasando con Renata? ¿Con quién…? ¿Cómo se llama ese tipo? ¡Se lo suplico! —La voz, que quiso ser un grito, le salió baja y rota.

Doña Rosalba se echó hacia atrás, sorprendida, y tardó en responder.

—Ay, mijo, mirá vé, así como me ves, yo estoy igual de extrañada que vos. ¡Por Dios bendito que no tengo ni idea! Eso es que le llegó la edad y se le subieron los calores. Cuando la pille por ahí me va a oír. La voy a coger de esas greñas para que aprenda a respetar a su hombre. ¡Sí, señor!

Reconoció la sinceridad en aquellas palabras y giró el cuello. Y entonces la vio: Tatiana, la amiga íntima de su esposa, con el teléfono pegado a la oreja, esquivando a un mesero, caminando hacia la salida sin darle la menor importancia a nada de lo que ocurría en el jardín.

Mientras tanto, en una mesa apartada, Verónica apuraba su copa de champán con una sonrisa que disimulaba mal. Ya me encargaré yo de hacerle olvidar tu mala paga, mujer, pensó, sintiéndose la persona más afortunada de la fiesta.

—Y puede que, al dejarte libre, aparezca alguien muy cercano —retomó la voz desde la pantalla en blanco—. Alguien que siempre estuvo ahí, que te cuidó incluso mejor que yo. Tu mano derecha, por ejemplo. O alguien a quien le descubrí la fascinación por ti en estos últimos meses.

Beatriz, la asistente, se quedó petrificada, negando con la cabeza, sin saber dónde meterse. Andrés, su marido, se apartó un paso de ella y la miró con dudas nuevas.

—Quizás mi mejor reemplazo lo encuentres en mi propia hermana menor, en Daniela, que lleva años enamorada de ti y por eso nunca se ha comprometido con nadie. —En el extremo opuesto del jardín, Daniela se sintió desnuda ante las miradas de toda la familia.

Esteban se deshizo de las manos que lo sujetaban y arrancó hacia Tatiana. Pero antes de alcanzarla, la voz de Renata volvió a llenar el salón y lo frenó en seco.

—¿Esteban? Sé que tu cabeza está fabricando mil preguntas. Por eso te lo aclaro ya: nadie en mi familia, ni en la tuya, ni entre nuestros amigos, sabe nada de esto. No busques lo que no vas a encontrar. La decisión fue mía y de nadie más.

Un silencio espeso cayó sobre el jardín. Esteban se quedó a cuatro pasos de Tatiana, con el vaso de whisky temblándole en la mano, sin haber probado una sola gota.

—¿Quieres saber más sobre él? ¿Sobre el que se nos interpuso, el que ahora mismo me está esperando afuera? —La pantalla seguía en blanco, pero la voz sonaba más cerca que nunca, como si ella estuviera a punto de cruzar la puerta—. Está bien, osito mío. Si tanto lo necesitas, voy a contártelo todo.

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Comentarios (5)

Marito_BA

tremendo relato!!! me quede helado con el final

Silvina_rd

Que situacion tan incomoda para todos los que estaban ahi... muy bien escrito, se siente la tension desde la primera linea

RolandoMx

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber que paso despues

fer_lector99

jajaja tremendo final, no me lo esperaba para nada

Facundo

El título ya lo dice todo y aun así te sorprende. Buenisimo

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