Lo que mi prima me pidió a espaldas de su marido
Damián observó a Mireia desde el sillón mientras ella amamantaba a la pequeña Emma en el sofá. Habían pasado siete semanas desde el parto, y el cuerpo de su mujer todavía conservaba las curvas blandas del embarazo. No lo dijo en voz alta, pero ya estaba calculando cuánto tardaría en devolverla a la disciplina de antes.
La llamó con un silbido corto y un gesto de la mano, sin levantarse.
Mireia alzó la vista, molesta por la interrupción y por la manera en que él la llamaba, como a una perra obediente. Aun así, separó con cuidado a la niña del pecho, la acomodó en el moisés y se acercó descalza, ajustándose la bata.
—¿Sí?
—Es hora de retomar tu rutina —dijo Damián con voz tranquila, sin dejar margen a la discusión—. Sé que acabas de dar a luz. Pero quiero recuperar a la mujer con la que me casé.
Ella sintió la vieja punzada en el estómago, esa mezcla de inseguridad y excitación que solo él sabía provocarle. Bajó la cabeza.
—Apenas puedo con mi cuerpo, Damián. Estoy cansada todo el día.
Él se levantó y se acercó. Le pasó una cinta métrica por debajo del pecho, ahora más lleno y pesado por la leche, y anotó la cifra sin comentarios. Repitió la operación en la cintura, en las caderas. Cada número era un reproche silencioso, y los dos lo sabían.
—Iremos despacio —dijo al fin, guardando la libreta en el bolsillo—. Pero a partir de hoy llevas un registro de todo lo que comes. Quiero saber cada caloría.
Sacó del armario una báscula y la dejó en el suelo, frente a ella. Mireia se subió descalza, mirando los dígitos con el corazón encogido. Cuando leyó el número, dejó escapar una risa nerviosa.
—Ya no soy tu becerra. Ahora soy una vaca entera.
Damián rió por lo bajo. Le acarició la mejilla con el pulgar y le levantó la barbilla para que lo mirara.
—Mi vaquita —murmuró—. Vas a volver a ser perfecta. Y yo voy a estar encima de ti en cada paso.
Mireia tragó saliva. Conocía ese tono. Significaba que esa noche no dormiría temprano.
***
El timbre los interrumpió antes de que él pudiera ir más lejos. Eran Lorena y Gonzalo, que venían a cenar. Lorena era prima de Damián, aunque más que prima siempre había sido su sombra: lo miraba como se mira a alguien a quien se le debe demasiado.
Durante la cena, entre risas y vino, Lorena se inclinó sobre la mesa con los ojos brillantes.
—Tenemos algo que contaros —dijo, y dejó caer la noticia con una sonrisa que le iluminó la cara—. Vamos a ser padres.
Mireia la abrazó con fuerza. Damián estrechó la mano de Gonzalo y le palmeó la espalda. Pero por encima del hombro de su mujer, sus ojos y los de Lorena se cruzaron un instante, y en ese cruce hubo algo que ningún brindis explicaba.
Esa noche, ya en la cama, Mireia se giró hacia su marido en la penumbra.
—Damián. ¿Es tuyo?
Él no fingió no entender. Tenía las manos cruzadas detrás de la nuca y la mirada en el techo.
—Lorena me lo pidió hace meses. Decía que con Gonzalo no llegaba, que necesitaba ayuda. La ayudé. Noche tras noche, hasta que dejó de tener la regla. —Hizo una pausa—. No puedo jurarlo. Pero creo que sí, que es mío.
Mireia esperó a sentir los celos. Llegaron, tibios, casi cómodos de tan familiares, y se disolvieron enseguida. Hacía tiempo que había aprendido a no pelear contra lo que él quería.
—Entonces lo vamos a querer mucho —dijo, y apoyó la cabeza en su pecho.
Damián sonrió en la oscuridad. Le gustaba esa rendición. Le gustaba más que cualquier obediencia forzada.
***
Semanas después, la ecografía confirmó que Lorena esperaba un niño, y con el niño llegó la discusión por el nombre. Gonzalo quería llamarlo Honorio, como su padre. Lorena prefería Sergio. No se ponían de acuerdo, y la decisión quedó en el aire.
Fue Mireia quien, en una de sus tardes a solas con la prima, sugirió otra cosa.
—¿Y si lo llamaras Damián? Es un nombre fuerte. Y ya sabes lo que significa para mí.
Lorena se quedó callada un momento. Luego bajó la voz, aunque estaban solas.
—Te voy a confesar algo, prima. Pero prométeme que no se lo dirás a nadie. —Se mordió el labio—. Creo que también es el padre.
Mireia le tomó la mano y se la apretó.
—Por eso te lo propuse. A Damián le debes más de lo que nadie sabrá nunca. Y no estoy enfadada. Estoy feliz.
Lorena la miró con los ojos húmedos, y por primera vez las dos compartieron en silencio el peso del mismo secreto.
Convencer a Gonzalo no fue fácil. Defendía el nombre de su padre con terquedad, hasta que Lorena propuso resolverlo lanzando una moneda. La suerte —o algo más— cayó de su lado. Con una sonrisa triunfal, anunció que el niño se llamaría Damián.
***
Una tarde de sol, aprovechando que Gonzalo se había ido de excursión a la montaña, Damián y Mireia fueron a visitarla. Lorena los recibió en la puerta con la tripa ya marcada bajo un vestido fino, y los ojos le brillaron al verlos.
—Mírate —dijo Damián, acercándose para apoyar la palma sobre el vientre—. Cada día más guapa.
Mireia se unió, y los dos se turnaron para sentir las pataditas. Lorena reía bajito, guiando la mano de Damián hacia el punto exacto donde el niño se movía.
—Hoy está inquieto —murmuró ella, sin apartar su mano de la de él.
El roce se prolongó más de lo necesario. Damián deslizó la palma desde el vientre hacia la cadera, despacio, midiendo la reacción. Lorena no se apartó. Al contrario: echó la cabeza atrás y dejó escapar el aire por la boca entreabierta.
—Gonzalo no vuelve hasta la noche —dijo en un hilo de voz, como quien pide permiso.
Damián miró a su mujer. Mireia entendió la pregunta muda sin necesidad de palabras, como entendía siempre. Asintió, y se sentó en el borde del sillón, dispuesta a mirar.
Él besó a Lorena despacio, con la mano enredada en su pelo, tirando lo justo para que ella supiera quién mandaba. La prima respondió con un quejido ahogado, agarrándose a su camisa. Damián le bajó los tirantes del vestido y le descubrió los pechos, hinchados por el embarazo, las puntas oscuras y sensibles. Cuando cerró la boca sobre uno de ellos, Lorena gimió y se arqueó contra él.
—Así —susurró ella—. No pares.
La condujo hasta el dormitorio sin dejar de tocarla, y Mireia los siguió en silencio. Damián tumbó a su prima de lado, con cuidado por el vientre, y se acomodó detrás de ella. Le subió el vestido hasta la cintura. Lorena temblaba de anticipación, los muslos ya húmedos, buscándolo con la cadera antes de que él la tocara siquiera.
—Quieta —ordenó él, y le mordió la nuca—. Cuando yo quiera.
Ella obedeció, mordiéndose el puño. Mireia se había sentado en una silla junto a la cama, con la respiración entrecortada, sin atreverse a tocarse y sin poder dejar de mirar. Así me tiene a mí, pensó. Así nos tiene a las dos.
Damián la penetró por fin, despacio, sosteniéndole la cadera con una mano firme. Lorena soltó un gemido largo, ahogado contra la almohada. Él marcó el ritmo sin prisa, midiendo cada embate, atento al cuerpo redondo y frágil que tenía entre los brazos. La prima repetía su nombre entre jadeos, y cada vez que lo decía, los ojos de Mireia se cerraban un instante.
—Mírala —le dijo Damián a su mujer, sin dejar de moverse—. Mira lo bien que me obedece tu prima.
Mireia asintió, incapaz de hablar. Lorena se corrió primero, sacudida por un temblor que le recorrió todo el cuerpo, aferrada a la sábana. Damián aguantó unos segundos más, hasta que se vació dentro de ella con un gruñido sordo, apretándola contra su pecho como si quisiera fundirla con él.
Después se quedaron los tres en silencio, enredados, con la luz dorada de la tarde entrando por la ventana. Lorena buscó la mano de Mireia y se la llevó al vientre. Las dos primas se miraron, y en esa mirada cabía todo lo que ninguna diría jamás en voz alta.
—El niño llevará tu nombre —murmuró Lorena contra el hombro de Damián—. Y nunca sabrá por qué.
Damián las atrajo a ambas hacia sí, una a cada lado.
—Os quiero a las dos —dijo—. Y siempre voy a estar aquí. Para vosotras y para él.
***
Con el tiempo, Gonzalo empezó a sospechar que algo no encajaba. No tenía pruebas, solo la sensación incómoda de que Damián estaba demasiado presente en su casa, en su mujer, en su hijo.
—¿No te parece excesivo cómo se mete en nuestra vida? —le preguntó una noche a Lorena, en la cocina, mientras el pequeño dormía.
Ella lo miró con una calma que él confundió con sinceridad.
—Damián es mi primo. Ha estado conmigo en cada momento difícil. Su sitio en esta familia no se discute.
—A veces me siento desplazado. Como si no pudiera competir con él.
Lorena le tomó la cara entre las manos y lo besó en la frente, casi con ternura.
—No es una competición. Es aceptar las cosas como son. Si quieres seguir conmigo, tendrás que hacerlo.
Gonzalo bajó la mirada. No sabía hasta qué punto aquellas palabras decían mucho más de lo que parecían. Fue Damián, días después, quien le ofreció la salida con una sonrisa amable.
—Entiendo que mi presencia pueda resultarte intensa. Aprovecha mis visitas para salir con tus amigos a la montaña. Date tus espacios. Así estaremos todos más tranquilos.
Gonzalo lo pensó. Y aceptó, sin saber que cada una de esas escapadas era exactamente lo que Damián necesitaba. Mientras él respiraba aire de montaña, en la casa de la ciudad un hombre seguía atando, noche tras noche, los hilos invisibles de una familia que solo él gobernaba.
El pequeño Damián creció rodeado de cariño, sin sospechar nunca de quién había heredado los ojos. Y aquel secreto que solo tres personas conocían permaneció enterrado para siempre, fuerte e innegociable, como todo lo que su padre verdadero decidía.