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Relatos Ardientes

La fantasía que mi madrastra me confesó esa noche

Llegaron a casa bastante peor de lo que habían salido. La caminata para despejarse no había servido de nada; el alcohol seguía subiendo. Adrián casi tuvo que cargar con Nuria hasta el dormitorio, donde ella se desplomó sobre la cama sin fuerzas. La miró de arriba abajo y, por un instante, envidió la suerte de su padre.

Dudó. Estuvo tentado de quedarse, pero terminó marchándose a su cuarto tal y como había entrado, con la verga apretada contra el pantalón. Cerró la puerta, se desnudó y se metió bajo las sábanas. La tenía dura, como cada noche, pero iba demasiado bebido para la paja que tenía planeada. La dejó para el día siguiente.

Te estás ablandando, Adrián. A ver si esta mujer te va a volver tonto.

***

No conseguía dormirse, y no era por la erección que tensaba su ropa interior. Tampoco por falta de sueño. A la quinta vez que cambió de postura, oyó la puerta abrirse despacio.

No supo por qué lo hizo, pero se quedó inmóvil, con los ojos entornados, fingiendo dormir.

La silueta de Nuria se recortaba a contraluz. Llevaba un camisón corto que dejaba ver el contorno entero de sus piernas contra la claridad que entraba del pasillo. Adrián tragó saliva sin hacer ruido. Ella avanzó, paso a paso, hasta detenerse junto a la cama. Su respiración sonaba pesada, distinta a la de él, que apenas se atrevía a coger aire.

—Sé que estás despierto.

Tardó en moverse, pero acabó incorporándose sobre el codo. Nuria dio un paso atrás y se inclinó un poco. Sus manos desaparecieron bajo el camisón, los pulgares engancharon los lados de la prenda, y fue bajándola con calma hasta sacársela por los pies.

—Solo quería dártelas. Como premio por esta noche tan buena que me has hecho pasar. Ni yo sabía la falta que me hacía. Disfrútalas.

Dejó la tela sobre la mesilla y salió como había entrado, en silencio absoluto. Después, solo el roce de la puerta al cerrarse y, segundos más tarde, la de su propio cuarto. Adrián encendió la lámpara y cogió las bragas con una sonrisa torcida.

Ahora sí que me la hago, joder.

Eran las mismas que había llevado durante la cena, mientras bailaban, mientras volvían a casa hablando de su padre con ella colgada de su brazo. Se las llevó a la cara y aspiró hondo, despacio, como quien no quiere perderse nada. El olor le entró directo hasta el cerebro: coño de mujer caliente, sudor de baile, un rastro dulzón de perfume mezclado con el aroma inconfundible de una hembra que había pasado horas mojada sin darse un respiro. La polla le dio un latigazo bajo la sábana, le brincó contra el ombligo como si tuviera vida propia.

Después las examinó con calma, recorriéndolas con las yemas, tratando de adivinar qué pliegue había tocado cada parte. No eran unas bragas cualquiera, de las de ir a trabajar. Eran de encaje fino, con transparencias que insinuaban demasiado. Pasó el dedo por la parte interior y su sonrisa cambió, se volvió la de un lobo. El encaje estaba empapado, una mancha oscura y pegajosa en la entrepierna que se estiraba entre sus dedos como un hilo. La telita brillaba de tanto flujo, tan cargada que casi chorreaba.

Cabrona.

Apartó las sábanas de una patada. La verga se le levantaba tiesa contra el vientre, latiendo, con la punta ya perlada de un goterón grueso de líquido. Se escupió en la palma, se agarró la polla por la base y se la envolvió con la mano izquierda de arriba a abajo, apretando fuerte. Con la derecha se pegó las bragas a la nariz y aspiró otra vez, y otra, hasta llenarse los pulmones del olor de Nuria. Cada bocanada le mandaba una sacudida a la punta.

Se sacó el capullo del prepucio con el pulgar y arrastró la parte húmeda del encaje justo por la cabeza, restregando el flujo de ella contra la carne más sensible. La sensación le arrancó un gemido ronco que tuvo que ahogar mordiéndose el labio. Enrolló las bragas alrededor de la polla, apretándolas contra el glande, y empezó a meneársela con la tela de por medio, notando cómo el encaje mojado le arañaba y le pegaba a la vez, como si fuera ella misma la que se lo estuviera masturbando.

Estabas cachonda, madrastra. Chorreando estabas.

Se llevó otra vez la entrepierna a la boca y sacó la lengua. La pasó por el rastro salado, chupando la tela hasta arrancarle todo el sabor. Amargo, denso, brutal. Cerró los ojos y se la imaginó abriéndose de piernas encima de él, guiándole la cara hasta hundírsela en el coño. Empezó a machacársela más rápido, apretando la polla con las dos manos, la tela envuelta como un puño de mujer. Los cojones se le tensaban ya contra el cuerpo, subiendo, y las piernas le temblaban con esa vibración de antesala.

Aguantó lo que pudo. Cuando se corrió lo hizo en las bragas, disparando dentro del encaje chorretón tras chorretón, un semen espeso que empapó la tela hasta atravesarla y le manchó los dedos. Se quedó jadeando, con la verga aún dura, meneándosela despacio para exprimir hasta la última gota. Después se llevó las bragas a la cara, ahora dobles: el flujo de ella mezclado con el suyo, todo revuelto en la misma tela. Se rió solo.

Ya somos dos.

La polla no se le bajó. Ni con el orgasmo, ni con los dos minutos de calma que se dio. Al contrario, se le hinchó otra vez más terca, palpitando, como si el olor a Nuria le hubiera despertado un hambre imposible de saciar. Apretó los dientes, se levantó desnudo de la cama con la verga apuntando al techo, y salió al pasillo.

***

La puerta del dormitorio de Nuria se abrió con el mismo sigilo con que ella había entrado en el suyo. Había una luz tenue dentro, la justa. Nuria pegó un brinco entre las mantas al verlo colarse como un ladrón.

—¡Ay, Adrián, joder, qué susto!

—Tranquila —susurró—. Vengo a devolverte el favor. Para que duermas del tirón. Tú me ayudas, yo te ayudo, ya sabes.

—Esta noche no hace falta. Estoy muy cansada y, con el pedo que llevo, caigo redonda enseguida.

—No me cuesta nada. Lo hago encantado.

—Que no, oye. Que te digo que no.

—Venga, si lo estás deseando.

—Te lo digo en serio. Esta noche, no.

No había dejado de acercarse. Al llegar a la cama abrió las mantas y se metió dentro. Nuria se apartó hacia su lado de un respingo. Él, en cambio, sonrió de oreja a oreja en cuanto percibió algo que reconoció al instante.

—O te hago una paja y te devuelvo el favor del otro día.

—¿Qué? Ni de coña.

—Es lo que estabas haciendo, ¿no? Pues te la termino yo. Cierra los ojos y relájate, que del resto me encargo.

—¿Pero qué dices, payaso?

—A mí no me la das. Aquí dentro huele a sexo que tira para atrás. Se nota nada más levantar las sábanas. Te estabas tocando como una loba.

—Huele porque… porque no llevo bragas, idiota. Te las acabo de dar y me he metido en la cama con todo al aire.

—De eso nada. Huele a hembra porque estás caliente. Anda que no has dejado las bragas que me diste. Llevabas un buen rato cachonda.

—Cállate. ¡Cállate!

—Se te ve el plumero a kilómetros —siseó—. Querías que nos hiciéramos una paja a la vez, cada uno pensando en el otro, como si folláramos juntos. Por eso entraste a darme tus bragas, para asegurarte de que yo también me la meneara pensando en ti. Y lo entiendo. Los dos fantaseamos con el otro. Un juego perverso solo nuestro. Juntos, pero separados.

—Estás flipado de verdad. No tenías que haber bebido tanto.

—¿Me estás diciendo que no es cierto?

Sin avisar se echó sobre ella y le clavó los dedos en el vientre y los costados. Nuria soltó un alarido de risa y empezó a retorcerse, intentando soltarse de sus manos.

—Reconócelo —insistía él sin tregua—. Dime que te pone que nos toquemos a la vez.

—¡Basta! Basta, por favor —se quedaba sin aire, las súplicas convertidas en un amasijo de palabras inconexas—. Me meo… idiota… vete… mi cama… por favooor.

Adrián reía con ella sin concederle un segundo de respiro. Cuando por fin paró, Nuria se apartó como si tuviera la peste, recolocando las mantas, con el pelo revuelto tapándole media cara.

—¡Adrián, joder! Eres idiota.

Estaba furiosa, pero él se lo tomaba a broma, sonriendo como un crío travieso. Aun así, le pareció guapísima.

—Lo siento. Es que me encanta verte reír.

—Pues no tiene ni puta gracia. Lo he pasado fatal. —Se apartó el pelo de la cara y lo echó hacia atrás—. Y casi me ahogo. Idiota.

Pese a la regañina, él seguía sonriendo. Hasta que descubrió algo, un destello de color azul entre las sábanas revueltas.

Lo cogió y lo levantó. Era un objeto grueso y alargado. Los dos lo miraban con atención. La cara de Nuria pasó del pánico al rojo encendido en un segundo.

—¡Dame eso! —bramó, arrancándoselo de un manotazo.

El asombro de Adrián se transformó en pura euforia, como la de quien encuentra un tesoro escondido, hasta soltar una carcajada.

—Te estabas haciendo una paja con un consolador. Serás mentirosa, y decías que no.

Nuria, roja como un tomate, lo escondió en el cajón de la mesilla y lo cerró de un golpe. El consolador brillaba, empapado, con hilos gruesos de flujo que le resbalaban por el silicona azul. Se veía a la legua que se lo había metido hasta el fondo y llevaba un buen rato dándose con él antes de que Adrián apareciera.

—¡Te he dicho que no quería que te metieras conmigo, joder!

Se dio la vuelta y se tumbó de espaldas, zanjando la conversación. Adrián se apoyó en el codo y se quedó mirándola.

—¿Se supone que ese era yo?

—Vete a la mierda.

—En serio. Lo usabas pensando en mí, así que debía ser yo. Un poco pequeño, ¿no?

—Lárgate a tu cama, Adrián. Déjame en paz.

—¿Con lo bien que se duerme aquí? Deja que me quede.

No contestó, obstinada en no seguirle el juego.

—Una duda… ¿te lo hacías despacito o más bien a lo bestia?

Silencio.

—Venga, cuéntame cómo te imaginas que follamos.

—Para ya, Adrián. ¡Para! Vete a tu cuarto o quédate a dormir, pero déjalo de una vez.

El chico frenó en seco y no volvió a abrir la boca. Tras unos segundos de duda, apoyó la cabeza en la almohada y se acercó a ella por detrás, sin llegar a tocarla, dejando un palmo de distancia entre los dos.

***

Levantó la mano para acariciarle el hombro, pero lo pensó mejor y la apoyó bajo su propia cara. El olor de su pelo le llegaba con claridad. Solo su respiración, aún agitada, alteraba la quietud de la penumbra. Fue ella quien rompió el silencio.

—No soy de piedra.

—Lo sé.

—Y llevo mucho tiempo sola. También tengo mis necesidades.

—Lo sé. Y lo entiendo.

—Tú, al menos, tienes a Lucía.

—Es cierto. Y tú no tienes a nadie. No es justo.

—Pues eso. También tengo derecho a…

—Nuria, no te reprocho nada. Claro que tienes derecho a disfrutar de tu cuerpo. Más todavía si mi padre no está aquí para hacerlo por ti.

De nuevo el silencio, pero esta vez vino con algo de calma. Él se revolvió el pelo y aireó las mantas; ella las ajustó para taparse mejor.

—Y solo es una fantasía, joder. Cada uno puede imaginar lo que le dé la gana mientras no haga daño a nadie, ¿no? Pues eso hacía yo, punto.

—Exacto. Puedes soñar lo que quieras, y a mí me parece bien. Faltaría más, después de lo que hago yo cada noche con tus bragas.

Volvió la calma al dormitorio. Adrián estuvo tentado de pegarse a ella como cada noche, pero prefirió quedarse quieto. La respiración de Nuria seguía sin terminar de calmarse.

—Y no era contigo con quien fantaseaba.

Adrián se incorporó sobre el codo. La conversación acababa de volverse mucho más interesante. Ella se dio cuenta tarde de que ese comentario sobraba. Ahora él esperaba el nombre del afortunado, y casi podía notar su sonrisa de lobo a la espera de carnaza.

Nuria terminó por girarse boca arriba, soltó un suspiro largo, arrepentida de antemano de lo que iba a decir.

—Ese puto Bruno me ha puesto a cien. Lo bueno que está el cabrón.

Adrián sonreía al ver derretirse a la mujer de hielo. No imaginaba que pudiera arder así por alguien que acababa de conocer. A él le pasaba lo mismo, pero a diario, cada vez que veía un buen par de tetas.

—¿No te has fijado en cómo se le marcaba el paquete? —insistía ella—. Yo creo que estaba empalmado. O eso, o vaya lo que calza el tío. Y dice que es productor. ¿Productor de qué? Porque no me lo ha dejado claro, aunque me hago una idea de por dónde van los tiros.

Se llevó las manos a las sienes y empezó a masajeárselas con todos los dedos.

—Llevo todo el camino imaginándomelo ahí, dale que te pego, desnudo delante de una cámara, con todo el montaje.

Lo miró por primera vez con los ojos enrojecidos por el alcohol que aún le circulaba por las venas.

—Lo de darte las bragas antes de acostarme no tiene nada que ver. Ha sido casualidad. Me apetecía dártelas y punto.

Adrián apartó la vista.

—Perdona por sacar la conclusión equivocada. —Le rozó el hombro con las yemas, como gesto de paz—. Y, lo del consolador… no quería reírme de ti.

—Pues lo parecía.

—No era eso. Me ha alegrado ver que eres de carne y hueso. Como si la tía más impresionante del mundo bajara del pedestal y resultara capaz de sentir lo mismo que yo. Me gusta poder hablar de esto contigo.

Nuria hizo un mohín, abrumada.

—No es fácil enseñar esa parte de una. Y a mí menos que a nadie. Todavía me muero de vergüenza.

Se tapó la cara con las manos y soltó una risa nerviosa. Cuando las apartó volvía a estar roja, como una niña pillada en falta. La sonrisa de Adrián, de pura complicidad, lo decía todo.

—Vamos a hacer una cosa —dijo él tras un rato—. Te dejo tranquila y me vuelvo a mi cuarto. Entre Lucía, que me trae frito, la facultad y lo que he bebido hoy, no me tengo en pie.

—No te vayas. —Lo dijo cuando él hizo amago de apartar las mantas—. Por favor. Ya ha pasado el momento, y no quiero dormir sola.

Adrián asintió y concedió el trato tácito de cada noche. Nuria le acarició la mejilla antes de darse la vuelta. Él se pegó por fin a su espalda, rodeándole los hombros con el brazo que ella estrechó contra su pecho.

La calma llegó por fin al cuarto. Pronto las pulsaciones de los dos latían al compás del silencio.

—Lo que no acabo de entender —susurró él contra su nuca al cabo de un rato— es por qué acabaste con mi padre y no con alguien como Bruno.

—Ya te lo he dicho —contestó con la voz algo somnolienta—. Elegí la seguridad de un hombre bueno. Los tíos como Bruno no están hechos para mujeres como yo.

—¿Por qué?

—Porque esos nunca se enganchan de una sola. La fidelidad no la llevan en la sangre.

Adrián frunció el ceño. Él también era de «esos tíos» y, sin embargo, estaba enganchado de Lucía, dispuesto a lo que fuera por conservarla a su lado. Que fantaseara con tirarse a Nuria era otra cosa; el sexo con ella no tenía nada que ver con el amor.

—Yo creo que sí se enganchan. Lo que pasa es que tiene que ser de la chica adecuada.

Nuria sonrió para sus adentros.

—En toda mi vida solo he conocido a una mujer capaz de atar a un hombre así, de ponerlo de rodillas. Y te aseguro que era muy, muy especial.

—¿Más que tú?

—Mucho más que yo —rio—. Y, aun así, también acabó eligiendo a alguien anónimo que le diera seguridad, en lugar de fascinación.

Adrián se quedó pensativo, dándole vueltas a cada detalle, hasta intuir que hablaba de alguien de la familia, una mujer que él conocía bien.

—Total, que para evitarte complicaciones, te alejas de los tíos como Bruno.

—Exacto. Y el único sitio donde le dejo entrar es aquí dentro —dijo tocándose la sien.

—Bueno, y, ejem, metafóricamente, en algún otro sitio de color azul.

Nuria escondió la cara en la almohada, riéndose abochornada por un secreto que su hijastro no iba a olvidar jamás.

—Joder, Adrián, no me lo pongas peor, que bastante mal estoy ya. —Se pasó los dedos entre el pelo para refrescarse del sofoco—. A partir de hoy, cada vez que te mire, me voy a morir de vergüenza.

—¿Conmigo? ¿Con todo lo que sabes de mí? Lo de tus bragas, mis vídeos con Lucía… Por no hablar de mi problema para aguantar.

Visto en comparación, lo suyo ya no resultaba tan grave.

—Además, queda entre los dos. Y te juro —bajó la voz para sonar más sincero— que me flipa que compartamos estos secretos. ¡Eres mi mejor amiga!

Nuria torció la boca hacia un lado, tocada en el alma por sus palabras y por el alivio de encontrar en él la confianza que necesitaba. Algo que para ella había sido un drama acababa de unirlos un poco más.

—Oye —susurró él aprovechando el momento dulce de la intimidad compartida—. ¿Cuál era la fantasía que tenías con Bruno?

—Uf, nene, eso es muy personal. No, no, me da mucho corte.

—Venga, porfa. Tú lo sabes todo de mí —rogó—. Cuéntame algo tuyo. Déjame estar un poco más cerca de ti.

Nuria calló, debatiéndose entre compartir el secreto con el chico o mantener su figura de mujer impenetrable. Apretó la mano de él contra ella con más fuerza, como buscando dónde sujetarse.

—Si es una chorrada.

—Como todas las fantasías.

—Ya, pero es muy friki. Una flipada total.

—Mejor. Esas son las que molan.

—Es que te vas a reír.

Él pegó la frente a su nuca y susurró con aire sentido.

—Te juro que es lo último que haría con una fantasía tuya.

Al final cedió a abrirse.

—Pues… imaginaba que, cuando te fuiste al baño y me dejaste sola, él me sacaba de la pista tirando de mi mano. Sin pedir permiso, sin delicadeza. Obligándome a seguirlo, tropezando para no caer.

—Llegábamos a los aseos y nos saltábamos toda la cola, entre las protestas de la gente, y nos metíamos en el de mujeres. Todos los cubículos estaban ocupados por parejas follando. Bruno abría el más cercano de un tirón, sacaba al tío a rastras y lo lanzaba contra la cola de un empujón.

—Después me empujaba dentro, donde estaba la otra, que era un bellezón, y le soltaba: «aparta». Me colocaba en su lugar. Ella me miraba con asco, pero no rechistaba y salía con las bragas a medio muslo, intentando subírselas como podía.

—A mí no me las quitaba por los pies. Me las rompía en trozos, las arrancaba a tiras. Y luego… —cerró los ojos y soltó un suspiro hondo, reviviendo lo que sentía con solo recordarlo.

Me da la vuelta y me estampa contra la pared del cubículo, la mejilla pegada al azulejo frío, el culo hacia atrás. Me sube el vestido de un tirón hasta la cintura. Se saca la polla y yo la oigo golpear contra su propio vientre antes incluso de verla. Cuando por fin bajo la mirada entre mis piernas, me quedo sin respiración. La tiene monstruosa. Gorda como mi muñeca, larga hasta el ombligo, con las venas marcadas y el capullo violeta, empapado, chorreando. No sé cómo me va a caber. No sé si quiero que quepa.

Me escupe en el coño desde arriba. Un lapo espeso que me resbala entre las nalgas y me llega hasta el clítoris. Después se agacha, me abre las carnes con dos dedos y me mete la lengua entera de un empujón, chupándome desde el culo hasta el capullo, arriba y abajo, como un animal. Me sorbe el flujo a lengüetazos, me muerde los labios de la vulva, me lame el ojete sin ninguna vergüenza. Yo grito y me agarro a lo que puedo, con las piernas temblando.

Se levanta. Me agarra del pelo, me echa la cabeza atrás y me obliga a arrodillarme. «Chúpamela, guarra». Y me la mete en la boca sin esperar respuesta. Me la clava hasta el fondo, hasta la garganta, hasta hacerme llorar y babear. Me la saca y me la vuelve a meter, follándome la boca a golpe de cadera, mientras yo lo miro desde abajo con las mejillas hinchadas y un hilo de saliva colgándome hasta las tetas. Tengo náuseas y me da igual. Le pido más con los ojos.

Cuando me pone otra vez de pie y me empuja contra la pared, ya no aguanto más. Le suplico que me la meta. Se ríe. Me la coloca en la entrada, me pasa la punta por los labios de mi coño, me la mete un centímetro y me la saca. Otra vez. Y otra. Hasta que yo empujo el culo hacia atrás para clavármela yo misma. Entonces me agarra por las caderas y me la mete de una embestida, hasta el fondo, hasta rebentarme por dentro. Grito tan alto que me arden los pulmones.

Su polla es enorme, y gorda. Me la mete despacio, muy despacio, hasta el fondo. Y al llegar al final embiste con un golpe de cadera, y otro, y otro, mientras yo le rodeo la cintura con las piernas y mi cabeza golpea la madera del separador con cada empujón. Bum, bum, bum.

Me folla como si me odiara. Como si quisiera partirme en dos. Cada embestida es un latigazo, un choque de caderas contra mi culo que resuena en todo el baño. Mis tetas botan libres, chocando entre ellas, y él las agarra desde atrás, retorciéndomelas, tirándome de los pezones hasta hacerme aullar. Me muerde el hombro, la nuca, me chupa el sudor del cuello. Yo estoy chorreando por dentro y por fuera, un charco de flujo mezclado con su saliva escurriéndome por los muslos hasta las medias.

Los del cubículo de al lado se asoman por encima. Él me abre el vestido de un tirón, rompiendo la parte de delante, y mis tetas saltan a la vista de todos, botando con cada embestida. La gente empieza a amontonarse en corro. Las mujeres no dicen nada, solo miran y se muerden el labio, calientes; los hombres lo insultan, lo llaman hijo de puta, cabrón, chulo de mierda. En realidad se mueren de envidia.

Uno alarga el brazo y me soba un pecho, sin ningún cuidado. No hago nada. Los demás se envalentonan, también quieren su trozo, y de pronto hay un montón de manos por todo mi cuerpo, en el culo, entre las piernas, metiendo el dedo. Uno me abre las nalgas y me escupe en el ojete. Otro me mete dos dedos por delante junto a la polla de Bruno, ampliándome, y siento el estirón, el ardor, y me corro por primera vez con un temblor que me deja las piernas de trapo. Alguien me mete la polla en la boca por un lado, empujándomela contra la mejilla, y yo la chupo sin pensar, atragantándome, mientras Bruno me sigue destrozando por detrás.

Bruno le suelta un codazo a uno en plena cara y lo tira de espaldas, arrastrando a varios. La cosa se pone fea, y él reparte golpes a ciegas mientras los demás intentan apartarlo para quedarse conmigo.

Nuria hizo una pausa demasiado larga, reviviendo cada momento, cada puñetazo.

—Codazos, puñetazos, golpes en la cara… —Otra pausa—. Y él sin dejar de follarme ni un segundo, como un martillo. —Suspiró—. Mientras yo me corro a gritos.

Me saca la polla y me da la vuelta. Me sube en volandas, me estampa contra la puerta del cubículo y me la vuelve a meter de golpe. Ahora me folla de frente, cara a cara, mirándome a los ojos, con las manos apretándome el culo, abriéndomelo. Yo le muerdo el labio, se lo chupo, le babeo la boca. Le clavo las uñas en la espalda hasta hacerlo sangrar. Le suplico que me llene de leche, que me la corra dentro, que me deje preñada allí mismo delante de todos.

Y él lo hace. Ruge como una bestia, me clava las caderas hasta el hueso, y siento el chorro dentro, caliente, larguísimo, como si no fuera a acabarse nunca. Me llena por completo y sigue saliendo, desbordándose por los lados, resbalándome hasta el culo, cayendo al suelo. Me corro con él, agarrada a su cuello, gritando su nombre. Y cuando por fin me deja en el suelo, con las piernas temblorosas y el coño abierto goteando semen, la gente todavía sigue mirando, aplaudiendo, meneándosela.

A esas alturas su respiración se había vuelto agitada y el cuerpo le ardía con un calor impropio de la noche. Pero no era esa la razón por la que se había quedado callada.

Adrián tampoco dijo nada. Notó contra su brazo el corazón de ella, desbocado, y supo que aquel silencio no era un final, sino una pregunta que ninguno de los dos se atrevía a formular en voz alta. Cerró los ojos, aspiró el olor de su pelo y se quedó muy quieto, esperando, con la certeza de que la habitación de al lado nunca volvería a quedar tan lejos.

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Comentarios(9)

Facundo_GBA

Buenísimo!! Me atrapó desde el primer párrafo, no pude parar de leer.

Mati_cordoba

Necesito la segunda parte ya!! Me quedé con muchísimas ganas de saber cómo siguió todo entre ellos.

NicoRiver22

Me recordó a una situacion parecida que viví hace algunos años. Esos momentos inesperados te cambian todo. Muy bien escrito, se siente autentico.

LectoraAnsiosa

increible, de lo mejor que leí esta semana!

ManuelCba

Muy buen relato, tiene gancho desde el principio. Vas a continuar la historia?

Solana_LR

Me encanto la forma en que describes la tension antes de que pase todo. No es forzado, se va construyendo solo. Espero que haya continuacion!!

DaniMza88

jajaja la parte de la mesilla me mató, tremendo como está planteado el momento

PabloRiosBA

El titulo ya te engancha y el relato no defrauda. Buen trabajo

Marce_lectora

Que relato mas entretenido!! La categoria infieles siempre da para mucho pero este está muy bien llevado, con suspenso y todo.

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