La italiana y lo que pasaba en la sierra
Después del nacimiento de Emma, Damián quería recuperar sus salidas en bicicleta de los sábados, pero la niña le había robado a la casa todas las horas libres. Noa, atrapada entre las noches sin dormir y los biberones, ya no podía seguirle el ritmo como antes. Aun así, ninguno de los dos quería que él renunciara a su única vía de escape.
El primer sábado pos-parto dejaron a Emma con Sandra, la vecina, y salieron juntos a rodar por el Jardín del Turia. Fue un recorrido tranquilo, kilómetros de pedaleo suave entre los puentes y los naranjos, con el sol todavía bajo. Noa llevaba meses sin entrenar y se quedaba atrás en las cuestas, pero él la esperaba en cada curva y la empujaba con la mano en la espalda hasta coronar.
—Todavía pedaleas mejor que la mitad de los que vienen por aquí —le dijo al terminar.
Ella se rió, sudada y feliz, y por un momento volvieron a ser los de antes.
Pero las semanas siguientes Emma reclamó más y más, y Noa fue dejando de acompañarlo. Un sábado Damián salió solo hacia la Sierra Calderona, buscó los senderos que subían entre pinos y bajó con las piernas temblando y la cabeza despejada. Disfrutó del esfuerzo, aunque la soledad le pesó más de lo que esperaba.
Fue Noa quien le sugirió que llamara a Chiara. La italiana había mostrado interés por el ciclismo en una salida de meses atrás, y a Noa le parecía buena idea que él tuviera compañía.
Chiara era la mujer de Bruno, un analista del departamento de Damián. Morena, joven, con el pelo oscuro y ondulado que le caía hasta media espalda y unos ojos grandes de un marrón profundo que resaltaban sobre la piel bronceada. Tenía una figura esbelta, de curvas justas y bien dibujadas, unas tetas firmes que se marcaban bajo el maillot y un culo alto y redondo que hacía imposible no mirarla cuando pedaleaba delante. Se movía con una seguridad que no pasaba inadvertida para nadie.
No era una mujer sumisa. Todo lo contrario: había en ella algo indómito, una rebeldía natural que Noa, en su imaginación, había convertido más de una vez en una fantasía concreta. Imaginaba a su marido follándose despacio a aquella potra salvaje, abriéndole las piernas, metiéndole la polla hasta el fondo hasta que se rindiera y le suplicara más. La idea, aunque le producía unos celos punzantes, encajaba dentro de los acuerdos que ellos dos habían aceptado tiempo atrás. Por alguna conexión oscura que no terminaba de entender, pensarlo le mojaba el coño.
Las salidas con Chiara se volvieron rutina. Probaron rutas más exigentes, caminos rocosos cerca de Náquera, miradores donde se detenían a recuperar el aliento mientras el valle se abría a sus pies. Chiara, que al principio sufría en lo técnico, no se dejaba vencer nunca: apretaba los dientes y aguantaba la rueda de Damián hasta arriba. Al bajar siempre terminaban en una terraza, entre risas y anécdotas que se alargaban más de la cuenta.
—Bruno no tiene ni idea de lo que se pierde —soltó ella un sábado, sentada a la sombra de una encina, jugueteando con una brizna de hierba—. Se pasa el día en el sofá con el móvil. No entiendo cómo se puede vivir así.
Y le lanzó una mirada que Damián reconoció al instante: un flirteo apenas disimulado.
—Cada uno tiene su ritmo —respondió él, secándose la frente, sin morder el anzuelo—. Pero salir de casa siempre viene bien.
Con los sábados, los flirteos de Chiara se hicieron descarados. En un mirador le pidió que le ajustara el sillín y se acercó mucho más de lo necesario, restregándole el culo contra el brazo mientras él manipulaba los tornillos. Encontraba siempre una excusa para rozarle el bulto de la entrepierna al pasarle la botella o inclinarse hasta que las tetas le rozaran la espalda, con esa sonrisa traviesa colgada de los labios. Empezó a llevar conjuntos cada vez más atrevidos, culotes tan ajustados que se le marcaba la raja del coño y maillots sin sujetador que dejaban adivinar los pezones duros por el frío de la subida. Prendas que se quitaba a solas con él en lo alto de la sierra y volvía a ponerse al regresar a las calles conocidas.
—No sé cómo se las arregla Noa para tenerte solo para ella —dejó caer una mañana, sin terminar la frase.
—Bueno —contestó Damián, divertido—, a veces Noa no tiene más remedio que compartirme con alguna otra afortunada.
Y le guiñó un ojo. Chiara se mordió el labio.
Más adelante, perdidos a propósito por un sendero secundario, ella frenó a su lado.
—Creo que nos hemos perdido, ¿o soy yo? —dijo con su acento cantarín—. Aunque confieso que perderme contigo no me parece tan grave.
—Perderse solo es divertido si al final encuentras el camino de vuelta, ¿no crees? —respondió él, manteniendo el tono ligero, dueño del juego.
***
Un lunes en la oficina, Daniela llegó con una sonrisa que le iluminaba la cara. Llevaban tiempo esperando esa noticia.
—Tengo novio —anunció—. Se llama Andrés, pero todos lo conocen por el apellido: Salas.
Damián y Noa la felicitaron de corazón. Para celebrarlo organizaron una salida en bicicleta que incluía a Daniela, mientras Salas, poco amigo del deporte, prefería esperarlos en el bar. El plan era que Daniela, Chiara y Damián rodaran primero y luego se juntaran las tres parejas para el aperitivo.
Daniela había comprado una equipación casi idéntica a la de Chiara. Vestidas igual y con cuerpos parecidos —salvo unos centímetros de más en la italiana y el color del pelo—, Chiara sintió la urgencia de destacar a los ojos de Damián, de lucirse para él de forma notoria.
En la ruta pedaleaba pegada a su rueda, aprovechando cada recta para llamar su atención. En la primera parada se acercó con una sonrisa juguetona.
—Damián, siempre eliges los mejores caminos —dijo, dejando caer una mirada cargada de intención—. Aunque ya sabes que no me importaría que nos perdiéramos un rato.
Daniela se rió sin malicia.
A la hora del vermut, Damián, con su tono habitual de mando, le pidió a Daniela que empezara a servir. Ella se levantó de un salto, pero Salas frunció el ceño.
—¿Y por qué tiene que servir ella? —protestó, mirando a Damián con desagrado—. No le des órdenes a mi novia.
Daniela, sin inmutarse, le contestó con suavidad:
—Andrés, cariño, nadie me lo manda. Gracias a Damián y a Noa aprendí que me encanta atender a los demás. Lo hago porque quiero, porque me hace feliz. Así que, en vez de quejarte, deberías estar agradecido.
Salas la observó, desconcertado por la calma firme de su voz. Damián, mientras tanto, dio un sorbo a su vermut y añadió con una sonrisa:
—Salas, deberías estar encantado de tenerla. Es atenta, servicial… y con ese culo, cualquiera se quedaría sentado esperando a que vuelva con otra ronda.
Todos rieron y el ambiente se aflojó. Cuando los vasos bajaron, Bruno sugirió que la siguiente ronda la sirviera Chiara. Ella se cruzó de brazos.
—No es justo que siempre me toque a mí.
—Parece que tienes una rebelde en casa, Bruno —se rió Damián, buscando complicidad.
—A veces se le olvida que no vive en una república independiente —contestó Bruno, encogiéndose de hombros.
Chiara terminó riendo también.
—Está bien, está bien, lo haré. Pero que quede claro que es solo por esta vez.
—Te va a gustar, ya verás —le dijo Damián, seguro—. Y de paso pide una bayeta y dale una pasada a la mesa.
***
Cada vez que volvía de una salida, Damián le contaba a Noa los intentos de Chiara. Ella escuchaba tranquila, sonriendo.
—Es normal, cariño. Eres un hombre atractivo, y Chiara… bueno, ya hemos visto cómo es —le dijo, dándole un beso en la mejilla.
Con el tiempo empezó a bromear sobre el asunto. Cuando él le contó que la italiana se había apoyado en su hombro «sin querer» durante una parada, Noa se rió a carcajadas.
—Sigue divirtiéndote con ella. No te preocupes por mí —le animó—. Y si algún día quieres follártela y darle lo que está buscando, ya sabes que lo acepto. Preferiría que no lo hicieras, pero tus deseos importan más que los míos. Es más, quiero que me lo cuentes todo: cómo se la mete, cómo grita, cómo se corre con tu polla dentro.
Esa actitud abierta, lejos de los celos que cabría esperar, ayudaba a que Damián manejara todo con calma. A él, en cambio, le apenaba la pasividad de Bruno, que de seguir así acabaría perdiendo su matrimonio. Propuso invitar a la pareja a comer en casa, con la excusa de divertirse y, de paso, espabilar un poco al marido.
La comida fue el sábado siguiente. Damián y Noa se esmeraron con el menú, y cuando Chiara y Bruno llegaron, el ambiente era relajado, aunque Noa sabía que en algún momento todo se torcería.
Durante la sobremesa, Damián puso en marcha el plan. Mientras servía el vino, dejó caer un piropo lo bastante alto para que Bruno lo oyera.
—Chiara, tienes una sonrisa que ilumina la mesa.
Ella se la devolvió, agradecida. Bruno levantó una ceja, pero no dijo nada. Cuando Damián siguió con los detalles —más vino, un elogio al vestido—, el marido empezó a removerse incómodo en la silla.
—Damián siempre sabe cómo hacer sentir bien a una mujer, ¿verdad, Chiara? —añadió Noa con una sonrisa cómplice.
Bruno llenaba la silla más de lo necesario. Tenía los brazos anchos apoyados en la mesa y, aunque imponía a primera vista, el abultamiento del abdomen delataba demasiadas horas sentado. Llevaba, como siempre, una camisa de rayas y un pantalón holgado, un uniforme de oficina que nunca terminaba de encajar. Parecía un hombre fuerte al que se le escapaba de las manos su propia presencia. En un intento de recuperar terreno, giró su atención hacia Noa.
—Noa, siempre tan elegante. Se entiende que Damián esté orgulloso de ti.
Ella sonrió, pero no se lo puso fácil.
—Gracias, Bruno —dijo con un punto de coquetería—. Aunque, ¿sabes?, no es solo cuestión de elegancia. Es cuidarse, mantenerse activo. Y a veces me pregunto si tú no te estarás descuidando un poco…
Dejó la frase suspendida, lo justo para que él se sintiera aludido. El comentario lo dejó pensativo: no podía negar que la vida sedentaria le estaba pasando factura, en el cuerpo y en la relación.
Después de comer, mientras fregaban los platos a solas, Noa volvió a la carga, esta vez sin público.
—Bruno, espero que no te lo tomes a mal, pero necesitas despertar. Chiara te quiere, pero si sigues viviendo así te estás convirtiendo en otro, en alguien distinto del que ella se enamoró. Eres atractivo, y el sofá no te hace ningún favor. Una mujer como ella necesita que se la follen bien, y si tú no se lo das, tarde o temprano lo va a buscar en otra parte.
Bruno bajó la cabeza un momento.
—Tienes razón. Me he dejado llevar por la comodidad, y eso no es bueno para nadie, menos para Chiara. Gracias por decírmelo. Voy a cambiar.
Mientras tanto, en el salón, Chiara le servía una copa a Damián. Él tenía las dos manos metidas bajo su falda, acariciando y apretando los muslos endurecidos por tantas horas de bicicleta, subiendo despacio hasta rozarle la ingle. La italiana dejó escapar un suspiro y separó apenas las piernas, invitándolo a seguir. Los dedos de Damián encontraron el borde de las bragas, ya empapadas, y las apartó a un lado. Pasó la yema por la raja húmeda del coño, arriba y abajo, y luego le hundió dos dedos hasta el fondo. Chiara se mordió el labio para no gemir, apoyando la copa en la mesa con mano temblorosa. La cocina estaba a pocos metros, y esa proximidad del peligro la ponía todavía más caliente. Damián le movió los dedos con lentitud, buscándole el punto por dentro, mientras con el pulgar le apretaba el clítoris hinchado. La italiana se agarró al respaldo del sofá, con las piernas abiertas y las caderas empujando contra la mano de él, sintiendo cómo llevaba meses esperando exactamente eso.
—Aquí no —susurró ella con la voz rota—, ahora no… pero pronto, por favor.
Damián sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándola a los ojos. Chiara casi se corre solo de verlo.
***
Cuando los invitados se marcharon, Noa se arrodilló a los pies de Damián con esa chispa traviesa en los ojos. Decidió subir la broma de nivel. Puso una expresión muy seria y empezó a hablar con un acento italiano exagerado.
—Soy Chiara. Voy en bicicleta y nunca obedezco a los hombres.
Damián, que entendía bien el italiano, arqueó las cejas y le siguió el juego.
—Ah, la famosa Chiara. He oído hablar de ella. Por lo visto necesita un poco de disciplina —dijo, y le dio una palmada en la mejilla, y luego otra, sin fuerza, midiendo cada gesto.
Entre palmada y palmada, Noa se acercó a su regazo, le bajó la bragueta y le sacó la polla, que ya estaba medio dura de saber lo que venía. La sostuvo con la mano por la base y se la lamió de arriba abajo, desde los huevos hasta la punta, con la lengua ancha y plana, como quien lame un helado que se derrite. Escupió sobre el glande y esparció la saliva con el pulgar, girándolo despacio, hasta que sintió cómo se ponía de piedra en su puño. Entonces cerró los labios firmes alrededor de la base y empezó a moverse marcando un ritmo, subiendo y bajando la cabeza mientras el calor de él le golpeaba la cara y el sabor salado se le instalaba en la lengua.
Damián dejó escapar un gruñido contenido y ella supo que iba bien. Recorrió con la punta de la lengua cada vena, cada relieve, dibujando el contorno del glande, metiéndola en el pequeño agujero de la punta hasta sacarle una gota espesa de líquido preseminal que se tragó relamiéndose. Lo sintió endurecerse aún más en su boca, palpitando contra su lengua. Lo recibió más adentro, hasta el fondo de la garganta; notó las manos de él aferradas a su nuca, empujándola, obligándola a tragárselo entero, y aunque se atragantó levemente y las lágrimas le nublaron los ojos, no retrocedió. Quería que sintiera cuánto lo deseaba, cuánto le gustaba ser su puta.
Se echó atrás, lo dejó salir con un hilo de saliva colgando de la boca a la punta, y bajó la lengua hasta sus testículos, lamiéndolos despacio, chupándolos uno por uno, metiéndoselos en la boca con cuidado mientras con la mano le sacudía la polla arriba y abajo. Damián temblaba, con los muslos tensos, y ella disfrutaba viéndolo perder el control. Le levantó la polla hacia arriba y le lamió el perineo, bajando aún más, hasta rozarle con la punta de la lengua el borde del culo. Damián dio un respingo, sorprendido, y ella se rió con la boca llena.
Damián la agarró del pelo y la levantó lo justo para golpearle la mejilla con el sexo, primero una, después la otra, marcándole la cara con la polla mojada. Le pasó el glande por los labios, por la nariz, por la frente, restregándoselo por toda la cara mientras la sujetaba de la nuca con la izquierda. Ella lo miraba desde abajo con un deseo que no sabía esconder, la boca entreabierta, la lengua fuera pidiendo más.
—Abre —le ordenó él, y Noa obedeció.
Volvió a metérsela en la boca, esta vez sin delicadeza, follándole la cara con embestidas cortas y profundas, hasta el fondo de la garganta, sin dejarla respirar apenas. Ella se agarró a los muslos de él con las dos manos, dejándose usar, dejándose llenar. Los ruidos húmedos del sexo contra su paladar llenaban el salón, y entre embestida y embestida escapaban unos gemidos ahogados que a Damián lo volvían loco.
Le sacó la polla un momento, la dejó respirar, y ella aprovechó para pedirle más con la voz ronca:
—Córrete en mi boca. Quiero tragármelo todo.
Damián volvió a meterla, esta vez con más hambre, hasta que el cuerpo se le tensó entero. La empujó contra su garganta, la sostuvo ahí, y ella lo sintió terminar en chorros calientes que le bajaban directamente al estómago. Tragó cada gota sin apartarse, con la nariz pegada al pubis, sosteniéndole la mirada hasta el final. Cuando él se retiró, un último hilo de semen le quedó en la comisura de los labios y ella lo recogió con el dedo y se lo llevó a la lengua.
Cuando se separó, recuperó su acento fingido.
—Soy Chiara, me lo he tragado todo. Pero que quede claro que es solo por esta vez.
Rieron los dos, relajados y felices. Damián apoyó las piernas sobre la espalda de ella para descansar, y Noa lo acarició mientras tanto. Con los minutos, el peso empezó a notarse y el suelo duro le presionaba las rodillas.
Damián terminó dormido en el sillón. Pese a la incomodidad, ella decidió quedarse haciéndole de reposapiés. Estaba dolorida, un poco humillada incluso, con el sabor de él todavía en la lengua y las bragas empapadas de haberse mojado ella sola chupándosela, pero verlo tan tranquilo y satisfecho le quitó importancia a su propio malestar.
Tres horas más tarde él despertó y, al encontrarla todavía arrodillada, la levantó en brazos con una ternura que la desarmó por completo.
—Siempre me haces sentir especial —murmuró Noa, acurrucándose contra su pecho, dejando atrás la incomodidad mientras él la llevaba a la cama.