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Relatos Ardientes

La tormenta que trajo a mi vecina a mi cama

Metí las últimas cajas en el maletero y conduje hasta el barrio donde me había criado. En realidad era el piso de mi tía Rosario, la hermana mayor de mi madre, la mujer que me crio cuando mi madre murió siendo yo un crío de dos años. De mi padre nunca supe nada: desapareció en cuanto se enteró del embarazo. Nunca me hizo falta. Rosario me lo dio todo, incluido aquel tercero sin ascensor que ahora volvía a ser mi refugio.

Lo había reformado entero a lo largo de los años (suelo nuevo, ventanas, una cocina que ella habría disfrutado como una niña), pero el piso seguía oliendo a su forma de cocinar y a las tardes de lluvia pegado a la ventana. Volver allí me removía recuerdos felices justo cuando más los necesitaba, porque mi vida acababa de saltar en mil pedazos y yo no sabía por dónde recoger los trozos.

Subir las cajas hasta el tercero fue una penitencia. A la segunda vuelta, ciego detrás de un cartón demasiado grande, no vi a la persona que bajaba a toda prisa mirando el móvil. Chocamos en el descansillo y acabé sentado en un escalón, con el canto clavado en la espalda.

—¡Podrías mirar por dónde vas! —protesté, dolorido.

La chica se quedó parada y se echó a reír.

—¿Daniel? ¿No me reconoces? Soy Clara.

Clara. La vecina de enfrente, la nieta de doña Amparo, mi compañera de trastadas cuando los dos éramos un par de renacuajos. No la veía desde el entierro de mi tía. Me ayudó a levantarme sin parar de reírse y nos abrazamos en mitad de la escalera con un cariño que no se había oxidado con los años.

—Esta noche no puedo —dijo, todavía con prisa—, pero mañana te preparo algo de cena en mi casa y nos ponemos al día como antes. A las nueve.

Se fijó en la marca pálida que la alianza había dejado en mi dedo. No preguntó nada. Clara nunca preguntaba de frente: esperaba, y en algún momento te sacaba todo sin que te dieras cuenta. Me dio un beso en la mejilla y siguió bajando los escalones de tres en tres.

Al día siguiente, en la oficina, descubrí que el destino tenía sentido del humor. El proyecto que me estaba destrozando lo compartíamos con otra empresa, y la persona que cruzó la puerta de la sala de reuniones, con una sonrisa idéntica a la que se me dibujó a mí, era ella.

—Podrías haberme avisado de que trabajaríamos juntos —dije.

—Podría —contestó—, pero me habría perdido tu cara.

Sus ideas encajaban con las mías como dos piezas hechas para estar juntas. Era todo lo contrario a Gonzalo, el compañero que en mi ausencia se había dedicado a imponer las suyas para llevarse el mérito, aunque hundieran el proyecto a largo plazo. Con Clara perdíamos la noción del tiempo: una compañera tuvo que recordarnos que existía la hora de comer. Llevábamos años sin vernos y me seguía leyendo como el primer día.

Esa noche, en su cocina, mientras una dorada se hacía en el horno y descorchábamos un vino blanco, soltó por fin la pregunta que llevaba todo el día rondándola.

—No hace falta que te pregunte por el dedo —dijo—. Gonzalo, ¿verdad?

Gonzalo. El mismo que llevaba meses metiéndose en mi matrimonio. Marina me lo había confesado una noche cualquiera, sin levantar la voz, como quien comenta el tiempo: se había enamorado de otro, necesitaba explorar lo que sentía, y ese otro era precisamente el hombre con el que yo tenía que cruzarme cada mañana.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque a mí también lo intentó —respondió Clara—. A Gonzalo solo le interesan las mujeres que ya tienen dueño. Conmigo no lo consiguió, pero mi novio de entonces no me creyó y me dejó. Así que sé muy bien lo que se siente cuando alguien decide que tu versión no vale nada.

Le creí sin dudar. Nos conocíamos desde niños y los dos teníamos el mismo defecto: no sabíamos mentir, los tics nos delataban, y Clara no hizo ni uno solo mientras hablaba. Cuando se le escapó una lágrima, la abracé. Hacía meses que no me sentía tan en casa en ninguna parte.

Las semanas siguientes fueron una cuenta atrás silenciosa. Trabajábamos juntos hasta tarde, cocinábamos en una casa o en la otra, nos reíamos hasta que dolía. Sin darme cuenta, Clara fue ocupando el hueco que Marina había dejado, cicatrizando heridas que yo creía permanentes. Pero el miedo seguía agazapado. ¿Y si volvía a confiar y volvían a hacerme pedazos?

Una mañana, al volver del baño, vi a Gonzalo acorralando a Clara junto a la máquina de café. Me acerqué sin que me viera.

—Me han dicho que vuelves a tener pareja —le decía con esa sonrisa que se creía irresistible—. Eso te vuelve interesante otra vez.

—Por mucha colonia cara que te eches —respondió ella sin inmutarse—, no hay forma de tapar el olor a podrido que arrastras.

Gonzalo apretó los puños y echó a andar hacia mí. Me sostuvo la mirada un segundo, dos, y fue él quien acabó bajando la vista y siguiendo su camino. Algo había cambiado dentro de mí desde la traición de Marina, y por primera vez no me asustó.

***

Todo cambió una noche de tormenta. Habíamos cenado algo rápido tras horas peleándonos con el proyecto, y caí rendido en cuanto apoyé la cabeza en la almohada. Tengo el sueño tan pesado que mi tía decía que se me caería la casa encima sin que me enterara. Lo que me despertó no fue el trueno: fueron los golpes desesperados en la puerta.

Clara le tenía pánico a las tormentas desde niña. La encontré sentada en el suelo del descansillo, hecha un ovillo, temblando, con la cabeza entre las rodillas y solo una camiseta larga puesta. Estaba helada. Cuando notó mis brazos, se aferró a mí sin poder articular palabra.

La llevé a mi cama para que entrara en calor. Fui a por una manta, dispuesto a dormir en el sillón que había sido de mi tía, pero su voz me detuvo.

—Por favor, quédate —dijo—. Duerme conmigo.

Me metí bajo las sábanas y la abracé desde atrás. Sentía su espalda contra mi pecho, el calor que desprendía, cada estremecimiento que la recorría cuando un relámpago iluminaba la habitación. Quería que aquello no terminara nunca. Y entonces dejó de temblar de miedo. Se giró despacio, se colocó sobre mí, y bajo la luz blanca del siguiente rayo le vi la cara: seguía empapada en lágrimas, pero ya no había rastro de pánico. Solo una calma enorme y una sonrisa.

Apartó la tela de su ropa interior con dos dedos y me guio dentro de ella sin prisa, como si lo hubiéramos ensayado mil veces. La sentí cerrarse, caliente y húmeda, alrededor de mí, y la oí suspirar mientras echaba el cuerpo hacia atrás y empezaba a mover las caderas. No dije nada. No hacía falta. Le puse las manos en la cintura y seguí su ritmo, despacio al principio, sintiendo cómo me apretaba cada vez que bajaba.

Se inclinó hacia delante hasta dejar su boca a un centímetro de la mía. Me miró, y en esa mirada reconocí algo que solo me veía a mí mismo cada mañana en el espejo, cuando creía que nadie observaba. Me besó con una dulzura que me desarmó y, al mismo tiempo, aceleró, frotándose contra mí, buscándose el placer sin soltar mis labios. El cabecero golpeaba la pared al compás de la tormenta. Menos mal que la vecina de enfrente era ella.

—No pares —susurró contra mi boca, y no paré.

La giré con cuidado hasta dejarla de espaldas, le abrí las piernas y me hundí más hondo. Le besé el cuello, bajé hasta los pechos, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda y arqueaba el cuerpo cada vez que yo entraba del todo. El miedo a las tormentas, el miedo de los dos a volver a sufrir, se había evaporado en algún punto entre el primer trueno y aquel instante. Sus gemidos se mezclaban con la lluvia que azotaba los cristales y con el roce de mi piel contra la suya.

Llegamos casi a la vez, justo cuando un rayo partió el cielo con un estruendo tan brutal que se tragó nuestros gritos por completo. Lo que no pudo tragarse fue lo que latía en el pecho de los dos. Clara se dejó caer sobre mí, con la respiración rota, sin decir nada, solo sonriendo. Tiré del edredón, le besé la frente y nos quedamos así hasta que las respiraciones se acompasaron y el sueño nos venció.

***

A la mañana siguiente me levanté antes que ella para prepararle el desayuno. La encontré preocupada: yo no había dicho una palabra desde la noche anterior y temía haberse equivocado.

—¿No te gustó lo de anoche? —preguntó.

—Me gustó tanto que estaba intentando sorprender con el desayuno a la mujer de la que me he enamorado —contesté.

Se le iluminó la cara y corrió a abrazarme. Pero, fiel a su estilo, puso una condición: no seríamos novios hasta que se lo pidiera bien. Como soy un desastre para decir lo que siento en voz alta, lo escribí. Una carta torpe y sincera donde le confesaba que llevaba semanas sintiendo algo mucho más grande que la amistad, que ella había sido la luz que me sacó del agujero, que quería llenar a su lado el vacío que una traición había abierto en mí. La firmé como «tu novio» y se la dejé apoyada en la taza de café.

La leyó en la cama. Yo contenía la respiración; ella soltó la primera lágrima a la tercera línea. Terminamos los dos abrazados otra vez, riéndonos y llorando a la vez.

—Ahora sí puedo llamarte mi novio —dijo, y enseguida añadió, muerta de risa—: bueno, dependerá de lo bueno que esté el desayuno.

***

De Marina supe que se mudó a otra ciudad y rehízo su vida con un hombre que la mira como Clara me mira a mí. Gonzalo se hundió solo, sin que nadie tuviera que empujarlo: su arrogancia le costó el matrimonio, el trabajo y la reputación. A veces el destino cobra sus deudas sin que tengas que mover un dedo.

Nosotros decidimos no vender ninguno de los dos pisos. Tiramos el tabique que separaba mi casa de la suya y los unimos, porque entre esas paredes habíamos sido felices de niños y queríamos serlo también de adultos. Hace unos meses, en una habitación de hospital, sostuve a nuestra hija en brazos mientras Clara dormía, agotada y feliz. Cuando abrió los ojos y la vio, lloró, y entendí por fin que el vacío que me había dejado una infidelidad lo había llenado ella, hasta los bordes, sin que quedara ni un hueco para el miedo.

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Comentarios (6)

Rolo_lector

Que relato!!! me enganche desde el primer parrafo y no pude soltar hasta el final. Tremendo.

NachoPampa

Se necesita urgente una segunda parte, no podes dejarnos asi jaja

MariaF_night

Me recordo una tormenta de hace unos años... la lluvia trae cada sorpresa inesperada jaja. Muy bien narrado.

Marcos_ar

Excelente!!! uno de los mejores que lei en esta categoria, sigue asi

lectora_ansiosa

Dios como me tuvo en suspenso todo el tiempo, lei de un tiron y se me paso rapidisimo. Muy bueno!

ClaraDelRio

¿La historia tiene continuacion? me quede con mucha intriga y quiero saber que paso despues

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