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Relatos Ardientes

La vecina del primero subió a pedirme sal

Mudarme a Málaga después de mi divorcio en Oviedo fue como abrir de golpe una ventana en una casa que llevaba años cerrada. A mis cuarenta y uno, con el regusto amargo de la ruptura todavía pegado a la garganta, la luz del Mediterráneo y el ruido de mi moto por el paseo marítimo me devolvieron unas ganas de vivir que daba por enterradas.

Alquilé un piso en el centro, un refugio de soltero donde las maletas casi nunca se vaciaban. Mi vida se volvió un no parar: citas por internet que me llevaban a Granada, Almería, Sevilla o Cádiz, noches que terminaban al amanecer y un desorden cómodo, el de quien ya no le rinde cuentas a nadie. Vivía mi segunda soltería para callar a un corazón roto.

El contraste lo encontraba cada vez que cruzaba el portal. En el primero vivía un matrimonio que parecía el reverso de mi moneda. Él, un tipo de unos cincuenta, gesto simpático y voz complaciente. Ella, Rosa, una mujer de cuarenta y muchos que era un monumento a la madurez: rubia, de facciones suaves y mirada profunda, con ese cuerpo de mujer de verdad, de caderas anchas y pecho generoso que la ropa apenas lograba contener.

Pero la belleza de Rosa tenía una banda sonora amarga. La última semana, el silencio de mis siestas se había roto con los gritos que subían desde su piso por el patio de luces. Peleas de esas que dejan el aire cargado, reproches lanzados con la rabia de quien lleva demasiado tiempo tragando. Yo los escuchaba mientras me vestía para salir, con una mezcla de lástima y una curiosidad que iba creciendo.

Aquel jueves, a eso de las nueve y media, el edificio estaba inusualmente tranquilo. Como tenía el timbre roto desde que me mudé —mis prioridades de soltero no incluían arreglos domésticos—, unos golpes de nudillos contra la madera me sobresaltaron.

Era ella. Pero no la mujer impecable del ascensor. Llevaba una bata fina de estar por casa, anudada con prisa, que se le ceñía a las curvas de forma casi imprudente. El pecho le subía y bajaba agitado, y en los ojos tenía una mezcla de nervios y algo más que no supe leer.

—Perdona, vecino… bueno, Bruno —dijo, usando mi nombre por primera vez, y de golpe la distancia entre los dos se acortó—. ¿Tendrías un poco de sal? Es que no me queda, creía que tenía y…

Me apoyé en el marco y dejé que la mirada recorriera con calma la estampa que tenía delante. Mis ojos se desviaron solos hacia el escote que la bata, atada deprisa, no terminaba de cubrir. Después de los gritos que habían retumbado en el patio, que estuviera allí pidiendo algo tan tonto como sal me sonaba a excusa que cantaba demasiado.

—¿Sal? No sé si me queda. Pasa, no te quedes en la puerta —dije—. Perdona el desorden, pero es que apenas paro en casa.

—Iba a hacer la cena y vi el salero vacío —explicó, aunque la mirada ya no buscaba la cocina, sino la mía—. No quería molestar, Bruno. Sé que tú siempre estás de aquí para allá, que si la moto, que si los viajes. No pareces hombre de estas cosas tan domésticas.

—Es verdad que no paso mucho tiempo entre estas cuatro paredes —admití, dando un paso casi imperceptible hacia ella, lo justo para que su calor empezara a filtrarse—. Me divorcié hace unos meses, así que ahora salgo bastante. Pero lo que menos quiero es atarme a nadie. Prefiero picar aquí y allá, sin complicaciones.

Rosa se cruzó de brazos, un gesto que, lejos de cerrarla, le empujó el pecho hacia arriba y le tensó el escote hasta el límite. Me miró de arriba abajo, sin prisa, con la cara de quien analiza un capricho que sabe que no debería permitirse pero que desea con un descaro que quema.

—Mira que bien te lo montas, Bruno —soltó, con una naturalidad que me dejó desarmado—. Buen sueldo, la moto ahí fuera, y cada noche llegas de madrugada. Cuarenta años, divorciado, sin hijos a cargo. Madre mía. Eres el sueño de cualquier soltera y el dolor de cabeza de cualquier casada. Y, además… —la mirada se le detuvo en mis hombros—, estás muy bien. Muy bien de verdad.

Lo dijo sin cortarse un pelo, como quien confiesa un pecado que ya no le importa cometer. No coqueteaba como una cría: hablaba como una mujer madura que sabe reconocer el valor de lo que tiene delante. Sus palabras eran un inventario de lo mío, pero su cuerpo, vibrando bajo la tela fina, era el que hacía la verdadera oferta.

—Menudo cumplido, Rosa —respondí, dejando que la voz me bajara una octava—. Pero me da que no has subido solo por la sal, y menos a estas horas. Estos días os he oído discutir a tu marido y a ti. ¿Os pasa algo?

Dio otro paso hacia el centro del salón y dejó que la puerta se cerrara casi del todo a su espalda. La voz, hasta hacía un momento cautelosa, se le volvió firme y cortante.

—Pues sí —dijo, clavándome los ojos sin parpadear—. Lo he pillado con una compañera de trabajo. Llevaba un tiempo raro, con llegadas tarde y el móvil siempre boca abajo. Un día no aguanté más, le miré el teléfono y estaba todo ahí. Esa es la verdadera razón de los gritos que has estado oyendo.

Soltó un suspiro largo y se le relajaron los hombros, y la bata se acomodó de forma todavía más sugerente sobre el pecho. La tensión de la pelea parecía haberse transformado en otra cosa, mucho más peligrosa.

—Ahora él está en la casa de la playa. Llevamos así una semana, entre silencios y portazos —continuó—. O sea, que estoy sola. El mayor vive en Bilbao con su novia, y el pequeño está estudiando fuera. Sola… y muy falta de cariño.

Dejó que la última palabra colgara en el aire como una invitación directa. Aquello no era el desahogo de una vecina: Rosa buscaba el incendio que yo, con mi vida sin dueña, representaba para ella.

—¿Me ves atractiva, Bruno? —preguntó—. ¿Crees que una mujer como yo podría hacer lo mismo que tú? Salir ahí fuera, desquitarme de todo esto y pasar un buen rato.

—Desde luego que sí —respondí con voz ronca—. Se te ve muy mujer. Estás muy apetecible. Cualquier hombre con sangre en las venas se daría la vuelta al verte pasar.

Esbozó una sonrisa lenta, cargada de intención, y el salón se hizo pequeño. Se acercó otro poco y la voz le bajó a un susurro que me erizó la nuca.

—¿Y tú? —soltó de golpe—. ¿Tú te acostarías conmigo?

Me quedé un segundo callado. Mi cabeza de soltero, acostumbrada a no dar explicaciones, flaqueó.

—Bueno… yo… —balbuceé—. Pero los demás vecinos. En una comunidad se acaba sabiendo todo.

No me dejó terminar. Dio un paso decidido y me puso una mano en el pecho. Sentí el calor de su palma a través de la camiseta.

—Deja a los vecinos y mírame a mí —dijo con una seguridad que me encendió—. Estoy aquí, ahora. No me ha visto nadie subir, y a nadie le importa lo que pase tras tu puerta.

Sus dedos tiraron del lazo de la bata. La tela se le deslizó por los hombros y las caderas y cayó al suelo como un susurro. Rosa se quedó frente a mí, completamente desnuda, ofreciéndome su madurez en todo su esplendor: la blancura de la piel, la rotundidad del pecho, la curva del vientre. Una imagen de una potencia carnal que hacía que cualquier cita de internet pareciera un juego de niños.

—¿Te gusta mi cuerpo? —preguntó, clavándome los ojos verdes, desafiante y vulnerable a la vez—. ¿Me echarías un polvo ahora mismo?

La pregunta quedó flotando, pero la respuesta no necesitaba palabras. Sin apartar la mirada, acorté la distancia final. Mis manos, acostumbradas al cuero de la moto y a la piel apurada de citas pasajeras, encontraron sus caderas. La piel era mucho más suave de lo que esperaba, y su calor me golpeó de frente. Rosa soltó un suspiro entrecortado, ese sonido que mezcla el alivio de ser deseada con el hambre de quien lleva demasiado tiempo en ayuno de caricias.

La atraje con fuerza, pegando su desnudez a mi ropa. El contraste era brutal: la aspereza de los vaqueros contra su piel y el volumen del pecho aplastándose contra el mío. Me rodeó el cuello con los brazos, buscó mi boca, y cuando los labios se encontraron el beso no fue una cortesía de vecinos: fue un choque de necesidades. Sabía a deseo acumulado y a esa libertad que yo tanto pregonaba.

—Te aseguro que hoy no te va a faltar nada de ese cariño que dices que echas en falta —le susurré al oído.

La levanté, sintiendo su peso rotundo, y ella se enredó en mi cintura con ganas. No hizo falta ir al dormitorio: el sofá de mi salón de soltero estaba a punto de presenciar cómo la vecina del primero se convertía en la dueña absoluta de mi noche.

***

Rosa no esperó a que yo tomara la iniciativa. La humillación de la traición y los días de soledad le habían cocinado un hambre que ya no disimulaba. Con un movimiento decidido me llevó la mano al bulto y apretó con una firmeza que me arrancó un gruñido. Sus dedos, urgentes, me desabrocharon el botón del vaquero y bajaron la cremallera con una agilidad pasmosa.

Cuando me liberó, se arrodilló sobre la alfombra. Me miró de abajo arriba, con esos ojos encendidos por el desquite, y sin decir nada se la metió en la boca de una sola vez. Empezó a chupar con un ritmo voraz, recorriéndome con la lengua mientras me masturbaba con una mano caliente y decidida.

En mitad de la faena se la sacó de la boca y me sostuvo la mirada con puro descaro.

—¿Lo hago bien? —preguntó, con la voz ronca—. ¿Te la chupan así tus citas de internet?

—De maravilla —alcancé a decir, apoyando las manos en sus hombros para no perder el equilibrio—. Se nota que tenías ganas.

—Me vuelve loca —confesó, volviendo a rodearla con los dedos—. Imagínate, tantos años viendo solo la de mi marido. Y… ¿a cuántas te has llevado a la cama desde que vives aquí?

Me reí. No tenía sentido mentirle.

—En el año que llevo, han sido siete, quizá alguna más —le solté con naturalidad—. Con algunas fue cosa de un mes, con la que más estuve fueron tres. En fin, que no he parado.

Me escuchaba como quien oye la crónica de un mundo prohibido, los dedos sin parar.

—Siete mujeres en un año… —susurró, humedeciéndose los labios—. Qué envidia me das, Bruno. Esa libertad para elegir, para probar, para sentir algo nuevo cada vez. Mi vida ha sido un desierto comparada con la tuya.

Se puso de pie con una lentitud calculada, dejando que la luz le recorriera las caderas. Estaba a un paso, vibrando, y noté que la humedad entre sus piernas ya era un hecho.

—Pues hoy no te hará falta esperar a la tercera cita —dijo, llevándome las manos hacia su entrepierna—. Has tenido a siete, pero ahora me tienes a mí. Quiero que me hagas olvidar cada uno de esos gritos que has oído esta semana.

Al tocarla, comprobé que estaba ardiendo. Aquello no era el sexo doméstico de un matrimonio agotado: era el hambre de una mujer que acababa de romper las cadenas.

La tumbé en el sofá. Al caer, las caderas se le desparramaron con una pesadez que hizo crujir el mueble. Me arrodillé entre sus muslos, que se abrieron sin oponer resistencia. Acerqué la cara y me sorprendió: yo esperaba el desgaste de un matrimonio largo, y me encontré con un olor limpio, caliente, directo al cerebro. Separé con los pulgares y la lengua entró sin pensarlo. Lamí despacio, recorriendo cada pliegue, mientras ella gemía bajito y las caderas se le levantaban solas.

—Mírame bien, Bruno —dijo, con la voz quebrada—. Esto es lo que mi marido ya no quiere tocar. Está deseando que lo llenes con algo que no sea rutina.

Metí dos dedos, luego tres. Estaba ancha, madura, pero apretaba. Vaya si apretaba. Rosa arqueó la espalda, clavó los talones en el sofá y me agarró la muñeca con una fuerza inesperada.

—No te detengas —jadeó, con la cabeza echada hacia atrás—. Me da igual si me oyen los vecinos. Quiero que me des como les das a las que buscas por internet.

El calor era abrasador. Empecé a moverme despacio, luego más rápido, hasta que se convulsionó entera, el cuerpo vibrando en espasmos, los gemidos saliéndole entrecortados, casi sollozos.

—Me he corrido a lo bestia —me soltó, con una risa nerviosa mezclada con lágrimas de puro placer—. No sabes las ganas que tenía. No pares.

Cuando por fin se calmó, jadeando, con los ojos vidriosos, retiré la mano despacio.

—Ahora fóllame —susurró—. Quiero sentirte dentro.

Me coloqué de rodillas entre sus muslos, le agarré las caderas y la acerqué de un tirón hasta el borde del sofá. Entró fácil, resbaladiza, caliente como un horno. Empujé hasta el fondo y Rosa soltó un gemido ronco, largo.

—Sí… métemela toda, Bruno.

Empecé a bombear, primero despacio y después con fuerza, sintiendo cómo me envolvía floja pero ardiente. Ella se agarró el pecho, se pellizcó los pezones y empezó a jadear.

—Más fuerte —me suplicó, con la voz rota—. Fóllame como si fuera una de tus citas.

Aceleré. El sonido era sucio, un chapoteo constante. Rosa se llevó la mano a su sexo, frotándose el clítoris mientras yo empujaba, exigiéndome más, hasta que noté que el cuerpo entero se le tensaba como una cuerda a punto de saltar.

—No aguanto más… —gemí.

—Hazlo —jadeó—. Quiero que mañana, cuando me cruce con mi marido, todavía me huela a ti.

No aguanté ni un empujón más. El orgasmo me subió como un latigazo y me corrí dentro, con la cabeza en blanco. Rosa se convulsionó otra vez, gritando, el cuerpo arqueado en un espasmo violento, las uñas clavadas en mis brazos.

Me dejé caer a su lado, los dos jadeando, el sofá empapado bajo nosotros. Ella me miró con una sonrisa exhausta, el pelo rubio pegado a la frente.

—Joder, Bruno… me has dejado nueva —dijo, recuperando el aliento—. Hacía años que no me sentía así.

—Pues va a ser que la sal te ha salido cara —bromeé, y ella se echó a reír, una risa ronca y cansada que le salió del pecho como si llevara conteniéndola toda la noche.

***

—No me apetece bajar a casa todavía —dijo después de un rato, acurrucándose contra mí—. ¿Me puedo quedar a dormir? Me bajo temprano, antes de que amanezca, y nadie se entera.

—Vale —le respondí—. Pero antes vamos a limpiar este desastre. No quiero que mañana el salón huela a lo que ha pasado.

Soltó otra risa baja y me pidió una toalla. Después nos metimos los dos en la ducha. El agua caliente cayó como una bendición. Le enjaboné la espalda, le pasé la esponja por las nalgas, y ella se apoyó en los azulejos, gimió bajito y me apartó la mano.

—Para, granuja —dijo, riendo—. Como sigas, me corro otra vez y no llego viva a la cama.

Nos secamos con toallas limpias y nos fuimos al dormitorio. La habitación quedó a oscuras, solo con el resplandor naranja de la farola colándose por la persiana. Rosa se giró hacia mí, me pasó un brazo por encima y se pegó a mi cuerpo, el pecho aplastándose contra el mío.

—Abrázame fuerte —susurró—. Me gusta dormir así. Como si por una noche alguien me cuidara y no tuviera que pensar en nada más.

La rodeé con el brazo y ella suspiró profundo, se acomodó contra mí y cerró los ojos.

—Buenas noches, Bruno —murmuró—. Gracias por esta noche. Mañana… ya veremos.

Y así nos quedamos. La respiración se le fue haciendo lenta y profunda, el peso de su cuerpo relajado contra el mío. El olor a sexo todavía flotaba en la habitación, suave ya, mezclado con el jabón de la ducha. Pensé que no había nada más íntimo que aquello: una vecina nueve años mayor que yo, durmiendo pegada a mi cuerpo, escondida del mundo tras una excusa de cartón.

Y supe que, por la mañana, cuando se marchara de puntillas, yo me quedaría oliendo a ella en las sábanas hasta que tuviera que ponerlas en la lavadora.

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Comentarios (6)

Tomas_79

que relatazo!! me engancho desde la primera linea, no lo pude soltar

LectoraNocturna

Por favor seguí con esto!! Quede con ganas de saber cómo termina todo. Una segunda parte porfavor

Seba_noct

muy bueno, se siente real sin ser exagerado. Sigue así

JuanmaRdz

jaja me recordó a algo que me pasó hace años con una vecina del edificio. La vida imita al arte dicen...

Marcos_viajero

Muy bien narrado. Esa tensión del principio, oyéndola pelear con el marido y después aparece así en la puerta... creíble al cien por ciento. Seguí subiendo relatos

NightOwl_BA

increible, de los mejores que leí en esta categoría

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