La vecina del primero subió a pedirme sal
Mudarme a Málaga después de mi divorcio en Oviedo fue como abrir de golpe una ventana en una casa que llevaba años cerrada. A mis cuarenta y uno, con el regusto amargo de la ruptura todavía pegado a la garganta, la luz del Mediterráneo y el ruido de mi moto por el paseo marítimo me devolvieron unas ganas de vivir que daba por enterradas.
Alquilé un piso en el centro, un refugio de soltero donde las maletas casi nunca se vaciaban. Mi vida se volvió un no parar: citas por internet que me llevaban a Granada, Almería, Sevilla o Cádiz, noches que terminaban al amanecer y un desorden cómodo, el de quien ya no le rinde cuentas a nadie. Vivía mi segunda soltería para callar a un corazón roto.
El contraste lo encontraba cada vez que cruzaba el portal. En el primero vivía un matrimonio que parecía el reverso de mi moneda. Él, un tipo de unos cincuenta, gesto simpático y voz complaciente. Ella, Rosa, una mujer de cuarenta y muchos que era un monumento a la madurez: rubia, de facciones suaves y mirada profunda, con ese cuerpo de mujer de verdad, de caderas anchas y pecho generoso que la ropa apenas lograba contener.
Pero la belleza de Rosa tenía una banda sonora amarga. La última semana, el silencio de mis siestas se había roto con los gritos que subían desde su piso por el patio de luces. Peleas de esas que dejan el aire cargado, reproches lanzados con la rabia de quien lleva demasiado tiempo tragando. Yo los escuchaba mientras me vestía para salir, con una mezcla de lástima y una curiosidad que iba creciendo.
Aquel jueves, a eso de las nueve y media, el edificio estaba inusualmente tranquilo. Como tenía el timbre roto desde que me mudé —mis prioridades de soltero no incluían arreglos domésticos—, unos golpes de nudillos contra la madera me sobresaltaron.
Era ella. Pero no la mujer impecable del ascensor. Llevaba una bata fina de estar por casa, anudada con prisa, que se le ceñía a las curvas de forma casi imprudente. El pecho le subía y bajaba agitado, y en los ojos tenía una mezcla de nervios y algo más que no supe leer.
—Perdona, vecino… bueno, Bruno —dijo, usando mi nombre por primera vez, y de golpe la distancia entre los dos se acortó—. ¿Tendrías un poco de sal? Es que no me queda, creía que tenía y…
Me apoyé en el marco y dejé que la mirada recorriera con calma la estampa que tenía delante. Mis ojos se desviaron solos hacia el escote que la bata, atada deprisa, no terminaba de cubrir. Después de los gritos que habían retumbado en el patio, que estuviera allí pidiendo algo tan tonto como sal me sonaba a excusa que cantaba demasiado.
—¿Sal? No sé si me queda. Pasa, no te quedes en la puerta —dije—. Perdona el desorden, pero es que apenas paro en casa.
—Iba a hacer la cena y vi el salero vacío —explicó, aunque la mirada ya no buscaba la cocina, sino la mía—. No quería molestar, Bruno. Sé que tú siempre estás de aquí para allá, que si la moto, que si los viajes. No pareces hombre de estas cosas tan domésticas.
—Es verdad que no paso mucho tiempo entre estas cuatro paredes —admití, dando un paso casi imperceptible hacia ella, lo justo para que su calor empezara a filtrarse—. Me divorcié hace unos meses, así que ahora salgo bastante. Pero lo que menos quiero es atarme a nadie. Prefiero picar aquí y allá, sin complicaciones.
Rosa se cruzó de brazos, un gesto que, lejos de cerrarla, le empujó el pecho hacia arriba y le tensó el escote hasta el límite. Me miró de arriba abajo, sin prisa, con la cara de quien analiza un capricho que sabe que no debería permitirse pero que desea con un descaro que quema.
—Mira que bien te lo montas, Bruno —soltó, con una naturalidad que me dejó desarmado—. Buen sueldo, la moto ahí fuera, y cada noche llegas de madrugada. Cuarenta años, divorciado, sin hijos a cargo. Madre mía. Eres el sueño de cualquier soltera y el dolor de cabeza de cualquier casada. Y, además… —la mirada se le detuvo en mis hombros—, estás muy bien. Muy bien de verdad.
Lo dijo sin cortarse un pelo, como quien confiesa un pecado que ya no le importa cometer. No coqueteaba como una cría: hablaba como una mujer madura que sabe reconocer el valor de lo que tiene delante. Sus palabras eran un inventario de lo mío, pero su cuerpo, vibrando bajo la tela fina, era el que hacía la verdadera oferta.
—Menudo cumplido, Rosa —respondí, dejando que la voz me bajara una octava—. Pero me da que no has subido solo por la sal, y menos a estas horas. Estos días os he oído discutir a tu marido y a ti. ¿Os pasa algo?
Dio otro paso hacia el centro del salón y dejó que la puerta se cerrara casi del todo a su espalda. La voz, hasta hacía un momento cautelosa, se le volvió firme y cortante.
—Pues sí —dijo, clavándome los ojos sin parpadear—. Lo he pillado con una compañera de trabajo. Llevaba un tiempo raro, con llegadas tarde y el móvil siempre boca abajo. Un día no aguanté más, le miré el teléfono y estaba todo ahí. Esa es la verdadera razón de los gritos que has estado oyendo.
Soltó un suspiro largo y se le relajaron los hombros, y la bata se acomodó de forma todavía más sugerente sobre el pecho. La tensión de la pelea parecía haberse transformado en otra cosa, mucho más peligrosa.
—Ahora él está en la casa de la playa. Llevamos así una semana, entre silencios y portazos —continuó—. O sea, que estoy sola. El mayor vive en Bilbao con su novia, y el pequeño está estudiando fuera. Sola… y muy falta de cariño.
Dejó que la última palabra colgara en el aire como una invitación directa. Aquello no era el desahogo de una vecina: Rosa buscaba el incendio que yo, con mi vida sin dueña, representaba para ella.
—¿Me ves atractiva, Bruno? —preguntó—. ¿Crees que una mujer como yo podría hacer lo mismo que tú? Salir ahí fuera, desquitarme de todo esto y pasar un buen rato.
—Desde luego que sí —respondí con voz ronca—. Se te ve muy mujer. Estás muy apetecible. Cualquier hombre con sangre en las venas se daría la vuelta al verte pasar.
Esbozó una sonrisa lenta, cargada de intención, y el salón se hizo pequeño. Se acercó otro poco y la voz le bajó a un susurro que me erizó la nuca.
—¿Y tú? —soltó de golpe—. ¿Tú te acostarías conmigo?
Me quedé un segundo callado. Mi cabeza de soltero, acostumbrada a no dar explicaciones, flaqueó.
—Bueno… yo… —balbuceé—. Pero los demás vecinos. En una comunidad se acaba sabiendo todo.
No me dejó terminar. Dio un paso decidido y me puso una mano en el pecho. Sentí el calor de su palma a través de la camiseta.
—Deja a los vecinos y mírame a mí —dijo con una seguridad que me encendió—. Estoy aquí, ahora. No me ha visto nadie subir, y a nadie le importa lo que pase tras tu puerta.
Sus dedos tiraron del lazo de la bata. La tela se le deslizó por los hombros y las caderas y cayó al suelo como un susurro. Rosa se quedó frente a mí, completamente desnuda, ofreciéndome su madurez en todo su esplendor: la blancura de la piel, la rotundidad del pecho de pezones anchos y morenos, ya endurecidos y apuntando hacia mí, la curva del vientre y, más abajo, la mata de vello rubio, recortada pero espesa, que enmarcaba un coño que ya brillaba entreabierto. Una imagen de una potencia carnal que hacía que cualquier cita de internet pareciera un juego de niños.
—¿Te gusta mi cuerpo? —preguntó, clavándome los ojos verdes, desafiante y vulnerable a la vez—. ¿Me echarías un polvo ahora mismo?
La pregunta quedó flotando, pero la respuesta no necesitaba palabras. Sin apartar la mirada, acorté la distancia final. Mis manos, acostumbradas al cuero de la moto y a la piel apurada de citas pasajeras, encontraron sus caderas. La piel era mucho más suave de lo que esperaba, y su calor me golpeó de frente. Rosa soltó un suspiro entrecortado, ese sonido que mezcla el alivio de ser deseada con el hambre de quien lleva demasiado tiempo en ayuno de caricias.
La atraje con fuerza, pegando su desnudez a mi ropa. El contraste era brutal: la aspereza de los vaqueros contra su piel y el volumen del pecho aplastándose contra el mío. Me rodeó el cuello con los brazos, buscó mi boca, y cuando los labios se encontraron el beso no fue una cortesía de vecinos: fue un choque de necesidades. Sabía a deseo acumulado y a esa libertad que yo tanto pregonaba. Su lengua entró decidida, buscando la mía, y a la vez una de sus manos bajó y me apretó la polla por encima del vaquero, midiéndola, calibrándola, como quien comprueba lo que se está a punto de meter en la boca.
—Joder, la tienes bien dura ya —susurró contra mis labios, apretando otra vez—. Y bien gorda. Justo lo que necesitaba esta noche.
—Te aseguro que hoy no te va a faltar nada de ese cariño que dices que echas en falta —le contesté al oído, mientras le agarraba una teta entera con la mano y le pellizcaba el pezón entre dos dedos hasta arrancarle un gemido corto.
La levanté, sintiendo su peso rotundo, y ella se enredó en mi cintura con ganas. Le noté el coño mojado empapándome la tela del vaquero por encima de la bragueta. No hizo falta ir al dormitorio: el sofá de mi salón de soltero estaba a punto de presenciar cómo la vecina del primero se convertía en la dueña absoluta de mi noche.
***
Rosa no esperó a que yo tomara la iniciativa. La humillación de la traición y los días de soledad le habían cocinado un hambre que ya no disimulaba. Con un movimiento decidido me llevó la mano al bulto y apretó con una firmeza que me arrancó un gruñido. Sus dedos, urgentes, me desabrocharon el botón del vaquero y bajaron la cremallera con una agilidad pasmosa. Metió la mano por dentro del calzoncillo, me sacó la polla al aire y la sopesó en la palma, mirándola con los ojos muy abiertos.
—Madre mía, Bruno, qué polla más bonita —jadeó, apretándome de arriba abajo, notando cómo palpitaba contra sus dedos—. Gorda, dura, con las venas marcadas… Hacía años que no tenía una así en la mano.
Me bajó los vaqueros y el calzoncillo de un tirón hasta las rodillas y se arrodilló sobre la alfombra. Me miró de abajo arriba, con esos ojos encendidos por el desquite, y sin decir nada abrió la boca todo lo que pudo y se la metió de una sola vez, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta. Empezó a chupar con un ritmo voraz, la lengua ancha aplastada contra la parte de abajo del glande, la saliva chorreándole por la comisura y cayéndole en gotas sobre las tetas. Con una mano me masturbaba en la base, apretando y torciendo la muñeca, y con la otra se sujetaba mis huevos, sopesándomelos, apretando muy despacio.
La sacaba entera, la miraba brillar entre sus labios pintados de saliva, y volvía a tragársela de golpe. Chapoteaba, escupía sobre el glande y usaba la propia saliva para hacer una masturbación rápida y sucia, sin cortarse un pelo con el ruido. Cuando notaba que yo empujaba las caderas hacia adelante, ella respondía abriendo más la boca y dejándose follar la garganta a base de arcadas cortas y controladas que le hacían saltar las lágrimas.
En mitad de la faena se la sacó de la boca, chorreante, y me la restregó por la mejilla y por los labios entreabiertos mientras me sostenía la mirada con puro descaro.
—¿Lo hago bien? —preguntó, con la voz ronca de tenerla dentro—. ¿Te la chupan así tus citas de internet?
—De maravilla —alcancé a decir, apoyando las manos en su cabeza para no perder el equilibrio—. Se nota que tenías ganas, cabrona. Chupas como una puta.
—Es que soy una puta esta noche, Bruno —soltó ella, riendo con la boca abierta, la lengua fuera, azotándose el mentón con mi polla—. Tu putita. Una madura calentorra que ha subido con la excusa de la sal para que su vecino se la meta hasta el fondo. Dilo, dime que soy tu putita.
—Eres mi putita, Rosa. Mi puta madura —le gruñí, agarrándole del pelo—. Mira lo que has venido a buscar. Mira lo empapada que la tienes.
Me la volvió a tragar hasta la base, gimiendo con la boca llena, y con la otra mano se metió dos dedos en el coño y empezó a follarse a sí misma al mismo ritmo con el que me chupaba. Yo veía cómo la mano le brillaba de flujo, cómo apretaba los muslos contra los talones.
—Me vuelve loca —confesó al sacarla otra vez, recuperando el aliento y volviendo a rodearla con los dedos—. Imagínate, tantos años viendo solo la de mi marido, siempre a medio empalmar, siempre por rutina. Y ahora esta preciosidad en mi boca. Es que me corro solo de chupártela. Dime… ¿a cuántas te has llevado a la cama desde que vives aquí?
Me reí. No tenía sentido mentirle, y menos con ella arrodillada, escupiendo sobre mi polla.
—En el año que llevo, han sido siete, quizá alguna más —le solté con naturalidad—. Con algunas fue cosa de un mes, con la que más estuve fueron tres. En fin, que no he parado.
Me escuchaba como quien oye la crónica de un mundo prohibido, con los dedos sin parar, follándose la boca contra mi glande.
—Siete pollas al año… bueno, siete coños al año —susurró, humedeciéndose los labios y mordiéndomelos por debajo—. Qué envidia me das, Bruno. Esa libertad para elegir, para probar, para sentir una polla nueva cada mes. Mi vida ha sido un desierto comparada con la tuya. Yo llevo cinco años sin correrme con una polla dentro. Cinco años, Bruno.
Se puso de pie con una lentitud calculada, dejando que la luz le recorriera las caderas y el culo grande y blanco. Estaba a un paso, vibrando, y noté cómo la humedad entre sus piernas ya le chorreaba por la cara interna del muslo.
—Pues hoy no te hará falta esperar a la tercera cita —dijo, agarrándome la muñeca y llevándome la mano directa a su coño—. Has tenido a siete, pero ahora me tienes a mí. Y me vas a follar hasta que me haga olvidar cada uno de esos gritos que has oído esta semana.
Al tocarla, comprobé que estaba ardiendo. Los dedos se me hundieron en carne blanda y empapada, y el clítoris se le había hinchado hasta el punto de que lo notaba palpitar contra mi pulgar. Aquello no era el sexo doméstico de un matrimonio agotado: era el hambre de una mujer que acababa de romper las cadenas.
La tumbé en el sofá. Al caer, las caderas se le desparramaron con una pesadez que hizo crujir el mueble. Le agarré las piernas por detrás de las rodillas y se las abrí de par en par, obscenamente, hasta que su coño quedó completamente expuesto, brillante bajo la lámpara del salón, los labios mayores gruesos y los menores asomando, hinchados y morados de calentura. Me arrodillé entre sus muslos, que ya no oponían ninguna resistencia. Acerqué la cara y me sorprendió: yo esperaba el desgaste de un matrimonio largo, y me encontré con un olor limpio, caliente, directo al cerebro, un olor a mujer madura ansiosa. Separé con los pulgares, dejando el clítoris al aire, y la lengua entró sin pensarlo.
Empecé por la entrada, bien despacio, ensanchándola con la punta y hundiéndola dentro como si fuera una polla pequeña. Se la follé con la lengua, entrando y saliendo, chupando el flujo que me caía en la barbilla. Luego subí por el surco, lamí cada pliegue con calma, hasta que llegué al clítoris y lo atrapé entre los labios. Chupé, tiré con suavidad, después con más fuerza, y le hice círculos con la punta hasta que la vi arquearse.
—Mírame bien, Bruno —dijo, con la voz quebrada, agarrándome del pelo y aplastándome la cara contra su coño—. Esto es lo que mi marido ya no quiere tocar. Cinco años sin que nadie me la coma así. Cinco. Se me olvidaba lo que era.
Metí dos dedos, luego tres, curvándolos hacia arriba, buscándole el punto por dentro mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba ancha por tres partos y por los años, pero apretaba, vaya si apretaba, y por dentro me lo notaba todo rugoso e hinchado. Rosa arqueó la espalda, clavó los talones en el sofá y me agarró la muñeca con una fuerza inesperada, guiándome el ritmo, marcándome el sitio exacto.
—Ahí, ahí, joder, ahí —jadeó, con la cabeza echada hacia atrás y las tetas bailándole con cada empujón—. No te detengas. Me da igual si me oyen los vecinos. Que me oiga el edificio entero. Que se enteren de que estoy aquí, con las piernas abiertas para el soltero del segundo.
El calor era abrasador. Empecé a moverme despacio, luego más rápido, chupando y bombeando a la vez, mientras con la otra mano le apretaba una teta y le retorcía el pezón. Se convulsionó entera. El coño se le cerró en espasmos alrededor de mis dedos, empapándome la mano hasta la muñeca, chorreando sobre el cuero del sofá. Los gemidos le salieron entrecortados, casi sollozos, y me clavó las uñas en el cuero cabelludo.
—Me he corrido a lo bestia —me soltó, con una risa nerviosa mezclada con lágrimas de puro placer—. No sabes las ganas que tenía. Cinco putos años, Bruno. Cinco. No pares, por favor, no pares.
Cuando por fin se calmó, jadeando, con los ojos vidriosos y el pelo pegado a la frente, retiré la mano despacio, los tres dedos brillantes y cubiertos de flujo espeso. Se los acerqué a la boca sin pedir permiso y ella los recibió con la lengua fuera, chupándoselos entero, saboreándose a sí misma sin cortarse.
—Ahora fóllame —susurró contra mis dedos, mordiéndomelos—. Ya no aguanto más. Métemela hasta el fondo, Bruno. Quiero notar cómo me la clavas.
Me coloqué de rodillas entre sus muslos, le agarré las caderas y la acerqué de un tirón hasta el borde del sofá. Me agarré la polla por la base, la apoyé contra la raja empapada y la restregué de arriba abajo, mojándome el glande de flujo, dándole toquecitos en el clítoris que la hacían saltar. Ella me miraba con la boca abierta, esperándomela, moviendo las caderas para intentar tragársela.
—No me hagas rogar, cabrón —gimió—. Métela ya.
Empujé de una sola embestida y me la comió hasta la base. Entró fácil, resbaladiza, caliente como un horno, y sentí cómo las paredes internas se cerraban de golpe alrededor de mí, apretándome como un puño. Rosa soltó un gemido ronco, larguísimo, con los ojos en blanco y la boca abierta.
—Sí… métemela toda, Bruno. Toda. Hasta el fondo.
Empecé a bombear, primero despacio para que se acostumbrara al calibre, luego con fuerza, sintiendo cómo me envolvía floja y ardiente a la vez. Cada envestida hacía que las tetas le rebotaran hacia arriba y le chocaran contra la barbilla. Ella se agarró el pecho, se pellizcó los pezones y se los mordió, mirándome con una lujuria descarada, sin apartar los ojos de los míos.
—Más fuerte —me suplicó, con la voz rota—. Fóllame como si fuera una de tus citas. Fóllame como una guarra. No me trates como a la vecina de abajo, trátame como a una puta que te has bajado de una página web.
Aceleré. El sonido era sucio, un chapoteo constante de coño empapado, el golpe seco de mis huevos contra la raja de su culo, sus jadeos entrecortándose con cada embestida. Le agarré una pierna, se la eché por encima de mi hombro y giré un poco la cadera para entrarle desde otro ángulo. Ella pegó un grito que se debió oír en toda la escalera.
—Ahí, joder, ahí me la clavas entera —jadeó—. Sigue, sigue, no salgas.
La saqué de golpe, la puse a cuatro patas sobre el sofá y le agarré del pelo. Le miré el culo grande y blanco, la raja abierta, el coño que ya se le había hinchado el doble y le chorreaba por dentro del muslo. Volví a metérsela de un solo empujón y esta vez la agarré de las caderas con las dos manos y la embestí sin piedad, tirando de ella hacia atrás cada vez que yo empujaba hacia adelante. El culo le temblaba con cada choque, se le formaban ondas en la carne. Le di un azote seco en una nalga y le dejé la mano marcada en rojo.
—Más, más azotes, tratame mal —gimió contra el cojín—. Que no me acuerde ni cómo me llamo.
Le di dos azotes más, uno en cada nalga, y me pegué a su espalda, con la polla enterrada hasta el fondo, para agarrarle las tetas por debajo, sopesándoselas, apretándoselas mientras la seguía bombeando. Ella metió una mano entre sus piernas y empezó a frotarse el clítoris al ritmo de mis embestidas, mientras me exigía más, hasta que noté que el cuerpo entero se le tensaba como una cuerda a punto de saltar.
—Que me corro otra vez, joder, que me vuelvo a correr —chilló—. No pares ahora, no pares, no pares…
Se corrió con la polla dentro, gritándomelo, y le noté las contracciones del coño ordeñándome, apretándome de arriba abajo como si quisiera arrancarme la corrida a la fuerza. Aguanté como pude un poco más, mordiéndole el hombro, pero era imposible.
—No aguanto más… —gemí, con las caderas ya descontroladas.
—Hazlo dentro —jadeó, mirándome por encima del hombro con los ojos brillantes—. Córrete dentro, Bruno. Lléname entera. Quiero que mañana, cuando me cruce con mi marido, todavía me huela a ti y le chorree tu leche por dentro del muslo.
No aguanté ni un empujón más. El orgasmo me subió como un latigazo desde los huevos, me tensó todo el cuerpo, y me corrí dentro a chorros, un chorreón tras otro, con la cabeza en blanco y los dientes clavados en su hombro. Sentí cómo el semen la llenaba y empezaba a escaparse por los bordes de la raja, chorreando por mis huevos. Rosa se convulsionó otra vez con el segundo espasmo, gritando, el cuerpo arqueado, las uñas clavadas en el respaldo del sofá.
La saqué despacio, agotado, y vi cómo un hilo espeso y blanco le bajaba desde el coño abierto y le resbalaba por el muslo hasta la rodilla. Ella se dejó caer de lado, jadeando, con una sonrisa exhausta pintada en la cara. Se pasó dos dedos por la raja, recogió una gota gorda de la mezcla de flujo y semen y se los metió en la boca, chupándoselos despacio, mirándome fijo.
—Joder, Bruno… me has dejado nueva —dijo, recuperando el aliento—. Hacía años que no me corría dos veces seguidas. Y ni te cuento con una polla dentro.
—Pues va a ser que la sal te ha salido cara —bromeé, y ella se echó a reír, una risa ronca y cansada que le salió del pecho como si llevara conteniéndola toda la noche.
***
—No me apetece bajar a casa todavía —dijo después de un rato, acurrucándose contra mí, con el coño todavía goteándome sobre el muslo—. ¿Me puedo quedar a dormir? Me bajo temprano, antes de que amanezca, y nadie se entera.
—Vale —le respondí—. Pero antes vamos a limpiar este desastre. No quiero que mañana el salón huela a lo que ha pasado.
Soltó otra risa baja y me pidió una toalla. Después nos metimos los dos en la ducha. El agua caliente cayó como una bendición. Le enjaboné la espalda, le pasé la esponja por las nalgas, le metí los dedos entre la raja del culo enjabonándola despacio, y luego le lavé el coño con la mano abierta, notando cómo mi semen se iba escurriendo por el desagüe mezclado con el jabón. Ella se apoyó en los azulejos, arqueó el culo hacia atrás y gimió bajito cuando le pasé el pulgar por el clítoris hinchado.
—Para, granuja —dijo, riendo y apartándome la mano—. Como sigas, me corro otra vez y no llego viva a la cama. Y ya te aviso que mañana volvemos, que se me ha desatado algo que llevaba años dormido.
Nos secamos con toallas limpias y nos fuimos al dormitorio. La habitación quedó a oscuras, solo con el resplandor naranja de la farola colándose por la persiana. Rosa se giró hacia mí, me pasó un brazo por encima y se pegó a mi cuerpo, el pecho aplastándose contra el mío, una pierna cruzada sobre la mía, el coño todavía caliente rozándome el muslo.
—Abrázame fuerte —susurró—. Me gusta dormir así. Como si por una noche alguien me cuidara y no tuviera que pensar en nada más.
La rodeé con el brazo y ella suspiró profundo, se acomodó contra mí y cerró los ojos.
—Buenas noches, Bruno —murmuró—. Gracias por esta noche. Mañana… ya veremos.
Y así nos quedamos. La respiración se le fue haciendo lenta y profunda, el peso de su cuerpo relajado contra el mío. El olor a sexo todavía flotaba en la habitación, suave ya, mezclado con el jabón de la ducha. Pensé que no había nada más íntimo que aquello: una vecina nueve años mayor que yo, durmiendo pegada a mi cuerpo, escondida del mundo tras una excusa de cartón.
Y supe que, por la mañana, cuando se marchara de puntillas, yo me quedaría oliendo a ella en las sábanas hasta que tuviera que ponerlas en la lavadora.