Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que engañé a mi novio con un extraño

Me llamo Camila y tengo veinticinco años. Casi todo lo que cuento me pasó de verdad, y esto que voy a contar es de las cosas más intensas que recuerdo. No soy ni muy alta ni muy baja, tengo la piel clara, el pelo negro y largo, y un cuerpo del que aprendí a no avergonzarme. Cintura marcada, pecho no demasiado grande pero firme, y unas caderas que, cuando me pongo cierta ropa, no pasan desapercibidas. Me gusta gustar. Y cuando bebo, eso se me nota todavía más.

Por aquel entonces salía con Mateo. A él le encantaba la fiesta, mucho más que a mí, aunque yo nunca me negaba a acompañarlo. Lo que pasaba era simple: el alcohol sacaba mi lado más provocador, ese que durante el día tenía a raya. Y a Mateo le fascinaba verme así, suelta, descarada, sabiéndome mirada por todos. Lo que no le gustaba tanto era lo que esa versión mía terminó haciendo aquella madrugada.

Esa noche me arreglé para llamar la atención. Vestido negro de cuerina, ajustado y corto, que me marcaba las caderas como una segunda piel. Un top que dejaba poco a la imaginación. Tacones altos. Me miré en el espejo antes de salir y sonreí: estaba para provocar, y eso era exactamente lo que quería.

La discoteca estaba a reventar. Bailamos durante horas, pegados, sudados. Mateo me tocaba sin disimulo, me metía mano en la pista como si nadie más existiera, me susurraba cosas al oído que me encendían. Para las cuatro de la mañana yo ya estaba prendida, con varias copas encima y el cuerpo pidiendo más de lo que él me estaba dando.

Y entonces lo perdí de vista.

Al principio no me preocupé. Fui a la barra, pedí un trago más y dejé que el bajo me sacudiera el cuerpo mientras lo esperaba. Pasaron diez minutos, quince. Empecé a recorrer la pista con la mirada, esquivando codos y miradas, buscándolo entre las luces que cortaban la oscuridad. Sentía cómo el calor de la discoteca se me pegaba a la piel y cómo el alcohol me iba soltando las amarras.

Lo encontré por fin, del otro lado del salón. Estaba bailando con otra chica. Tal vez no pasaba nada, tal vez era inocente, pero verlo me revolvió por dentro. No fueron celos exactamente. Fue otra cosa, una mezcla de rabia y de algo más oscuro que me costaría admitir. Me quedé quieta un instante, con el vaso sudando en la mano, mirándolos.

Si él puede, yo también.

No tuve que esperar mucho. Apenas me di la vuelta, sentí una mano en la cintura. Me giré y me encontré con un hombre alto, de unos cuarenta años, ancho de espalda, con una mirada que iba directo a lo que quería. No dije nada. Simplemente empecé a moverme contra él, dándole la espalda, pegándome a su cuerpo.

***

El baile fue subiendo de tono enseguida. Yo restregaba las caderas contra él y notaba, a través de la ropa, exactamente lo que estaba provocando. Él no se quedó atrás. Sus manos me recorrieron con un descaro que me dejó sin aire, apretándome, marcándome, como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. Y yo se lo daba. Cada caricia me calentaba más, cada apretón borraba un poco más la imagen de Mateo bailando con la otra.

En un momento se inclinó sobre mi cuello. Me mordió el lóbulo de la oreja, despacio, y después me habló con la voz ronca.

—¿Vamos al estacionamiento? —dijo.

No lo pensé. Asentí. Pero antes de seguirlo busqué a Mateo con la mirada por encima del hombro. Lo vi del otro lado de la pista, dando vueltas, buscándome. Por un segundo dudé. Después me escondí entre la gente y caminé hacia la salida detrás del desconocido.

No vuelvo atrás. Quiero esto.

El aire frío de la madrugada me golpeó al salir. El estacionamiento estaba en silencio, apenas iluminado por unas lámparas amarillentas. No llegamos a su auto. A los pocos pasos me arrastró al hueco entre dos coches, un rincón medio escondido pero todavía a la vista de quien pasara por la calle. Esa idea, la de que cualquiera pudiera vernos, me puso peor.

Me apoyó contra la chapa fría de un auto y me besó con fuerza, mordiéndome los labios. Yo le bajé las manos hasta el pantalón y se lo desabroché. No lo dudé ni un segundo: me arrodillé ahí mismo, sobre el cemento, sin importarme nada.

Lo que hice a continuación lo hice con ganas, no por compromiso. Lo tomé entero, lo saboreé, dejé que se hundiera hasta el fondo de mi garganta una y otra vez. Él me sujetaba la cabeza, marcando el ritmo, y yo me ahogaba pero no quería parar. Le manché la piel de saliva, lo miré desde abajo con los ojos llorosos, y él se golpeó contra mi cara con una sonrisa de superioridad que me derritió.

—Mírate —dijo en voz baja—. No esperabas terminar así esta noche.

No, no lo esperaba. Pero ya no había marcha atrás, y la verdad es que no la quería.

***

Me puso de pie. Con un movimiento me corrió la ropa interior a un lado, un hilo de tela diminuto, y se lo guardó en el bolsillo como un trofeo. Me alzó contra el auto, me sujetó por los muslos y me penetró de una sola vez, sin previo aviso, hasta el fondo.

Grité. Grité fuerte, sin medirme, sin preocuparme por quién pudiera oírme en la calle.

—Más despacio —jadeé, aunque no lo decía en serio.

—No —respondió, y embistió más fuerte.

A él tampoco le importaba el ruido. Me bajó, me dio la vuelta y me empujó la cara contra el techo del coche, doblándome por la cintura. Me trataba con una rudeza que en otro momento me habría espantado, pero esa madrugada era justo lo que necesitaba. Cada golpe me sacudía entera, cada nalgada me arrancaba un gemido.

—Así, así, dame más —le pedí, apretándome contra él—. No pares.

—Qué bien aprietas —masculló, sin aliento—. No tienes vergüenza de nada, ¿verdad?

—Ninguna —contesté, y era cierto.

Sentí su mano abierta cruzarme la piel otra vez, y después escupió y bajó los dedos hacia un terreno que con Mateo casi nunca exploraba. Él era tradicional, de los que preferían no salirse del guion. Este hombre no me pidió permiso, solo me preparó con los dedos mientras seguía embistiéndome por delante, y cuando entró por detrás lo hizo despacio, midiéndome, hasta que cedí.

—Ay, duele —gemí—, pero no pares, no te atrevas a parar.

Dolía y a la vez no quería que terminara. Era una sensación nueva, prohibida, que me hacía sentir capaz de cualquier cosa. Me agarré como pude del coche y dejé que hiciera conmigo lo que quisiera.

***

Lo que vino después fue puro descontrol. Él me sujetaba de las caderas y yo me empujaba hacia atrás, buscándolo, queriendo más. Me nalgueaba al ritmo de las embestidas y yo perdía la cabeza. En algún momento dejé de pensar en Mateo, en la chica de la pista, en la calle, en todo. Solo existía ese rincón oscuro entre dos autos y un desconocido que me estaba dando exactamente lo que había salido a buscar.

—Me voy a acabar —avisó, con la respiración entrecortada.

—Hazlo —le dije—. Dame todo.

Y lo hizo. Sentí cómo se vaciaba mientras me sostenía con fuerza, mientras yo temblaba apoyada en la chapa fría. Después nos quedamos un instante quietos, los dos jadeando, recuperando el aire bajo la luz amarillenta.

Cuando me incorporé, me di cuenta de que no me había devuelto la ropa interior. Sonrió al ver mi cara y se encogió de hombros, guardándosela definitivamente. Tuve que arreglarme como pude, sintiendo el rastro de lo que acababa de pasar bajándome por las piernas. Él se acomodó la ropa, me miró una última vez de arriba abajo y se fue sin decir su nombre. Nunca supe cómo se llamaba, y la verdad es que no me hizo falta.

***

Volví a entrar a la discoteca con las piernas todavía temblando y la cara descompuesta de una manera que esperaba que la luz de neón disimulara. No tardé en cruzarme con Mateo. Venía hacia mí con cara de preocupación.

—¿Dónde estabas? —preguntó—. Te estuve buscando por todos lados.

—Fui al baño —mentí, con la voz más tranquila que pude—. Había una cola eterna.

Me creyó. Me abrazó, me dio un beso en la frente y me dijo que ya era hora de irnos a casa. Yo asentí y lo dejé que me llevara de la mano hacia la salida, mientras por dentro todavía vibraba con lo que acababa de hacer.

En el taxi de vuelta apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos. Él me acariciaba el pelo, convencido de que volvía la novia que había llevado a la fiesta. No sabía que volvía otra. Cada bache del camino me recordaba lo que había pasado hacía menos de una hora, y yo apretaba los muslos en silencio, todavía sintiéndolo.

Esa noche, en la cama, Mateo se durmió enseguida. Yo me quedé despierta un buen rato, mirando el techo, con una sonrisa que no podía borrar. No sentía culpa, y eso era lo que más me sorprendía de mí misma. Solo sentía que, por una vez, había hecho exactamente lo que se me dio la gana, sin pedir permiso ni dar explicaciones.

Con Mateo terminé unos meses después, por otras razones que poco tienen que ver con esto. Pero aquella madrugada, ese desconocido cuyo rostro ya casi no recuerdo, sigue siendo uno de los recuerdos más intensos que guardo. A veces las cosas que no debían pasar son justamente las que nunca se olvidan.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (5)

DiegoRBaires

Increible relato, me dejo sin palabras!! Quiero mas de este tipo

NinaK_ok

Se siente tan real... me paso algo parecido y lo lei con el corazon acelerado jaja. Muy bien contado

lucasletor22

excelente!!!

MartinaOK

Por favor continua, quede con ganas de saber como termino todo. Muy bien narrado

Curioso_PBA

Lo que mas me gusto es como describis lo que sentis por dentro. No es solo lo que pasa sino todo lo que va pensando la protagonista mientras ocurre. De los mejores que lei en la categoria

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.