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Relatos Ardientes

Mi esposa confesó su infidelidad en mi cumpleaños

El proyector llevaba diez minutos encendido y la tela seguía en blanco. Esteban Camilo había abandonado su propio brindis a la mitad y nadie en la carpa entendía por qué, justo en su cumpleaños, miraba la pantalla apagada como si dentro de ella pudiera esconderse una respuesta.

Entonces se oyó la voz. Grabada, modulada, demasiado serena. La voz de Valeria llenó los altavoces y la fiesta entera quedó en silencio.

—Lo vi y él me vio a mí. Nos reconocimos al instante, aun estando lejos —decía ella—. Yo recién llegaba del hotel, arrastrando mi maleta por la terminal. Él bajaba por las escaleras mecánicas, con la camisa blanca arrugada en las mangas y la corbata oscilando. Y los pasos que dimos para acortar la distancia se me hicieron lentos, larguísimos.

***

—¡Tú ya sabías todo esto! ¿No es verdad? —Esteban Camilo apretó el antebrazo de Carolina, la mejor amiga de su mujer, que seguía con el teléfono pegado a la oreja.

—Te lo juro por lo más sagrado, Esteban. Valeria no me contó nada. Estoy igual que todos, sorprendida. Déjame cortar esta llamada y hablamos. —Él la miró con un manto de dudas, pero no se despegó de su lado. Giró el cuello buscando entre los invitados al cómplice que tenía que estar ahí, escuchando como él cada palabra que salía de los parlantes.

—«¿Nos tomamos algo?» —seguía la grabación—. Fue lo único que se me ocurrió decir, después de soltar mi nombre por si acaso no me recordaba. Teníamos demasiados años por recuperar. Demasiadas historias para saborearlas con un café por la mañana. Y yo sentí la necesidad imperiosa de oírlo, Esteban. La urgencia de escuchar de nuevo un timbre de voz que a tu lado había olvidado, porque a tu lado no me hacía falta.

***

—¿De quién habla? —insistió él, cuando sintió el brazo de Carolina engancharse al suyo con familiaridad—. No me salgas ahora con que volvió con su exmarido.

—¡Cómo se te ocurre! Además, el idiota de Andrés también es mi ex desde hace cuatro meses. —Esteban Camilo cerró los ojos un instante, asintiendo, pero en su memoria no encontraba ningún rostro culpable.

—Entre sorbo y sorbo —continuaba Valeria— fueron más las miradas que las palabras. Reconociéndonos, aceptándonos. Algunas canas suyas, mi figura más rellenita y muchos años más experimentada. Y aun así, la emoción de verlo la sentí intacta. Raro, ¿verdad? Increíble.

***

—Tú la conoces de toda la vida, Carolina. Dime cómo se llama ese hijo de puta. ¿De debajo de qué piedra salió? —La mujer negó con la cabeza, pero se acercó a su oído izquierdo y le prometió, en voz baja, que haría memoria, que revisaría hasta el anuario del colegio con tal de no dejar a nadie afuera.

—¿Quieres saber algo más, mi amor? —la grabación bajó el tono—. Eso ya será solo para tus ojos. Te dejé en casa, en unas páginas arrancadas, lo que escribí en mi diario. La parte que te afecta a ti, y solo a ti.

***

La voz de Valeria siguió sonando mientras los invitados se removían incómodos en sus sillas. Esteban Camilo se sintió como un jarrón antiguo y reluciente, observado por todos hasta el cansancio.

—No te voy a dejar solo, mira a tu alrededor —decía ella—. Tienes a mucha gente que te quiere. Refúgiate en ellos, sobre todo en nuestros hijos. Y por favor, no me busques. Cambié de número, me voy muy lejos. Déjame volar hacia mi nueva vida. Volveré solo para arreglar lo del divorcio. No necesito nada de lo que conseguimos juntos; si quieres, repártelo a tu antojo. Te amaré siempre, Esteban, aunque ahora pienses que soy una desagradecida. Algún día entenderás que tenía razón. Chao, mi gente.

El telón quedó azulado, sin imagen, y los altavoces enmudecieron. Su hija, Sara Valentina, fue la primera en acercarse a consolarlo, muy cerca de la salida. Afuera, una llovizna fina le daba un brillo resbaladizo al pavimento, y el aire frío trepaba desde los tobillos. Para el mundo nada había cambiado. Para él, todo.

***

Apenas la grabación se apagó, Esteban Camilo sacó el celular del chaleco y marcó. Timbró, timbró, y la llamada se fue al buzón. Le ordenó a su hija que probara desde su teléfono; tampoco. Buscó al disc-jockey, que seguía detrás de las consolas sin saber qué poner para amenizar semejante momento.

—¿Tiene el número desde el que mi mujer le mandó eso? —El hombre, sobresaltado, se quitó los auriculares y le mostró la pantalla. Esteban Camilo tomó el aparato y llamó. El mismo mensaje, una y otra vez. Su mujer había apagado el teléfono o estaba fuera de cobertura. Sintió que algo dentro de él perdía sustentación, como un avión que se cae.

Con la esperanza menguando, caminó hasta donde estaban los familiares y les rogó que probaran ellos. El suegro, Don Ramiro, marcó primero; después los cuñados, los hermanos, su propia madre. Intentos fallidos, todos. Los rostros cruzaron la verja de la ilusión hacia la decepción total.

***

Entonces se le acercaron Paula y Sergio, los dueños de la agencia de viajes con la que la familia organizaba todo. Lo apartaron con sutileza, no para indagar, sino para contarle un detalle que en su momento les pareció insignificante.

—Esteban, no sabemos si esto sirve de algo —empezó Paula, abriendo mucho los ojos—. Hace unos quince días Valeria llegó a la oficina sin avisar. Creímos que ya sabía del viaje que tú planeabas, así que le mostramos todo: las islas griegas, los hoteles, el guía para Egipto. Pareció sorprendida, pero enseguida le restó importancia y se puso a mirar otra de nuestras ofertas, una que estaba sobre el escritorio.

—¿Y cuál era? —preguntó Esteban Camilo, con un hilo de voz.

—Bali —respondió Sergio—. Un destino idílico, muy romántico. Tomó el folleto, se despidió cariñosa como siempre y se marchó. Si decides buscarla, al menos sabrás por dónde empezar.

***

Tomó su saco de paño y se alejó de todos. A su espalda escuchó las voces de su familia. «Encuéntrala», suplicó el suegro. «¡Déjala ir, no vale la pena!», le gritó su hermano Mateo. «Hijo, ¿qué vas a hacer?», alcanzó a preguntar su madre, angustiada. «¡Te acompaño!», se ofreció Adriana, la cuñada menor, con una determinación que a esa hora él no supo leer.

Caminó deprisa bajo la llovizna. Pero al llegar a la altura de los sauces, que aún goteaban, se detuvo en seco frente a la imagen de piedra de la Virgen, enclaustrada en su nicho. Se persignó, hincó la rodilla y cerró los ojos. Las mujeres que lo seguían creyeron que rezaba pidiendo un milagro. No rezaba. Imaginaba.

Detrás de los párpados apretados desfiló, en alta definición, el reencuentro de su mujer con aquel hombre sin rostro al que él, por despecho, le dibujó un bigote espeso y mal cuidado. ¿En qué aeropuerto? ¿Cuándo? Retrocedió meses, años. Recordó aquel diciembre, dos cumpleaños atrás, cuando Valeria volvió de un viaje a Europa apagada, distraída, y usó el cansancio como excusa para encerrarse temprano. «¿Quién extendió primero la mano? ¿Cómo fue ese abrazo? ¿La besó con timidez o se permitió juntar su cuerpo al de ella?». Cada imagen que sus celos inventaban le ensanchaba el vacío del pecho.

Abrió los ojos. Se sacó por la cabeza el relicario de plata con forma de corazón que ella le había regalado años atrás, lo enredó con cuidado en las manos extendidas de la Virgen y dejó a la intemperie la foto de su morena, pegada a su mejilla. Suspiró, se levantó y limpió la suciedad de la rodilla. Ya no pensaba alcanzarla. Aquel amor que creyó tan bien atado se había aflojado con los años, con ayuda externa y no tan solo como ella decía, hasta escaparse hacia otros brazos. Marchó hacia el estacionamiento por delante de las muchachas.

***

Las luces de su deportivo fueron las primeras en alumbrar el pórtico de la casa, faltando poco para la medianoche. Detrás llegó el hatchback de su hija. Todo lo encontró igual que siempre: la calle solitaria, la neblina lamiendo el pavimento, el perro del vecino ladrando. Pero el garaje contiguo tenía un hueco donde antes descansaba la camioneta de Valeria. Solo quedaba el espacio vacío, y eso lo dijo todo.

Entró con su hija, con Adriana y con Camila, la novia de Sara. Se repartieron la casa en silencio. Abajo no había nada raro. Arriba, en el vestidor de la alcoba matrimonial, Esteban Camilo se dio de bruces con la nada: el costado entero, antes repleto de ropa y maletines, estaba desnudo, con rastros de polvo recién removido. Inspiró hondo aquel aire enrarecido y lo soltó como quien expulsa una vida. Se había llevado todo. Menos unas pocas hojas perfectamente ordenadas sobre el edredón, y encima de ellas, a modo de pisapapeles, su argolla de mujer casada.

***

—¿Pa? Se llevó hasta sus discos de vinilo —dijo Sara, asomándose—. Lo siento, papito. Te dejó unas páginas y el álbum de ustedes dos, mira…

—Deja eso ahí, Sara. Es algo privado. La escuchaste. —El tono elevado detuvo a la muchacha, aunque alcanzó a ver el anillo brillando sobre el montón de hojas. Él no quiso recogerlas delante de ella; sabía que, al leerlas, se derrumbaría.

—¿Te sientes muy mal? Estás lívido. Si quieres me quedo contigo.

—Necesito un poco de soledad, cielo. Un trago frente a la chimenea y estaré bien. Ve a tu presentación, un compromiso es un compromiso. —Le acarició la coronilla—. Pero antes, hija… tú ya sabías todo esto. ¿No es verdad?

La pregunta le cayó como un baldado de agua fría. Sara Valentina sintió que las piernas le fallaban, pero al estar tan pegada a su padre, él no notó cómo le bombeaba el corazón.

—Tienes razón, papi, y lo siento. Mamá me llamó al aterrizar y me pidió que le empacara la ropa. La oí llorar y me juró que te lo iba a explicar. Jamás imaginé que lo haría así, delante de todo el mundo.

—No hablo de esta noche. Hablo de antes. De esas peleas entre tú y ella de los últimos meses. ¿Qué pasó?

El llanto le hizo fiesta en los ojos. Tiritando, no encontró otro camino que confesarse.

—Hace un par de años, en el centro comercial, ella saludó de lejos a un señor con bigote sentado en la sala VIP del cine. Me dijo que era un viejo amigo, pero le tembló el párpado, ese tic que le da cuando la pillan. Ninguno de los dos se acercó a saludar de verdad. Me pareció rarísimo.

—Sigue.

—Otro día la encontré en la cocina hablando por teléfono. No reía con sus carcajadas de siempre, papito; reía bajito, haciendo pausas, enredándose un mechón en los dedos. Hablaba… más sensual. Me pilló escuchándola, colgó de golpe y me regañó por espiarla. Ahí empecé a sospechar que tenía algo con alguien, pero sin pruebas no podía acusarla.

Esteban Camilo sintió un corrientazo recorrerle la espina.

—Hasta que un día —siguió Sara, secándose las lágrimas— fui con Camila a un lugar discreto, ya sabes para qué. Y cuando estábamos por entrar, vi bajar a mamá por la escalera, con el pelo húmedo y muy sonriente, abrazada a ese mismo señor. Quedamos en shock las dos. Las tres.

—¿Y por qué no me buscaste, si tenías la prueba?

—Porque soy una idiota que prometió guardar un secreto. Pensé que te destrozaría, que aniquilaría la familia. Hablé con ella y me pidió perdón. Me juró que fue solo esa vez, un desliz, que lo tenía todo bajo control. Y le creí, porque ustedes seguían igual de enamorados. Besos, bromas, miraditas. Hasta se escuchaba todo lo que hacían de noche desde mi cuarto. Supuse que aquello había quedado en el olvido.

—Pues ya ves que no. Debiste hablar conmigo, hija. Por más pequeña que sea, una mentira siempre deja huérfana la confianza. No lo olvides. Ahora ve, que te esperan.

—Pero papi, si ya andaba con ese tipo… es que ya no te amaba.

—Tal vez debí poner más atención. Intentar enamorarla de nuevo. —La abrazó y la dejó marchar.

***

Sara y Camila terminaron de cargar sus cosas. Esteban Camilo estaba en la cocina cuando Adriana, su cuñada, se le acercó por la espalda y lo rodeó con los brazos, como acostumbraba.

—Lo lamento tanto, Esteban. Mi hermana es una estúpida por dejarte, y más ruin todavía por hacerlo en tu cumpleaños, usándonos a todos para distraerte y huir sin dar la cara.

—Estoy destrozado, Adri. ¿Qué voy a hacer sin ella?

—Tranquilo. Yo me quedo contigo hoy, y los días que hagan falta. Te quiero mucho, lo sabes. Puedes contar conmigo para lo que sea. —Sus manos se demoraron un instante de más sobre el pecho de él, y su voz se había vuelto baja, espesa, distinta a la de una simple condolencia.

—Gracias, Adri, pero pienso que…

—¡Tía! ¡Nos vamos ya! —La voz de Sara cortó el aire. Apareció en la puerta y no le hizo ninguna gracia encontrarlos así—. Mi papá necesita estar solo. Vámonos.

Adriana se desprendió de él de mala gana. Discutieron un momento en voz baja, hasta que la sobrina ganó. Le entregó a la tía las llaves de la camioneta —ya que ella no bebía, sería la conductora— y se despidieron.

—No vayas a hacer locuras, papi. ¡Te amo! —gritó Sara desde la ventanilla, antes de que el motor se las llevara.

***

Solo al fin, Esteban Camilo subió a la alcoba, apartó con rabia la alianza que reposaba sobre las hojas y bajó con ellas arrugadas en el puño, dispuesto a acompañar su dolor con algo de ardor. Bar abierto, botellas dispuestas, silencio sepulcral. La copa de cristal se quedó vacía sobre la encimera cuando dos timbrazos lo hicieron levantar la cabeza.

Supuso que era su hija, que por enésima vez habría olvidado las llaves. Escondió la botella tras la espalda para ahorrarse el sermón y abrió descuidadamente la puerta, ya girándose para seguir sirviéndose.

—Buenas noches. ¿Puedo pasar?

Aquella voz grave, casi gruñida, tan extraña en su casa a esa hora, lo detuvo en seco y lo obligó a darse la vuelta.

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Comentarios (5)

Matias_cba

tremendo!! me dejo con la boca abierta

SandraLec88

Necesito saber quien era el otro hombre, por favor seguí escribiendo. Me quedé sin palabras con el final

LectorPasional

Que escenario mas cruel... en el cumpleaños y delante de todos. La tension que transmite es brutal, muy bien narrado

GabiN_23

Buenisimo, sigue asi!!

lectora_nocturna22

Me revolvió el estomago de lo que se siente real. Tremenda pluma, en serio

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