La mañana que engañé a mi marido por unas medias
Tengo muy claro que la culpa de todo lo que pasó aquella mañana fue de mi cuñado. Como casi cada día, se me había echado el tiempo encima. Los niños estaban revoltosos, reaccionando a su manera a la novedad de que ese día les tocaba a su padre llevarlos al colegio. El mayor jugaba con la leche, la mediana acusaba al pequeño de quedarse con la tostada más grande, y él no paraba de repetir en voz alta una lección de sociales solo para hacerla rabiar.
Después tocaba asearlos y vestirlos, así que apenas me quedó tiempo para mí misma, por más que mi marido hiciera lo que podía dándoles el último repaso a los tres a la vez. Sin tener una idea clara de lo que quería ponerme, me vestí a toda prisa.
Primero unas medias negras, las primeras que pillé del cajón. Luego un sujetador cómodo de nailon, una falda de tubo estrecha y elástica de color azul marino y una blusa blanca sencilla. Me calcé unos zapatos de medio tacón, me maquillé deprisa en el espejo del recibidor y me despedí de los peques y de mi marido, que en ese momento intentaba meter una manzana en la mochila de la niña sin aplastarle el bocadillo.
Salí de casa con el pelo todavía húmedo, el bolso sin cerrar colgando del hombro y esa sensación de ir a medio gas que me acompaña casi todas las mañanas. Pero ese día no iba al cole con ellos: iba a desayunar con otros padres, y eso me animó.
Aquella costumbre había empezado tiempo atrás. Un grupito que habíamos hecho buenas migas decidimos que, una vez cada dos semanas, nos sustituirían nuestras parejas para darnos un pequeño respiro. Si al principio todo era muy informal, con el tiempo Rosa empezó a venir cada vez más arreglada, con el pelo demasiado bien peinado para ir de diario, e incluso se atrevía con tacones de aguja. Cuando Carmen empezó también a aparecer con ropa más ajustada y un maquillaje muy llamativo, entendí que las dos iban detrás de Diego, recién divorciado y con esa barba perenne de tres días.
Los demás nos fuimos contagiando de esa forma desinhibida de vestir. Yo aproveché para recuperar una ropa más atrevida que había dejado atrás después de los embarazos y para probar otros maquillajes. En esa hora del desayuno volvía a sentirme viva, deseable otra vez. Quitando el duelo de Rosa y Carmen, había un flirteo inocente que le subía la autoestima a todo el grupo.
Abajo ya me esperaba mi cuñado en su coche, con el motor encendido y apoyado en el volante leyendo algo en el móvil. Cuando me vio acercarme, sonrió, me abrió la puerta del copiloto y soltó muy relajado:
—Venga, que llegas tarde.
Me dejé caer en el asiento con un suspiro de alivio. El olor a coche nuevo, que conservaba a pesar de los años, y su manera de conducir, de chófer profesional, me relajaron al instante, aunque no terminara de sentirme cómoda con la ropa.
Empezamos una conversación neutra, de esas que sirven para llenar el silencio. Le pregunté por mi hermana, por su trabajo en concreto, y él me dio la respuesta vaga de siempre, aunque me sirvió para matizar lo que ella me contaba. Enseguida me devolvió la pelota preguntando por qué mi coche seguía en el taller. Le conté lo de la pieza que no llegaba, lo del mecánico que ya ni contestaba los mensajes, y mientras hablaba noté una mirada fugaz suya a mis piernas.
Sabía que esa falda tendía a subirse, más aún por lo descuidada que me había sentado. Pero con un solo vistazo entendí que el motivo de su mirada era otro. Las medias estaban mal puestas, marcando unos pliegues horribles en el muslo, y comprendí que la sensación incómoda que arrastraba desde que me subí venía de ahí: el nailon de la otra pierna se me había arrugado justo por debajo de la braguita.
Seguía medio dormida, con el piloto automático de las mañanas de madre, así que sin pensarlo dos veces levanté el culo del asiento y empecé a estirarlas. Primero tiré de la zona de los muslos hacia arriba, alisando con las palmas abiertas, luego subí las manos por las caderas para que la cintura quedara lisa contra la piel. Movimientos rápidos, precisos, automáticos, los mismos que hago mil veces delante del espejo del baño. Pero en cuanto me dejé caer de nuevo en el asiento, fui consciente de lo inadecuado que había sido hacerlo delante de mi cuñado.
Para colmo, lo hice con el coche parado en un semáforo, así que él lo vio todo. Seguramente iba en piloto automático como yo, porque no perdió detalle de la maniobra hasta que, rojo como un tomate, miró al frente y apretó el volante con los dientes apretados. Yo también me puse colorada, y nos quedamos en un silencio que solo dejaba claro que entre él y yo se interponía una falda corta y mis muslos. Carraspeó, fingió ajustar el retrovisor, manoseó el móvil, y yo me quedé mirando por la ventanilla como si los viandantes adormecidos fueran lo más interesante del mundo.
Pero por dentro algo acababa de encenderse. Ahora sentía el nailon perfectamente estirado rozándome la piel, la falda elástica cada vez más subida dejándome demasiado expuesta y unas mariposas trepándome por el vientre. Más allá de la vergüenza, empezaban a despertarse ciertas fantasías sobre el grupo que me esperaba en el bar. No pensaba en mi cuñado, que no me interesaba en ese sentido, sino en que iba a despertar un deseo poco inocente en más de uno.
Cogí el móvil y me hice un selfie para avisar al grupo de que ya me quedaba poco. Esa vez, la mirada de mi cuñado fue de lo más natural, y tener la falda cada vez más corta me pareció un detalle irrelevante.
Llegamos a destino. Antes de cerrar la puerta, me agaché un poco más de lo necesario para despedirme.
—Gracias por traerme, guapo —le dije, rebuscando algo en el bolso para darle la oportunidad de mirar por el escote de la blusa.
No había mucho que ver, la verdad, porque la prenda no estaba hecha para esos juegos, pero a mí me reactivó lo de las mariposas. Cerré la puerta muy colorada, incapaz de frenar esa sensación de volver a ser deseada. Creo que tenía que ver con que hacía meses que mi marido y yo no nos acostábamos, y mi cuerpo pedía a gritos esos pequeños estímulos.
Antes de dar un paso me alisé la falda, y hasta que no me alejé unos metros el coche no arrancó. La idea de que mi cuñado se haría una paja pensando en mí no me dejó pensar en otra cosa mientras caminaba. Ahí me di cuenta de que me había equivocado con el sujetador, porque los pezones rozaban contra la tela y se me ponían cada vez más duros. Cuando llegué a la mesa de mis amigos, la humedad caliente que tenía entre las piernas me hizo sentir un poco tonta por dejarme llevar así.
***
Noté las miradas encima. Rosa me sonreía con una mezcla de envidia y complicidad, como si me hubiera unido a su cruzada. Carmen me recorrió de arriba abajo con los ojos y soltó medio en broma:
—¡Vaya, hoy vienes cañera!
Y por la cara de los demás, todo indicaba que sí, que iba cañera. Diego, el recién separado, sentado entre las dos, me miraba con la taza entre los dedos sin decidir si beber o dejarla en el plato. El resto me saludó con medias sonrisas y miradas que se demoraban entre mis piernas. Nacho, otro padre, me hizo un hueco y me senté a su lado. Me dijo que me sentaba muy bien el azul, por la falda, y le agradecí el cumplido.
Mientras pedía mi café, una vibración del móvil me dio la excusa para respirar. Era una madre avisando de que no podía venir, pero me sirvió para ver mejor la foto que les había mandado en el coche. Estaba realmente bien, no me cuesta reconocerlo. Me han pedido que sea sincera al escribir esto, y reconozco que siempre he sido muy coqueta. Un segundo vistazo me explicó las miradas: los muslos lucían perfectos y más de uno se podía imaginar el color de mis braguitas. Me dieron ganas de borrarla, pero ya era tarde para eso y guardé el móvil.
Nacho, tan extrovertido como siempre, ese día estaba más pendiente de mí. No diría que estuviera tocón, pero me rozó la mano varias veces, algo que nunca había hecho, y cuando me dio unas palmaditas en el brazo miré hacia abajo y vi que la falda, al cruzar las piernas, se me había subido otro poco más de lo que me hubiera gustado. Mantuvimos una conversación más de dos que de grupo, como si él buscara mi cercanía. Me hablaba mirándome a los ojos, pero de vez en cuando bajaba la vista a mi boca, y yo, por puro reflejo, también miraba la suya.
Nacho ganaba mucho en las distancias cortas, y me ruboricé. Volvió a tocarme el brazo y esa vez ya no me resultó extraño. Como si hubiera activado un mecanismo, sentí otra vez ese calor entre las piernas y los pezones se me endurecieron. Nunca me había pasado con los burdos juegos de flirteo de siempre, y deseé acabar la reunión, ir al trabajo y volver a casa para ducharme antes de que llegasen los peques con su padre.
Llegó el momento de la despedida. Cuando ya estábamos de pie y la gente empezaba a recoger bolsos y mirar el reloj, Nacho se acercó más. Su mano bajó despacio por mi espalda, primero sobre la blusa, luego se coló justo en la base de la espalda, donde la falda empieza a ceñirse. No fue agresivo; fue exploratorio. Sentí sus dedos cálidos presionando un poco, trazando una línea casi sobre el elástico de las medias.
Desde que estaba con mi marido, cuando un hombre me tocaba así yo lo ignoraba y me apartaba con educación, sin dramas. Ese día, confiada en que la reunión había terminado y cada uno se iría a lo suyo, no hice nada. En realidad me estaba recreando en el calentón que me provocaba su mano, mojando otra vez las bragas sin remedio.
Me giré un poco para despedirme de Rosa con dos besos, y al hacerlo mi cuerpo rotó contra el de Nacho. Mis nalgas rozaron su ingle de una forma no planeada, o al menos no del todo consciente, pero ninguno de los dos se apartó. Al volver a mi posición me froté contra él otra vez, despacio, deliberadamente. Noté cómo algo se ponía duro bajo sus vaqueros. Su mano bajó un centímetro más, con los dedos abiertos sin llegar a tocarme el culo. Era todo lo que podía hacer sin llamar la atención en la terraza. Yo había entendido el mensaje, y el clítoris me empezó a latir recordándome cuánto tiempo llevaba sin sexo de verdad.
Nos quedamos casi solos sin darnos cuenta. Me temblaba la voz cuando dije, ahogada:
—Bueno, habrá que irse.
Lo dije dejando en el aire que buscaba una excusa para no hacerlo. Él, no menos nervioso, respondió sin pensar que se había olvidado la bolsa con el portátil en casa y que tenía que subir a por ella. Y terminó con un:
—¿Me acompañas?
Eso convirtió en certeza física la sensación de tener las bragas empapadas.
***
Nacho vivía al lado de la cafetería, una de las razones por las que quedábamos allí, y enseguida cruzamos su portal. Agradecí que todo estuviera tan cerca, porque las braguitas, con tanta humedad, se me pegaban a cada pliegue del sexo con cada paso, y crecía en mí la necesidad imperiosa de quitármelas. Con una sincronización perfecta, el ascensor nos esperaba en la planta baja, como animándonos a no perder tiempo.
En cuanto se cerraron las puertas, no aguantamos ni dos segundos. Me empujó contra la pared del fondo y me besó con hambre, la lengua buscando la mía de inmediato. Le devolví el beso con la misma urgencia, las manos en su nuca tirando de su pelo, sintiendo su erección apretarse contra mi vientre. El ascensor llegó demasiado pronto al octavo piso, justo cuando su pulgar comprobaba lo fino del sujetador al rozarme el pezón.
Salimos tambaleándonos. Abrió la puerta con manos temblorosas y entramos directos al pasillo. La casa estaba revuelta, con juguetes por el suelo y olor a leche y a mantequilla, lo normal con dos niños pequeños. No nos paramos a mirar nada. Fuimos al dormitorio principal sin hablar.
La cama de matrimonio estaba sin hacer, las sábanas arrugadas, una camiseta de Lucía, su mujer, mi amiga, tirada en medio. Iba a follar en su cama, con sus sábanas, con su marido. Me quité los zapatos infinitamente más cachonda. No hubo preliminares ni palabras bonitas. Solo prisa.
Me bajé la falda de un tirón y la dejé caer al suelo. Sentada en la cama, las medias se me engancharon en un pie mientras intentaba quitármelas, con la braguita negra detrás, empapada, brillante de humedad. Él se sacó los vaqueros y los calzoncillos de un solo movimiento y se quedó con la camisa, el jersey y los calcetines puestos.
Al verme con las piernas abiertas peleando con la ropa enganchada en el pie, no aguantó más y se abalanzó sobre mí, tumbándome boca arriba. Los dos medio desnudos en la parte que importaba. Se colocó encima, la polla dura y caliente rozándome el interior del muslo antes de entrar de una embestida, facilitada por lo empapada que estaba. Gemí fuerte cuando me llenó entera, y él respondió con un gruñido. Empezamos a movernos sin ritmo al principio, pero con muchas ganas de sentirnos, él empujando profundo, rápido, haciendo crujir la cama mientras mis jadeos se mezclaban con los suyos.
Fueron minutos en los que nos comunicábamos solo con respiraciones entrecortadas. El roce húmedo de su polla entrando y saliendo, mis gemidos y sus gruñidos bajos cuando parecía hundirse más. Yo tenía las piernas abiertas alrededor de sus caderas, las dichosas medias aún enganchadas en un tobillo como un grillete ridículo que me recordaba lo improvisado y urgente de todo. El sujetador me apretaba los pechos, y el roce de su jersey no solo me daba más calor, sino que me hipersensibilizaba la areola.
El peso empezaba a agobiarme y me cansé de tenerlo encima. También quería sentirlo más adentro, más salvaje, así que le empujé los hombros y me giré. Me puse a cuatro patas sobre las sábanas revueltas, el culo en alto, las rodillas hundidas en el colchón. Me arranqué la media que aún colgaba del pie y la tiré al suelo. Él se colocó detrás al instante, me la metió entera, se quitó el jersey con la camisa y los lanzó a un lado, me agarró las caderas con fuerza, salió hasta la punta y volvió a entrar de golpe.
Gemí más alto esa vez, excitándome todavía más al ver que no intentaba frenar el ruido que estaríamos haciendo. En casa no podemos follar así, ni cuando no están los niños. Lo que me hacía gritar no era solo el morbo de mi infidelidad, ni hacerlo en la cama de Lucía con su propio marido, sino el cambio de ángulo, que llevaba su polla directa al punto que tenía meses desatendido.
Empezó a follarme con más ritmo, más bestia, el choque de nuestros cuerpos resonando por toda la casa. Yo me agarraba a las sábanas, oliendo la almohada de Lucía, empujando hacia atrás para encontrarme con él. Vi la foto de familia en la mesita, con los tres niños y ella sonriendo a cámara, y me sentí más sucia y más excitada todavía. Mientras él me embestía, no pude evitar fantasear con que mi cuñado no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, ni de que otro hombre cumplía lo que yo estaba segura que era una fantasía suya.
Estaba tan convencida de eso como de que me había vuelto a hacer una foto a escondidas en el coche, con la falda subida. Nacho me sacó del pensamiento al darme con la polla en un punto nuevo, y apreté la vagina como respuesta agradecida.
—Joder, qué apretada estás —gruñó.
De repente se tensó y me avisó, con la voz ahogada, de que se corría. Le dije que no había problema, que tomo la píldora y que él era de fiar. Con vía libre me folló más fuerte, más rápido, golpeando el cabecero contra la pared mientras yo me abandonaba a mis gemidos. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí, cómo latía, y luego el calor de su corrida llenándome entera. Paró en seco, jadeando, las manos sujetándome los muslos y la polla aún dentro unos segundos, como si no quisiera salir.
Cuando la sacó, noté la humedad escurriéndome por la entrepierna, mezcla de mi flujo, el sudor y su semen. El silencio en la casa era sepulcral, hasta que empezamos a oír el tráfico y algún ruido del edificio. El miedo llegó de golpe, como un cubo de agua fría. Quizá habíamos hecho demasiado ruido. Quizá Lucía se daría cuenta. No lo hablamos, pero era evidente que él pensaba lo mismo que yo. Nos aseamos por turnos en uno de los baños. Me dio una toalla pequeña y limpia que luego usó él. Salimos casi sin hablar, solo un «nos vemos» seco en el portal.
***
Dos ideas se me enredaron en la cabeza. La primera, que yo no había llegado al orgasmo, porque me había dado corte tocarme delante de él y tenía el sexo hinchado y muy sensible. La segunda, que no podía presentarme en el trabajo con buena parte de su semen aún dentro, mezclándose con mi flujo, todavía bajo el efecto del polvo. Así que mandé un mensaje a la oficina diciendo que llegaría más tarde por «un imprevisto familiar». Volví a casa sola, en taxi, con la cabeza llena de remordimientos que aún no sabían si eran de culpa o de ganas de repetir.
Llegué con las piernas menos temblorosas y el sexo menos sensible. Cerré la puerta, me quedé en el recibidor y me miré en el espejo. Pensé que quizá, con el calor del momento, había exagerado mis emociones. No estaba despeinada y la ropa estaba bien puesta. Me subí la falda y ahí estaban de nuevo, escondidas, las arrugas de las medias. Me las estiré y caí en la cuenta de que esa mañana tres hombres distintos me habían visto hacer ese gesto. El sexo me respondió con una palpitación.
El silencio era absoluto en mi casa, como en la de Nacho. Me dije que por cinco minutos más para mí, privados, no pasaba nada. Me quité los zapatos de un puntapié, dejé el bolso en el suelo y fui directa al dormitorio. La persiana a medio bajar me dejaba la luz justa. Me excitaba no tocar nada más de lo necesario, como si fuera una espía en mi propia casa.
Me desnudé del todo, empezando por el sujetador y dejando para el final las braguitas mojadas. Las olí y me empapé de mi propia esencia y del olor del semen de ese otro hombre que no compartía mi cama. Saqué de su escondite dos juguetes que guardaba fuera del alcance de los niños y me tumbé boca arriba.
Comprobé que el vibrador con forma de polla estuviera limpio y que el succionador funcionara bien. Abrí las piernas y me apliqué sin preámbulos. Primero puse el succionador directamente sobre el clítoris hinchado, todavía sensible por las embestidas de Nacho, y el zumbido suave me hizo arquear la espalda al instante. Gemí bajito, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Con la otra mano me metí el vibrador, despacio al principio pese a lo fácil que entraba por el exceso de lubricación, y luego lo empujé hasta el fondo y lo puse en modo medio. No me esperaba la reacción inmediata de mi cuerpo a aquel doble estímulo. Cerré los ojos y fue como si el succionador tomara el control de mi mano temblorosa y supiera exactamente qué hacer para llevarme a ese estado en el que se le olvida a una respirar.
Con la otra mano metía y sacaba el consolador como si no fuera mi cuerpo, o como si me lo estuviera metiendo mi cuñado dándome duro por guarra, o fuera la polla desatada de Nacho, o la de mi propio marido castigándome merecidamente por ser tan puta. El orgasmo llegó rápido. Pero no fue suficiente.
El vibrador se quedó sin pilas en plena primera sacudida, se apagó de golpe y me dejó casi gimiendo de rabia. Lo metí hasta el fondo y me concentré en el succionador, poniéndolo de lado para poder frotarme a la vez. Un espasmo me sacudió entera anunciando la segunda parte del orgasmo. Fui relajando el vientre poco a poco, la espalda sudada, y todavía convulsioné una vez más.
Después vino el silencio, otra vez. Y el remordimiento. Me levanté y me duché con agua muy caliente hasta que la piel se me puso roja. Para vestirme me puse de nuevo la misma ropa, por si mi marido notaba algún cambio, con la salvedad de unas braguitas limpias muy parecidas a las de la mañana. Salí a la calle como si nada hubiera pasado.
En los días siguientes intenté no pensar en la próxima reunión de padres, ni en Nacho, ni en lo peligrosamente cerca que vivía del punto de encuentro. Más fácil me resultó no pensar en mi cuñado, a pesar de que toda la culpa había sido suya, por mirarme de aquella manera y hacerme imaginar lo que estaría pensando.