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Relatos Ardientes

Su marido nos miró toda la noche en el hotel

Saqué los dedos empapados y se los acerqué a la boca. Renata los chupó despacio, sin apartar los ojos de los míos, y después los probé yo. Ella se rió con esa mezcla de asco y placer que tenía siempre a flor de piel, y se acomodó la parte de abajo de la bikini. Me pidió que le anudara las tiras de la espalda, suspiró largo y se sentó sobre la lona. La arena debajo de ella era un charco. Tomó el bronceador y empezó a untarse los brazos, el vientre, las piernas, como si no acabara de venirse en plena playa.

Aníbal seguía ahí, a un costado, casi invisible. Sentado en la reposera, había tratado de disimular cómo se tocaba por encima del short mientras yo le hacía eso a su mujer. Cuando se levantó tenía la mancha húmeda marcada en la tela.

—Me voy al agua, necesito enfriarme —dijo, y caminó solo hacia la orilla.

Me quedé en la sombra de la sombrilla, pensando. Estaba en un lugar lleno de gente, acababa de meterle los dedos a una mujer, su marido lo había visto todo, y algún que otro bañista también. Los tres habíamos sentido placer, cada uno desde su lugar. Lo que habíamos hablado por mensajes durante semanas —el dominio de ella, la sumisión de él— resultaba ser cierto. Y mi deseo de domar a esa yegua se volvía más intenso justo por eso: porque él estaba ahí para verlo.

—Pensé que iba a hacer más calor —dijo ella, mirando mi equipo de mate—. Cuando vi que traías la matera me pareció un desubicado, pero la verdad es que está perfecto para unos amargos.

Saqué el mate, la bombilla y la yerbera, y se los puse en la mano.

—Tomá, cebá vos.

Me miró como si le ofreciera algo prohibido. Una mujer acostumbrada al café de cápsula y a que su marido le hiciera todo no sabía qué hacer con eso.

—No sé cebar yo —dijo, devolviéndome el desafío.

—Tomá, te enseño.

Se quitó los anteojos de sol y me clavó la mirada, entre la risa y la rabia.

—Sos un hijo de puta perverso —dijo, y se rió.

***

Aníbal volvió del agua y se plantó frente a mí como reclamando la reposera. Sin mirarlo demasiado, le señalé la arena con la mano. Renata observó la escena con un brillo de placer en los ojos. Tomamos mate, charlamos, y después ella y yo volvimos al agua. Nos arrodillamos con el agua a la cintura y aproveché para acercarme y empezar a manosearla por debajo de la superficie.

—Pará, que nos miran —dijo, girando la cabeza para todos lados—. No vamos a dar un espectáculo acá.

No me detuve. Sabía que ahí no podíamos hacer nada, pero me encantaba provocarla, incomodarla, verla nerviosa. Le recorrí los muslos, el vientre, las nalgas, los pechos. Lo disfrutó un instante antes de cortarme.

—Pará, boludo —dijo, acomodándose la ropa y poniéndose de pie. Después me miró y se rió—. Sos un perverso, ¿eh?

El mediodía caía a pleno y el sol empezaba a pegar fuerte. Yo tenía que irme. Quedamos en encontrarnos esa noche en su hotel para cenar. Los llevé en el auto hasta el alojamiento. Aníbal bajó primero; ella se quedó un segundo conmigo adelante. La tomé de la nuca y le di un beso largo, caliente, de lengua. Ella estiró la mano y me apretó por encima del pantalón.

—Mirá cómo quedó esa verga —me dijo al oído—. Ya va a tener su premio.

Se dio vuelta y se fue moviendo las caderas. Aníbal lo vio todo. Yo quedé loco de calentura.

***

A la noche llegué al hotel, que tenía un restaurante elegante. Aníbal ya estaba sentado a la mesa, escribiendo algo en el teléfono. Lo saludé, me senté y empezamos una charla amable y vacía. Al rato la vi aparecer a lo lejos, y como todos los hombres del salón, no pude dejar de mirarla. Zapatos rojos, un pantalón negro de tiro bajo pegado al cuerpo, una musculosa de breteles que dejaba ver su espalda, una cadena de oro blanco, el pelo ondulado suelto como la melena de una leona. Caminaba lento, sabiéndose observada.

Le dio un beso corto a Aníbal y a mí me dejó dos besos marcados en la mejilla.

—Viste que aprendí, acá se dan dos —dijo, y enseguida tomó una servilleta y me limpió el labial de la cara.

Nuestra mesa estaba en un rincón junto a la ventana, con mantel blanco que caía casi hasta el piso. Yo había llegado con un solo objetivo, y después de lo de la mañana no podía pensar en otra cosa. A esa altura tenía clarísimo que Aníbal era un adorno, un cornudo al que lo enloquecía ver a su mujer con otros. Y ella, una abogada de traje y carpeta que por dentro era pura hembra en celo.

Vino el mozo. Pedí una botella de tinto.

—De entrada el vino, me querés emborrachar —dijo ella.

—Quiero que te desinhibas, así abrís más rápido las piernas —contesté, casi sin filtrar la calentura.

Se rió.

—Qué directo que sos. Me decís eso delante de mi marido.

—Tu marido no existe. Es un pobre cornudo.

Hubo un silencio de segundos que parecieron eternos. Yo me la estaba jugando entera. Entonces ella estiró la mano, le acarició la cara a Aníbal y dijo:

—Te amo, mi cornudito hermoso.

Los tres nos reímos.

***

Cenamos pescado de río y vino, mientras Aníbal tomaba gaseosa y casi no hablaba. Ella acaparaba la mesa entera. La charla se fue llenando de doble sentido, de chistes con filo. Como si nada, bajé la mano por debajo del mantel y se la apoyé en el muslo. Ella hizo una pausa, me miró fijo y puso su mano sobre la mía para frenarme. Empezó un juego de avance y retroceso mientras seguíamos hablando.

—Pará, que ahí hay un colega que estuvo en un congreso conmigo, con la esposa —dijo, cuidando su imagen.

Me detuve, pero apenas aflojó la mano avancé hasta la entrepierna. Ardía a través de la tela del pantalón, y los pezones se le marcaban como dos picos bajo la musculosa. Me miró con odio y reproche, pero se dejó.

—Listo —dijo, sacándome la mano—. Estás muy caliente.

—Seguro vos estás toda mojada.

Llegaba el mozo con los postres. Subí la mano a la mesa como si nada.

***

Pagué la cena. La cosa no daba para más; los dos estábamos al límite.

—Estamos en tu hotel, vamos a tu habitación —dije.

—Dale —contestó ella, levantándose.

Aníbal hizo lo mismo. Lo miré.

—No. Vos no.

—¿Y yo qué hago? —preguntó, sorprendido.

—No sé. Arreglate.

Bajó la cabeza, humillado. Ella y yo salimos adelante, él detrás, hasta el lobby. Nosotros encaramos al ascensor; él, a la puerta de la calle.

—¿Qué piso? —pregunté.

—Séptimo —dijo ella—. Sos un hijo de puta, lo humillaste delante de todo el mundo. Por suerte acá no nos conoce nadie.

—Callate, que a vos te encanta. Y a él también.

La arrinconé contra el espejo del ascensor y le di un beso mientras le apretaba los pechos. En el pasillo la dejé caminar adelante y le toqué las nalgas.

—Pará, me tratás como una puta —dijo.

—Esta noche sos mi puta. Mi putita.

Se rió y caminó delante de mí exagerando el movimiento de las caderas hasta la puerta de la habitación.

***

Adentro fue un desastre, en el mejor sentido. Esa mujer de traje y oficina se convertía a puertas cerradas en una hembra desbordada. Me empujó contra la puerta, me besó con furia y me agarró por encima del pantalón. Mi saco cayó al piso. Me tiró de la camisa hasta hacer saltar los botones, los breteles de su musculosa se cortaron, y mis manos fueron directo a su cremallera. Avanzábamos hacia la cama entre frases que sonaban como golpes: hijo de puta, te voy a coger como una yegua, calentón de mierda. Insultos y deseo, todo junto.

La separé de los hombros y la empujé sobre el colchón. Volaron los zapatos. Le levanté las piernas y le saqué el pantalón y la bombacha de un tirón. Quedó desnuda, entregada. Me paré frente a ella.

—Acá estoy. Vení, desvestime y disfrutame, como prometiste.

Se acercó gateando por la cama, despacio. Me sacó la camisa, me bajó el pantalón, me dejó en ropa interior. Empezó a besarme el cuello, el pecho, me mordió los pezones mientras me arañaba la espalda y bajaba hasta arrodillarse. Me besó por encima de la tela, acariciándome las nalgas, hasta que tomó el elástico y bajó la prenda lentamente, justo frente a su cara.

—Mmm… mirá cómo te puse —dijo, y se rió.

Entre nosotros había un juego silencioso. Ella estaba acostumbrada a mandar; yo no iba a dejar que me pasara por encima. Pero algo me decía que en el fondo quería justo lo contrario: entregarse, dejar de pensar, que alguien le hiciera. Me lo había escrito una vez: quiero un macho de verdad. Esa noche yo estaba dispuesto a serlo.

Me tomó con la boca, primero la punta, después entera, mirándome a los ojos. La sujeté de la nuca y empecé a mover las caderas, despacio y después más firme. Tuvo arcadas, intentó zafarse y no la dejé del todo; la liberé justo a tiempo. Tenía los ojos llorosos, el maquillaje corrido, un hilo de saliva uniéndola conmigo. Tosió y me clavó las uñas en las caderas.

—Hijo de puta, me querés ahogar —dijo.

—Te gusta, putita —contesté, medio sonriendo.

—Tirate en la cama, que te quiero chupar todo.

***

Me acosté boca arriba. Ella se puso boca abajo y empezó a hacerme algo nuevo. La hice parar.

—Date vuelta y ponete en cuatro.

Lo hizo sin dudar, dejando las nalgas en pompa. Me arrimé a su nuca, le soplé la piel y le hablé bajo:

—¿Qué querés?

—Haceme lo que quieras.

—¿Qué sos?

—Soy tu puta.

—¿Y qué más?

—Tu mujer…

—No. ¿Qué sos? —insistí.

—Tu hembra.

—Más fuerte.

—¡Soy tu hembra, haceme lo que quieras! —dijo con una voz que le salió del estómago.

Me apoyé sobre su espalda, le mordí el cuello, le besé toda la columna hasta hacerla temblar. Bajé hasta las nalgas, las mordí, se las abrí con las manos y recorrí con la lengua. Su olor —sudor, deseo, hembra en celo— me golpeó directo. Le metí la lengua y bajé hasta su sexo empapado mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Al primer contacto gimió y se le erizó la piel, empujando hacia atrás para atraparme la cara entera.

El espejo del placard reflejaba la escena: ella en cuatro, yo detrás, comiéndola como una fiera. Gemidos, lengüetazos, olor a sexo y a vino. Calentura total.

La di vuelta boca arriba y subí a besarla, todavía con su sabor en la boca, mientras le rozaba el clítoris con mi sexo. Le besé los ojos, las orejas, el cuello, los pechos. Le junté los pezones y los recorrí con la lengua dando pequeños mordiscos. Bajé por el vientre hasta el ombligo, y de ahí a su destino. Le abrí el clítoris con dos dedos y pasé la punta de la lengua, mientras buscaba con los dedos su punto exacto.

—Pará, que me vengo —dijo.

—Dale, dame.

—Ahí viene…

—Dale, acabá —dije, apartando la cara y acelerando la mano.

Sus líquidos saltaron en pequeños chorros. No podía cerrar las piernas. Abrió la boca, entornó los ojos y me apretó la muñeca con fuerza. Después se aflojó entera.

—Guacho, me hiciste acabar sin cogerme —dijo.

—Te avisé que no la meto sin hacer acabar antes a la mujer. No me creíste.

—Ahora cogeme, te quiero sentir.

***

—Antes vamos a hacer una cosa —dije—. Agarrá el teléfono y hacele una videollamada a tu marido.

—¿Qué…?

—Llamalo. Quiero que vea cómo me cojo a su mujer.

—Hijo de puta, lo querés humillar en serio. Me encanta.

Entró a la aplicación e hizo la llamada. Sonó una vez, dos, y él atendió.

—¿Está todo bien? —preguntó, asustado.

—Sí, sí. Él me pidió que te llamara —dijo ella, y me pasó el teléfono.

—Hola, cornudo —dije, mirándolo a la cámara—. Me estoy por coger a tu mujer, a la madre de tus hijos. Quiero que mires.

—Pará, que estoy en un bar esperando.

—Ya me la cojo. No me importa dónde estés.

La imagen se movió: lo vi llamar al mozo, pagar y salir apurado. Apoyé el teléfono en la mesita, a un metro de la cama. Ella estaba inmóvil, sin reacción por primera vez en toda la noche, mirando el rostro de Aníbal en la pantalla. Me puse entre sus piernas y froté mi sexo contra el suyo. Reaccionó.

—¿Cómo nos estás haciendo esto? —dijo.

—Callate. Si te gusta que el cornudo mire. Te encanta humillarlo.

—Sos un perverso de mierda, hijo de mil putas… me encanta.

Con la última palabra se la metí entera, de una, hasta el fondo, para callarla. Sus quejidos se mezclaron con mis jadeos. La dejé adentro un instante y después salí despacio, sintiendo cada pliegue, su interior ardiendo y resbaladizo. Jugué en su punto con la cabeza apenas adentro y volví a entrar, subiendo el ritmo. Los dos éramos una olla a presión. Sentí el cosquilleo y paré.

—Date vuelta, ponete en cuatro.

En la mesita seguía la imagen de Aníbal, ahora sentado en un banco de plaza, semioculto en la sombra. Después nos contaría que tuvo que correr hasta encontrar un lugar solo, humillado en público y excitado a la vez. Sus ojos grandes observaban todo, disminuido, viendo cómo otro hombre montaba a su mujer.

La giré hacia la cámara. Me paré sobre ella, le ordené que se lo metiera, y ella tomó mi sexo y se lo guió adentro. Empecé a darle duro, tirándole del pelo, escupiéndole las nalgas, alternando una y otra cosa mientras le daba palmadas. Gemía fuerte, quería que Aníbal la escuchara.

El aire se llenó de insultos calientes, de esas frases que no se dicen en la vida normal pero que cuando cogés salvaje se vuelven música: me estás reventando, coge a tu putita, soy tu hembra. Yo apenas hacía sonidos guturales y soltaba alguna palabra: qué puta hermosa sos, te calienta que tu marido lo vea. Y entonces dije la frase mágica:

—Te voy a coger por el culo.

Giró la cara.

—Por favor, despacio.

La aceptación me hizo salir. Pasé la palma por su sexo empapado —había tenido otro orgasmo, lo sentí en cómo me apretaba y en las sábanas mojadas— y usé esos líquidos para lubricar. Ella bajó la cabeza, se abrió las nalgas y lo dejó todo servido.

Apoyé la cabeza y empujé despacio. Apretaba como si fuera la primera vez. Se quejó, quedé quieto unos segundos y seguí, firme y lento, hasta el fondo, reclinándome sobre su espalda mientras ella aguantaba mi peso.

—Ahí, quieto un ratito, por favor —dijo.

Una voz se metió en el trance.

—Te la metió toda, amor —dijo Aníbal desde el teléfono.

—Sí… me está rompiendo toda —contestó ella, y le hizo unos cuernos a la cámara.

La saqué un poco y volví a empujar a fondo. Después salí y se la clavé en el sexo de una hasta el fondo. Montado sobre ella, la cabalgué del pelo como a una yegua en celo. No hay nada como terminar adentro de una concha: el calor, la lubricación, el impulso animal de quedarse ahí. Empecé a sentir el cosquilleo nacer debajo, subir por todo el cuerpo. Su interior se contraía.

—Acabemos juntos —dije.

—Sí, ahora.

Sentí su cuerpo entero acabando, bañándome, en el mismo instante en que me dejé ir adentro. Todo nuestro mundo se redujo a ese pequeño espacio entre sus piernas, al coro de gemidos, sus uñas clavadas en mis muslos, nuestros líquidos mezclados.

Se aflojó. Sin salir, seguí moviéndome despacio hasta caer sobre su espalda, pecho contra piel, los dos resbalando de sudor.

—¿Están bien? —preguntó el cornudo, preocupado.

De reojo miré el teléfono sobre la mesita y le di un golpe con la mano para que cayera al piso.

Me tiré a un costado. Los dos recuperábamos el aliento mientras, de fondo, la voz de Aníbal avisaba que iba a cortar. Renata tenía los ojos cerrados y la cara hundida en la almohada. Levantó la cabeza, me miró, estiró el cuello y nos dimos un beso largo. Después se acostó boca arriba, suspiró y dijo:

—Muy bueno. Pero esto no terminó.

Los dos nos reímos a carcajadas.

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Comentarios (6)

GaboNight

increible relato, me enganche desde el primer parrafo. ese tipo de morbo me vuelve loco!

Roxana_mdp

Ay dios, que situacion... no se si me gustaria ser ella o si me daria vergüenza jajaja. Igual estuvo buenisimo!

Horacio_MZA

muy bueno, sigue asi!!

Mati_Sur

Me encanto la tension desde el principio. Se siente muy real, como que realmente pudo pasar. Bravo!

cordobes_77

el nivel de detalle es justo, ni mucho ni poco. de lo mejor que lei en un tiempo

Valentina_mza

me dejo con ganas de mas, por favor una continuacion!! quede enganchada

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