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Relatos Ardientes

La última carta que le escribí tras serle infiel

Un mal día / todo se volvió ayer. / Tu mirada limpia, / tu risa contra la almohada, / tu mano cada mañana, / el sol partido en tu cara, / el tictac de nuestra alarma, / el café que traías a la cama, / tus brazos cerrándose sobre mí. / Las calles bajo nuestros pies, / las tardes persiguiéndonos, / tu mesa de siempre, / los te amo, los te quiero. / El silencio donde dormíamos, / la chispa de los planes, / nuestra casa, / los hijos que ya no voy a tener. / El calor de tu cuerpo, / tu sabor mezclado con el mío, / el roce de tus dedos en mi espalda, / el baile de aniversario, / mis lágrimas frente al altar. / El camino de los dos: / crecer, / respirar, / envejecer. / Todo se volvió ayer.

***

Para Tomás:

Te escribo esta carta porque no he encontrado otra manera de hablar contigo. De que me escuches. No quiero que parezca un reproche, nada de eso. Aunque no quiera, entiendo perfectamente tu postura. Yo tampoco quiero estar conmigo misma muchos días. Pero no tengo la opción de irme de mí.

No puedo negar que ha sido difícil. Saber que la estás pasando mal y no poder hacer nada me carcome por dentro. Pero me lo merezco. Ya he hecho suficiente daño como para encima pedir consuelo.

Te he buscado. Creo que lo notaste. Tienes decenas de llamadas mías y mensajes que no quieres recibir. Me bloqueaste en todas las redes. Encontraste la forma de que ni siquiera un correo te llegue. Y eso me está matando, porque necesito hablar contigo. Así que recurro a este papel, esperando que no lo guardes para un mañana que no llega o, peor todavía, que no lo quemes apenas reconozcas mi letra. Ojalá me leas. Aunque ahora deba conformarme con imaginar que me escuchas a través de estas líneas.

Te debo explicaciones, aunque ya no sirvan de nada o no me las creas. Para ti debo ser una mentirosa que puso en duda el último tramo de lo nuestro, o quizás la relación entera. Pero, antes que nada, te ruego que me creas. Te hablo con la única verdad que pude reunir a fuerza de revivir lo que pasó en ese maldito viaje. Y te juro que seré sincera, tanto que voy a decirte cosas que sé que no querrás escuchar. Porque ni yo querría decirlas, ni que fueran ciertas. Pero lo mínimo que te debo es hablarte de frente, por difícil que resulte. Y quiero que sepas, aunque te suene contradictorio, que nunca quise dañarte. Que te amé todo este tiempo. Más de lo que ahora soy capaz de quererme a mí.

Recuerdo todavía la noche en que me preguntaste por qué. Yo no tenía cara ni conciencia para darte un motivo, una sola razón por la que me lancé a hacer lo que hice.

Hoy lo veo un poco más claro. Estuve escribiendo un diario para la terapia a la que voy. Imaginarás lo duro que es. Me ha ayudado a ordenar lo que sentía, que era pura oscuridad y peso. Y pude ubicar el punto donde empecé a partirme en dos, donde nació el monstruo que terminé siendo. Pude ver cómo me fui vaciando, persiguiendo algo que creí que iba a llenarme y que, al contrario, me dejó más hueca.

Te lo cuento sin afán de justificarme, aunque toda explicación de un error suene a justificación. Espero que me entiendas.

Puedo señalar un momento clave. La noche en que me probé los vestidos para la cena y llegué a casa empapada por la lluvia, avergonzada, con uno demasiado ajustado pegado al cuerpo. ¿Lo recuerdas? Ahí empecé a sentirme mirada, validada. Por extraño que parezca, en mitad de la humillación una parte de mí se encendió. La mujer atrevida que nunca me había animado a ser, la otra cara de la tímida de siempre, salió a flote. Y eso, debo admitirlo, me gustó. Llegué llorando porque claro que me molestó sentirme un objeto, carne para mirar. Pero verme provocativa me hizo creer que podía dominarlo todo. Y se me clavó en algún lado.

Fui abrazando poco a poco esa versión desafiante de mí misma. El viaje se volvió un espejo que agrandaba esa imagen. Eso fue soberbia. Una arrogancia tonta.

Lo otro fue sumergirme en la dinámica adolescente de mi viejo grupo de amigos —ahora examigos, que lo sepas—. Me sentí halagada muchas veces. Pero entrar en su juego, en sus reglas, era aceptar otra forma de entender las relaciones, los límites de pareja, lo que estaba permitido. Y caí, una y otra vez, en esa lógica que encajaba tan bien con la Irene atrevida. Y te perdí de vista. Perdóname por perderte de vista. Si sirve de algo, también me perdí a mí. Porque por sentirme en control, divirtiéndome con bromas tontas, tratando de encajar, no supe ponerte primero. Lo lamento. De verdad lo hago. Fue recién en la última cena cuando entendí que jamás encajaríamos en ese grupo como pareja. Que tú no podías adaptarte a ellos. Ni yo del todo, con la envidia de unas y el morbo de otros. Debí entender que éramos un equipo, y que si algo te incomodaba, mi deber era evitarlo.

No me di cuenta de que fui cruzando, uno a uno, los límites de lo aceptable. Fue un efecto bola de nieve. Cada pequeña decisión me iba erosionando, erosionando lo nuestro. No frené a tiempo, y cuando miré hacia atrás ya había dejado un reguero de destrozos.

Y ahora, Tomás, viene la parte que no quiero escribir. La parte por la que estás lejos. Prometí ser sincera, y voy a serlo aunque cada palabra me raspe la garganta. Necesitas saber qué pasó esa noche en el hotel, con detalle, porque sé que tu imaginación te ha estado torturando y quizás la verdad, por cruda que sea, te libere aunque sea un poco. También sé que esto puede hundirte más. No sabría decir cuál de las dos cosas es peor. Pero te lo debo.

Habíamos bebido. Mucho. Sabes que aguanto poco, y esa noche me pasé de largo. Cuando subimos a la suite del grupo, yo ya estaba mareada, riéndome de todo, con el vestido ese negro corto que a ti no te había gustado. Tú te habías quedado en nuestra habitación, cansado, molesto por la escena del ascensor. Me dijiste que subiera si quería, que no me esperabas despierta. Y subí. Aquí es donde empezó todo, en ese sí que le dije al grupo y al no que te dije a ti.

Él se me acercó por detrás en la cocina de la suite, mientras yo me servía otra copa. Me puso una mano en la cadera, así, sin preámbulo, como si tuviera derecho. Y en lugar de sacársela, Tomás, no la saqué. Esa es la verdad más fea. No la saqué. Me quedé quieta, sintiendo cómo el pulgar me recorría el hueso de la cadera por encima de la tela, y una parte de mí —esa Irene atrevida, esa idiota— pensó que podía soportarlo, que podía mirarle a la cara y decirle basta cuando quisiera, y que hasta entonces no pasaba nada. Ese no pasa nada me arruinó la vida.

Su mano subió. Me tocó las tetas por encima del vestido, apretándolas despacio, palpando el peso, como midiendo lo que le pertenecía. Se me endurecieron los pezones bajo la tela y él se rió en mi cuello. Me susurró que se me notaban, que iba a follarme como tú no me follabas nunca, que llevaba pensándolo desde que me vio con ese vestido en el ascensor. Y yo, en vez de darle una cachetada, me apoyé contra él. Sentí su polla dura contra mi culo a través del pantalón. Y no me aparté. Me apoyé más. Me restregué. Le dejé que me metiera la mano por debajo del vestido y me tocara por encima de la ropa interior. Estaba mojada, Tomás. Estaba mojada y él lo notó y me lo dijo en la oreja: mira lo empapada que estás, zorra. Y yo cerré los ojos.

Me llevó a una de las habitaciones. Nadie más entró, pero la puerta no quedó cerrada del todo, y esa rendija fue por donde entró la cámara del teléfono que después vería medio mundo. No lo supe hasta el día siguiente. En ese momento solo pensaba en que la cabeza me daba vueltas y en que su boca me estaba mordiendo el cuello mientras me bajaba las bragas por debajo del vestido. Me las sacó por los tobillos y se las guardó en el bolsillo, riéndose, como un trofeo.

Me empujó contra la cómoda. Me subió el vestido hasta la cintura y me abrió las piernas de una patada suave, obligándome a inclinarme sobre el mueble. Me miré en el espejo: el pelo revuelto, el rímel corrido, el vestido enrollado en la cadera, el culo al aire. Esa imagen es la que me despierta a las tres de la mañana, Tomás. Esa mujer del espejo con cara de estar disfrutando lo que no debería.

Me metió los dedos primero. Dos, de golpe, sin cuidado. Y yo gemí. Gemí, Tomás, no puedo mentirte. Me follaba con los dedos mientras con la otra mano me tiraba del pelo para obligarme a mirarme al espejo, para que viera lo que le estaba dejando hacer. Me decía cosas al oído: eres una perra, siempre lo fuiste, mírate cómo te mojas para mí, tu novio no te toca así, ¿verdad?, dilo, dilo. Y yo negaba con la cabeza pero apretaba el coño contra sus dedos. Esa es la mierda que soy. Esa es la verdad.

Se bajó los pantalones. Escuché el cinturón, el ruido del envoltorio del preservativo —al menos eso, al menos esa migaja de sensatez me quedó, hacerle ponerse uno—. Y me la metió por detrás, de una sola embestida. Su polla se abrió paso en mi coño y me tapé la boca con la mano para no gritar, porque en el fondo, en un rincón de mí que todavía respiraba, sabía que estaba haciendo lo peor que había hecho en mi vida. Pero no le dije que parara. Me empujaba contra la cómoda con cada embestida, la madera me golpeaba las caderas, y él me follaba con una rabia que no sé si era deseo o venganza contra ti, contra los años en que no me pudo tener.

Me follaba fuerte. Muy fuerte. Con las dos manos en mis caderas, tirando de mí hacia atrás para clavármela hasta el fondo, hasta hacerme daño, y yo lo dejaba. El sonido de la piel contra la piel llenaba la habitación, y sus gruñidos, y mis jadeos que no supe controlar. Me obligó a decirle cosas. Me obligó a decir que era su puta esa noche, y lo dije. Me obligó a pedirle que me follara más fuerte, y lo pedí. Me obligó a decir tu nombre y decir que la tuya era más pequeña, y ahí, gracias a Dios, algo se me rompió y me negué. Fue la única línea que no crucé. Y aun así crucé todas las demás.

Me dio la vuelta. Me sentó sobre la cómoda y me abrió las piernas y volvió a metérmela de frente, sujetándome por debajo de los muslos, mirándome a los ojos. Me besó en la boca y yo le devolví el beso, Tomás. Le devolví el beso con lengua mientras su polla entraba y salía de mi coño. Me mordió los labios, me arrancó el vestido de un tirón por arriba para dejarme las tetas al aire y me las chupó, me mordisqueó los pezones, mientras seguía embistiéndome. Yo tenía las piernas cruzadas sobre su culo, empujándolo hacia mí. Empujándolo hacia mí, entiéndelo. Yo lo estaba ayudando a follarme.

Me hizo bajar de la cómoda y arrodillarme. Se sacó el preservativo. Me agarró del pelo con las dos manos y me metió la polla en la boca. Yo se la chupé. Se la chupé, Tomás. Abrí la boca y dejé que me la metiera hasta el fondo, hasta que se me saltaron las lágrimas y se me corrió el rímel más todavía y le llené la verga de saliva. Me follaba la boca como me había follado el coño, sin piedad, y yo lo miraba desde abajo con los ojos llenos de agua y él sonreía. Sonreía como un ganador. Se la mamé con ganas. No hay otra forma de decirlo. Con la lengua le rodeé el glande, se la chupé por debajo, le lamí los huevos cuando me lo pidió. Hice todo lo que me dijo.

Se corrió en mi cara. Me sujetó la cabeza con una mano y con la otra se sacudió la polla contra mis mejillas, mi boca, mi barbilla. Su semen me chorreó por la barbilla hasta el pecho, caliente, espeso, y yo saqué la lengua porque me lo ordenó. Me dijo que abriera la boca y le enseñara. Le enseñé. Se rió. Y esa risa, Tomás, esa risa satisfecha de haberme reducido a eso, es lo que grabó el teléfono del pasillo. Esa risa, y yo arrodillada, con su corrida cayéndome por el mentón, con el vestido roto colgando de la cintura, mirándolo como si me hubiera hecho un favor. Ese es el video. Ese es el video que viste.

Y todavía hay más, y necesito contártelo aunque me desprecies el doble. Porque no me levanté y me fui. Me quedé. Me llevó a la cama, me tumbó boca arriba, me abrió las piernas, y con el semen todavía en la cara me comió el coño. Me lo comió hasta que me corrí, hasta que grité contra la almohada, hasta que le tiré del pelo y le clavé los talones en la espalda. Me corrí en su boca, Tomás. Me corrí con la boca de otro hombre entre mis piernas mientras tú dormías dos pisos más abajo esperándome. Esa culpa no se lava con ninguna carta. Lo sé.

Y después me volvió a follar. Otra vez. En misionero, mirándome a los ojos, sin condón esta vez porque yo ya no dije nada. Se corrió dentro de mí. Sentí el chorro caliente llenarme y cerré los ojos y pensé —así de rota estaba— que hacía años que tú no te corrías dentro sin cuidado, y esa comparación estúpida me atravesó como una cuchilla al día siguiente cuando desperté con las bragas de otro en el bolso y el coño hinchado y el olor a él en toda la piel.

Salí de esa habitación al amanecer, en pelotas debajo del vestido roto que me sujeté con las manos, tratando de llegar al ascensor sin que me viera nadie. Y en el lobby estaba una de las chicas del grupo —ya sabes cuál— con el teléfono en la mano, grabándome también, riéndose. Ese es el segundo video. El del lobby. La cara con la que llegué. Todo el mundo entendió al verlo lo que había pasado arriba. Todo el mundo menos yo, que todavía me repetía que no era para tanto, que podía volver a nuestra habitación y meterme en la ducha y borrarlo, que tú no tenías por qué enterarte. Qué ingenua. Qué asquerosamente ingenua.

Ya está. Ya lo escribí. No sabes cuántas veces solté la pluma antes de terminar ese párrafo. Pero necesitabas saberlo con palabras, no con las imágenes cortadas de un video mal encuadrado. Necesitabas saber que no fue un beso robado, que no fue un rato, que no fue un impulso de un minuto. Fue una noche entera. Fue todo. Y fui yo, con todo mi cuerpo, la que dijo que sí a cada paso, aunque me mienta a mí misma diciendo que iba borracha, que él insistió, que la Irene atrevida se comió a la Irene tuya. Todo eso son excusas. La única verdad es que yo estuve ahí, entera, y no me fui.

No me di cuenta de que fui cruzando, uno a uno, los límites de lo aceptable, y ahora lo veo con una nitidez que me da náuseas. Fue una ceguera arrogante. Encandilada por el mar de sensaciones nuevas —o viejas revividas—, dejé de ver. En mi afán por no sentirme vacía, por no quedarme sin aprobación, irónicamente me fui quedando hueca. Aquello que debía proteger —a ti, a lo nuestro, y al final a mí misma, a mis valores— se fue socavando solo. No supe cuidar nuestro amor. Llegué a pensar que algo estaba mal en mí. Es justo lo que estoy trabajando en terapia, te lo prometo.

Nunca pasó por mi cabeza que alguien pudiera meterse entre nosotros. Mi confianza en el mundo estaba mal puesta y me volvió ingenua. Creí que podía tener cerca a cualquiera sin que eso significara nada. Me repetí muchas veces que solo estaba pasándola bien, que era un espacio seguro… mientras borraba a propósito la posibilidad del peligro.

Ese vacío del que te hablo se fue llenando de halagos, de aprobación, de pequeños desafíos. Pero no llenaba nada. Solo me vaciaba más. Cuando todo estalló, cuando me vi reflejada en tus ojos, esa versión que creía poderosa, audaz, inteligente, resultó no tener ningún sostén. Había levantado virtudes sobre la nada, sobre un suelo de mentiras que me había contado a mí misma. No quería ser un pedazo de carne. Nunca lo quise. Y aun así caminé directo hacia eso. Me arrodillé para eso. Abrí las piernas para eso.

Me arrepiento de todo. Te lo juro. Sabes que es verdad. Lamento haber arruinado lo nuestro. Si te cuento todo esto es para que veas que al menos intento dar respuestas, aunque quizás nunca llegue a entenderlo del todo. Porque cuando las personas hacemos las cosas se mezclan demasiados hilos: nuestra historia, las circunstancias, los demás, decisiones que parecen mínimas y te empujan a un punto sin retorno. Pero tú querías saber por qué. Y sé que querías saber si jugué contigo, si todo fue una burla premeditada, si hubo alguna intención detrás. No la hubo. Yo jamás imaginé que ese viaje terminaría así. Nunca habría querido eso para ti, para mí, para nosotros. Te amaba de verdad. Te he amado. Y me duele cargar con este dolor: el de haberte hecho daño de esta manera.

Sé que no merezco tu perdón, que tal vez nunca puedas perdonarme. Pero tengo que perdonarme yo, Tomás. Tengo que seguir con mi vida de algún modo. Dejar de sentir que el aire me asfixia, que cada mañana solo anuncia otro día de mierda. Necesito encontrar la manera de volver a vivir. Eso: vivir. Y para eso tengo que perdonarme y, te lo confieso, no quiero hacerlo. Porque tampoco creo merecerlo.

Pero debo.

Estos días, estas semanas, la he pasado muy mal. Cuando volví a nuestro piso y no te encontré, me sentí completamente vacía. De golpe perdí todo norte. Estaba sola. Rota. Sin poder hablar con nadie sin morirme de vergüenza. Te busqué de mil formas. Quería saber, sobre todo, cómo estabas. No soportaba la idea de que te pasara algo. Una nube negra me cubrió entera.

Ya no logro dormir bien. Me despierto de madrugada recordando la noche en que me confrontaste. Tu mirada triste, llena de lágrimas, me persigue en sueños. A veces ni sé si sueño dormida o despierta; la frontera se vuelve difusa. Quisiera que todo esto fuera una pesadilla de la que despertar para seguir con nuestra vida. Cuesta tanto aceptar una realidad que uno se niega a aceptar. He tenido que tomar pastillas para dormir. Sirven para unas horas, pero me dejan anestesiada durante el día.

Y a veces —te lo digo porque prometí no callarme nada más— el sueño se me pone sucio. Sueño con nosotros. Sueño contigo entrando por la puerta, tirándome sobre la cama, arrancándome la ropa con rabia, follándome como castigo, marcándome de nuevo como tuya. Sueño con tu polla, Tomás, con tu boca en mi cuello, con la forma exacta en que me abrías las piernas los domingos por la mañana y me hacías el amor sin prisa. Me despierto empapada y llorando, con la mano entre las piernas, odiándome por seguir queriéndote así, por seguir queriendo que me toques después de todo. Es otra manera del castigo: desearte y saber que nunca más.

En el trabajo me preguntan por mis vacaciones. Todo el mundo lo hace. La familia. Los conocidos. He tenido que mentir con una sonrisa falsa; ellos no saben que cada pregunta me abre por dentro. Supongo que me lo merezco, pero igual termino escondida en el baño para llorar. Es una tortura tener que revivirlo. A ratos solo quisiera descansar de esto. Sentir, por un minuto, que no pasó.

El otro día pasé por nuestro restaurante de siempre y pedí ese postre de frutas que nos gustaba tanto, para comerlo en casa. ¿Te acuerdas? No le pude dar ni un bocado. No sé por qué, pero las cosas placenteras perdieron su sabor, su olor. O quizás me estoy castigando y no me dejo disfrutarlas. Estuve un par de tardes buscando el valor de probarlo. No pude. Terminé tirándolo… se pudrió sobre la mesa.

Demasiadas cosas en esta habitación me recuerdan a ti. Sobre todo tu almohada, que ya está perdiendo tu olor, o quizás ya lo perdió y no lo quiero aceptar. Hace unos días hundí la cara en ella y me sentí ridícula y decepcionada al descubrir que tu olor también me había abandonado. Me he querido aferrar a ti de mil maneras: con el cepillo que dejaste, con tu taza del café, las fotos, tu lado del sofá, tu música favorita. Son demasiadas las cosas ancladas a tu memoria. He fantaseado con que un día entrarás por la puerta y este infierno habrá terminado. Supongo que me queda el derecho a soñar.

Me he querido aferrar pese a que mi terapeuta insiste en que tengo que aprender a soltar, a vivir el duelo. Me dice que aferrarme a tus cosas es aferrarme al dolor, que no voy a sanar si no acepto que te fuiste. Pero me cuesta tanto deshacerme de ti. Toda tu memoria descansa en estas paredes.

Una parte de mí sabe que tiene que soltarte, la racional. La que entiende que esto no tiene vuelta atrás, aunque tú quisieras —y no quieres, lo sé—. Pero hay otra parte que se resiste con todas las fuerzas de las noches en vela, del dolor que me inunda apenas digo tu nombre. Esa parte se agarra a estas paredes como si fueran nuestra vida juntos. Como si dejar el departamento fuera, de algún modo, dejar de esperar que un día abras la puerta.

No todos los días son malos. Hay días en que consigo estar una hora sin pensar en ti. Y otros, la mayoría, eres el nombre con el que amanezco. Estás más presente que nunca. ¡Justo ahora que te fuiste! Supongo que la ausencia hace que tu presencia golpee más fuerte. Empiezo a creer que muchos de nuestros procesos guardan esta ambivalencia. Porque cuando te tuve al lado no supe verte, y ahora que no puedo verte no te apartas de mí.

A veces sueño despierta. Es más un deseo tonto, o muy hondo. Que dentro de no sé, cinco años, diez, nos crucemos en algún parque por capricho del azar y que ya no queden rencores, que seas feliz, que te vea sonreír, y que por fin sepa que esto terminó. Que ya me perdonaste.

Y hay anhelos todavía más profundos. Como que nunca salgo de la habitación y me voy contigo, y estoy planeando la boda, eligiendo el vestido, el salón, las flores, la música, todo eso que me hacía tanta ilusión. Por un segundo, Tomás, me olvido de todo. No recuerdo el viaje, ni el hotel, ni la grabación, ni el lobby. Solo recuerdo que te amaba y que iba a casarme contigo. Fue un instante de paz. Que llegó y se fue apenas la memoria disipó la niebla en la que vivo.

Pero ese segundo existió. Pude sentir esa paz fugaz. Y existe ahora, mientras te escribo. Cierro los ojos y ahí estás, antes de todo esto. Ahí estás poniéndote el abrigo antes de salir al trabajo, apagando la alarma para no despertarme —siempre noté cuando la apagabas—; ahí están las tardes de películas, el vino barato de celebración que me hizo saber que de verdad me amabas. Déjame detenerme en esa noche, por favor, cuando me quedé mirándote fijo esperando el sermón de orgullo, y tú, en cambio, inundaste el cuarto con tus ojos enamorados y con tres palabras que me llenaron de una forma que no conocía. Ese Tomás sigue vivo en algún lugar de mí, y no lo quiero borrar. No puedo. Es lo único bueno que me queda.

Y déjame también detenerme una vez más en cómo me tocabas. Porque ese recuerdo también es mío y no me lo van a quitar ni yo misma. Cómo me desnudabas despacio, botón por botón, besándome cada centímetro de piel que ibas descubriendo. Cómo me abrías las piernas con las dos manos y me mirabas el coño como si fuera un altar, no un pedazo de carne. Cómo me hacías el amor con la frente pegada a la mía, susurrándome que me amabas mientras te movías dentro de mí. Cómo te corrías conmigo, siempre conmigo, nunca antes. Nadie me ha follado nunca como me hacías el amor tú. Nadie. Y quiero que sepas eso también, aunque duela, aunque no sirva. Que esa polla que dormía a mi lado era la única que mi cuerpo reconocía como suya. Lo demás fue ruido y humillación. Lo tuyo era casa.

Sé que no vas a volver. Sé que no debo pedírtelo. Pero necesito que sepas que en otra vida, en otra versión de esta historia, yo no habría salido de nuestra habitación. O me habría ido antes. O te habría pedido ayuda desde el pasillo. Y tú me habrías salvado. Y hoy estaríamos discutiendo el nombre de nuestros hijos.

Discúlpame si sueno cursi. Pero se siente bien.

Cuando escribo tu nombre, por un instante puedo vivir en esa realidad distinta. Y está bien, ahí no le hago daño a nadie. Ahí puedo seguir queriéndote sin lastimarte más.

No quiero terminar esta carta. Es que te siento aquí mientras la escribo, en el temblor de mis dedos, en el calor de mi mano. Y sé que terminarla es otra forma de terminar nuestra historia, esa que un mal día se volvió ayer. Pero déjame un ratito más. Déjame sentirte una vez más. Cada letra que va hacia ti lleva un poco del amor que te tuve, y ojalá lo tomes así. Porque he sentido, por un momento, que también aquí descansa el amor que nos tuvimos, el que me tuviste.

Ya. Tengo que terminar. No quiero.

Con amor:

tu Irene

Pd. Las cuentas me rebasaron. Ya no puedo pagar el departamento. Tampoco puedo seguir en esta ciudad. Es muy duro saber que mi sola presencia te hace daño, que hasta el aire me duele. Pedí mi transferencia en el trabajo. Voy a guardar el resto de tus cosas y, si no quieres venir por ellas, no te preocupes: se las dejaré a Daniel.

***

Tomás terminó de leer la carta entre lágrimas. Sabía dónde encontrarla.

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Comentarios(8)

Rossana_77

Me llego directo al corazon esto. Rara vez un relato me genera esta mezcla de sentimientos.

NachoMDF

Breve pero impactante. Hay mucho mas detras de esas palabras que no se dice, y eso lo hace poderoso.

Clarita_Rz

esperaba algo diferente y me sorprendio muy gratamente. Excelente!!!

MarisolPC

Lo imagino con esa hoja en manos temblorosas... se me puso la piel de gallina. Muy bien escrito.

DiegoC_Cba

me recordo a una despedida que yo mande hace años. No en carta sino en mensaje, pero la sensacion era igual. Nunca obtuve respuesta. Los no-cierres duelen mas que los cierres malos, y aca se siente eso perfectamente.

Lectora_Mdp

Lo del bloqueo en todas las redes me resulto muy actual, muy de esta epoca. Le da un toque moderno sin perder lo emocional. Buen trabajo!

Facu_Cba

corto pero deja mucho pensando. Mas por favor!

CintiaRdN

Tiene ese aire de carta real, no de fantasia inventada. Eso lo hace destacar entre tantos relatos. Felicitaciones

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