La última carta que le escribí tras serle infiel
Un mal día / todo se volvió ayer. / Tu mirada limpia, / tu risa contra la almohada, / tu mano cada mañana, / el sol partido en tu cara, / el tictac de nuestra alarma, / el café que traías a la cama, / tus brazos cerrándose sobre mí. / Las calles bajo nuestros pies, / las tardes persiguiéndonos, / tu mesa de siempre, / los te amo, los te quiero. / El silencio donde dormíamos, / la chispa de los planes, / nuestra casa, / los hijos que ya no voy a tener. / El calor de tu cuerpo, / tu sabor mezclado con el mío, / el roce de tus dedos en mi espalda, / el baile de aniversario, / mis lágrimas frente al altar. / El camino de los dos: / crecer, / respirar, / envejecer. / Todo se volvió ayer.
***
Para Tomás:
Te escribo esta carta porque no he encontrado otra manera de hablar contigo. De que me escuches. No quiero que parezca un reproche, nada de eso. Aunque no quiera, entiendo perfectamente tu postura. Yo tampoco quiero estar conmigo misma muchos días. Pero no tengo la opción de irme de mí.
No puedo negar que ha sido difícil. Saber que la estás pasando mal y no poder hacer nada me carcome por dentro. Pero me lo merezco. Ya he hecho suficiente daño como para encima pedir consuelo.
Te he buscado. Creo que lo notaste. Tienes decenas de llamadas mías y mensajes que no quieres recibir. Me bloqueaste en todas las redes. Encontraste la forma de que ni siquiera un correo te llegue. Y eso me está matando, porque necesito hablar contigo. Así que recurro a este papel, esperando que no lo guardes para un mañana que no llega o, peor todavía, que no lo quemes apenas reconozcas mi letra. Ojalá me leas. Aunque ahora deba conformarme con imaginar que me escuchas a través de estas líneas.
Te debo explicaciones, aunque ya no sirvan de nada o no me las creas. Para ti debo ser una mentirosa que puso en duda el último tramo de lo nuestro, o quizás la relación entera. Pero, antes que nada, te ruego que me creas. Te hablo con la única verdad que pude reunir a fuerza de revivir lo que pasó en ese maldito viaje. Y te juro que seré sincera, tanto que voy a decirte cosas que sé que no querrás escuchar. Porque ni yo querría decirlas, ni que fueran ciertas. Pero lo mínimo que te debo es hablarte de frente, por difícil que resulte. Y quiero que sepas, aunque te suene contradictorio, que nunca quise dañarte. Que te amé todo este tiempo. Más de lo que ahora soy capaz de quererme a mí.
Recuerdo todavía la noche en que me preguntaste por qué. Yo no tenía cara ni conciencia para darte un motivo, una sola razón por la que me lancé a hacer lo que hice.
Hoy lo veo un poco más claro. Estuve escribiendo un diario para la terapia a la que voy. Imaginarás lo duro que es. Me ha ayudado a ordenar lo que sentía, que era pura oscuridad y peso. Y pude ubicar el punto donde empecé a partirme en dos, donde nació el monstruo que terminé siendo. Pude ver cómo me fui vaciando, persiguiendo algo que creí que iba a llenarme y que, al contrario, me dejó más hueca.
Te lo cuento sin afán de justificarme, aunque toda explicación de un error suene a justificación. Espero que me entiendas.
Puedo señalar un momento clave. La noche en que me probé los vestidos para la cena y llegué a casa empapada por la lluvia, avergonzada, con uno demasiado ajustado pegado al cuerpo. ¿Lo recuerdas? Ahí empecé a sentirme mirada, validada. Por extraño que parezca, en mitad de la humillación una parte de mí se encendió. La mujer atrevida que nunca me había animado a ser, la otra cara de la tímida de siempre, salió a flote. Y eso, debo admitirlo, me gustó. Llegué llorando porque claro que me molestó sentirme un objeto, carne para mirar. Pero verme provocativa me hizo creer que podía dominarlo todo. Y se me clavó en algún lado.
Fui abrazando poco a poco esa versión desafiante de mí misma. El viaje se volvió un espejo que agrandaba esa imagen. Eso fue soberbia. Una arrogancia tonta.
Lo otro fue sumergirme en la dinámica adolescente de mi viejo grupo de amigos —ahora examigos, que lo sepas—. Me sentí halagada muchas veces. Pero entrar en su juego, en sus reglas, era aceptar otra forma de entender las relaciones, los límites de pareja, lo que estaba permitido. Y caí, una y otra vez, en esa lógica que encajaba tan bien con la Irene atrevida. Y te perdí de vista. Perdóname por perderte de vista. Si sirve de algo, también me perdí a mí. Porque por sentirme en control, divirtiéndome con bromas tontas, tratando de encajar, no supe ponerte primero. Lo lamento. De verdad lo hago. Fue recién en la última cena cuando entendí que jamás encajaríamos en ese grupo como pareja. Que tú no podías adaptarte a ellos. Ni yo del todo, con la envidia de unas y el morbo de otros. Debí entender que éramos un equipo, y que si algo te incomodaba, mi deber era evitarlo.
No me di cuenta de que fui cruzando, uno a uno, los límites de lo aceptable. Fue un efecto bola de nieve. Cada pequeña decisión me iba erosionando, erosionando lo nuestro. No frené a tiempo, y cuando miré hacia atrás ya había dejado un reguero de destrozos.
Fue una ceguera arrogante. Encandilada por el mar de sensaciones nuevas —o viejas revividas—, dejé de ver. En mi afán por no sentirme vacía, por no quedarme sin aprobación, irónicamente me fui quedando hueca. Aquello que debía proteger —a ti, a lo nuestro, y al final a mí misma, a mis valores— se fue socavando solo. No supe cuidar nuestro amor. Llegué a pensar que algo estaba mal en mí. Es justo lo que estoy trabajando en terapia, te lo prometo.
Nunca pasó por mi cabeza que alguien pudiera meterse entre nosotros. Mi confianza en el mundo estaba mal puesta y me volvió ingenua. Creí que podía tener cerca a cualquiera sin que eso significara nada. Me repetí muchas veces que solo estaba pasándola bien, que era un espacio seguro… mientras borraba a propósito la posibilidad del peligro.
Ese vacío del que te hablo se fue llenando de halagos, de aprobación, de pequeños desafíos. Pero no llenaba nada. Solo me vaciaba más. Cuando todo estalló, cuando me vi reflejada en tus ojos, esa versión que creía poderosa, audaz, inteligente, resultó no tener ningún sostén. Había levantado virtudes sobre la nada, sobre un suelo de mentiras que me había contado a mí misma. No quería ser un pedazo de carne. Nunca lo quise. Y aun así caminé directo hacia eso.
Me arrepiento de todo. Te lo juro. Sabes que es verdad. Lamento haber arruinado lo nuestro. Si te cuento todo esto es para que veas que al menos intento dar respuestas, aunque quizás nunca llegue a entenderlo del todo. Porque cuando las personas hacemos las cosas se mezclan demasiados hilos: nuestra historia, las circunstancias, los demás, decisiones que parecen mínimas y te empujan a un punto sin retorno. Pero tú querías saber por qué. Y sé que querías saber si jugué contigo, si todo fue una burla premeditada, si hubo alguna intención detrás. No la hubo. Yo jamás imaginé que ese viaje terminaría así. Nunca habría querido eso para ti, para mí, para nosotros. Te amaba de verdad. Te he amado. Y me duele cargar con este dolor: el de haberte hecho daño de esta manera.
Sé que no merezco tu perdón, que tal vez nunca puedas perdonarme. Pero tengo que perdonarme yo, Tomás. Tengo que seguir con mi vida de algún modo. Dejar de sentir que el aire me asfixia, que cada mañana solo anuncia otro día de mierda. Necesito encontrar la manera de volver a vivir. Eso: vivir. Y para eso tengo que perdonarme y, te lo confieso, no quiero hacerlo. Porque tampoco creo merecerlo.
Pero debo.
Estos días, estas semanas, la he pasado muy mal. Cuando volví a nuestro piso y no te encontré, me sentí completamente vacía. De golpe perdí todo norte. Estaba sola. Rota. Sin poder hablar con nadie sin morirme de vergüenza. Te busqué de mil formas. Quería saber, sobre todo, cómo estabas. No soportaba la idea de que te pasara algo. Una nube negra me cubrió entera.
Ya no logro dormir bien. Me despierto de madrugada recordando la noche en que me confrontaste. Tu mirada triste, llena de lágrimas, me persigue en sueños. A veces ni sé si sueño dormida o despierta; la frontera se vuelve difusa. Quisiera que todo esto fuera una pesadilla de la que despertar para seguir con nuestra vida. Cuesta tanto aceptar una realidad que uno se niega a aceptar. He tenido que tomar pastillas para dormir. Sirven para unas horas, pero me dejan anestesiada durante el día.
En el trabajo me preguntan por mis vacaciones. Todo el mundo lo hace. La familia. Los conocidos. He tenido que mentir con una sonrisa falsa; ellos no saben que cada pregunta me abre por dentro. Supongo que me lo merezco, pero igual termino escondida en el baño para llorar. Es una tortura tener que revivirlo. A ratos solo quisiera descansar de esto. Sentir, por un minuto, que no pasó.
El otro día pasé por nuestro restaurante de siempre y pedí ese postre de frutas que nos gustaba tanto, para comerlo en casa. ¿Te acuerdas? No le pude dar ni un bocado. No sé por qué, pero las cosas placenteras perdieron su sabor, su olor. O quizás me estoy castigando y no me dejo disfrutarlas. Estuve un par de tardes buscando el valor de probarlo. No pude. Terminé tirándolo… se pudrió sobre la mesa.
Demasiadas cosas en esta habitación me recuerdan a ti. Sobre todo tu almohada, que ya está perdiendo tu olor, o quizás ya lo perdió y no lo quiero aceptar. Hace unos días hundí la cara en ella y me sentí ridícula y decepcionada al descubrir que tu olor también me había abandonado. Me he querido aferrar a ti de mil maneras: con el cepillo que dejaste, con tu taza del café, las fotos, tu lado del sofá, tu música favorita. Son demasiadas las cosas ancladas a tu memoria. He fantaseado con que un día entrarás por la puerta y este infierno habrá terminado. Supongo que me queda el derecho a soñar.
Me he querido aferrar pese a que mi terapeuta insiste en que tengo que aprender a soltar, a vivir el duelo. Me dice que aferrarme a tus cosas es aferrarme al dolor, que no voy a sanar si no acepto que te fuiste. Pero me cuesta tanto deshacerme de ti. Toda tu memoria descansa en estas paredes.
Una parte de mí sabe que tiene que soltarte, la racional. La que entiende que esto no tiene vuelta atrás, aunque tú quisieras —y no quieres, lo sé—. Pero hay otra parte que se resiste con todas las fuerzas de las noches en vela, del dolor que me inunda apenas digo tu nombre. Esa parte se agarra a estas paredes como si fueran nuestra vida juntos. Como si dejar el departamento fuera, de algún modo, dejar de esperar que un día abras la puerta.
No todos los días son malos. Hay días en que consigo estar una hora sin pensar en ti. Y otros, la mayoría, eres el nombre con el que amanezco. Estás más presente que nunca. ¡Justo ahora que te fuiste! Supongo que la ausencia hace que tu presencia golpee más fuerte. Empiezo a creer que muchos de nuestros procesos guardan esta ambivalencia. Porque cuando te tuve al lado no supe verte, y ahora que no puedo verte no te apartas de mí.
A veces sueño despierta. Es más un deseo tonto, o muy hondo. Que dentro de no sé, cinco años, diez, nos crucemos en algún parque por capricho del azar y que ya no queden rencores, que seas feliz, que te vea sonreír, y que por fin sepa que esto terminó. Que ya me perdonaste.
Y hay anhelos todavía más profundos. Como que nunca salgo de la habitación y me voy contigo, y estoy planeando la boda, eligiendo el vestido, el salón, las flores, la música, todo eso que me hacía tanta ilusión. Por un segundo, Tomás, me olvido de todo. No recuerdo el viaje, ni el hotel, ni la grabación, ni el lobby. Solo recuerdo que te amaba y que iba a casarme contigo. Fue un instante de paz. Que llegó y se fue apenas la memoria disipó la niebla en la que vivo.
Pero ese segundo existió. Pude sentir esa paz fugaz. Y existe ahora, mientras te escribo. Cierro los ojos y ahí estás, antes de todo esto. Ahí estás poniéndote el abrigo antes de salir al trabajo, apagando la alarma para no despertarme —siempre noté cuando la apagabas—; ahí están las tardes de películas, el vino barato de celebración que me hizo saber que de verdad me amabas. Déjame detenerme en esa noche, por favor, cuando me quedé mirándote fijo esperando el sermón de orgullo, y tú, en cambio, inundaste el cuarto con tus ojos enamorados y con tres palabras que me llenaron de una forma que no conocía. Ese Tomás sigue vivo en algún lugar de mí, y no lo quiero borrar. No puedo. Es lo único bueno que me queda.
Sé que no vas a volver. Sé que no debo pedírtelo. Pero necesito que sepas que en otra vida, en otra versión de esta historia, yo no habría salido de nuestra habitación. O me habría ido antes. O te habría pedido ayuda desde el pasillo. Y tú me habrías salvado. Y hoy estaríamos discutiendo el nombre de nuestros hijos.
Discúlpame si sueno cursi. Pero se siente bien.
Cuando escribo tu nombre, por un instante puedo vivir en esa realidad distinta. Y está bien, ahí no le hago daño a nadie. Ahí puedo seguir queriéndote sin lastimarte más.
No quiero terminar esta carta. Es que te siento aquí mientras la escribo, en el temblor de mis dedos, en el calor de mi mano. Y sé que terminarla es otra forma de terminar nuestra historia, esa que un mal día se volvió ayer. Pero déjame un ratito más. Déjame sentirte una vez más. Cada letra que va hacia ti lleva un poco del amor que te tuve, y ojalá lo tomes así. Porque he sentido, por un momento, que también aquí descansa el amor que nos tuvimos, el que me tuviste.
Ya. Tengo que terminar. No quiero.
Con amor:
tu Irene
Pd. Las cuentas me rebasaron. Ya no puedo pagar el departamento. Tampoco puedo seguir en esta ciudad. Es muy duro saber que mi sola presencia te hace daño, que hasta el aire me duele. Pedí mi transferencia en el trabajo. Voy a guardar el resto de tus cosas y, si no quieres venir por ellas, no te preocupes: se las dejaré a Daniel.
***
Tomás terminó de leer la carta entre lágrimas. Sabía dónde encontrarla.