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Relatos Ardientes

El vecino nuevo y lo que Marina descubrió esa noche

La pared del dormitorio vibraba con un ritmo que no dejaba lugar a dudas. Golpes secos, acompasados, y por encima de ellos una voz de mujer que subía y bajaba como una sirena lejana. Daniel y Marina estaban tumbados en la oscuridad, mirando el techo, los dos despiertos y los dos fingiendo no estarlo.

—No aguanto más —murmuró Marina, tapándose la cabeza con la almohada—. Llevamos así desde que se mudó. Parece que tenemos un hotel por horas detrás de la cabecera.

—Son las dos de la mañana —dijo Daniel, sin moverse.

—Por eso. Yo entro a trabajar a las siete. ¿Puedes ir tú y decirle algo? A ti te va a escuchar.

Daniel soltó el aire despacio. Sabía que no había escapatoria. Se levantó, se ató la bata sobre el pijama y salió al rellano descalzo, frotándose los ojos. El frío del suelo lo terminó de despertar. Llamó dos veces al timbre del piso de enfrente y esperó, con esa incomodidad del que sabe que va a quedar como el aguafiestas del edificio.

La puerta se abrió enseguida. El vecino apareció en calzoncillos, con el pecho brillante de sudor y una sonrisa que parecía pintada en la cara. Se llamaba Iván, se había instalado allí hacía poco más de un mes, y en ese tiempo Daniel apenas había cruzado con él un par de saludos en el ascensor. Detrás, sobre un sofá de cuero, una chica muy joven se acomodaba el vestido sin demasiada prisa.

—¿Algún problema, vecino? —preguntó Iván, apoyando el hombro en el marco.

—Mira, perdona la hora —dijo Daniel, tragando saliva—. No quiero molestar, pero se oye todo. Mi mujer no puede dormir y mañana madruga.

Iván soltó una risa franca, sin una sombra de vergüenza. —¿Así que era eso? ¿Qué quieres que te diga, amigo? No es culpa mía. A las mujeres les gusta lo que les gusta, y cuando una empieza a gritar no hay manera de bajarle el volumen. —Se encogió de hombros—. ¿Le pongo una mordaza la próxima vez? Lo digo por ti.

Daniel se quedó sin respuesta. La desfachatez del otro lo dejó plantado en el umbral, con la boca medio abierta. Murmuró algo parecido a un «buenas noches» y volvió a su piso sintiéndose más pequeño que cuando había salido.

Marina lo esperaba sentada en la cama, con la lámpara encendida. —¿Y bien? ¿Hablaste con él?

—Le hablé —dijo Daniel, dejándose caer a su lado—. Me dijo que las mujeres gritan porque sí, que no es su problema, y que le ponga una mordaza a la suya.

Marina abrió mucho los ojos. Una parte de ella, la que tenía que despertarse en cinco horas, se sintió ofendida. Pero hubo otra parte, más callada y más honda, que registró aquella respuesta y la guardó en algún rincón. No volvieron a mencionar el asunto esa noche. Sin embargo, la imagen del vecino arrogante, su voz tranquila, esa seguridad que rozaba el insulto, se les quedó pegada a los dos como un olor que no se va.

***

Pasó una semana de paredes en silencio y de silencios entre ellos. Fue Marina quien, una tarde, soltó la idea mientras ponía la mesa.

—Deberíamos invitarlo a cenar —dijo, sin levantar la vista de los platos—. Para limar asperezas. Si vamos a ser vecinos, mejor llevarnos bien. No quiero estar de morros en el ascensor el resto del año.

Daniel la miró un momento más de lo necesario. Había algo en cómo lo había dicho, demasiado pensado para ser improvisado. Pero asintió. Cualquier cosa con tal de recuperar las noches tranquilas.

Iván aceptó la invitación al instante, como si la esperara. Llegó el sábado puntual, con una botella de vino que costaba más de lo que ellos gastaban en un mes de cenas. Vestía bien, hablaba mejor, y desplegó durante la primera media hora un encanto pulido que no terminaba de tapar otra cosa por debajo, algo más frío, más calculado. Marina se reía de sus chistes un poco más de la cuenta. Daniel lo notó y se sirvió otra copa.

A los postres, con el vino ya corriendo por las venas de todos, Iván dejó la copa sobre la mesa y miró a Marina por encima de las velas.

—Antes que nada, quiero disculparme por lo de la otra noche —dijo—. Estuve grosero con tu marido. Lo que pasa es que las chicas que llevo a casa son crías. Bonitas, sí, pero vacías. Solo saben gritar y mirarse al espejo. —Hizo una pausa, sin apartar los ojos de ella—. A mí en realidad me gustan las mujeres de verdad. Las que ya saben quiénes son. Mujeres con clase. Como tú, Marina.

Daniel sintió que se le tensaba la mandíbula. Marina, en cambio, notó el calor subiéndole por el cuello hasta las mejillas y bajó la vista a su copa.

—El problema —siguió Iván, hablándole solo a ella, como si Daniel se hubiera vuelto invisible— es que las mujeres así suelen acabar al lado de hombres demasiado cómodos. Maridos buenos, tranquilos, que no se dan cuenta de lo que tienen al lado. Y por dentro ellas se van apagando. Esperando a alguien que se atreva a decirles lo que de verdad quieren oír.

El aire del comedor se volvió espeso. Daniel dejó el tenedor.

—Creo que ya está bien —dijo, con la voz menos firme de lo que pretendía.

—¿Bien? —Iván ni siquiera lo miró—. ¿Tú crees que para ella está bien? Dime una cosa, Marina. ¿Eres de las que se ponen el delantal para cocinar? ¿De las que se cuidan los detalles?

La pregunta llegó tan directa, tan fuera de lugar y a la vez tan precisa, que Marina contestó antes de pensarlo.

—A veces… sí.

—Póntelo —dijo Iván. No lo pidió. Lo dijo como quien da una instrucción que se sabe obedecida—. Quiero verlo.

Daniel miró a su mujer esperando la negativa, el golpe en la mesa, la indignación que él mismo no se atrevía a tener. Pero Marina se levantó despacio, casi en silencio, y caminó hasta la cocina como si una corriente la llevara. Volvió con un delantal de lino claro atado a la cintura. Se lo había puesto con la mirada baja, sin mirar a ninguno de los dos.

Iván la repasó de arriba abajo y sonrió con la satisfacción de quien acierta una apuesta.

—Mírate —dijo en voz baja—. Ahí estás distinta. No pareces la mujer de nadie. Pareces alguien que por fin sabe dónde tiene que estar.

Se levantó y rodeó la mesa. Se colocó detrás de ella y le puso las manos en la cintura, sobre la tela del delantal, sin prisa, marcando cada movimiento para que Daniel lo viera bien. Daniel seguía clavado a la silla, atrapado entre la vergüenza que le quemaba la cara y una fascinación turbia que no se atrevía a nombrar. Quería gritar. No le salía la voz.

—Aquí —murmuró Iván contra el oído de Marina—. Aquí es donde tenías que estar.

Ella cerró los ojos. Sintió las manos del hombre subir por su espalda, abrirle el cierre del vestido, deslizar la tela por sus hombros con una seguridad que la hacía temblar. No protestó. Cada gesto suyo era una rendición pequeña, encadenada a la anterior, y por dentro la recorría una mezcla de pánico y de algo más oscuro que le aceleraba el pulso. Iván la inclinó con suavidad sobre el borde de la mesa, apartó la ropa que estorbaba y la hizo suya de un solo empuje firme. Marina ahogó un sonido contra el mantel, un sonido que no tenía nada que ver con el dolor.

—Mira bien, Daniel —dijo Iván sin acelerarse, marcando el ritmo, las manos hundidas en las caderas de ella—. Mira cómo se entrega. Mira lo que necesitaba y tú nunca le diste.

Daniel no podía moverse. Veía la espalda desnuda de su mujer arqueándose, sus dedos aferrados al canto de la mesa, el delantal todavía atado en la cintura como una burla. Veía cómo respiraba, cómo se abandonaba, cómo se le escapaba un gemido tras otro mientras el vecino le hablaba al oído, le decía lo que era esa noche, le ordenaba quedarse quieta y disfrutarlo. Y lo peor de todo no era el odio. Lo peor era reconocer que no apartaba la mirada.

Marina se dejó llevar hasta el final, descubriendo en aquella humillación pública una forma de placer que jamás se había permitido sentir. El vecino la tomaba como si le perteneciera, le susurraba al oído quién mandaba, mientras al otro lado de la mesa su marido asistía, mudo, al derrumbe lento de todo lo que creía seguro. Cuando terminó, en el comedor solo quedó el sonido entrecortado de tres respiraciones y el peso de algo que ya no tenía vuelta atrás.

Iván se incorporó tranquilo, recogió su copa de la mesa y le dio un último trago, como si nada de aquello hubiera alterado su noche. Marina seguía inclinada, recuperando el aliento, sin atreverse a girarse. Daniel miraba el mantel arrugado y entendía, demasiado tarde, que las paredes finas habían sido el menor de sus problemas.

—Gracias por la cena —dijo Iván, ya en la puerta, abrochándose la camisa—. Habrá que repetir.

Y por el silencio de Marina, por cómo no dijo que no, Daniel supo que la repetirían.

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Comentarios (4)

NahueTucuman

jajaja la parte de la cena me mato, no me lo esperaba para nada. tremendo

RocioBaires

Por favor seguí con esto!! No puedo creer que cortaste justo ahi

MarcoGdl

Muy bien escrito, se nota que sabes crear tension antes de que pase todo. Uno de los mejores que leí acá en mucho tiempo.

PatricioRojo

me recordo a una situacion que viví hace unos años con un vecino nuevo que teníamos. no llegó tan lejos claro, pero el ambiente era el mismo jaja

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