Mi esposa y la cláusula final del inversor
La resaca de la noche anterior era el menor de mis problemas. Cuando abrí los ojos, la luz sucia de la mañana entraba entre las persianas y Camila dormía a mi lado, dándome la espalda desnuda. Esa misma espalda la había visto arqueada sobre el sillón de la suite mientras Nakamura la penetraba por primera vez. Cerré los ojos y las imágenes volvieron, nítidas, humillantes.
Me había corrido sin tocarme, apoyado contra la pared, mirándolos como un imbécil. Había vendido a mi esposa por un contrato y después me había masturbado con la escena. La ambición me había cegado durante meses. Rodrigo, el intermediario, me lo había presentado como una simple demostración de confianza. Un gesto. Una cortesía japonesa. Y Camila, mi mujer, había aceptado con un silencio que ahora me daba más miedo que la propia noche.
Se movió, se estiró como una gata y se levantó sin mirarme. Entró al baño con esa calma que ya no reconocía. Yo la seguí con los ojos: el ligero balanceo de las caderas, un moretón violáceo en el muslo interno. Los celos me subieron por el pecho como bilis.
El mensaje llegó a las once y media, directo a mi teléfono, número privado.
«Señor Vargas. Nakamura al habla. La prospección superó mis expectativas. Deseo proceder con la inversión total. Esta noche, veintidós horas, Hotel Riviera, penthouse. Mi chofer pasará por su esposa. A usted le pido acompañarla y esperar en el dormitorio contiguo. Encontrará una pantalla encendida. Considérelo parte de la transparencia del negocio.»
Leí el mensaje seis veces. No era una invitación, era una convocatoria. Nakamura no solo quería a Camila otra vez: me quería a mí también, sentado frente a una pantalla, viéndolo hacer con mi mujer lo que se le antojara. Cómplice y testigo. Y en el fondo del estómago, la excitación empezaba a reptar de nuevo, la misma que me había hecho eyacular contra la pared la noche anterior.
—¿Malas noticias? —preguntó Camila desde la puerta de la cocina. Tenía una taza de café en la mano y me miraba con los ojos limpios.
Le pasé el teléfono. Lo leyó despacio, sin cambiar de gesto.
—Parece que el señor Nakamura fue sincero —dijo, y me devolvió el aparato—. ¿Vas a confirmar? ¿O vas a decir que no, después de lo de anoche?
La pregunta era una trampa. Decir que no era admitir que había vendido a mi mujer. Decir que sí era hundirme un escalón más. Tecleé la única palabra que podía teclear: «Confirmado.» Nakamura respondió con un pulgar hacia arriba.
***
A las nueve y media pasó el auto negro. Camila vestía lo que le habían mandado esa tarde en una caja discreta: un conjunto rojo de seda que apenas le cubría los muslos, medias de red negras, tacones de aguja. Nada de vestido de negocios. Esta vez el uniforme era otro y hablaba por sí solo. Yo iba a su lado en silencio, mirando la ciudad pasar por la ventanilla.
Nakamura nos recibió en la puerta de la suite con un kimono oscuro. Me señaló la habitación de invitados con un gesto medido.
—Señor Vargas, por aquí. Encontrará whisky y una pantalla encendida. Camila y yo tenemos que cerrar los detalles finales.
Ella me miró un segundo. No había reproche ni miedo en sus ojos. Solo una calma nueva, casi profesional. Después siguió a Nakamura al dormitorio principal y la puerta se cerró con un clic seco.
La habitación de invitados era estrecha y cara. En la pared de enfrente, una pantalla de cincuenta pulgadas dividida en cuatro cuadros mostraba, en alta definición, el dormitorio principal desde ángulos distintos: la cama king, el bar, la ventana con la ciudad encendida abajo. Me serví un whisky doble y me senté.
Nakamura ya estaba desatando el kimono. Debajo llevaba el cuerpo delgado y tenso de un hombre que se cuida. Su verga estaba dura, de un rojo violáceo, no larga pero muy gruesa, con venas azules marcadas y una cabeza ancha, redonda como un hongo, brillante. Los cojones le colgaban pesados en el escroto flojo, meciéndose cuando caminaba hacia Camila.
Le bajó la bata roja por los hombros. El conjunto de seda se le pegaba a los pechos, redondos y firmes, con los pezones oscuros ya duros y notoriamente hinchados. Nakamura se agachó y le chupó uno entero, mordiendo la punta. Camila arqueó la espalda y soltó un gemido corto, agudo, un sonido que en catorce años de matrimonio yo nunca le había arrancado.
La mano libre del japonés le bajó por el vientre plano hasta el monte de Venus, cubierto por un triángulo prolijo de vello castaño oscuro. Le separó los labios mayores con dos dedos, despacio, como el que abre una fruta madura. La concha de Camila brillaba ya, entreabierta, los labios menores rosados, pequeños y arrugados, temblando. Un lunar diminuto en el pliegue superior, del color de la canela. Nakamura lo lamió con la punta de la lengua y ella se estremeció entera.
—Exquisita —murmuró él, mirando directo a la cámara—. Cada detalle.
Le metió un dedo en la concha, lo sacó brillante, y con la humedad le rozó el culo. Un anillo cerrado, más oscuro, apretado. Camila contuvo la respiración.
—Tan cerrado —dijo Nakamura—. Un lugar que nadie ha reclamado todavía.
No entró. Solo dejó el dedo apoyado ahí, una promesa, y la empujó suavemente hacia la cama. Camila cayó de espaldas y él se colocó entre sus piernas. Ella las abrió sin protestar. Las medias de red le marcaban los muslos y los tacones le colgaban de las puntas de los pies como armas caídas.
Nakamura no la penetró de golpe. Apoyó la cabeza gruesa de su verga en los labios rosados de mi mujer y los recorrió arriba y abajo, resbalando en la humedad. El sonido que hacía —un chapoteo obsceno, húmedo— se colaba nítido por los micrófonos.
—¿Lista para recibir la inversión completa? —preguntó, mirando la cámara. Mirándome a mí.
Camila asintió con la boca abierta, sin voz. Nakamura empujó. Fue una entrada lenta, milimétrica, la cabeza ancha abriendo camino contra la estrechez de mi esposa. Vi en primer plano cómo desaparecía la punta, cómo el tronco venoso la seguía centímetro a centímetro hasta hundirse entero. Camila soltó un grito ronco, animal, y se agarró de las sábanas con las dos manos.
Empezó a follarla con embestidas largas, profundas, apoyando todo el peso. Desde la cámara del techo yo veía los cojones pesados de Nakamura golpear contra el perineo de Camila con cada empuje —un chap, chap, chap húmedo y rítmico— y a ella acompañarlo con las caderas, buscando el impacto.
—Sí… así… me gusta sentirlos golpeándome… —jadeaba mi mujer con una voz que yo no conocía.
Nakamura le levantó las piernas y se las apoyó en los hombros, doblándola casi por la mitad. Desde ese ángulo la verga entraba más profundo y el vientre de Camila se abombaba con cada embestida. Los pechos le rebotaban salvajemente. La humedad entre ellos era audible, un chasquido constante que sonaba a rendición.
—Eres… la mejor inversión de mi vida —gruñó Nakamura entre besos, perdiendo por primera vez la compostura.
Camila no respondió con palabras. Le clavó las uñas en la espalda y se corrió con un grito largo, tembloroso, la concha contrayéndose visible alrededor de la verga oscura. Nakamura aguantó dos, tres embestidas más y se hundió hasta el fondo con un gemido ronco. Vi los espasmos en su espalda a través de la cámara trasera. Cuando salió, la cámara mostró un instante los labios hinchados de mi mujer, glaseados, temblando.
***
Pensé que era el final. No lo era.
Camila se movió sobre la cama con una energía nueva, como si el orgasmo la hubiera cargado en lugar de dejarla derretida. Se deslizó entre las piernas de Nakamura y le tomó la verga con las dos manos. Le lamió la cabeza roja, recogiendo lo que quedaba de los dos. Después abrió la boca y se la fue tragando, despacio, sin apuro, hasta que la nariz le tocó el vello del japonés. Un espasmo le sacudió el cuello y ella lo tragó también, con los ojos cerrados. Yo apreté el vaso de whisky hasta que crujió.
Le chupó cada cojón entero antes de soltarlo. Nakamura le enredó los dedos en el pelo y gruñó algo en japonés. Su verga, que había empezado a bajar, volvió a levantarse dura y amenazante en cuestión de minutos, las venas otra vez marcadas.
—Sugoi —murmuró—. Asombrosa.
Entonces cambió el tono. La recostó boca arriba y empezó a chuparle el cuello. No eran besos: eran succiones largas, prolongadas, que dejaban óvalos rojos en la piel lechosa de mi mujer. Un chupón bajo la oreja. Otro entre los pechos. Otro en la curva inferior de cada seno. Camila gemía con cada marca, no de dolor: de un placer distinto, el de ser señalada como propiedad. Nakamura bajó por el vientre, por los muslos internos, y en cada parada dejó un moretón fresco.
Después la hizo darse vuelta. Boca abajo, con el culo en alto. Le chupó la espalda, los omóplatos, la cintura. Y cuando llegó a las nalgas la mordió. Camila gritó.
—¡Ay! Ahí duele…
Nakamura la mordió otra vez, más suave. Camila jadeó distinto. La tercera mordida, en la otra nalga, le arrancó un chorro de humedad que las cámaras captaron con crueldad quirúrgica.
—¿Ves? —susurró Nakamura, con la boca pegada a su piel—. Tu cuerpo habla un idioma que tu cabeza todavía no entiende.
Se arrodilló y le separó las nalgas con las dos manos. El culo de Camila apareció en la pantalla en primer plano: un anillo apretado, virgen. Nakamura le masajeó el ojete con el pulgar, en círculos lentos. Ella soltó un suspiro nuevo, de sorpresa, un gemido bajo que no había hecho nunca.
—¿Alguien ha entrado aquí? —preguntó él, y las cámaras me clavaron a mí con la pregunta.
Camila hundió la cara en la almohada.
—Diego lo intentó una vez —dijo, y mi nombre en su boca en ese momento me abrió el pecho en dos—. Fue brusco, torpe, me hizo daño. Se lo prohibí. Desde entonces mi culo está intacto.
Nakamura sonrió como quien recibe un regalo. Se untó el pulgar en su propio líquido preseminal y le presionó el anillo. Entró apenas la yema. Camila exhaló un sonido gutural, lento.
—No duele —susurró, sorprendida—. Al contrario…
Sacó el dedo. Se colocó detrás de ella y apoyó la cabeza gruesa de su verga contra el ojete de mi mujer. No empujó. Durante largos minutos solo lo frotó ahí, en círculos húmedos, dibujándole el anillo con la punta hasta que Camila empezó a moverse hacia atrás, ofreciéndose.
—Por favor, Nakamura-san… métemela… aunque sea un poco…
Cerré los ojos un segundo. Cuando los abrí, la cabeza ancha ya estaba abriendo camino. Un centímetro. Otro. El culo de mi mujer se distendía alrededor de la verga oscura, cediendo. Camila gemía largo, sin quiebre, aceptando.
—¿Más? —preguntó Nakamura.
—Sí… un poco más…
Con la mitad del tronco dentro, se detuvo. A ella le rodaban lágrimas por las mejillas, pero no eran de dolor: eran de una cosa nueva, un placer que no le cabía en el cuerpo. Empezó a moverse, primero superficial, esos pocos centímetros; después más profundo, hasta que la pelvis del japonés quedó aplastada contra las nalgas de Camila.
—Está… dentro —susurró ella, para sí misma—. Dios mío, la tengo entera en el culo.
Nakamura empezó a follarla de verdad. Embestidas largas, sacando la verga casi por completo, brillante, para volver a hundirla en el ojete apretado. Camila metió una mano entre sus piernas y empezó a frotarse el clítoris con desesperación, buscando el punto que las embestidas rectas no le daban.
—¡Sí! ¡Ahí! ¡Ahí mismo! —aulló, fuera de sí.
Se corrió en cadena, un orgasmo detrás de otro, el culo contrayéndose alrededor de la verga de Nakamura y arrancándole a él gruñidos cada vez más animales. La verga entrando y saliendo del ano estirado y brillante, la cara de mi mujer con los ojos en blanco, la mano frenética en el clítoris: la pantalla lo mostraba todo con una nitidez cruel.
Nakamura se hundió por última vez hasta el fondo y se corrió dentro de ella con un gruñido largo. Se quedó ahí, quieto, respirando. Cuando salió, un hilo blanco le colgó a Camila entre las nalgas.
***
La puerta del cuarto de invitados se abrió una hora después. Nakamura estaba otra vez vestido con el kimono. Camila lo seguía envuelta en la bata roja, con los labios hinchados, el pelo revuelto, los ojos con una luz nueva de satisfecha que no me miró.
—La inversión está completa, Vargas —dijo Nakamura, frío otra vez, profesional—. Los fondos se transferirán mañana. Camila fue formidable. Espero que nuestro negocio siga siendo tan fructífero.
No era una sugerencia. Era una declaración. Habría más noches como esta. Era parte del trato que yo mismo había firmado.
En el auto de vuelta, Camila apoyó la cabeza en el vidrio y miró las últimas luces de la ciudad antes del amanecer. Por primera vez en horas habló.
—¿Lo viste todo, Diego?
No le respondí. No había forma de responder. Ella no esperaba respuesta: solo constataba, fría como el vidrio del auto.
La pantalla del cuarto de invitados ya estaba apagada. La imagen de mi mujer disfrutándolo, en cambio, seguía encendida detrás de mis ojos, y algo me decía que iba a seguir encendida mucho tiempo.
Continuará.
