El trío secreto en la casa de la piscina
Me escondí detrás de la mesa por pura curiosidad, no por valentía. Había subido a la sala de la piscina porque no podía dormir, y cuando oí voces al otro lado del sofá, me agaché por instinto. Desde allí apenas veía sus piernas, el borde del sillón y un trozo de la lámpara encendida, pero escuchaba cada palabra con una claridad obscena.
Él hablaba con esa seguridad torpe de hombre calenturiento que cree que insistiendo un poco más le abrirán las piernas. Ella, en cambio, jugaba. Le daba cuerda. Le soltaba una frase sucia, luego una risa baja, después un silencio calculado. Y así lo iba dejando cada vez más tieso, más cerca del ridículo y más lejos de poder controlarse.
—Entonces de follar, ni hablar —dijo él.
—Mira qué rápido has ido al grano —respondió ella, divertida—. Ni has empezado y ya estás llorando por meterla.
Reconocí las voces enseguida. Él era Darío, el marido de mi prima política. Ella, Mara, una de esas parientes lejanas que en las reuniones familiares siempre parecían demasiado cómodas con todos. No eran desconocidos, ni mucho menos. Se notaba en la confianza, en los chistes privados, en la forma en que ella lo llamaba «guapo» solo para reírse de él.
—No me jodas, Mara, sabes que me pones malo —insistió él—. Llevas toda la noche provocándome.
—¿Yo? —soltó una carcajada—. Si tú te calientas con que te miren dos segundos.
Yo seguía inmóvil, con el teléfono en la mano y la respiración contenida. No sé en qué momento decidí empezar a grabar. Tal vez cuando entendí que aquello no iba a quedarse en charla. Tal vez cuando la oí cruzar las piernas y él se quedó callado un segundo demasiado largo, como si acabara de tragarse la lengua.
—Venga —dijo ella—. Si tan loco estás, enséñame eso que tanto vendes.
Él soltó una risita incrédula, la de quien no esperaba que el juego llegara tan lejos. Se oyó el roce de tela, el elástico bajando, un jadeo orgulloso.
—Aquí está. Mírala bien.
—Ajá —contestó ella—. Pues no está nada mal.
Había algo casi cómico en el intercambio, y aun así yo sentí un calor húmedo entre las piernas. No por él. Darío nunca me había parecido gran cosa. Pero había una energía brutal en ver a una mujer manejar la situación, alargarla, cortar, volver a dar. Desde mi escondite me apreté los muslos y seguí grabando.
—Tu turno —dijo él con ansiedad—. Enséñame el coño.
—Qué mandón te pones cuando se te pone dura —replicó Mara.
Se descruzó de piernas. La falda subió. Primero vi el muslo. Luego la tela de las bragas. Él protestó de inmediato.
—Así no vale. Eso es hacer trampa.
—Pues deja de quejarte tanto.
Hubo un silencio breve. Después, el sonido seco del elástico apartándose y un suspiro de él, casi reverencial.
—Joder...
—Ahora sí, ¿no?
—Ahora sí. Acércate un poco, por favor. Desde ahí no veo una mierda.
Mara no se acercó. Lo llamó con un dedo, lenta, segura de que él iría como un perro obediente. Y fue. Se sentó junto a ella, tan rápido que hasta yo sentí la urgencia en el movimiento. En cuanto estuvo cerca, ella volvió a abrir las piernas. Él se quedó un momento quieto, tragando saliva, antes de alargar la mano.
—¿Puedo tocarte?
—Puedes.
La punta de sus dedos empezó en el muslo interno, subiendo despacio. La respiración de Mara cambió de inmediato. Ya no sonaba burlona. Sonaba baja, pesada, de mujer que estaba disfrutando aunque no pensara admitirlo demasiado pronto.
—Tienes la piel muy suave —murmuró él.
—No me hables como si estuvieras en un anuncio. Tócame.
Eso hizo. Le pasó un dedo por la raja, de arriba abajo, apenas rozando. Ella soltó aire por la boca. Luego él repitió el movimiento, esta vez deteniéndose en el clítoris, haciendo círculos pequeños, inseguros al principio y después más firmes cuando notó que ella abría más las piernas.
—Así —susurró Mara—. No metas nada todavía. Primero mójame bien.
Mi coño respondió a esa frase como si me la hubieran dicho a mí. Me llevé una mano por debajo del pantalón del pijama y me froté sobre la tela de las bragas, sin dejar de apuntar con el móvil hacia el sofá. La escena era medio visible, pero los sonidos lo completaban todo: la yema húmeda, el roce de piel, esos pequeños gemidos que una mujer intenta tragarse y no puede.
—Tú también puedes tocarme —dijo él, con la voz quebrada.
—Ya lo sé.
Ella le agarró la polla. Lo hizo sin prisa, como si estuviera probando el peso, la dureza, la reacción. Bajó la piel con el pulgar y le masajeó el glande. Él soltó un gemido ridículo, tan rápido que Mara se echó a reír.
—No me jodas, ¿así de sensible estás?
—Es que me tienes a punto desde hace horas.
—Pues aprende a aguantar.
Lo pajeó lento, mientras él seguía acariciándole el coño. Al principio solo por fuera. Luego, cuando ya se oía claramente lo mojada que estaba, ella separó un poco más los muslos y le ordenó:
—Ahora sí. Méteme un dedo.
Él obedeció de inmediato. El primer dedo entró despacio, midiendo la resistencia. Mara echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un gemido más abierto. Él la besó entonces, con hambre contenida. Primero en los labios, luego metiendo la lengua, y ella se la recibió con un jadeo, sin dejar de mover la mano alrededor de aquella polla tiesa.
—Otro —pidió ella, apartándose apenas—. Méteme otro y muévelos.
La escuché chapotear cuando él le abrió más el coño con dos dedos y empezó a follárselo con la mano. Ella soltó un «ahí» ronco, animal, nada que ver con la mujer burlona de un minuto antes. Ya estaba metida en el juego hasta el fondo, y él lo sabía.
—Estás empapada —murmuró Darío.
—Y tú estás desesperado. No es lo mismo.
—Déjame comértelo.
—Todavía no.
—Venga, solo un poco.
—He dicho que no.
Su tono cambió. No era duro, pero sí claro. El problema fue que él, envalentonado por el manoseo, pensó que podía apretar más. Le cogió el pelo con una mano e intentó bajarle la cabeza hacia la polla. Ella se apartó de golpe.
—No, imbécil. No porque estés cachondo te vuelves dueño de nada.
Se hizo un silencio tenso. Yo me quedé quieta, esperando que todo se rompiera. Pero él, en vez de enfadarse, levantó las manos y tragó saliva.
—Vale, perdón. Me embalé.
—Ya lo veo.
—No te vayas.
—A lo mejor debería.
El cambio de aire fue instantáneo. Él pasó de sobrado a suplicante en una sola frase. La sujetó de las muñecas, casi con miedo.
—Por favor. No me dejes así.
—Mi marido puede notar que tardo —dijo ella, aunque sonaba más pensativa que molesta.
—Pues follamos rápido y te vas.
La propuesta quedó colgando en el aire. Yo podía sentir el pulso en el cuello. Mara no respondió enseguida. Se recolocó la blusa, se bajó la falda, hizo como si se estuviera yendo. Darío se quedó clavado en el sitio, respirando por la boca, con la polla afuera y una cara de derrota tan evidente que hasta me dio risa.
Entonces ella salió de la habitación.
Darío se desplomó en el sofá, se tapó la cara un segundo y luego, vencido por la calentura, volvió a sacar la polla y empezó a pajearse con furia. Desde mi escondite lo veía mejor que antes: el movimiento rápido de la mano, el abdomen tenso, la boca entreabierta. No era elegante ni bonito. Era puro desespero masculino. Y aun así seguía calentándome.
Sal de ahí, me dije. Pero no me moví.
No habían pasado ni tres minutos cuando la puerta volvió a abrirse. Mara entró como una exhalación y fue directa hacia él. Darío se levantó de golpe.
—Mi marido está dormido —dijo ella, excitada ahora sin máscara—. Si vamos a hacerlo, hazlo ya.
—¿Sí?
—Sí, pero con condón.
—No tengo.
—Entonces busca, inútil.
Rebuscó en los cajones del escritorio hasta encontrar una caja. Yo me arrastré un poco más hacia dentro de mi escondite para no quedar expuesta si se movían. Ella rasgó uno con los dientes, se arrodilló frente a él y le desenrolló el preservativo con una calma que me dejó helada. No se la mamó. Ni una lamida, ni una concesión. Solo se la enfundó y le apretó los huevos con la mano, mirándolo fijo.
—Ahora sí. Fóllame.
Fueron al sofá. Mara se quitó la falda y las bragas, se tumbó boca arriba y abrió las piernas sin pudor. La blusa seguía puesta, pero el escote se le había corrido y casi se le salían las tetas. Darío se puso entre sus muslos, se agarró la polla para apuntar y la empujó dentro de un golpe seco.
Ella soltó un gemido largo, agradecido.
—Así, joder... así.
Él empezó con embestidas cortas, rápidas, como si temiera correrse en seguida. El sillón crujía. El ruido húmedo del condón entrando y saliendo se mezclaba con los besos sucios que se daban entre jadeos. Mara lo agarró de la nuca, le mordió el labio y le abrió más las piernas.
—No me la metas a medias —le exigió—. Hasta el fondo.
Darío obedeció. Echó el cuerpo hacia delante y empezó a clavársela entera, de verdad, hundiéndose hasta pegar la pelvis contra su coño en cada embestida. El sonido cambió: un golpe de piel, un choque húmedo, la respiración rota de los dos.
—Joder, qué rico lo tienes —gruñó él.
—Y tú deja de hablar tanto y fóllame.
Le agarró el culo con las dos manos para controlar el ritmo. Ahora ya no era él pidiendo permiso. Era ella marcándole la velocidad con las caderas, recibiéndolo y devolviéndoselo, buscando ángulo, profundidad, ese punto interno que la hacía retorcerse.
—Ahí... ahí, cabrón, ahí me das.
Mi mano seguía entre mis piernas. Tenía las bragas mojadas. Apenas me rozaba el clítoris con dos dedos, muy despacio, porque no quería hacer ni el más mínimo ruido. La escena me estaba arrastrando. El sofá golpeando la pared. La polla entrando una y otra vez. La voz de Mara poniéndose cada vez más ronca.
—Sácame las tetas —dijo ella de repente.
Él le abrió la blusa de mala manera, casi arrancando un botón. Sacó una teta, luego la otra, y se inclinó a chuparle un pezón mientras seguía empujando desde abajo. Mara gimió más fuerte. Le agarró la cabeza y se lo pegó al pecho.
—Chupa, joder. Así.
Darío alternó entre mamarle los pezones y follársela con embestidas profundas. Cada vez que salía casi por completo, Mara protestaba.
—No me la quites. No me la quites toda.
—Te la quiero volver a meter de golpe.
—Pues hazlo.
Él la sacó casi entera y volvió a entrar con un envión brusco que la hizo gemir con la boca abierta. Después repitió la maniobra varias veces, cebado ya con el efecto que le provocaba. Mara acabó agarrándolo por los hombros, las uñas clavadas, la espalda arqueada sobre el brazo del sillón.
—Voy a correrme si sigues así —dijo él, jadeando.
—Ni se te ocurra tan pronto.
—No puedo aguantar mucho.
—Pues trabaja. No me dejes a medias.
La forma en que lo dijo tenía experiencia, descaro, costumbre de mandar incluso mientras le metían una polla. Él apretó los dientes e intentó controlarse, cambiando el ritmo por uno más corto. Ella chasqueó la lengua, fastidiada.
—Más fuerte. Y deja de hacer esa mierda de aguantar. Quiero sentirla de verdad.
Darío volvió a embestir con ganas, poniéndose casi de pie para coger mejor palanca. El sofá gemía debajo de ellos. Los pechos de Mara rebotaban con cada golpe. Ella se los sujetó un segundo, luego se metió dos dedos en la boca, se los mojó y bajó a frotarse el clítoris justo donde las embestidas no llegaban.
—Así sí —jadeó—. Sigue, sigue, no pares.
Fue entonces cuando noté otra presencia en la habitación.
Al otro extremo, cerca de la puerta, una sombra se había quedado quieta. Tardé dos segundos en reconocer al marido de Mara, León. No dijo nada al principio. Solo miraba. Y cuando afiné la vista, vi que se estaba pajeando en silencio mientras observaba cómo Darío se follaba a su mujer.
El corazón me dio un vuelco. Quise salir corriendo. Quise gritar. No hice ninguna de las dos cosas.
León seguía con la mano en la polla, disfrutando de la escena como si hubiera esperado exactamente eso. Yo entendí de golpe que aquello no era un accidente. O no del todo. Había demasiada calma en él, demasiado vicio tranquilo en la forma en que contemplaba a su mujer abierta de piernas debajo de otro hombre.
Mara estaba a punto de correrse. Se le veía en la cara, en la mandíbula apretada, en el temblor de los muslos. Darío también iba al límite. Y justo entonces León avanzó y habló:
—Quieto. Apártate un poco.
Darío se quedó helado, medio fuera de ella.
—¿Qué coño...?
—Que te apartes. No la vas a dejar así.
Mara lo miró con una mezcla extraña de vergüenza y excitación. No protestó. León se acercó al sofá, le agarró el mentón y le dio una bofetada seca, no brutal, pero sí suficiente para ponerle la cara de lado. Ella gimió. No de dolor. De calentura.
—Mira qué puta te has puesto —le dijo él—. Te gusta que te la metan mientras te miro, ¿verdad?
—Sí —contestó ella, casi sin aire.
León la besó con violencia, metiéndole la lengua, y mientras lo hacía se bajó el pantalón corto. También llevaba condón ya puesto. Eso terminó de confirmarme que todo estaba más pensado de lo que aparentaba. Se colocó entre las piernas de Mara sin pedir permiso y empujó la polla dentro de su coño aún abierto por las embestidas anteriores.
Ella casi gritó.
—Joder... joder, así sí...
León no follaba como Darío. No tenía la ansiedad del que mendiga un polvo. Follaba como quien reclama algo que considera suyo y, al mismo tiempo, disfruta compartiéndolo. Le agarró el pelo y empezó a embestir con un ritmo duro, constante, sin dejarle recuperar el aliento.
—Mírala —le dijo a Darío—. Mira cómo se abre para cualquiera si la calientan bien.
Darío seguía con la polla semidura, aturdido, excitado y humillado a la vez. Y sin embargo no se fue. Se quedó mirando. Eso era lo más revelador de todo.
—Ven aquí —ordenó León.
Él obedeció, casi hipnotizado.
—Ponte delante. Que te la chupe mientras yo me la folló.
Mara negó con la cabeza un segundo, no con terror, sino con esa resistencia blanda de quien aún quiere guardar algo de dignidad. León le tiró del pelo hacia atrás.
—Abre la boca.
Ella abrió. Darío acercó la polla. Al principio entró solo la punta, húmeda por el condón retirado hacía un momento y por la excitación acumulada. Luego, cuando León le mantuvo la cara firme, Darío empezó a follarle la boca de verdad.
Desde mi escondite apenas podía respirar. Frente a mí estaba Mara clavada en el sofá, el marido entrando y saliendo de su coño con golpes secos, y el otro hombre metiéndole la polla en la boca a intervalos, más confiado cada vez, ya sin el pánico inicial.
Ella babeaba. Tosía cuando Darío se pasaba de fondo. León la seguía embistiendo sin compasión, mirando cómo se atragantaba.
—Así me gusta —gruñó—. Con la boca llena y el coño ocupado.
El ruido era brutal. Un cuerpo contra otro. La garganta tragando a la fuerza. El sofá golpeando la pared. Los gemidos cortados de Mara, que ya no sabía si apartarse o ofrecerse más. Sus tetas se agitaban con violencia. Sus ojos se humedecieron. Y aun así seguía mojándose, porque cada embestida sonaba más resbaladiza que la anterior.
Darío se vino arriba. Le agarró el pelo con una mano y empezó a marcar el ritmo en su boca, entrando más hondo, sacándola casi entera y volviendo a meterla. Mara le sostenía la muñeca como podía, intentando controlar la profundidad entre arcadas.
—Despacio —consiguió decir cuando León la soltó un segundo.
—No, hoy no —contestó él, clavándosela otra vez con fuerza.
León la estaba destrozando a polla y se notaba que también iba cerca. Se agachó para morderle un pezón, luego le separó las piernas más aún y cambió el ángulo. Mara se arqueó tanto que casi perdió apoyo en el sofá.
—Ahí, ahí, no me cambies —gemía—. Me corro, me corro...
—Espérate.
—No puedo, cabrón, no puedo.
Darío también estaba al límite. Se apartó de la boca con la respiración rota.
—Me corro.
—Pues te corres donde yo diga —soltó León.
Mara intentó hablar, pero solo le salió un jadeo. Él la sujetó de la mandíbula y la obligó a mirarlo.
—Abre.
Esta vez obedeció sin discutir. Darío se arrodilló delante de ella y empezó a correrse con sacudidas cortas, echándole la leche en la boca y alrededor de los labios. Parte le cayó en la barbilla, parte en el pecho. Mara cerró los ojos, tragó lo que pudo y escupió lo demás entre jadeos.
Ver eso fue demasiado para mí. Mi mano se movió más rápido bajo el pantalón. Me mordí el labio para no hacer ruido mientras sentía el orgasmo acercarse, feroz y secreto, escondida como una enferma a pocos metros de aquella locura.
León, al notar que su mujer se contraía de nuevo, aceleró. Le clavó la polla hasta el fondo varias veces seguidas, agarrándole una pierna para abrirla más. Mara se corrió entonces con un espasmo entero, apretándole la verga dentro. Él gruñó y se vació en el condón sin sacarla, pegado a ella, respirando como un animal.
Yo también me corrí en silencio detrás de la mesa, con la frente sudada y las piernas temblando.
***
Durante unos segundos nadie habló. Solo se oían las respiraciones, el plástico del condón al salir, una tos ahogada de Mara mientras se incorporaba como podía. León se apartó primero. Darío seguía de rodillas, mirando el desastre que habían hecho entre los tres con una cara entre el orgullo y el desconcierto.
Mara cogió una papelera y escupió dentro lo que no había querido tragar. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a su marido con fastidio.
—Eres un hijo de puta.
León se rió, satisfecho.
—Y tú una viciosa. Si no te gustara, me habrías parado.
Ella resopló, pero no pudo evitar sonreír con cansancio. Darío, en cambio, seguía descolocado.
—¿Esto... lo hacéis siempre?
—Siempre no —dijo Mara, recolocándose la blusa sin ninguna prisa—. Pero tampoco ha sido la primera vez que miran mientras me follan.
León se subió el pantalón y se inclinó para besarle la frente con una ternura que me resultó todavía más perversa después de lo visto.
—Voy a la cama —le dijo—. No tardes.
—Ahora voy.
Él salió tan tranquilo como había entrado. Darío se dejó caer en el suelo, todavía procesándolo todo. Mara se limpió el pecho con un pañuelo, recogió la falda del suelo y volvió a sentarse en el sofá con las piernas cruzadas, como si acabaran de terminar una conversación cualquiera.
—No pongas esa cara —le dijo—. Has follado bien.
—Ya, pero tu marido...
—Mi marido disfruta así. A veces mira. A veces manda. A veces se mete. Si sigues viniéndote encima de ti mismo del susto, no te voy a invitar otra vez.
Darío soltó una risa nerviosa.
—Joder... menuda noche.
—Y todavía preguntas mucho para alguien que hace un rato estaba suplicando por meterla.
Ella le apoyó una mano en el muslo. Él la miró como si no supiera si aquello era una recompensa o una nueva trampa.
—¿Te has quedado vacío del todo? —preguntó Mara.
—Más o menos.
—Pues descansa cinco minutos. Igual luego te doy otra vuelta.
Yo apagué la grabación al oír eso. Había tenido suficiente. Me arrastré muy despacio fuera del escondite, aproveché el instante en que ambos se besaban de nuevo y salí de la sala sin hacer ruido. Bajé la escalera con el corazón todavía disparado, las bragas pegadas al coño y una certeza incómoda metida en el cuerpo.
En esa casa, el deseo no se escondía. Se administraba. Se compartía. Se observaba. Y a veces, si tenías mala suerte o demasiada curiosidad, te encontraba agachada detrás de una mesa y te convertía también en parte del juego.
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