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Relatos Ardientes

Trío en la autocaravana durante una parada

No fue de golpe. Cuando pienso en aquella noche, entiendo que todo venía cocinándose desde días antes, durante el viaje con nuestros amigos en su autocaravana. Éramos dos parejas maduras, demasiadas horas juntos, demasiada playa, demasiado calor y demasiado deseo mal llevado.

Mi mujer se llamará aquí Clara. Mi amigo, el dueño orgulloso de aquella bestia sobre ruedas, se llamará Rubén. Su esposa, Irene. Todos pasábamos de los treinta y de largo, y a esas alturas del matrimonio yo ya llevaba demasiado tiempo acostándome con Clara para dejarla a medias o para fingir que todo iba bien cuando no iba bien una mierda.

Rubén solo parecía excitarse de verdad con la autocaravana. La lavaba, la revisaba, ajustaba cierres, controlaba depósitos y neumáticos como si fuera una amante. Yo, en cambio, me excitaba con cosas mucho más simples y mucho más sucias: con las piernas de Irene saliendo del agua, con sus pezones marcándose bajo el bañador mojado, con la forma en que sus tetas pesaban y se movían cuando caminaba por el camping.

No tenía cuerpo de veinteañera, y menos mal. Tenía el cuerpo de una mujer adulta, con carne real, culo generoso y unas tetas que se vencían apenas lo justo para ponerme todavía más caliente. Cada vez que aparecía con bikini, yo me quedaba clavado como un idiota, mirando de reojo para que Clara no me pillara, aunque en el fondo sospecho que ya me había visto más de una vez.

Una mañana la sorprendí desnuda en la ducha de la autocaravana. Abrí sin pensar y me la encontré empapada, con el cabello pegado al cuello y una mano tratando de taparse el coño mientras la otra se cruzaba sobre el pecho. Pedí perdón y cerré enseguida, pero esa imagen se me quedó metida en la cabeza como un hierro ardiendo.

Media hora después me fui al pinar que bordeaba el camping y me masturbé apoyado contra una roca, con la polla dura y la respiración rota. Me corrí pensando en Irene mojada, en su coño afeitado y en la expresión de sorpresa con la que me había mirado. Acabé con la mano pegajosa y una culpa mediocre que no me duró ni diez minutos.

El viaje siguió. Playas, áreas de servicio, cerveza fría, sobremesas largas y esa confianza rara que se crea cuando dos parejas conviven demasiado. Clara estaba más suelta de lo normal con Irene, y Rubén, cuanto más bebía, más pesado se ponía hablando de rutas, motores y campings. Yo observaba. Irene también observaba.

La parada que lo cambió todo fue en un área de carretera bastante grande, de esas con surtidores, restaurante abierto toda la noche, motel y filas de camiones aparcados bajo la luz blanca. Rubén tomó la salida diciendo que estaba prevista. A esas alturas, yo ya sabía que para él todo estaba previsto.

Entramos al bar a cenar algo. Había camioneros, turistas, empleados medio dormidos y una televisión encendida sin sonido sobre la barra. Nos sentamos, pedimos cerveza, carne a la plancha y patatas, y al poco Rubén ya estaba charlando con dos tipos corpulentos que se apoyaban en la barra como si el local les perteneciera.

Uno era mayor, canoso, barrigón, con manos grandes y voz ronca; diré que se llamaba Mauro. El otro, más o menos de nuestra edad, ancho de hombros, barba corta y una sonrisa sobrada, será Damián. Eran de esos hombres que ocupan espacio incluso sentados. En pocos minutos ya estaban compartiendo mesa con nosotros.

Lo primero que noté fue cómo miraban a nuestras mujeres. Lo segundo, cómo ellas lo notaban y no parecían incómodas. Irene, de hecho, respondía con una media sonrisa cada vez que Damián le decía algo. Clara se mostraba más reservada, pero no apartaba del todo la mirada cuando Mauro se inclinaba hacia ella.

Rubén bebió demasiado y demasiado rápido. Se le espesó la lengua, se le fue la espalda hacia atrás en la silla y anunció que se iba a dormir a la autocaravana. Irene quiso acompañarlo, pero Damián se ofreció antes de que yo pudiera abrir la boca.

—Yo lo llevo. No te preocupes —dijo, levantándolo casi sin esfuerzo.

Irene se puso de pie al instante.

—Voy a abrir y a dejarle la cama lista.

Los vimos marcharse juntos. Clara y yo nos quedamos con Mauro, que pidió otra ronda como si la noche apenas empezara. Yo miraba la puerta cada poco. No sé cuánto tardaron en volver, pero me pareció demasiado.

Cuando regresaron, Irene venía algo colorada. Damián traía esa misma sonrisa de macho satisfecho que dan ganas de romper a puñetazos. Clara lo notó. Yo también. Y sin embargo nadie dijo nada claro. Solo siguieron bebiendo, riendo y acercándose cada vez más unos a otros.

Fui a la barra por agua porque empezaba a sentirme raro, adormilado, más lento de lo normal. Desde allí los vi. Damián ya tenía un brazo sobre los hombros de Irene. Mauro estaba demasiado pegado a Clara. Mi mujer no se apartaba. Irene tampoco.

Salí un momento a tomar aire. La noche estaba tibia, llena de motores apagados y olores a combustible. Me fumé un cigarro que me dio un francés y cuando regresé al bar, la mesa estaba vacía.

Sentí un golpe seco en el estómago.

Pregunté al camarero, y con un gesto de cabeza señaló hacia el aparcamiento de autocaravanas. Caminé deprisa, con esa mezcla de rabia, miedo y morbo que te retuerce por dentro. La puerta lateral de la autocaravana de Rubén estaba cerrada, pero no del todo. La luz interior se escapaba por la rendija.

Me acerqué sin hacer ruido y oí primero las voces. Después los gemidos. Me quedé helado.

—Así, joder... así —era la voz de Irene.

Luego escuché a Clara. Un sonido ahogado, una queja que no era protesta.

Empujé la puerta despacio y la escena me dejó clavado.

Irene estaba de rodillas en el pasillo estrecho de la autocaravana, con la blusa abierta y una polla en la boca. Era la de Damián, que le sujetaba el pelo con una mano mientras se la metía hasta la garganta. Mauro estaba sentado en el pequeño sofá, con Clara encima, levantada la falda hasta la cintura, las bragas apartadas a un lado y el coño ensartado en la polla gruesa del viejo. Mi mujer lo cabalgaba con los ojos cerrados y la boca entreabierta, moviendo las caderas como si llevara toda la vida esperando hacerlo.

Por un segundo nadie me vio. Yo solo miré. Vi la saliva caer por la barbilla de Irene. Vi el culo de Clara subir y bajar sobre esa verga ajena. Vi a Rubén al fondo, dormido de lado en la cama trasera, roncando como un animal inconsciente mientras su mujer le chupaba la polla a un desconocido a pocos metros.

Fue Clara quien abrió los ojos primero y me vio en la puerta.

—No cierres —dijo jadeando—. Entra.

Debería haber montado una escena. Debería haber agarrado a mi mujer y largarme. Debería haber despertado a Rubén de una hostia. Pero lo que hice fue quedarme mirando cómo Clara volvía a dejarse caer sobre la polla de Mauro hasta que las pelotas del camionero le golpearon el culo.

—Tu mujer folla de maravilla —gruñó él sin dejar de empujar hacia arriba.

Eso me encendió y me humilló al mismo tiempo. Noté la polla tiesa dentro del pantalón. Clara la vio. Sonrió como si me hubiera pillado en un secreto miserable.

—Cierra la puerta y ven aquí —me ordenó.

Entré. Cerré. El motor lejano de un camión vibraba fuera mientras dentro el aire olía a sudor, cerveza y sexo recién abierto. Damián sacó la polla de la boca de Irene, brillante de saliva, y ella respiró con la cara descompuesta, excitada, hambrienta.

—Tu amigo duerme como un tronco —dijo ella, mirándome—. Ni se mueve.

—Y tu mujer se ha mojado enseguida —soltó Mauro, dándole un azote seco a Clara en el culo.

Clara gimió, y ese gemido me reventó la poca dignidad que me quedaba.

—Enséñame —dije, sin reconocer del todo mi propia voz.

Mauro se apartó apenas lo justo para que yo viera el coño de mi mujer abierto, brillante, con su polla entrando y saliendo. Clara separó más las piernas por su cuenta.

—Mírame bien —me dijo—. Ya que te gusta mirar, mira cómo me folla.

Sentí un latigazo en el pecho. Celos, sí. Morbo, mucho más. Me acerqué y le puse la mano entre los muslos. Estaba empapada de verdad. No era teatro, no era borrachera, no era un error. Le gustaba. Le estaba gustando muchísimo.

—Joder, Clara...

—Méteme los dedos —me pidió con voz ronca—. Quiero sentirte también.

Le metí dos dedos mientras Mauro seguía penetrándola. La sensación de su coño apretando mis dedos a la vez que tragaba otra polla me volvió loco. Ella soltó la cabeza hacia atrás y empezó a correrse así, entre los dos, temblando encima del camionero y apretándome la muñeca con una mano.

—Eso es, nena, córrete —bufó Mauro.

—No me llames nena —respondió Clara, y acto seguido se corrió más fuerte todavía.

Damián me dio un empujón leve en el hombro.

—Tu turno de participar, campeón. O solo vas a mirar.

Irene seguía de rodillas. Se limpió la boca con el dorso de la mano, se apartó el pelo de la cara y me sostuvo la mirada. Ya no tenía nada de pudor. Solo hambre.

—Sácatela —me dijo.

Me bajé la cremallera. La polla me salió dura, pesada, casi dolorida. Irene se inclinó hacia ella antes de que yo dijera nada y me la lamió desde la base hasta la punta. Lo hizo despacio, mirándome todo el tiempo, como si supiera exactamente lo mucho que me había masturbado pensando en ella durante aquel viaje.

—Así que era verdad cómo me mirabas —murmuró antes de tragársela.

Su boca estaba caliente, húmeda y decidida. No chupaba como una aficionada ni como una mujer tímida haciendo una gracia. Chupaba como alguien que tenía claro lo que quería provocar. Me agarró del culo para hundirme más en su garganta, y yo le sujeté la cabeza mientras me la follaba con pequeñas embestidas. Sentí su lengua apretándome por debajo, su saliva corriéndome por los huevos.

Clara seguía sobre Mauro, pero ahora me miraba a mí. Nos sostuvimos la mirada mientras Irene me comía la polla. Mi mujer estaba despeinada, roja, con el rímel corrido y las tetas casi fuera del sujetador. Nunca me había parecido tan guarra ni tan excitante.

—Quiero esa boca después —le dijo Clara a Irene.

Irene sonrió soltándome la polla con un chasquido húmedo.

—La vas a tener.

Damián le levantó la barbilla a su compañera de juego y la besó, metiéndole la lengua dentro con brutalidad, saboreando mi polla en su boca. Luego la hizo levantarse y la giró de espaldas contra la pequeña mesa plegable. Le bajó el pantalón corto y le abrió las piernas.

—Ven —me dijo a mí—. Ponte delante.

Entendí enseguida. Me coloqué frente a Irene, saqué la polla otra vez y ella la agarró mientras Damián se situaba detrás. Él le metió dos dedos primero, hurgando sin delicadeza, y luego le clavó la polla de una sola embestida. Irene soltó un grito seco y acto seguido me la metió a mí en la boca para morderlo y tragárselo al mismo tiempo.

La folló fuerte desde el primer segundo. La autocaravana se movía con cada golpe. Irene tenía la mejilla contra la mesa, un pecho fuera, la boca ocupada conmigo y el coño siendo reventado por detrás. El ruido era obsceno: saliva, choques de carne, gemidos rotos. Yo no podía apartar la vista.

—Joder, qué buena estás —le decía Damián—. Aprieta, aprieta ese coño.

Irene se soltó mi polla un momento para jadear:

—No pares... métela toda.

Se la volvió a meter en la boca ella sola, desesperada, mientras él aumentaba el ritmo. Yo le acaricié el cuello y una teta, pellizcándole el pezón hasta ponerlo duro. Ella tembló entera. Había algo salvaje en verla entregada así, casada, adulta, a pocos metros de su marido dormido.

Clara ya no estaba sobre Mauro. Ahora estaba arrodillada entre sus piernas, mamándosela con una avidez que nunca me había mostrado a mí. El viejo le sujetaba la cara y le empujaba la polla hasta el fondo, y ella tragaba tosiendo, babándose, sin dejar de mover la mano en la base.

—Mírala —me dijo Mauro—. Tu mujer tiene talento.

Me acerqué a Clara. Le metí los dedos en el pelo mientras seguía chupando. Cuando me miró desde abajo, con la boca llena de polla y los labios brillantes, sentí una descarga brutal. Me bajé a su altura y le puse una mano en el culo. Estaba temblando de excitación.

—Levántate —le dije.

Obedeció enseguida. Le giré el cuerpo y la apoyé con las manos en el respaldo del sofá. Le aparté las bragas del todo y le abrí el coño con los dedos. Mauro se levantó para dejarme sitio, pero Clara negó con la cabeza.

—No. Quiero a los dos.

Nos miramos los tres. La frase quedó suspendida un segundo en el aire. Fue ella quien tomó la mano de Mauro y se la llevó a una de sus tetas mientras yo me colocaba detrás y me escupía en la polla.

—Fóllame ya —dijo—. Y que él me toque.

Se la metí de golpe. Clara lanzó un gemido largo, de alivio puro. Su coño seguía abierto y mojado por la polla anterior, y aun así me apretó con fuerza al entrar. Empecé a embestirla mientras Mauro le sobaba las tetas, le pellizcaba los pezones y le metía dos dedos en la boca para que los chupara.

—Más fuerte —me pidió ella, con la voz rota.

Le agarré la cadera con una mano y el pelo con la otra y empecé a follarla duro, sin cuidar el ruido, sin pensar ya en nada salvo en cómo me tragaba la polla una y otra vez. Su culo me golpeaba el pubis. Las paredes de la autocaravana crujían. Ella gemía cada vez más alto.

Irene, al otro lado, seguía siendo follada por Damián. Llegó un momento en que no podía más y se apartó de mi polla para correrse. Se arqueó entera, con las piernas temblando y la cara deshecha, mientras él seguía clavándosela hasta hacerla jadear como si le faltara aire.

—Me corro, me corro... joder, sí... —repetía.

Damián no frenó. Le agarró el cuello por delante, sin apretar de más pero marcando dominio, y siguió martillándola hasta correrse él también con un gruñido animal. Se quedó unos segundos enterrado hasta el fondo, vaciándose dentro mientras ella cerraba los ojos y dejaba caer la cabeza.

Esa imagen me puso al borde. Clara lo notó por cómo le clavé los dedos en la cintura.

—No te corras todavía —me suplicó—. Quiero probarla.

Salí de ella con esfuerzo. Mi polla brillaba de flujo y saliva. Clara se volvió enseguida hacia Irene, que estaba todavía apoyada en la mesa, con las piernas flojas y el coño lleno. Mi mujer se arrodilló entre sus muslos sin ninguna duda, le apartó bien las piernas y le metió la lengua.

Irene soltó un gemido ronco y se agarró a mi hombro.

Clara lamía con descaro, sin prisas, saboreando la corrida fresca que se mezclaba con el coño de la otra mujer. Metía la lengua hondo, subía al clítoris, volvía a bajar y la abría con los dedos para beber más. Irene empezó a balancear la cadera hacia su cara, pidiéndole más con el cuerpo.

—Qué cabrona... —jadeó Irene—. Sigue, sigue así.

Damián se había sentado a mirar, recuperando el aliento, y Mauro me señaló el suelo delante de Clara.

—Haz que te la chupe mientras come coño.

La idea me calentó al instante. Me acerqué, le toqué la mejilla a Clara y ella levantó la vista, entendiendo enseguida. Sin apartarse del coño de Irene, abrió la boca. Le metí la polla y ella empezó a alternar: una lamida larga arriba, una chupada a mí; lengua en el clítoris, labios en mi glande; coño y polla, polla y coño, todo mezclado. La visión era tan obscena que casi me derrumbo allí mismo.

Irene estaba perdiendo la cabeza. Se corrió otra vez, esta vez gritando de verdad, apretándole la cabeza a Clara entre los muslos mientras yo me follaba su boca. Mi mujer seguía lamiéndola incluso mientras temblaba, tragándose todo lo que salía de ella con un hambre que me dejó sin palabras.

No aguanté más. Saqué la polla de su boca y me corrí sobre su cara y su pecho, en varias sacudidas fuertes. Clara cerró los ojos un segundo, recibió la corrida sin apartarse y luego se pasó dos dedos por la mejilla para llevarse mi semen a la lengua. Ese gesto me remató por dentro.

—Ahora tú —le dijo Mauro, tirando de ella para levantarla.

La sentó de nuevo en el sofá, le abrió las piernas y se arrodilló entre ellas. Empezó a comerle el coño con una devoción bruta, metiendo la lengua como si quisiera arrancarle otro orgasmo a mordiscos. Clara aún tenía restos de mi corrida secándose en el escote mientras jadeaba y se corría otra vez sobre la boca del camionero.

Damián, ya recuperado, me miró y señaló a Irene.

—Te toca follarla si tanto la deseabas.

Irene se dio la vuelta despacio. Tenía los labios hinchados, las piernas abiertas, el coño brillante y una expresión de puro vicio que todavía hoy recuerdo con nitidez. Se apoyó en la mesa y miró por encima del hombro.

—Ven. Llevas mirándome todo el viaje.

Me acerqué con la polla aún semidura. Ella me la agarró y la guio hasta su entrada. Estaba abierta, muy mojada, caliente. Entré poco a poco esta vez, disfrutando de cómo me engullía, de cómo su respiración se cortaba con cada centímetro.

—Así... despacio al principio —murmuró.

Le apoyé una mano en la cintura y otra en la espalda. Empecé a moverme con un ritmo profundo, menos salvaje, más preciso. Irene respondía empujando el culo hacia mí. Su coño me apretaba de una manera deliciosa, todavía sensible por la follada anterior. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, soltaba un gemido corto.

Clara se acercó por delante y besó a Irene en la boca mientras yo la follaba. Se besaron de verdad, con lengua, con hambre, como si llevaran tiempo deseándolo. Luego Clara bajó una mano y empezó a frotarle el clítoris mientras yo seguía entrando y saliendo.

—No voy a durar —dije.

—Pues córrete dentro —respondió Irene sin dudar—. Quiero sentirla.

Eso terminó de romperme. Apreté los dientes y aceleré. La mesa golpeaba la pared con cada embestida. Clara seguía frotándola y besándola. Irene empezó a suplicar, ya sin vergüenza.

—Más... más fuerte... joder... sí, así... no pares...

Le di todo lo que me quedaba. Cuando se corrió, lo hizo apretándome tanto que me vacié dentro al instante, enterrado hasta el fondo, jadeando contra su espalda. Sentí cómo le temblaban las piernas y cómo Clara la sostenía por delante para que no se viniera abajo.

Nos quedamos unos segundos quietos, respirando todos como animales cansados. Rubén siguió dormido al fondo, ajeno a todo, con una pierna fuera de la sábana. Aquello le daba a la escena un punto todavía más sucio, más imposible.

***

Nos vestimos a medias y limpiamos lo justo. Nadie tenía ganas de hablar demasiado. Mauro y Damián salieron primero, discretos para lo que acababan de hacer, y desaparecieron entre las luces del aparcamiento sin pedir números ni prometer nada.

Dentro quedamos los cuatro, o mejor dicho tres despiertos y Rubén roncando. Clara se sentó frente a mí con la cara lavada a medias. Irene se acomodó a su lado, despeinada, agotada y todavía hermosa de una forma descarada.

—No voy a pedir perdón —dijo mi mujer al cabo de un rato.

—Ni yo —añadió Irene.

Las miré a las dos. Yo tampoco podía fingir inocencia. Había visto a mi mujer follar con otro, había deseado a la de mi amigo, me la había follado y me había corrido dentro de ella. Ya no quedaba espacio para la moral de saldo.

—Entonces al menos no mintamos —dije.

Clara sostuvo mi mirada.

—Me puse caliente desde que vi cómo mirabas a Irene en la playa. Esta noche quería saber hasta dónde llegábamos.

Irene soltó una risa cansada.

—Y yo quería que dejaras de mirarme y empezaras a tocarme.

Miré a Rubén dormido. La culpa volvió un momento, pequeña y tardía. Pero debajo de ella seguía latiendo otra cosa: la imagen de las dos, los gemidos, el sabor de la noche, la certeza de que habíamos cruzado una puerta que ya no se podía cerrar.

No dormimos casi nada. Al amanecer, cuando el área de servicio empezó a llenarse otra vez de motores, café y pasos, yo seguía despierto recordando cada detalle. El viaje continuó esa misma mañana, pero nada era igual dentro de aquella autocaravana.

Desde entonces entendí algo incómodo: a veces el deseo no llega para mejorar una pareja ni para destruirla, sino para arrancarle la máscara. Y la máscara que se nos cayó aquella noche dejó ver a cuatro adultos demasiado hambrientos, demasiado curiosos y demasiado dispuestos a follar cuando por fin se presentó la ocasión.

Para quienes leen desde zona oeste: chicas escort en Morón, con fotos reales.

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Valora este relato

Comentarios(8)

Nico_2187

Tremendo relato!! No me lo esperaba tan bueno, me engancho desde el primer parrafo.

CaminoLector

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas. No podes dejarlo ahi!

MetroViajero_

El bar del comienzo te va preparando para lo que viene... muy bien construido el ambiente.

PabloK_mdq

La situacion me resulto muy creible jajaja. Esas paradas de ruta tienen su magia, eso es seguro

CarlaK_08

Sera una historia real? Da la impresion que si... en todo caso muy bueno

voyeurK

Al final al marido no le fue tan mal jeje. Muy entretenido

LectBaires_33

Excelente ritmo, no se hace largo en ningun momento. De lo mejor que lei ultimamente en esta categoria.

Ramiro_pba

buenisimo!!!

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