Mi novia volvió de viaje con una confesión a oscuras
Había sido una semana de esas que se hacen eternas. Tuvimos la suerte de dormir juntos del domingo al miércoles, pero el jueves por la mañana Marina tuvo que coger un tren a primera hora; había asuntos de trabajo que no podían esperar. Por suerte esta vez volvía pronto: el viernes por la tarde ya estaba de nuevo en la ciudad.
Regresaba con dos compañeras de la oficina que tenían que quedarse el fin de semana antes de seguir viaje. Su empresa las mandaba a otro destino el domingo, y nuestra ciudad les quedaba de escala. A Marina le tocó hacer de anfitriona.
Yo tenía una cena con amigos esa misma noche, así que ella se ofreció a buscar un restaurante bonito y enseñarles algo de la vida nocturna de la zona. Cuadraba bien: cada uno tenía su plan y nos veríamos al final en casa.
Coincidimos apenas un rato. Ella pasó a cambiarse mientras sus compañeras se instalaban en el hotel, y yo estaba todavía duchándome después del trabajo. La encontré en el dormitorio terminando de ponerse un vestido oscuro, ajustado, de los que reservaba para las ocasiones.
—Estás guapísima —le dije, apoyado en el marco de la puerta.
Ella solo sonrió y se acercó a darme un beso largo, de esos que dejan ganas de cancelarlo todo y quedarse en casa.
—Luego nos vemos. En la cama ya, supongo —dijo antes de salir.
***
Serían las dos y media de la madrugada cuando llegué cerca del portal. Le escribí para decirle que esperaba que se lo estuviera pasando bien, que tuviera cuidado al volver y que yo me iba ya a dormir. Me contestó enseguida.
—Llego en un ratito. Te quiero.
Me di una ducha rápida, me puse un pantalón corto y una camiseta sin mangas y me metí directo en la cama. Estaba a medio camino del sueño cuando oí la puerta. Era ella. La sentí moverse por la casa, dejar el bolso, abrir un grifo, esas cosas pequeñas que uno reconoce sin abrir los ojos. Volví a dormitar.
No fui consciente de nada más hasta que noté el colchón hundirse a mi espalda. Marina se metió bajo las sábanas, me rodeó con un brazo y me besó en la nuca. Hice ademán de girarme para buscarle la boca, pero su mano me detuvo.
—No te des la vuelta. No digas nada. Solo escúchame.
Noté que estaba desnuda. Solo llevaba puesto el tanga. Sentí sus pechos apretados contra mi espalda y su pelo todavía húmedo haciéndome cosquillas en el cuello. Pasó la mano derecha por mi cintura y me sujetó el brazo, como para asegurarse de que no me movía.
¿Qué tenía que contarme a oscuras y de espaldas?
—Lo primero —empezó, en voz baja, junto a mi oído— es lo del tren. Íbamos las tres en una zona de cuatro asientos, dos enfrentados a dos. Ellas dos juntas y yo de frente. Unos metros más atrás, en otro grupo de cuatro, había un chico sentado de cara a mí. Y durante todo el viaje sentí que no dejaba de mirarme.
Hizo una pausa. Me pasó las uñas por el antebrazo, despacio.
—Al principio me hice la despistada, hablando con mis compañeras. Pero después decidí no disimular. Empecé a mirarlo yo también. Era guapo, Daniel, bastante guapo. Y se convirtió en un juego: me quité la chaqueta despacio, me pasé la mano por el muslo, ciertos gestos que sabía que le iban a llamar la atención. No pasó nada más, todo se quedó ahí. Pero tengo que reconocer que me puso. Me dio morbo.
Yo no decía nada. Solo escuchaba, con el corazón empezando a latirme más fuerte de lo que quería admitir.
—Cenamos las tres y luego las llevé a tomar una copa y a bailar un rato. Lo pasamos bien, pero estábamos cansadas, así que las acompañé al hotel, que estaba al lado, con la idea de coger yo un taxi. De eso hará hora y media. Y seguro que te estás preguntando qué he hecho entre ese momento y ahora.
Me apretó más fuerte contra su cuerpo. Sentí el calor de su piel en toda mi espalda.
—No te preocupes, que ahora mismo lo vas a saber.
***
—Justo cuando me despedí de ellas en la puerta del hotel, me di cuenta de que me había dejado la chaqueta en el local donde habíamos bailado. Tuve que volver sobre mis pasos. Bajé a la planta de abajo y allí estaba, tirada al lado de un sofá. La cogí, y cuando me daba la vuelta para subir otra vez, miré hacia la barra. Y allí estaba él. El chico del tren. Por pura casualidad.
Tragué saliva. Ella lo notó, porque me besó la nuca de nuevo antes de seguir.
—Me miró y me sonrió. Esta vez se acercó a hablarme. Me contó que había venido a pasar el fin de semana con unos amigos de aquí, pero que ellos volvían también de viaje, así que había salido solo a tomar algo y ya pensaba volverse al hotel. Que menuda casualidad encontrarme otra vez, y que le habían entrado ganas de bailar conmigo antes de irse.
—¿Y bailaste con él? —pregunté. Me salió la voz más ronca de lo que esperaba.
—Te dije que no dijeras nada —susurró, pero la sentí sonreír—. Yo ya solo tenía en la cabeza coger el taxi y venirme a casa contigo. Me quedé pensándolo unos segundos. Y al final me dije que por bailar un poco más no iba a pasar nada. Así que acepté. La verdad es que se movía bien. Y con lo que llevaba puesto estaba muy atractivo.
Mientras hablaba, su mano abandonó mi brazo y empezó a bajar por mi vientre, lenta, por encima de la tela del pantalón. Noté el roce justo donde ya empezaba a reaccionar sin permiso.
—Al principio bailábamos y él me iba contando cosas al oído. Después se fue acercando más, sin dejar de movernos en ningún momento. —Su mano me apretó por encima del pantalón—. Creo que te puedo resumir lo que pasó después, porque noto perfectamente que te estás empezando a poner cachondo.
No le respondí. No hacía falta. Mi cuerpo ya hablaba por mí.
***
—En un momento la conversación se puso picante —continuó, deslizándome la mano por dentro del pantalón corto—. Y me besó. Yo me quedé inmóvil un segundo, te lo juro. Pero el morbo pudo conmigo y le devolví el beso. Nuestras lenguas se buscaron y la cosa se fue poniendo más intensa. Él tenía las manos en mi cintura, pero una empezó a bajar hasta el culo. Y yo hice lo mismo con él.
Me rodeó por fin con los dedos y empezó a acariciarme despacio, marcando el ritmo de lo que contaba.
—Notaba su pierna entre las mías. Notaba cómo se iba empalmando él también. Y yo, Daniel, yo estaba empezando a mojarme. Paré un momento, le dije que iba al baño. Y cuando volvía por el pasillo, lo vi de pie junto a la puerta del almacén del local. Me cogió de la mano y me invitó a entrar con él. Miré a un lado y a otro para asegurarme de que nadie nos veía. Y lo seguí.
Apreté los dientes. La mano de Marina subía y bajaba con una calma que era casi tortura.
—Dentro estaba todo en penumbra, olía a cartón y a cerveza. Nos quedamos un momento mirándonos y volvimos a besarnos, a tocarnos sin disimulo. Él metió la mano por debajo del vestido y empezó a acariciarme por encima de la tela. No sabes cómo me puse. Le desabroché los primeros botones de la camisa, y mientras él me tocaba, yo le pasaba la lengua por el pecho, por uno de los pezones.
—Marina… —dije, y no supe yo mismo si era reproche o súplica.
—Calla —ordenó suave, acelerando un poco la mano—. Sus dedos se metieron por debajo del tanga. Este mismo que llevo puesto ahora.
Cogió mi mano libre y la llevó hasta su cadera, hasta el borde de la tela, para que lo sintiera.
—Empezó a meterme un dedo. Se oía lo mojada que estaba, te lo juro, se oía. Él subía el ritmo y yo me agarraba a su cuello, gimiendo bajito, con las rodillas dobladas. Y yo me moría por más. Así que me di la vuelta y me apoyé contra unas cajas, me subí el vestido y dejé que me viera el culo, con la espalda inclinada, ofreciéndome.
Su voz se había vuelto más espesa. La mano con que me masturbaba marcaba cada frase.
—Sacó un condón del bolsillo. Se lo puso. Y ya no aguantó más. Me la metió así, de pie, desde atrás.
***
—Me agarraba la cintura con una mano y con la otra uno de los pechos —siguió, y ahora su mano subía y bajaba más deprisa sobre mí—. No sabes lo mojada que estaba, cariño, lo bien que entraba y salía. Él estaba como loco. Me decía entre jadeos lo buena que estaba, todo lo que se había imaginado en el tren mientras me miraba, las ganas que había tenido durante todo el viaje de hacerme exactamente lo que me estaba haciendo. La suerte que había tenido de volver a encontrarme.
Yo respiraba por la boca. Cada palabra suya me tensaba un poco más.
—Pero no quería que se corriera todavía —dijo—. Así que me erguí, me giré hacia él de frente y dejé que me lamiera los pechos mientras yo le acariciaba la polla con la mano. Y luego me agaché. Me puse en cuclillas y fue él quien apoyó la espalda contra las cajas. Empecé a metérmela en la boca, despacio, acariciándole a la vez.
Apreté la sábana con el puño. Ella lo notó y soltó una risa muy baja contra mi nuca.
—Me decía que lo estaba volviendo loco, así que fui más rápido. Él ya no podía más y yo no paraba de mover la cabeza. Cuando le apartaba la boca quedaba un hilo de saliva entre la punta y mi lengua, y volvía a metérmela. Lo terminé con la mano. Y se corrió, Daniel. Me llenó los pechos. Resbalaba entre ellos.
Me quedé sin aliento. La imagen me golpeó entera, y odié lo mucho que me había puesto.
—Justo en ese momento me llegó tu mensaje —murmuró, más dulce de repente—. Y te contesté que iba en un ratito y que te quería. Porque te quiero, de verdad, sé que lo sabes. Me limpié como pude, le di un último beso y lo dejé ahí, en el almacén. Salí, cogí el taxi y me vine a casa contigo. —Hizo una pausa—. Pero tengo un problema.
—¿Qué… problema tienes? —conseguí decir, casi sin voz, porque no dejaba de acariciarme con fuerza.
Se incorporó un poco. Sentí cómo se apretaba contra mí, su boca rozándome la oreja, su voz convertida en un hilo cargado de necesidad.
—Que yo no me corrí. Y que ahora necesito que me folles tú. Necesito sentirte dentro, mi amor. Sigo cachonda. Sigo mojada. Y no puedo esperar más.
Entonces sí me giré. Y dejé de escuchar.