Vino a mi oficina a advertirme sobre mi novia
Me costó semanas aceptar lo que había pasado con Rodrigo. Cada mañana me metía debajo de la ducha y me frotaba con rabia, como si la esponja pudiera sacarme la sensación de sus manos apretándome la nuca mientras me obligaba a hacer lo que hice. Lo odiaba. Pero odiarlo no me servía de nada. Mi contrato seguía firmado, la gira seguía en pie y mi lugar entre las cuatro bailarinas principales dependía de que me callara la boca.
Con Diego era otra cosa. A Diego yo lo había elegido. Un error, sí, pero un error mío, de mi cuerpo y de mi decisión. Eso me pesaba distinto. Lo de Rodrigo fue una imposición; lo de Diego, un desliz que no supe frenar.
A Sebastián le contaba cada vez menos. Lo seguía queriendo con la misma intensidad de siempre, pero mi boca ya no le decía todo. Cuando volvía del ensayo lo besaba fuerte, lo empujaba al sillón, le desabrochaba el cinturón. El sexo era mi manera de tapar el silencio. Y funcionaba, porque él no preguntaba.
Esa semana Sofía faltó al ensayo del martes. Diego lo dijo con la cara plana: «Un problema con Sofía, no sabemos si sigue». Intentamos adaptar la coreografía a tres bailarinas y salió un desastre. El miércoles y el jueves volvimos a ensayar como si Sofía estuviera. El viernes tomaríamos el avión a la siguiente ciudad y volvería a compartir camerino con Rodrigo. Solo pensarlo me apretaba el estómago.
Diego también había cambiado. En los bailes seguía buscando cualquier excusa para pegarse a mi espalda, para deslizar la mano por mi cadera. Pero cuando quedábamos solos en el pasillo, o cuando me alcanzaba en el auto, ya no era el tipo grosero de las primeras semanas. Me acariciaba la cara. Me decía cosas como «te merecés más que todo esto». No sabía si me estaba manipulando o si de verdad se le había abierto algo por dentro. Me daba igual: nada de eso me servía.
El jueves por la noche me metí en la tina y cerré los ojos. La semana había sido tranquila, al menos en la superficie. Pero yo sabía que no podía bajar la guardia. El viernes volvía a estar cerca de Rodrigo y de Diego. Los dos habían probado hasta dónde llegaba mi fidelidad. Los dos me habían visto ceder.
***
Yo, Sebastián, llevaba días peleándome solo con la idea de hablarlo. De sentarla frente a mí y decirle lo que sabía sobre su jefe, los rumores que me habían llegado por mi cuñado meses atrás. Cada vez que iba a arrancar, me frenaba. Iba a parecer un novio celoso. Iba a parecer que no la bancaba en su carrera. Iba a arruinarlo todo por una intuición.
El jueves a la mañana esa intuición se me metió en la oficina caminando sobre tacones.
—Doctor, hay una chica preguntando por usted —me avisó Tomás por el interno.
—¿Tiene turno?
—No. Dice que es compañera de Camila.
Se me heló la espalda. Le dije que la hiciera pasar. Entró una mujer de unos treinta, morena, el pelo tirante, una carpeta debajo del brazo. Tranquila. Nada de urgencias, nada de cara de accidente.
—Vos sos Sebastián, ¿no? —dijo apenas cerró la puerta.
—Sí. ¿Y vos?
—Valeria. Bailaba con Camila hasta la semana pasada. No te voy a hacer perder tiempo: vine a avisarte algo.
Me quedé duro contra el respaldo del sillón.
—Te escucho.
—La compañía en la que está tu novia no es lo que parece. Los productores son unos hijos de puta. Se están cogiendo a las bailarinas.
Sentí que se me hundía el pecho.
—¿A vos también?
—Lo intentaron. Uno me dijo que si no le chupaba la verga me quedaba afuera del elenco. Le dije que se fuera al carajo. Al día siguiente me llamaron y me sacaron por «no encajar con el perfil».
Tragué. La cara me quemaba.
—¿Camila lo sabe?
—Camila es buena piba. Muy buena. Y no sé si ya la tocaron o si todavía. Pero si tenés algo con ella, hablale. No vengo a pedirte abogado, ni denuncia, ni nada. Vengo a avisarte a vos, porque a mí me hubiera gustado que alguien le avisara a mi ex cuando pasaba lo mismo. Nada más.
Se levantó y salió sin darme la mano. La puerta se cerró y yo me quedé mirando el borde del escritorio como un idiota. «No sé si ya la tocaron o si todavía». Esa frase me estuvo dando vueltas todo el día. Cancelé la reunión de la tarde, cerré la oficina, me metí en el auto y manejé hasta casa sin poner música.
Iba a hablarlo esa noche. Iba a preguntarle, aunque me odiara.
***
La encontré en la cocina, en jean y remera vieja, poniendo agua para el mate. El pelo suelto le caía hasta la mitad de la espalda, todavía húmedo del ensayo. Cuando me escuchó entrar giró la cabeza y me sonrió como si nada. Como si fuera una noche cualquiera. Y yo, en vez de abrir la boca y hablar, me acerqué por atrás.
Le enrosqué los brazos en la cintura, le pegué la cara al cuello. Le olía a champú de coco. La mordí despacio debajo de la oreja.
—Boludo, la pava se va a quemar —murmuró, apoyando la cabeza contra la mía.
—Que se queme.
Empujó el culo hacia atrás, contra mi entrepierna. La tenía dura desde antes de bajar del auto. La agarré de las caderas, la giré y la subí a la mesada de un envión. Ella se dejó, riéndose, abriendo las piernas para que me acomodara entre sus muslos.
—Al cuarto —dijo, mordiéndome el labio inferior.
La bajé, la tomé de la mano y la llevé por el pasillo casi arrastrándola. En el cuarto le arranqué la remera de un tirón. Se rió, se dejó caer de espaldas en la cama y se desabrochó el jean sola, subiendo la pelvis para bajárselo hasta las rodillas. Me arrodillé al pie del colchón y se lo terminé de sacar. Le abrí las piernas de un manotazo.
Tenía puesta una bombacha negra fina, medio traspasada por la humedad. La corrí a un costado con dos dedos y la vi entera: apenas una franja de vello oscuro sobre los labios, todo hinchado ya, brillando. Bajé la cabeza y le pegué la boca sin cuidado. Le lamí desde abajo hacia arriba de una sola pasada larga, chupándole todo lo que pude. Camila arqueó la espalda y agarró la sábana con las dos manos.
—Ay, la puta madre… —soltó entre dientes.
Le clavé la lengua adentro y después la subí al clítoris, moviendo la punta rápido. Le metí un dedo, después dos, y ella empezó a mover las caderas contra mi cara. Me tenía agarrado del pelo. Chupé, mordí despacio el clítoris, volví a hundirle la lengua. Su coño estaba empapado, la humedad me chorreaba por el mentón. Cuando sentí que el temblor de sus muslos anunciaba lo que venía, la solté de golpe.
—No, no, seguí —jadeó.
—Callate.
Me paré, me saqué la camisa y el pantalón de un solo movimiento. La tenía tensa, roja, palpitando contra el ombligo. Ella me miró y se le fue el aire un segundo. Se acomodó, se abrió más de piernas, se pasó la mano ella misma entre los muslos, deslizando los dedos por la raja mientras me miraba.
—Vení —me dijo.
Me tiré sobre ella, la agarré de la nuca y le metí la lengua en la boca. Con la otra mano me guie la verga hasta apoyarla en su entrada. Empujé sin frenar, hasta el fondo, hasta que se me hundió del todo. Camila abrió la boca contra la mía sin llegar a gemir.
Empecé a moverme. Adentro, afuera, adentro, hasta el fondo. Al principio ella gritaba con cada embestida, después el grito se fue haciendo un jadeo más grave, más pegado a mi hombro. Le agarré una teta por debajo de la remera que ya no tenía y se la apreté fuerte. La otra mano se la puse en el culo y la tiré hacia mí, para pegarla más.
—Más fuerte —me pidió, mordiéndome el cuello—. Cogeme más fuerte.
Le enganché una pierna en el hombro y aumenté el ritmo. La cama empezó a golpearse contra la pared. Ella tenía los ojos cerrados, la boca abierta, y cada vez que le tocaba el fondo se le escapaba un «ahh» ronco. Le pasé el pulgar por el clítoris mientras la seguía cogiendo. Camila me clavó las uñas en el brazo.
—Me voy a venir, me voy a venir —repetía—. Ay, Seba, no pares.
Se le tensó todo el cuerpo. Su coño se me apretó adentro con una fuerza que casi me tira encima. Se vino sacudiéndose, gimiendo bajito, aguantando el aire con la boca abierta.
Me quedé quieto adentro un segundo, respirando contra su boca. Ella abrió los ojos, todavía perdida.
—Salí, dame vuelta.
La levanté, la puse de rodillas en el borde del colchón, con la cara contra el acolchado y el culo levantado. Le agarré las caderas y volví a metérsela de una embestida. Camila soltó un grito ahogado contra la almohada.
—Así, así, más… —me pidió.
La cogí en cuatro. Le apreté las nalgas, se las abrí, la miré entrar y salir. Le di una palmada suave y me la moví adentro despacio para provocarla. Después aceleré. Le agarré el pelo, se lo enrosqué en el puño y tiré. Ella arqueó la espalda entera, apoyando el hombro contra el colchón, ofreciéndome el culo un poco más arriba.
—Vení afuera —jadeó—. Vení, quiero que te vengas en mi cara.
Un latigazo caliente me subió por la espalda. Salí de un tirón. Camila se dio vuelta y se dejó caer de rodillas frente a mí, la boca abierta, sacando la lengua sobre los labios. Me agarró la verga con las dos manos y empezó a mover la piel arriba y abajo, rápido, apretándome la base con la izquierda. Me miraba a los ojos.
—Vení, mi amor. Bañame.
Me vine con un gruñido ronco. El primer chorro le cayó sobre la mejilla y la nariz. El segundo, entre los labios. El tercero, en el mentón. Ella se rió, siguió apretándome hasta la última gota y después sacó la lengua y me lamió la punta despacio, mirándome desde abajo.
Me quedé sin piernas. Camila se levantó, se limpió con dos dedos y se metió los dedos en la boca sin dejar de mirarme. Después caminó al baño en pelotas y me llamó por encima del hombro.
—¿Nos bañamos juntos?
Nos metimos abajo del agua caliente. Le enjaboné la espalda, ella me enjabonó los hombros. Nos besamos con la boca llena de espuma. Ninguno de los dos habló. Cuando salimos, nos secamos en silencio y nos metimos abajo del acolchado.
Estaba tibia contra mi costado, el pelo mojado pegado a la sien. Le apoyé la mano en la panza. Sentí el aire pesado que había traído desde la oficina y me acordé por qué había manejado hasta casa como un poseído.
—Cami… tenemos que hablar.
Ella se puso rígida un segundo, apenas perceptible. Después volvió a respirar despacio, como si nada.
—¿Qué pasa?
Miré el techo. Junté aire.
—Vino una chica a la oficina. Se llama Valeria.
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