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Relatos Ardientes

El juego de oficina que se nos fue de las manos

—Te recojo a las cinco. En la plaza de la Reina.

Bárbara colgó el teléfono y se quedó mirando la pantalla apagada. En ese momento entendió que ya no había marcha atrás. El juego que habían empezado en la oficina, casi como una broma, se le había ido de las manos por completo.

Con un cosquilleo recorriéndole la piel, mezcla de nervios y de algo más, se quitó la chaqueta y la blusa que había llevado toda la mañana. Se quedó frente al espejo del dormitorio, todavía con los vaqueros puestos, intentando entender por qué había aceptado. El coño le latía debajo de la costura del pantalón, ya húmedo, y ni siquiera se molestó en negarlo.

***

Adrián y Bárbara trabajaban juntos desde hacía casi un año, en una agencia de publicidad del centro de Valencia. Compartían planta, máquina de café y un par de chistes privados que ningún otro compañero entendía.

Él estaba casado y tenía dos hijas pequeñas. Ella estaba sola, arrastrando la mochila de demasiadas relaciones que nunca habían terminado bien. Bárbara lo sabía: ningún hombre le seguía el ritmo demasiado tiempo, y ella tampoco se esforzaba en frenarlo.

Esa mañana, junto a la cafetera de la oficina, lo había encontrado distinto. Más callado, más tenso.

—¿Cómo andas? —le preguntó, removiendo el azúcar.

—Caliente —respondió él sin levantar la vista.

—Eres un caradura. —Se rió ella—. Si quieres te echo una mano.

Bárbara se acercó un paso más de la cuenta. No supo muy bien por qué, pero apoyó la palma sobre la entrepierna de su compañero. Lo notó reaccionar bajo la tela del pantalón, la polla creciéndole rápido contra su mano, gruesa, marcando bulto como para no dejar dudas.

—Vaya, esto pide guerra —murmuró ella, apretando con los dedos, recorriéndole el largo por encima del pantalón.

—Llevo así desde que has entrado por la puerta.

—Vamos al baño y te la mamo hasta que te corras. Te dejo la boca llena y volvemos a la reunión como si nada.

—No. —Adrián le sujetó la muñeca con suavidad, aunque la polla le daba un tirón bajo la tela—. Hoy me apetece otra cosa. Te recojo a las cinco. En la plaza de la Reina. Y no preguntes nada.

***

Por la tarde, Bárbara no tenía ni idea de por dónde le iba a salir aquel hombre. Se duchó despacio, dejando que el agua caliente le aflojara los nervios, y se demoró más de la cuenta con la mano entre las piernas, jugando con el clítoris, metiéndose dos dedos hasta el fondo del coño y sacándolos brillantes de sus propios jugos. Se contuvo de correrse. Quería llegar cargada, tensa, con ganas de que él la reventara.

Después se plantó otra vez ante el espejo del salón. Se gustaba. Siempre se había gustado, y eso, más de una vez, había sido su perdición. Se pellizcó los pezones hasta ponerlos duros y sonrió a su reflejo.

Eligió la lencería más cara que tenía guardada —bragas de encaje negro que se le hundían entre las nalgas— y una falda recta que solo dejaba intuir el liguero cuando se inclinaba lo justo. Se maquilló con calma, se perfumó el cuello y las muñecas, y comprobó en el reflejo que nada se notaba de más.

La conversación de la mañana le había dejado un rescoldo encendido todo el día. Cada vez que la recordaba, el calor le volvía a subir desde el estómago hasta el coño. No debería ir. Lo pensó tres veces. Y a las cinco menos cuarto ya estaba bajando las escaleras con las bragas empapadas.

Adrián la esperaba apoyado en la fachada de uno de los edificios antiguos de la plaza, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa que ella conocía de las reuniones largas.

—Toma. Póntelo —le dijo, sin saludarla siquiera.

Le puso en la mano un pequeño tapón de silicona negra, ahí mismo, en mitad de la plaza, con la gente cruzando alrededor.

—¿Estás loco? —Bárbara cerró el puño de golpe, con los ojos abiertos como platos.

—Te he dicho que te lo pongas. En el culo. Aquí.

Ella miró a un lado y a otro. Nadie les prestaba atención. El corazón le iba a mil. Se retiró un par de pasos, se apoyó de espaldas contra la pared de piedra y, fingiendo arreglarse la falda, se bajó las bragas hasta medio muslo. Se escupió en los dedos, se separó una nalga y se llevó la punta del tapón al ojete. Empujó despacio. Era pequeño, entró casi sin resistencia, resbalando bien porque también estaba mojada de arriba. Sintió el reborde acomodándose entre las nalgas y contuvo un suspiro. Un hombre que pedía monedas en la esquina lo vio todo y le dedicó a Adrián una sonrisa cómplice.

—Venga, vamos a tomar algo —dijo él, como si nada.

***

Caminaron por las calles estrechas del barrio del Carmen, entre fachadas viejas y balcones con ropa tendida. Bárbara andaba con normalidad; aquel primer juguete era tan discreto que casi lo olvidaba, salvo cuando se acordaba de que lo llevaba metido en el culo y entonces el calor le volvía y el coño le chorreaba un poco más contra el encaje.

Pararon en una terraza pequeña, de esas con mesas de hierro, y pidieron dos copas de vino. Ella se sentó con cuidado y sintió la presión justo al apoyarse del todo, el tapón hundiéndosele un poco más adentro. Se mordió el labio.

—¿Lo notas? —preguntó él, divertido.

—¿Tú qué crees? Claro que lo noto. Se me clava cuando me dejo caer.

—Entonces hay que subir de nivel. —Adrián deslizó algo por encima de la mesa—. Toma.

Era otro tapón, algo más grueso y un poco más largo que el primero. Bárbara lo cogió rápido, antes de que nadie de las otras mesas reparara en su mano, y lo escondió en el puño.

—Voy un momento al baño y…

—No. Aquí.

Ella lo miró fijamente, calculando. Después se reclinó despacio en la silla, dejando que el cuerpo resbalara hacia adelante, como quien se acomoda. Desde fuera solo se veía a una mujer estirando las piernas bajo una mesa sin mantel. Bajo la falda, con la mano izquierda se apartó las bragas empapadas y con la derecha tiró del primer tapón. Sintió el aro de músculo cediendo, la boca abriéndosele con un chasquido húmedo mientras el reborde asomaba. Se le escapó un jadeo bajo que disimuló con un sorbo de vino. En cuanto lo tuvo fuera, apoyó la punta gruesa del segundo y empujó sin darse tregua, apretando los dientes. Este entró más justo, forzando el aro, estirándola. Se le nublaron los ojos un segundo. Cuando la base quedó anclada entre las nalgas, sintió el ojete cerrarse alrededor con un latido caliente.

—¿Y con el primero qué hago? —susurró, con el puño cerrado bajo la mesa, todavía brillante de humedad.

—Dámelo.

Adrián lo tomó sin inmutarse, lo miró un segundo —brillante, con un hilo transparente pegado al silicón— y se lo llevó a la nariz antes de limpiarlo con disimulo en una servilleta. Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, mirándola a los ojos todo el tiempo. A Bárbara aquello la encendió más que cualquier caricia: sintió los pezones marcarse contra la copa del sujetador y el coño soltar otro chorrito que le empapó la costura de las bragas.

Se recolocó en la silla, clavándoselo un poco más hondo, y descubrió que, lejos de molestarle, le resultaba extrañamente cómodo. Se balanceaba apenas sobre el asiento, casi sin darse cuenta, y cada movimiento le mandaba una corriente tibia por dentro que le subía hasta las tetas.

***

Terminaron el vino y decidieron buscar otro sitio, un poco más cerca de la plaza Redonda, para cenar. Bárbara caminaba ya de manera distinta, con las piernas algo más juntas, sin doblar demasiado la cintura, midiendo cada paso. El tapón se le movía a cada zancada, presionándole por dentro. A Adrián le encantaba pasear con ella así, sabiendo lo que escondía, mientras el resto del mundo los tomaba por dos compañeros que salían a tomar algo de vez en cuando.

En una calle peatonal, sin avisar, él pasó la mano por detrás y le presionó el tapón con los dedos a través de la falda, hundiéndoselo un centímetro más.

—¡Serás…! —Bárbara dio un respingo hacia adelante, ahogando un grito, con un tirón en el clítoris que casi la dobla.

—¿Qué pasa? —Se reía él, encantado.

—¡Que avises, idiota! Casi me corro aquí en medio.

Los dos se echaron a reír y siguieron andando, rozándose los hombros, con la complicidad de quien comparte algo que nadie más sabe.

***

Eran cerca de las ocho cuando encontraron un italiano de buena pinta y entraron sin reserva. Antes de que el camarero los acomodara, Bárbara se acercó a su oído.

—Creo que me cabe algo más. Me tienes el culo abierto ya, cabrón.

Adrián levantó una ceja y, disimuladamente, sacó el tercero. Era bastante mayor que el anterior, con la base ancha y el cuerpo bulboso, como si faltara un escalón intermedio. Ella lo miró y, en lugar de echarse atrás, lo cogió con decisión.

—Este no me lo puedo poner de pie —murmuró—. Necesito sentarme. Voy al servicio.

—Espera. Voy contigo.

Aprovecharon el momento en que los camareros atendían otra mesa y se colaron los dos juntos en el aseo. Adrián la apretó contra el lavabo en cuanto cerró la puerta. Ella notó su respiración acelerada en la nuca, y un calor pegajoso le resbalaba ya por la cara interna de los muslos. Se miraron un instante en el espejo. Él le subió la falda de un tirón hasta la cintura y le arrancó las bragas empapadas de un lado, dejándolas colgando de la cadera. La visión de las nalgas de Bárbara abiertas, con el tapón negro anclado en el culo y el coño brillando de flujo, le hizo apretar la mandíbula.

—Joder, cómo estás —gruñó.

Se arrodilló sin pensarlo, le mordió el interior del muslo, despacio, como si llevara horas esperando ese gesto, y le pasó la lengua entera por el coño de abajo hacia arriba, chupándole los jugos que le resbalaban. Bárbara se sujetó al borde del lavabo y ahogó un gemido. Él le clavó la lengua en la raja, le abrió los labios con dos dedos y le lamió el clítoris con la punta rápida, insistente, mientras con la otra mano jugueteaba con la base del tapón, empujándolo y aflojándolo. Le dio un pequeño azote seco en la nalga, que le retumbó por dentro.

—Estate quieta —le dijo—. Aún no te vas a correr.

La sujetó por las caderas, se puso de pie a su espalda y agarró el tapón con dos dedos. Empezó a sacarlo con paciencia, milímetro a milímetro, sintiendo cómo el cuerpo de Bárbara cedía. Un gemido contenido lo detuvo un instante, justo en el punto más ancho, con el aro tenso alrededor del bulbo. La dejó respirar, la vio jadear contra el espejo, y después tiró del todo. El tapón salió con un plop húmedo, dejando el ojete abierto, rojizo, latiendo.

Ella esperaba notar el tercero. En lugar de eso oyó la cremallera. Adrián se sacó la polla —dura, gorda, roja de la punta, con una gota gruesa colgando— y se la pasó por la raja del culo, restregándosela desde el ojete hasta el coño y otra vez para arriba, mojándola en su propio flujo. Se colocó en la entrada del coño y empujó de una embestida sola hasta la base.

—¡Ah, joder! —gimió ella contra el espejo, apretando los dientes.

Bárbara se echó hacia atrás por instinto, buscándolo, empalándose ella misma. Adrián se aferró a sus caderas y empezó a follársela con embestidas cortas, secas, conteniéndose para no hacer ruido. El culo abierto y vacío se le contraía a cada golpe, como pidiendo también su parte. Él le metió el pulgar hasta el nudillo en el ojete todavía dilatado, y ella soltó un chillido que ahogó mordiéndose el antebrazo. Sentir la polla en el coño y el dedo en el culo, ambos moviéndose acompasados, le puso el orgasmo a un pelo.

—Aguanta —jadeó él contra su nuca—. No te corras todavía.

—No puedo, no puedo…

—Que aguantes, coño.

Se lo estaba metiendo con rabia, la piel de las caderas de ella chocando contra su pubis con un ruido húmedo. No le hizo falta mucho. Llevaba todo el día imaginándolo, y en menos de un minuto le entró el temblor. Empujó dos veces más, muy hondo, y se corrió dentro de ella, descargando a chorros contra el fondo. Bárbara sintió cada latido de la polla soltando semen y se le escapó un gemido largo, contenido, mientras se aguantaba a duras penas para no correrse ella también. Adrián se dejó caer un instante sobre su espalda, con la frente apoyada entre sus omóplatos, la polla todavía latiendo dentro.

—Has aguantado poco —se burló ella, sin aliento, sonriendo al espejo con la cara roja y el pelo pegado a las sienes.

—Llevaba desde esta mañana pensando en esto.

Sacó la polla despacio y ella sintió el semen resbalarle hacia afuera, caliente, hasta la parte alta del muslo. Adrián lo recogió con dos dedos, se lo llevó al ojete y se lo empujó dentro como lubricante. Sin darle tiempo a recuperarse, preparó el tercer tapón, se lo apoyó en el culo aún blando y se lo fue metiendo con presión firme. El cuerpo bulboso la estiró más que ninguno de los anteriores. Bárbara gimió agarrada al lavabo, la boca abierta, los ojos cerrados, hasta que la base ancha quedó anclada entre las nalgas, sellando adentro todo lo que él acababa de descargar en el coño. Se ajustó las bragas por encima como pudo, con el encaje pegándose al coño mojado, y se bajó la falda. Se miraron en el reflejo, despeinados y encendidos, y soltaron una carcajada nerviosa.

***

Volvieron a la sala con la mejor de sus caras. El camarero los esperaba para sentarlos.

—Disculpe, mi compañera se encontraba un poco mareada y la he acompañado —improvisó Adrián.

—No se preocupe. ¿Qué les apetece beber? —contestó el hombre, sin más.

Cenaron. Bebieron. Hablaron de tonterías, riéndose por lo bajo cada vez que sus rodillas se rozaban bajo la mesa. Bárbara llevaba ya horas tensa, encendida, sin poder cerrar las piernas del todo, y aun así no dejaba de sonreír. El tapón grueso la mantenía llena, y notaba cómo el semen de Adrián se movía dentro del coño cada vez que se recolocaba. Lo único que quería era llegar al final.

Cuando trajeron el postre, una tarta de chocolate blanco que apenas tocaron, él se inclinó hacia ella.

—Hazme un favor —le dijo en voz baja—. Mastúrbate aquí mismo, sin que nadie lo note. Sácate el flujo con los dedos, chúpatelos y luego te frotas el clítoris hasta correrte. Yo te miro.

—Eres un cerdo. —Se rió ella, mordiéndose el labio.

Pero no protestó. Bajó la mano bajo el mantel, se levantó la falda un palmo y se coló los dedos por dentro del encaje. Encontró el coño empapado, se hundió dos dedos hasta los nudillos y los sacó goteando de semen y flujo. Muy despacio, mirándolo a él, se los llevó a la boca y se los chupó uno por uno, saboreándolos, cerrando los ojos un segundo. Adrián apretó la servilleta bajo la mesa.

Volvió a bajar la mano. Encontró el clítoris hinchado y empezó a acariciárselo despacio, en círculos, apretando de vez en cuando. El tapón le presionaba por dentro contra la pared del coño, el semen de él seguía ahí, tibio, y la mirada fija de Adrián la empujaba más que sus propios dedos. Aceleró el ritmo. Se pellizcó el clítoris con dos dedos, lo estrujó, volvió a los círculos.

Apretó con fuerza el borde del mantel con la otra mano. Cerró las rodillas. Empezó a temblar, casi imperceptiblemente, con los ojos entornados y la mandíbula apretada para no hacer un solo ruido. El coño se le cerró en espasmos alrededor del tapón, el clítoris le latió a golpes bajo las yemas, y el orgasmo le llegó largo y silencioso, sacudiéndola entera mientras fingía mirar la carta de cafés. Sintió otro chorro de flujo mezclado con el semen de él escapándosele por debajo, empapándole las bragas y la silla.

Cuando por fin abrió los ojos, soltando el aire poco a poco, el camarero estaba justo a su lado.

—¿Se encuentra bien, señora?

El muy sinvergüenza de Adrián le había hecho un gesto para que se acercara con la cuenta, justo en ese momento.

—Sí, sí. Me ha dado un tirón en la pierna —acertó a decir ella, roja hasta las orejas.

Pagaron deprisa. Al levantarse, Bárbara comprobó con disimulo que la silla de tela había quedado marcada con un cerco húmedo, brillante, con un hilo espeso pegado al asiento. Lo cubrió con una servilleta y salió detrás de él casi corriendo, aguantándose la risa y apretando los muslos para no dejar un rastro por el suelo.

***

Caminaron hasta la parada de taxis del final de la calle. El aire de la noche le sentó bien.

—Esto me lo tendrás que quitar tú, ¿no? —preguntó, señalándose el culo con un gesto.

—No. Eso te lo dejas hasta mañana. Con mi corrida dentro. Y me lo devuelves en la oficina.

—¿Estás de broma? Voy a acabar destrozada. Y chorreando toda la noche.

—Mañana. En mi mesa. Te bajas las bragas, te agachas y me lo sacas tú misma, delante de mí. Sin que nos vea nadie.

—Eres un desgraciado… —murmuró ella, aunque la sonrisa la delataba y el coño se le contraía otra vez de solo imaginarlo.

Se despidieron con un beso tímido en la mejilla, como dos compañeros cualesquiera, y se subieron a taxis distintos. Bárbara apoyó la mano discretamente en el regazo durante todo el trayecto, apretando las piernas, sintiendo el tapón hundido y el semen retenido, repasando cada minuto de aquella tarde imposible.

Llegó a casa, se desnudó despacio delante del espejo. Las bragas de encaje colgaban pesadas, empapadas, con un hilo blanco resbalando por la cara interna del muslo. Se giró, se separó una nalga y miró la base negra del tapón anclada entre las nalgas. Se pasó los dedos por el coño hinchado, todavía sensible, y se los llevó a la boca. Se puso algo más cómodo para no perder su juguete durante la noche, unas bragas de algodón bien ajustadas. Se metió en la cama rendida, todavía con el cuerpo vibrando, con el culo lleno y el coño palpitando, pensando ya en cómo iba a mirar a Adrián a la mañana siguiente, junto a la cafetera, delante de todos. Se durmió con esa idea y con una sonrisa que no era nada inocente.

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Comentarios(8)

NachoBA

Buenisimo!!! quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte

DanielaRosso

Que nervios debe haber dado esa situacion jaja. Muy bien narrado, se siente completamente real

MateoVq

De los mejores que lei en mucho tiempo, sin dudas

PedroNqn

Me tenia en suspenso de principio a fin. Excelente!!

Mili_lectora

Me recordo a algo que me paso hace años en una situacion parecida, uno nunca olvida esas experiencias. Gracias por compartirlo

RosaM_Mdq

La manera en que esta contado es muy fluida, se nota que es una historia real. Muy buena

GaboAres22

Se hizo corto!!! quiero la continuacion jeje

Carlitos_BA

Increible lo que se le ocurre a la gente jaja, muy buena historia

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