Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El plan lésbico que armamos después del trabajo

Aquella mañana cambió de golpe cuando nos avisaron que el grupo de visitantes que íbamos a atender ya no nos necesitaba. La agencia externa se había quedado con el recorrido y, de pronto, tanto Lidia como yo nos vimos libres, sin chofer, sin camioneta y sin nada urgente que hacer. En lugar de volver de inmediato, aprovechamos para caminar por el centro, tomar café y reírnos de la mala cara que pondría nuestra jefa al saber que nos habían dejado sin tarea.

Al acercarse la hora del almuerzo, se me ocurrió una idea mejor. Llamé a Mara, que estaba cubriendo turno, y le propuse que nos alcanzara en el restaurante donde trabajaba Vera. También quería que conociera bien a Lidia, porque desde hacía tiempo yo sentía que entre ellas podía prenderse algo.

—Suéltate aunque sea un rato —le dije por teléfono—. Te necesitamos aquí. Tu presencia es obligatoria.

Mara se rio al otro lado.

—Déjame inventar una excusa y les caigo. Aunque ya comí, no me pienso perder el chisme.

Cuando entramos al restaurante, Vera levantó la vista desde la recepción y nos reconoció enseguida. Llevaba el uniforme ajustado, el cabello recogido y esa forma de mirar que parecía acariciarte entera antes de tocarte. Nos abrazó a las dos, me besó en la mejilla y, cuando se volvió hacia Lidia, no disimuló nada.

—Así que tú eres la famosa Lidia —dijo, recorriéndola despacio con los ojos—. Me habían dicho que eras guapa, pero se quedaron cortas.

Lidia se sonrojó, aunque no apartó la mirada. Ese detalle no se me escapó.

Vera nos acomodó en una mesa del fondo, un rincón medio escondido donde podíamos hablar sin que nadie nos oyera con claridad. El lugar estaba flojo de clientes, así que ella iba y venía con cualquier pretexto. Nos traía bebidas, nos recomendaba platos, nos rozaba los hombros al pasar. Con Lidia se detenía un poco más. A veces le sostenía la mano un segundo extra al dejarle el plato. A veces le preguntaba algo demasiado cerca de la boca.

Yo observaba ese juego con una mezcla de morbo y curiosidad. Quería ver si Lidia se echaba para atrás o si respondía. Lo que pasó fue mejor: empezó a devolverle la mirada con descaro, como si en menos de media hora ya entendiera perfectamente de qué iba la tensión entre las dos.

Mara llegó poco después, alborotada como siempre, soltando besos y comentarios sin filtro. Me abrazó primero a mí y luego se lanzó sobre Vera y Lidia con una familiaridad que solo ella podía permitirse.

—Ahora sí estamos completas —dije cuando por fin se sentó—. Ya estamos las cuatro.

Vera se quedó de pie a nuestro lado, con la charola pegada a la cadera.

—¿Y yo desde cuándo formo parte del grupo? —preguntó, divertida.

—Desde que te dejes corromper del todo —contestó Mara.

Nos echamos a reír, pero Vera quiso saber más. Había confianza, alcohol suficiente y ese tipo de mediodía lento en el que una conversación puede terminar en cualquier parte. Empezamos con anécdotas viejas, luego con insinuaciones, y al final desembocamos sin freno en confesiones sexuales.

Mara fue la primera en abrir la boca, como siempre. Contó cómo había dejado atrás sus prejuicios, cómo había probado cosas que antes juraba que nunca haría y cómo ahora disfrutaba sin pedir perdón. Lo contó sin delicadeza, con palabras directas, arrancándonos carcajadas y gemidos de complicidad.

Lidia, animada por el ambiente, se soltó más de lo que yo esperaba. Confesó que hacía poco había tenido una experiencia que la había dejado ardiendo por dentro, que desde entonces no dejaba de pensar en repetir, en abrir más la cabeza y más las piernas si hacía falta. Vera la escuchaba como quien bebe lentamente algo fuerte.

—No me mires así o me vas a obligar a seguir hablando —le dijo Lidia.

—Sígueme hablando así y no te voy a dejar irte vestida —respondió Vera, tan tranquila que casi nos hizo escupir la bebida.

Yo me quedé mirándolas con una sonrisa. La tensión ya no era un juego inocente. Empezaba a ponerse espesa, caliente, inevitable.

***

Cuando el restaurante se vació un poco más, Vera se sentó con nosotras y se animó a contar lo suyo. Nos habló de una clienta extranjera que se le había pegado durante semanas, una mujer mayor que la esperaba al salir, que le dejaba regalos, que le hablaba como si ya fuera suya. Lo que empezó como una historia curiosa terminó convertida en un relato que nos dejó a las tres con las piernas apretadas bajo la mesa.

—La primera vez me metió dinero en la ropa interior sin avisar —dijo Vera, bajando la voz—. Me dio coraje… y me excitó muchísimo.

Mara silbó por lo bajo.

—Sigue.

—Me esperó al final del turno. Me subí a su coche porque quise, no por el dinero. Apenas cerró la puerta, me besó como si llevara meses aguantándose. Me abrió las piernas con la mano, por encima de la tela, y empezó a sobarme el coño despacio. Yo estaba sentada, atrapada en el asiento, con su palma apretándome justo donde más calor tenía. No podía pensar. Solo sentía cómo me iba mojando.

Lidia tragó saliva. Vera la miró al decir la siguiente frase.

—Cuando llegamos al hotel, me subió el uniforme hasta la cintura y se arrodilló frente a mí. No me quitó nada al principio. Me olió. Me lamió por encima de la tela. Me chupó tan fuerte que acabé empapando la ropa interior.

Hubo un silencio denso en la mesa. Yo conocía a Mara y supe en ese instante que ya estaba decidiendo cómo terminaría el día.

—No pienso dejar que esta conversación se quede en palabras —dijo, empujando el vaso a un lado—. En cuanto Vera salga, nos vamos las cuatro a un hotel.

Vera soltó una risa nerviosa, pero no dijo que no. Lidia tampoco. Yo las veía a todas y sentía esa electricidad previa a las mejores locuras. Las cuatro estábamos cruzando la línea al mismo tiempo.

—Yo voy —dijo Lidia, casi de inmediato—. Pero no quiero ir a mirar solamente.

—Nadie te va a poner de espectadora —le aseguró Mara.

La forma en que lo dijo me mojó de golpe.

Esperamos a que Vera terminara el turno con una paciencia cada vez más falsa. Pedimos otra ronda, picamos algo y seguimos alimentando el fuego con bromas, roces y miradas. Cuando por fin salió, ya era de noche y las cuatro estábamos decididas.

Tomamos dos coches y fuimos a un hotel discreto que ya conocíamos bien. Nos dieron una habitación amplia, con cama grande, sillón, espejos y la privacidad justa para hacer ruido sin preocuparnos. También nos entregaron una bolsa con los juguetes que Mara había encargado días antes. Eso terminó de encender el ambiente.

Al cerrarse la puerta, no hubo charla ni vergüenza. Apenas nos quedamos solas, Lidia agarró a Vera por la cintura y la empujó contra la cama. Fue hermoso ver a la aparentemente tímida del grupo transformarse así, con hambre y decisión.

—Te llevo mirando desde el restaurante y ya no aguanto —le dijo antes de besarla.

La besó con la boca abierta, metiéndole la lengua hasta hacerla gemir. Vera respondió de inmediato, agarrándola del pelo y del culo, pegándosela al cuerpo. Empezaron a desvestirse a tirones, sin orden, sin pausa. Una le subía el vestido a la otra; la otra le bajaba las medias, le soltaba el sostén, le mordía el cuello.

Mara y yo nos quedamos mirando apenas un momento. Ese espectáculo bastó para calentarnos. Me atrajo hacia ella, me comió la boca y me metió una mano por debajo de la blusa mientras seguíamos observando a las otras dos. Su palma subió hasta mi pecho, me pellizcó el pezón y sentí un latigazo de placer directo al vientre.

—Míralas —me susurró—. Se van a devorar.

Y eso hicieron. Lidia dejó a Vera boca arriba, se arrodilló entre sus piernas y le arrancó la ropa interior de un tirón. Vera abrió las piernas sin pudor. Lidia se inclinó, pasó la lengua de abajo arriba y soltó un gemido al probarla. Luego metió la cara entera, lamiendo lento primero y con desesperación después.

Vera arqueó la espalda.

—Así… así, cabrona… no pares.

Lidia le sujetó los muslos y le abrió más el coño con los dedos para chupar mejor. La lamía largo, después la punteaba en el clítoris con la punta de la lengua, después le metía dos dedos y se los sacaba brillando. Se los llevó a la boca y volvió a hundirse entre sus piernas. Vera ya estaba jadeando, mojando la sábana.

Mientras tanto, Mara me desnudó hasta dejarme solo con la ropa interior. Me tiró al sillón, se arrodilló frente a mí y empezó a besarme por encima de la tela, igual que en la historia de Vera, pero sin ninguna delicadeza fingida. Metió la lengua por el borde húmedo de mi tanga y me arrancó un gemido que hizo voltear a las otras dos.

—No te quedes mirando nada más —le dije a Vera, que seguía temblando—. Ven y prueba.

Vera se levantó con el coño brillante, respirando agitada, y vino hacia nosotras. Mara me bajó la tanga hasta los tobillos. Vera se colocó detrás del sillón, me abrió las piernas desde arriba y empezó a jugarme los pezones mientras Mara me comía el coño. Entre una y otra me dejaron sin aire. Mara me chupaba duro, con ruido, succionando el clítoris; Vera me metía dos dedos y me los doblaba dentro, buscando ese punto que me hace retorcerme.

Me corrí así, rápido y sin elegancia, gimiendo con la boca abierta mientras mis muslos le apretaban la cabeza a Mara. Cuando levantó la cara, la tenía brillante. Se lamió los labios y sonrió.

—Ya empezamos bien.

***

Después de ese primer estallido, todo se volvió más voraz. Nadie quería esperar turno. Nadie quería quedarse quieta. Acabamos las cuatro desnudas sobre la cama, besándonos en cadena, tocándonos como si lleváramos meses deseándolo.

Lidia no soltaba a Vera. Le chupaba los pechos con una mezcla de ternura y brutalidad que nos tenía hipnotizadas. Le lamía los pezones, los mordía apenas y luego bajaba otra vez al vientre. Vera, a cambio, la agarraba de la nuca y la dirigía hacia su coño con un descaro delicioso.

—Méteme la lengua de verdad —le ordenó—. No me calientes para dejarme así.

Lidia obedeció con un hambre que ya no parecía de novata. Le abrió bien las nalgas y empezó a lamerla más abajo, primero alrededor, luego subiendo de nuevo al coño, empapándose la cara mientras Vera soltaba gemidos graves, casi roncos.

Mara abrió la bolsa de juguetes y sacó un huevo vibrador, un lubricante y un consolador doble. Nos miramos con esa complicidad de quien sabe que la noche aún tiene mucho por delante.

—Este va para la nueva consentida —dijo, agitando el huevo frente a Lidia.

Lidia se echó a reír, pero en cuanto Mara encendió el juguete y lo apoyó en su muslo, el gesto se le transformó. Se le erizó la piel entera.

—No jodas… se siente fuerte.

—Espérate a tenerlo dentro.

La pusimos boca arriba, con las piernas abiertas. Yo le eché lubricante en los dedos y en el huevo. Mara le acarició el coño un momento para abrirla más, jugando con el clítoris hasta que estuvo bien mojada. Luego le fue metiendo el juguete despacio. Lidia se mordió el labio, tensa al principio, y cuando por fin lo tuvo dentro soltó un quejido largo.

—Ay, mierda… sí… sí… ahí.

Mara ajustó la intensidad. Lidia dio un respingo inmediato. Vera se subió sobre ella y la besó mientras el huevo vibraba dentro. Yo me coloqué entre sus piernas y le chupé el clítoris justo cuando otra oleada del aparato la hizo temblar.

Lidia empezó a moverse sola, incapaz de quedarse quieta. Se retorcía, levantaba la cadera, se aferraba a Vera, me empujaba la cabeza más contra su coño. El sonido era obsceno: la vibración zumbando dentro, su respiración rota y mis lamidas mojadas por fuera.

—Me voy a correr… no mamen… me voy a correr —repetía.

Vera le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras yo seguía chupándole el clítoris y Mara le aumentaba un punto más a la intensidad. Lidia se corrió gritando, con las piernas durísimas, apretándome la cara entre los muslos. El orgasmo le sacudió el cuerpo entero. Seguía temblando cuando le saqué la lengua del coño para mirarla respirar como si hubiera corrido una maratón.

—Ahora entiendes por qué nadie comparte ese juguete con facilidad —le dijo Mara, riéndose.

Lidia solo pudo asentir.

Pero Vera ya estaba demasiado caliente como para seguir viendo. Nos pidió el huevo, se lo llevó a su mano y luego negó con la cabeza.

—No. A mí no me lo metan así. A mí cómanme primero.

Se acostó de lado sobre la cama y me hizo seña para acercarme. Me coloqué detrás de ella y empecé a acariciarle el coño con la punta de los dedos, lento, abriéndola, mojándome. Mara se puso frente a su pecho y se inclinó a besarla; Lidia bajó sin esperar hasta entre sus piernas. Vera quedó atrapada entre dos bocas y mis dedos.

Lidia la chupaba con más seguridad ahora, variando la presión, rodeándole el clítoris, metiéndole la lengua dentro y sacándola para lamer todo lo que salía. Yo le fui metiendo un dedo, luego dos. Vera se abrió más, empujando hacia mi mano.

—Méteme más —dijo, ronca—. Y tú no dejes de lamer.

Obedecimos. Le abrí las nalgas con la palma y la penetré con tres dedos bien lubricados. Al mismo tiempo, Lidia le chupaba el coño como si quisiera vaciarla. Vera empezó a empujar contra mi mano con una desesperación que pedía algo más grande.

Mara lo entendió antes que yo. Sacó el consolador doble, lo embadurnó de lubricante y nos lo mostró. Era grueso, flexible, indecente.

—A ver quién se atreve primero.

Fui yo. Me puse de espaldas a Mara y dejé que me metiera un extremo mientras Vera seguía recuperando el aliento. El juguete entró despacio, llenándome delicioso. Luego Mara se acomodó el otro lado y nos fue acercando hasta que ambas lo tuvimos bien dentro. El roce del material contra las paredes húmedas y el cuerpo de Mara pegado al mío fue una locura inmediata.

Nos movimos primero lento, midiendo el ángulo, y luego cada vez con más hambre. Mara me agarró de la cintura y empezó a embestir hacia delante mientras yo hacía lo mismo hacia atrás. El consolador se deslizaba entre las dos, saliendo apenas para volver a entrar, y cada empujón me raspaba por dentro justo como me gusta.

—Así, carajo… más cerca —me pidió Mara.

Nos pegamos hasta chocar culo con culo. Ya no quedaba casi nada del juguete fuera. Empezamos a mover las caderas en corto, rápido, sintiendo el roce del pubis y el vaivén firme adentro. Me llevé una mano al clítoris y me froté al ritmo de sus empujes. Mara hizo lo mismo. Nos corrimos casi juntas, jadeando y temblando, sin dejar de meter y sacar esa cosa entre las dos hasta que el cuerpo ya no nos respondió más.

Escuché aplausos débiles y risas al fondo. Vera y Lidia nos estaban mirando, abiertas de piernas las dos, excitadas otra vez.

—Nos toca —dijo Vera—. No sean culeras, déjennos probar.

***

Se los preparamos entre Mara y yo. Lidia quedó en un extremo y Vera en el otro. Las ayudamos a colocarse porque el grosor imponía más de lo que ellas querían admitir. Lubricamos ambas puntas, les acariciamos el coño para relajarlas y empezamos a meterlo despacio.

Lidia fue la primera en pedir más.

—Dámelo bien… no me tengas con la mitad —dijo entre dientes.

Vera soltó una risa ahogada.

—Mírenla, ya salió la hambrienta.

Seguimos empujando hasta que las dos lo tuvieron bastante dentro. Luego las acercamos despacio una hacia la otra sobre la cama, hasta que quedaron casi pegadas de espalda baja. Cuando entendieron el movimiento, empezaron solas. Primero con cuidado. Después con verdadero vicio.

Era un espectáculo brutal. El consolador unía a las dos como una bisagra obscena. Cada empuje de Vera respondía en el cuerpo de Lidia, y cada sacudida de Lidia hacía gemir a Vera. Se agarraban de los muslos, se retorcían, se insultaban bonito.

—Muévete, joder.

—Ya me estoy moviendo, cabrona, dame más tú.

Yo me arrodillé al lado de Lidia y le chupé un pecho mientras Mara hacía lo mismo con Vera. Las cuatro terminamos enredadas otra vez, pero con ellas llevando el centro. El sonido del juguete entrando y saliendo era húmedo, fuerte. El cuarto olía a sexo, lubricante y sudor.

Lidia se corrió primero, con un grito seco, apretando tanto el juguete que Vera gimió al sentir la presión al otro lado. Eso la descompuso todavía más. Mara le bajó una mano al clítoris y empezó a frotarla rápido. Vera perdió el control en segundos. Se corrió empujando con todo el cuerpo, sin dejar de maldecir entre jadeos.

Acabaron rendidas, resbalando fuera del juguete con las piernas temblando. Les dimos agua, besos y unos minutos para recomponerse, aunque la verdad ninguna estaba del todo satisfecha. Cuando una noche se pone así, el cuerpo siempre quiere otro round.

Mara fue la que volvió a encender la mecha. Se tumbó boca arriba y me llamó con un dedo.

—Ven a sentarte en mi cara.

No necesitaba repetirlo. Me coloqué sobre su boca, con las rodillas a cada lado de su cabeza, y bajé despacio hasta sentir su lengua hundirse en mi coño de nuevo. Mientras me comía, Vera se puso detrás de mí y empezó a chuparme el culo y la parte interna de los muslos. Lidia, todavía encendida, se acostó junto a Mara y se llevó una mano al coño, masturbándose mientras nos miraba con la boca abierta.

—No te quedes sola —le dije—. Ven aquí.

Lidia se acercó y me ofreció los dedos mojados. Se los chupé uno por uno mientras Mara seguía lamiéndome. Luego Lidia me besó, pasándome mi propio sabor, y terminó metiéndome dos dedos mientras yo seguía montada en la cara de Mara. La combinación me dejó idiota. No sabía qué gemido era mío y cuál era de ellas.

Me corrí por segunda vez temblando sobre la boca de Mara. Bajé de su cara medio sin fuerza y me dejé caer a un lado. Vera aprovechó para subirse sobre Lidia, abrirle las piernas y devolvérselo todo.

La besó, le mordió el cuello y le metió dos dedos de golpe. Con la otra mano le agarró una teta y se la apretó duro.

—Ahora te voy a follar yo —le dijo al oído.

Lidia respondió abriendo más las piernas. Vera la penetró con los dedos a un ritmo firme, entrando hasta el fondo, saliendo húmeda, volviendo a meterlos mientras le chupaba los pezones y luego bajaba a besarle el vientre. Después se arrodilló entre sus muslos y le metió la lengua justo donde segundos antes estaban sus dedos.

Lidia ya no gemía: lloriqueaba de puro placer. Le agarró el pelo a Vera y empezó a mover la cadera contra su boca.

—No me dejes a medias… por favor… no me dejes así.

Vera no la dejó. Le metió otra vez dos dedos y se los movió dentro mientras le chupaba el clítoris sin piedad. Lidia se corrió con una violencia que casi la hizo doblarse. Cuando terminó, se quedó tendida, abierta, brillando y sonriendo como una loca.

***

La madrugada nos encontró exhaustas, pegajosas y felices. Quedaban juguetes sin estrenar, bebidas a medio terminar y un desastre delicioso de sábanas revueltas. Nos tumbamos las cuatro en la cama grande, aún desnudas, con las piernas enredadas y la respiración por fin calmándose.

Vera tenía la cabeza sobre el pecho de Lidia. Mara me acariciaba el vientre con la yema de los dedos. Yo miraba al techo, todavía con el cuerpo latiéndome.

—Así sí valió la pena el cambio de plan —murmuré.

Mara se rio.

—El mejor plan siempre es el que termina con todas desnudas.

Vera levantó la cabeza para mirar a Lidia.

—¿Y tú? ¿Sigues diciendo que no querías ir solo a mirar?

Lidia sonrió con una descarada tranquilidad que no había tenido al mediodía.

—Después de esto, la próxima vez quiero llegar antes.

Nos reímos las cuatro. No hubo promesas solemnes ni dramatismo. No nos hacía falta. Bastaba con sentir en el cuerpo lo que había pasado allí: la tensión convertida en manos, lenguas, dedos, juguetes y corridas compartidas.

Cuando salimos del hotel, ya casi amanecía. En el trayecto de vuelta reinó un silencio cansado y satisfecho. Yo iba manejando mientras las otras tres dormitaban, despatarradas y rendidas. Las miré un segundo y sonreí sola.

Un día libre se había convertido en una de esas noches que luego una recuerda mojándose otra vez.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.