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Relatos Ardientes

La milf de mi amiga me pidió que volviera

Desperté pegada al cuerpo de Mara, con la mejilla hundida en uno de sus pechos y el olor de su piel todavía mezclado con el sexo de la noche. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba: la casa de mi mejor amiga, una habitación de matrimonio, unas sábanas revueltas y la mujer que durante años yo había llamado «señora» antes de atreverme a mirarla como mujer.

Me incorporé despacio para no despertarla. Tenía la boca entreabierta, el pelo castaño extendido sobre la almohada y una expresión tan serena que costaba creer que unas horas antes me había pedido, con la voz rota, que no dejara de tocarla. Sonreí como una idiota, todavía caliente por dentro, todavía con el coño sensible de tanto roce y tanta lengua.

Entonces abrió los ojos.

Al principio me miró sin entender. Después recordó. Vi el cambio completo en su cara: susto, vergüenza, rabia. Se sentó de golpe, se cubrió el pecho con la sábana y retrocedió hasta pegar la espalda al cabecero.

—¿Qué haces aquí? —soltó, demasiado alto—. Dios mío... ¿qué hice?

—Mara, tranquila —dije, levantando las manos—. No te forcé. Tú me besaste, tú me pediste que me quedara.

Ella apretó los labios, como si quisiera tragarse la escena entera. Me miró con una mezcla rara de deseo y rechazo, y eso fue lo que más me dolió, porque reconocí que no estaba arrepentida del placer, sino del espejo que yo le había puesto delante.

—Vete —dijo al fin—. Por favor. Vete ahora mismo.

Me vestí a toda prisa, con las manos torpes y un nudo en la garganta. El vestido me quedó mal puesto, el pelo hecho un desastre y el corazón peor. No habíamos tenido más que una noche, pero para mí ya no era una simple locura; me había metido demasiado hondo en la cabeza y, sobre todo, en el cuerpo.

Cuando llegué a la cocina, Inés ya estaba allí preparando café. Llevaba una camiseta ancha y esa cara de quien ha dormido poco, pero piensa demasiado.

—Vaya cara —murmuró al verme—. Eso no parece resaca precisamente.

No pude sostenerle la mirada. Ella dejó la taza, se acercó y me abrazó antes de que yo dijera una sola palabra. En cuanto sentí sus brazos, se me escapó el llanto.

—Me echó —dije contra su hombro—. Hace un rato estaba conmigo en la cama y ahora me mira como si yo fuera una mierda.

Inés me acarició la espalda con calma. No se sorprendió. No fingió escándalo. Eso me confirmó algo que yo ya sospechaba desde la noche anterior.

—Está abrumada —me dijo—. Lleva toda la vida fingiendo que ciertas cosas no le pasan por la cabeza, y anoche se le cayeron todas las excusas juntas.

Me apartó el pelo de la cara y me secó las lágrimas con los pulgares. Tenía una serenidad insultante, como si en vez de estar hablando de que me había acostado con su madre, habláramos del clima.

—No hiciste nada malo —añadió—. Si alguien sabe lo que quiere cuando se excita, es ella. Otra cosa es que luego le entre pánico.

—¿Y si de verdad me odia?

Inés soltó una pequeña risa sin humor.

—No te odia. Si te odiara, no habría pasado media cena mirándote las piernas ni se habría ido a dormir con ese camisón corto que solo se pone cuando quiere sentirse deseada.

Una voz masculina sonó detrás de nosotras.

—Bueno, bueno. Me perdí algo interesante.

Era Bruno, el hermano mayor de Inés. Entró a la cocina despeinado, con el móvil en la mano y una sonrisa de puro cotilla. Nos miró a una y a otra, deteniéndose un segundo de más en mis ojos llorosos.

—¿Qué pasó? —preguntó—. No me digan que hubo drama después de la fiesta.

Inés y yo intercambiamos una mirada. Yo no tenía fuerzas para inventar nada, y ella, por lo visto, tampoco ganas.

—Pasó que Vera se folló a mamá —soltó Bruno por su cuenta, como si estuviera adivinando el final de una serie mediocre.

Me quedé helada. Inés parpadeó, pero no negó nada.

—¿Cómo carajo lo sabes? —preguntó ella.

Bruno se encogió de hombros, divertido.

—Porque cuando Vera se queda a dormir, suele dormir contigo, y hoy salía de la habitación de los viejos con cara de haber pasado una noche muy movida. Además, mamá llevaba semanas mirándola como si quisiera arrancarle el vestido con los dientes.

—Eres un enfermo —murmuró Inés.

—No, solo observo —dijo él—. Y no juzgo. Francamente, me sorprende que haya tardado tanto.

Yo me dejé caer en una silla. La humillación era casi tan intensa como la tristeza. Estaba a punto de decir que me iba cuando oí pasos en el pasillo.

Mara apareció con una bata fina cerrada hasta el cuello. Ya no tenía la expresión de pánico de antes, pero evitó mirarme de inmediato. Fue directa al aparador, cogió un vaso de agua, bebió despacio y respiró hondo.

Yo agarré una taza y unas tostadas solo para tener algo entre las manos. Quería salir de allí cuanto antes.

—Me voy —dije, apenas en un hilo de voz.

—Espera, Vera.

Su tono me clavó al suelo. Levanté la vista. Ahora sí me estaba mirando, y lo que vi ya no era rechazo; era otra cosa, más compleja, más honesta. Vergüenza, sí. Miedo, también. Pero debajo de todo eso seguía ardiendo el mismo hambre de la noche anterior.

—Te debo una disculpa —dijo—. Y algo más que eso. ¿Puedes venir un momento conmigo?

Antes de que yo respondiera, Inés habló.

—Mamá, no hace falta que finjas conmigo. Yo sabía lo que podía pasar desde antes de que empezara la fiesta.

Mara cerró los ojos un segundo. Bruno soltó una carcajada baja, encantado con el caos.

—¿Tú también lo sabías? —le preguntó ella a él.

—No hacía falta ser adivino —contestó—. Ustedes dos se estaban desnudando con los ojos desde el postre.

Mara se llevó una mano a la frente, derrotada. Luego volvió a mirarme.

—Lo siento por cómo te hablé —dijo por fin—. Me asusté. Me desperté y sentí... demasiadas cosas juntas. Culpa, deseo, rabia conmigo misma. Pero tú no me hiciste nada malo. Anoche fuiste cuidadosa, dulce y muy, muy cabrona. Y me gustó todo.

Noté cómo me subía el calor por el cuello. Inés sonrió como si acabara de confirmar una apuesta interna. Bruno levantó las cejas, fascinado.

—También me gustó que me desarmaras —siguió Mara, ya sin apartar la vista de mí—. Y me quedé con ganas de más. Si todavía quieres... me gustaría que volvieras conmigo arriba.

Se hizo un silencio espeso en la cocina. Yo miré la taza, luego a Inés, luego a Mara. La mujer que una hora antes me había echado ahora estaba pidiéndome, delante de sus hijos adultos, que regresara a su cama.

—Sí —respondí, sin pensarlo más—. Quiero.

Mara me tomó de la mano. El simple contacto me disparó otra vez la sangre. Subimos al dormitorio sin decir una palabra, pero en cuanto cerró la puerta, el aire cambió.

Ella se quedó de espaldas a la puerta, respirando rápido. Yo avancé hasta tenerla delante. Le toqué la mejilla. Luego la garganta. Luego el nudo flojo de la bata.

—¿Segura? —le pregunté.

—Más que antes —dijo—. Y esta vez no pienso esconderme detrás del susto.

Le desaté la bata despacio. Debajo no llevaba nada. La tela se abrió y su cuerpo quedó delante de mí, desnudo y tenso, con los pezones ya endurecidos y el vientre todavía marcado por las arrugas de las sábanas. Era una mujer adulta, segura en tantos aspectos de su vida, pero desnuda frente a mí tenía una vulnerabilidad que me volvía loca.

La empujé con suavidad hasta la cama. Cayó sentada en el borde y separó apenas las piernas. No hacía falta acercarme demasiado para ver el brillo húmedo entre sus muslos.

—Así que ibas a echarme y cinco minutos después ya estabas mojada otra vez —murmuré.

Se mordió el labio, avergonzada y excitada a la vez.

—No empecemos con tus aires de chula —dijo—. Ven aquí y haz algo útil.

Sonreí. Me agaché entre sus piernas y le besé primero la cara interna de un muslo, luego el otro. La sentí estremecerse. Le apoyé las manos en las rodillas y se las abrí más.

—Quiero oírte pedirlo.

—No seas hija de puta.

—Pídelo igual.

Mara soltó el aire con un gemido contenido. Bajó la mano a mi pelo, me lo agarró con fuerza y tiró apenas hacia sí.

—Cómeme el coño —susurró—. Ya.

No necesité más. Le pasé la lengua de abajo arriba, lenta, abriéndola entera, recogiendo el sabor espeso que ya le corría. Me respondió con una sacudida de cadera. Volví a hacerlo, esta vez más firme, deteniéndome en el clítoris. Sus piernas se tensaron alrededor de mis hombros.

—Joder... —se le escapó—. Así.

La chupé con calma al principio, jugando con la punta de la lengua sobre el clítoris mientras dos dedos le acariciaban la entrada sin entrar todavía. Quería oír cómo pasaba de contenerse a perder del todo el control. Quería verla soltarse por segunda vez, pero ahora despierta, consciente y pidiéndome cada cosa.

—No me trates como si fueras a romperme —dijo entre jadeos—. Anoche ya viste que aguanto.

Le metí dos dedos de golpe. Mojada como estaba, entraron hasta el fondo sin resistencia. Mara soltó un grito ahogado y me apretó la cabeza entre los muslos.

—Eso querías, ¿no? —dije sin sacar la boca de ella—. Que te follara la mano mientras te comía.

—Sí... sí, joder.

Empecé a mover los dedos dentro de su coño con un ritmo corto y duro, curvándolos para encontrarle el punto que la hacía temblar. Con la lengua insistía en el clítoris, lamiendo, chupando, alternando presión y pausa. El colchón golpeaba contra la pared con cada envión de sus caderas.

Mara dejó de intentar verse contenida. Ya no era la mujer prudente de la mesa familiar ni la esposa impecable; era una milf empapada, abierta de piernas, diciéndome guarradas con la voz rota.

—Más fuerte —ordenó—. Mételos bien. No me provoques y luego me dejes así.

Obedecí. Le hundí los dedos hasta los nudillos y se los saqué casi del todo antes de volver a clavárselos. Sentí cómo se cerraba en torno a mí, apretando, tragando, cada vez más caliente. Le pasé el pulgar por el clítoris y empezó a gemir sin ritmo, ya incapaz de hilar una frase entera.

—Me voy a correr —dijo—. No pares, no pares, no pares...

No paré. La sujeté por las caderas y seguí chupándole el coño mientras la follaba con la mano. Se corrió temblando entera, empujando contra mi cara, mojándome los dedos y la boca. Tuvo que cubrirse la boca con el antebrazo para no gritar demasiado alto.

Cuando aflojó, levanté la cabeza. Tenía el pecho agitado y los pezones más duros que antes. Me subí encima de ella y la besé para que se probara en mi lengua. Gimió otra vez al reconocer su propio sabor.

—Ahora tú —dijo, y me dio la vuelta con una decisión que no esperaba.

Caí boca arriba sobre la cama. Ella se arrodilló entre mis piernas y me levantó el vestido hasta la cintura. No perdía tiempo. Me apartó la ropa interior de un tirón, me miró un segundo el coño mojado y sonrió como si hubiera encontrado exactamente lo que buscaba.

—Tan valiente para provocar y mira cómo estás —murmuró—. Chorreando.

—Tú me pones así.

—Lo sé.

Me abrió los labios con los dedos y me lamió despacio, de una sola pasada larga, como si quisiera dejar claro que no iba a imitarme sino a hacerme suya a su manera. Tenía menos técnica que yo, quizá, pero más hambre. Y eso me encendió todavía más.

Volvió a bajar la boca y esta vez me chupó el clítoris con ganas, sin delicadeza. Le agarré el pelo. Sentí una descarga directa al vientre.

—Joder, Mara...

Ella levantó la vista apenas, orgullosa de oírme perder la compostura, y metió la lengua dentro de mi coño, hundiéndola y sacándola mientras una mano me sujetaba el muslo y la otra me apretaba el vientre para que no me retorciera demasiado. Tenía una forma muy física de comerme, casi posesiva, y me estaba volviendo loca.

—Anoche me enseñaste —dijo contra mi piel—. Hoy me toca practicar.

Practicó bastante bien. Alternaba lamidas rápidas en el clítoris con succiones cortas que me hacían arquear la espalda. Cada vez que yo intentaba cerrar las piernas, me las volvía a abrir.

—Quieta —ordenó con una autoridad nueva—. Quiero sentir cómo te corres en mi boca.

Ese tono me desarmó. La miré: despeinada, desnuda, con el brillo húmedo todavía en los muslos y una seguridad recién estrenada que le quedaba peligrosamente bien. Una mujer madura descubriendo que también podía mandar, pedir y tomar. Una mujer que ya no quería volver atrás.

Metí una mano entre nosotras y le acaricié el pecho mientras ella seguía lamiéndome. Con la otra me agarré a la sábana. El orgasmo empezó a subirme en oleadas cada vez más seguidas.

—Voy a correrme —le avisé.

—Hazlo.

Me corrió con la cara enterrada entre mis piernas, chupándome hasta el último espasmo, sin apartarse ni cuando empecé a temblar demasiado. Quedé jadeando, con el coño latiéndome y las rodillas flojas.

Mara se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con una sonrisa descarada que no le había visto nunca. Luego se subió sobre mí a horcajadas, alineando su coño con el mío.

—Anoche me gustó cuando me hiciste rozarte así —dijo—. Quiero repetirlo, pero ahora sabiendo exactamente lo que hago.

Le sujeté las caderas. Ella bajó despacio hasta que nuestros coños se tocaron. El primer roce fue suave, caliente, resbaladizo. Las dos soltamos el aire al mismo tiempo.

Empezó a moverse con movimientos cortos de cadera, frotando su clítoris contra el mío. El contacto húmedo, repetido, preciso, me disparó otra vez. Yo la ayudaba levantando apenas la pelvis, encontrando el ángulo que nos hacía gemir a las dos.

—Así —le dije—. Un poco más arriba. Sí... joder, así.

Mara apoyó las manos en mi pecho y aceleró el ritmo. Sus tetas rebotaban sobre mí y yo las atrapé con la boca, chupándole un pezón mientras seguía meciéndola. Ella soltó una carcajada entrecortada que se convirtió enseguida en gemido.

—Nunca pensé que estaría haciendo esto en mi propia casa —jadeó—. Con la amiga de mi hija. Con el cabrón de mi marido durmiendo al otro lado del pasillo.

—Y te excita pensarlo.

—Me pone como una perra.

Me encantó oírle decirlo. Le apreté el culo para pegarla más a mí y el roce se volvió más intenso, más sucio, más desesperado. Nuestros coños sonaban húmedos con cada fricción. El sudor empezaba a pegársenos al cuerpo.

Mara se inclinó para besarme. Nos besamos a lo bruto, lenguas, dientes, respiración cortada. Sin dejar de moverse, me buscó la mano y se la llevó entre sus nalgas.

—Tócame ahí —susurró—. Solo por fuera.

Le obedecí. Le humedecí un dedo con lo que nos chorreaba entre las piernas y empecé a masajearle el ano en círculos lentos. Ella se estremeció de arriba abajo y casi perdió el ritmo. Después se rehízo y empezó a frotarse más fuerte.

—Eso... no metas nada, solo así... joder, así.

Su clítoris chocaba contra el mío mientras yo le masajeaba el culo y le mordía el labio. Era demasiado. Sentí el orgasmo regresar mucho más rápido de lo que esperaba.

—Mara, me corro otra vez.

—Yo también. No pares la mano.

No la paré. Ella siguió cabalgándome el coño con movimientos brutales, cortos y precisos, hasta que se quedó rígida encima de mí. Se corrió con un gemido grave, clavándome las uñas en los hombros. Yo la seguí un segundo después, temblando por debajo de ella, sintiendo cómo todo el cuerpo se me aflojaba de golpe.

Nos quedamos así un rato, pegadas, respirando fuerte. Luego cayó a mi lado y se echó a reír bajito, todavía agitada.

—Ahora sí —dijo—. Ahora ya no me quedan dudas sobre nada.

Le aparté el pelo húmedo de la frente.

—¿Ni culpa?

—Culpa sí —admitió—. Pero menos que ganas.

La besé otra vez. Esta vez más despacio, con la urgencia ya gastada y un gusto raro a intimidad después del incendio. Ella apoyó la cabeza en mi hombro y me acarició el vientre.

—Tendremos que salir en algún momento —murmuró—. O van a pensar que me secuestraste.

—Tu hija probablemente ya está poniendo café para las dos.

Mara soltó una risa incrédula. Después se levantó, recogió la bata del suelo y se la puso sin cerrarla del todo. Yo me acomodé el vestido y la ropa interior como pude. Antes de abrir la puerta, volvió hacia mí y me besó una última vez, seca y decidida, como una promesa.

—No vuelvas a dejarme sola con mis dudas —dijo—. La próxima vez quiero despertarme y seguir, no echarte.

—La próxima vez no pienso irme tan fácil.

Salimos a la cocina juntas. Inés estaba untando mermelada en una tostada y Bruno revisaba el móvil con una sonrisa de imbécil satisfecho. Los dos levantaron la vista al vernos entrar.

Mara, sin soltarme la mano, fue a servirse café. Luego me miró de reojo, sonrió y me rozó la cadera por debajo de la encimera.

Yo entendí el mensaje en el acto. Aquello no había sido un accidente ni una despedida. Era el principio de algo torcido, imprudente y tremendamente caliente.

Y, por cómo me ardía todavía el coño al cruzar las piernas, supe que iba a volver a su cama todas las veces que ella me lo pidiera.

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Comentarios(2)

Morenazo77

buenisimo el arranque, quede enganchado de entrada. Mas!!!

ValentinaF

Por favor necesito una segunda parte, se corto justo donde mas emocion habia. Tremendo

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