La luchadora lesbica que me salvó del infierno
Me llamo Naira, y nací dentro de una jaula de oro custodiada por hombres armados. Mi padre controlaba la ciudad como si fuera suya: negocios, jueces, policías, deudas, miedo. A los ojos del resto yo era su hija perfecta, educada, discreta, cara de porcelana y modales impecables. En realidad, era solo otra pieza en su tablero, una mercancía que algún día pensaba intercambiar por poder.
Aprendí pronto que, para sobrevivir a un hombre así, había que mentir bien. Fingí obediencia durante años mientras estudiaba en secreto, acumulando títulos, idiomas y una disciplina física que él jamás imaginó. Sonreía en las cenas, bajaba la mirada cuando hablaba, y por dentro contaba salidas, rutas, errores, puntos débiles. Mi verdadero rostro no lo conocía nadie.
La única parte de mí que no estaba calculada era el vacío. Había pasado por camas de mujeres hermosas, mujeres interesadas, mujeres que se acercaban por mi apellido, por mis tarjetas, por mis regalos. Yo las usaba también. Ninguna me importó de verdad. Hasta que escuché hablar de una peleadora invicta en un sótano sucio al otro lado de la ciudad.
Decían que era una mujer imposible de tocar. Que tenía cara de santa y manos de bestia. Que tumbaba hombres el doble de grandes que ella y luego salía sola, sin celebrar nada, como si partirles la cara fuera una tarea más del día. Eso me dio curiosidad. Lo que terminó de empujarme fue otra cosa: una foto borrosa en el teléfono de una conocida. Una mandíbula firme, ojos claros, cabello cobrizo recogido y una boca que me hizo imaginar demasiadas cosas.
Me escapé una noche con ropa discreta y sin escoltas. Entré en aquel club clandestino oliendo a cerveza rancia, sudor y dinero sucio. La música retumbaba tan fuerte que costaba pensar. A mí me venía bien no pensar.
Estaba abriéndome paso entre cuerpos cuando un borracho enorme me cerró el paso y me agarró de la muñeca.
—Esta noche te vienes conmigo —dijo, con la boca apestando a alcohol.
No alcancé a retorcerle los dedos porque una voz grave, limpia y hermosa cortó el aire a mi espalda.
—Suéltala, imbécil. Esa es la única rubia que te va a tocar hoy: tu cerveza.
Me giré y la vi. Alta, ancha de hombros, con una camiseta negra pegada al cuerpo por el sudor, los nudillos rojos y esa calma de quien sabe perfectamente el daño que puede hacer. No era solo guapa. Era de esas mujeres que obligan al resto a parecer decorado.
El borracho gruñó algo, pero al reconocerla apartó la mano. Ella ni lo miró. Me sostuvo la mirada a mí, de arriba abajo, como si leyera todo lo que yo ocultaba.
—La hija del rey de la mugre en un sitio como este —dijo—. Debes de estar muy aburrida.
—He venido a verte.
Se le curvó la boca en una media sonrisa.
—Pues mira bien. No repito funciones para princesas.
Subió al improvisado cuadrilátero entre silbidos y apuestas. Yo pedí una cerveza y me quedé clavada frente a la valla. Su rival salió inflando el pecho, puro músculo y poca cabeza. Ella, en cambio, apenas se movía. Esperó. Midió. Y cuando el otro lanzó el primer golpe, lo esquivó con una precisión obscena. Dos movimientos después ya lo tenía de rodillas. Uno más, y cayó de boca sobre la lona.
No disfruté la pelea. Me pasé todo el tiempo mirándole las piernas, el sudor bajándole por el cuello, cómo se le contraía el abdomen con cada giro. Quise imaginar cómo se verían esas mismas caderas empujando entre mis muslos, y tuve que apretar las piernas para no delatarme.
Cuando terminó, salió por una puerta lateral hacia el callejón trasero. La seguí sin pensarlo. Afuera, la noche olía a gasolina mojada. Tenía una moto apoyada junto a la pared, preciosa y oscura. Ella se tensó al notar mis pasos.
—Si vienes a darme las gracias, no hace falta —dijo sin girarse—. Si vienes a molestar, te llevo al suelo.
—¿Y si vengo a proponerte algo?
Ahora sí se volvió. De cerca era todavía peor para mi autocontrol: pómulos afilados, una pequeña cicatriz en la ceja, los labios partidos por un golpe reciente.
—Habla.
—Pelea conmigo. Si gano, trabajas para mí.
Se echó a reír.
—¿Tú?
Saqué un talonario y arranqué un cheque.
—Si ganas tú, pones la cifra que quieras.
Sus ojos se estrecharon. Le divertía. También le picaba el orgullo. Dejó el casco sobre el asiento de la moto y se puso en guardia.
—No llores cuando acabes en el suelo, princesa.
—Solo me llamas princesa porque todavía no te he tumbado.
Nos movimos sobre el asfalto húmedo, bajo una farola moribunda. Era rápida, mucho. Salvaje, intuitiva, peligrosa. Pero yo llevaba años entrenando con gente que rompía huesos por oficio. La dejé venir, estudié su hombro, su respiración, el peso en la cadera. Cuando abrió de más al segundo ataque, la barrí. Cayó de espaldas, soltando el aire de golpe.
Se levantó con rabia, volvió a cargar y esta vez la frené con un giro de muñeca y un golpe seco al costado. La tercera vez fue peor para ella: un amago, una patada alta y mi talón le abrió la ceja.
Se quedó sentada en el suelo, sangrando y sonriendo como una loca.
—¿De dónde coño saliste?
—Del mismo infierno del que quiero escapar.
Le tendí la mano. Dudó un segundo y la tomó.
—Me llamo Vera —dijo.
—Naira.
La llevé a urgencias en taxi porque no iba a dejar que se subiera a la moto con media cara hinchada. Pasamos la madrugada en un hospital gris, entre luces frías y máquinas pitando. Le pusieron hielo, revisaron que no hubiera fractura y la dejaron irse con recomendaciones que ninguna de las dos pensaba seguir.
Sentadas una junto a la otra, con café malo entre las manos, hablamos de más de lo que yo llevaba años hablando con nadie. Le conté la versión prudente de mi vida. Ella me contó la versión sucia de la suya: calle, peleas, trabajos de mierda, noches durmiendo donde se pudiera. Cuanto más la escuchaba, más claro lo tenía. No quería solo contratarla. Quería tenerla cerca hasta quedarme sin aire.
Cuando salimos del hospital, el cielo empezaba a aclararse. El callejón seguía oliendo a metal y lluvia. Vera se puso el casco y yo la detuve tocándole el antebrazo.
—Espera.
La besé antes de que pudiera hablar. Fue un beso torpe de arranque, desesperado al segundo siguiente. Su boca sabía a sangre seca, café y tabaco. Dudó apenas un instante. Luego me agarró de la nuca y me besó de verdad, abriéndome los labios con una urgencia que me hizo gemir ahí mismo.
Cuando nos separamos, respiraba tan fuerte como yo.
—No juegues conmigo —dijo—. No sirvo para caprichos de niñas ricas.
—Yo tampoco. Por eso te estoy besando así.
La vi tragar saliva. No me creyó del todo, pero quiso creerme un poco. Eso bastó para empezar.
***
Durante meses nos vimos en un gimnasio viejo a las afueras. Le enseñé a pelear con cabeza y ella me enseñó a soltar el cuerpo, a dejar de vivir siempre en guardia. Entrenábamos, sudábamos, discutíamos, nos picábamos, y cada día la tensión se volvía más animal.
Había roces que duraban demasiado. Miradas que se quedaban donde no debían. Ella me corregía una postura poniendo la mano en mi cintura y yo sentía el coño palpitar bajo la licra. Yo le sujetaba los antebrazos para enseñarle un bloqueo y se me iba la atención a sus tetas apretadas bajo el top.
Un mediodía acabamos un combate de práctica las dos sentadas en el borde del ring, empapadas de sudor, bebiendo agua a tragos grandes. El ventilador apenas movía el aire caliente. Vera me miró de lado.
—Sigues sin decirme para qué coño me quieres de guardaespaldas si puedes partirle la cara a casi cualquiera.
—Lo del trabajo fue una excusa.
—Ya lo imaginaba. ¿Entonces?
La dejé a un lado la botella y me acerqué lo suficiente para olerle el sudor limpio del cuello.
—Entonces te quiero cerca porque no dejo de pensar en ti.
No respondió. No hacía falta. Sus ojos bajaron a mi boca. Fui yo la que dio el primer paso, besándole la comisura, la mandíbula, el cuello. Su piel estaba ardiendo y sabía a sal. Le mordí suave debajo de la oreja y le saqué un gemido ronco que me empapó al instante.
—Joder, Naira... —murmuró, con la voz rota.
Le subí el top hasta dejarle las tetas al aire. Eran firmes, con pezones rosados y duros, tensos por el aire y por mis ganas. Me incliné y empecé a chupar uno, despacio al principio, luego más fuerte. Ella echó la cabeza atrás y me hundió los dedos en el pelo.
—No pares.
Obedecí. Le lamí el pezón, lo mordí apenas, lo chupé hasta notar cómo todo su cuerpo temblaba. Mientras, una de sus manos bajó por mi vientre y me apretó el coño por encima del pantalón. Solté el pezón con un jadeo. Me frotó con la palma, encontrando el clítoris incluso a través de la tela mojada.
—Estás chorreando —dijo, y la crudeza de su voz casi me hace venirme ahí mismo.
Metió la mano dentro de la licra y de la tanga sin pedirme permiso. Encontró mis labios abiertos, empapados, y empezó a acariciarme el clítoris con círculos lentos, crueles. Yo seguía mamándole una teta mientras su dedo corazón se hundía en mi coño hasta el fondo.
—Ah... sí... así —gemí, apartándome para respirar—. Méteme otro.
Vera sonrió con una arrogancia que me volvió loca y me metió dos dedos de golpe. Mi espalda se arqueó. Me follaba con la mano con un ritmo preciso, entrando y saliendo mientras el pulgar me machacaba el clítoris. El ruido húmedo entre mis piernas se mezclaba con mis jadeos y con el chirrido viejo del ventilador.
Yo no tardé en perder toda compostura. Le mordía la clavícula, le besaba la boca, le chupaba el cuello mientras ella me abría por dentro. Noté cómo me subía el orgasmo rápido, salvaje, como una ola demasiado grande.
—Vera, me corro... joder, me corro...
—Pues córrete. Quiero sentirlo.
Me corrió con sus dedos hundidos hasta los nudillos. Mi cuerpo se sacudió entero y terminé mojándole la muñeca, el muslo, la lona. Solté un gemido tan fuerte que debió oírse fuera del gimnasio. Ella sacó la mano despacio y se llevó mis jugos a la boca, sin apartarme la mirada, lamiéndose los dedos con hambre.
Eso me puso todavía peor.
—Ahora tú —le dije, casi gruñendo.
La hice girarse y le bajé el pantalón corto junto con la ropa interior. Tenía un coño precioso, hinchado, brillante, enmarcado por un triángulo cobrizo que me dio unas ganas absurdas de hundirme ahí y no salir. Separé sus nalgas con las manos y pasé la lengua de abajo arriba por toda su raja.
Vera se estremeció.
—Hostia...
Volví a hacerlo, más lento, deteniéndome en el clítoris para lamerlo en puntas cortas. Su sabor era espeso, fuerte, adictivo. Me agarré a sus caderas y empecé a comerle el coño sin pudor, abriéndola con la lengua, chupándole el clítoris hasta dejarlo duro y sensible. Sus gemidos se hicieron cada vez más altos, más sucios.
—Sí... así... no aflojes... me estás matando...
Le metí dos dedos mientras le seguía lamiendo el clítoris. Entraban fácil de lo mojada que estaba. Los moví curvándolos dentro de ella, buscando ese punto que la hacía sacudir las piernas. Lo encontré rápido. Vera soltó un taco y me empujó la cara contra su coño, como si quisiera que me lo comiera entero.
Pasé la lengua por su ano, apenas una caricia húmeda, y su reacción fue brutal. Le recorrió un escalofrío completo. Volví a lamerle ahí y se le doblaron las rodillas.
—No sabía que me iba a gustar eso —jadeó—. No pares, coño.
No paré. La devoré con hambre, alternando clítoris, entrada y ese aro apretado que se contraía cada vez que le rozaba la lengua. Cuando sentí que estaba al borde, me levanté solo lo justo para susurrarle al oído:
—Córrete en mi boca.
Se corrió temblando, con un grito ronco, soltando el agua de la botella al suelo y agarrándose a las cuerdas del ring para no caer. Yo seguí lamiéndola durante el orgasmo, tragando todo lo que me daba, hasta que empezó a apartarme con espasmos de sensibilidad.
Nos besamos con la boca sucia de ambas. Luego me tumbó sobre la lona, me arrancó la ropa deportiva de las caderas y volvió a hundirse entre mis piernas. Su lengua era más lenta que sus dedos, pero mucho más cruel. Lamía, chupaba, succionaba el clítoris y luego soplaba apenas, haciendo que todo me ardiera.
—Mírame —ordenó.
La miré. Verla entre mis muslos, con la cara brillante, tan concentrada en hacerme perder la cabeza, me desarmó más que cualquier caricia. Metió tres dedos esta vez, estirándome despacio. Grité sin vergüenza.
—Así me gusta —dijo, y siguió follándome con la mano mientras me comía el coño.
No pude aguantar mucho. El segundo orgasmo me llegó más hondo, más denso. Me dejé ir temblando, apretándole la cabeza entre los muslos mientras me corría en su boca. Cuando terminó, me quedé sin fuerza hasta para cerrar las piernas.
Vera subió por mi cuerpo a besos y acabamos en las duchas del gimnasio, todavía jadeando. El agua tibia nos corría por la espalda y, aun con el cuerpo dolorido, volvimos a tocarnos. Esta vez nos pegamos una a la otra, frotando nuestros coños despacio, buscando el ángulo, el roce exacto del clítoris contra el de la otra. La sensación fue distinta, más envolvente, más continua. Nos agarrábamos de la cintura y de los hombros para no resbalar, empujando las caderas en un ritmo cada vez más desesperado.
—Joder, qué rico —murmuró ella en mi cuello.
—Sí... sí... así...
Nos corrimos casi a la vez, tragándonos los gemidos en un beso largo bajo el agua. Cuando salimos de ahí, ya no quedaba ninguna duda. No era una aventura. Era el comienzo de mi ruina o de mi salvación. Quizá de las dos cosas.
***
Con el tiempo, conseguí meterla en mi casa como escolta. Mi padre la aceptó después de verla desarmar a varios de sus hombres en una prueba privada. Le gustaban la fuerza y la obediencia; confundió la primera con la segunda. Fue su error más caro.
El problema llegó cuando decidió anunciar mi boda con el hijo de uno de sus socios. Un idiota soberbio, violento y cobarde llamado Bruno. Quería usarme para sellar negocios, como siempre había planeado. Yo me negué delante de todos. Vera estaba detrás de mí, en silencio, pero podía sentir cómo le hervía la sangre.
Más tarde salimos juntas de aquella casa y nos fuimos a uno de los pocos apartamentos que mi padre me mantenía a mi nombre. Íbamos tensas, llenas de rabia, miedo y una necesidad salvaje de agarrarnos a algo que no fuera la violencia.
Le curé dos pequeños cortes que se había hecho unos días antes en otro enfrentamiento. Estaba sentada en el borde de la cama, sin camiseta, y yo limpiándole la espalda con gasas. Tenía la piel erizada.
—Si las cosas se ponen feas, tienes que desaparecer —le dije, aunque la sola idea me partía por dentro.
Ella giró la cara para mirarme.
—Ni de coña voy a dejarte sola con esa gente.
—Prefiero perderte así que verte muerta.
Vera se levantó de golpe, me agarró de la cintura y me estampó suavemente contra la pared.
—No vuelvas a decirlo.
Su boca cayó sobre la mía con rabia. Ese beso no tuvo ternura al principio, solo hambre y miedo convertido en deseo. Me abrió las piernas con la rodilla, me subió el vestido y me encontró sin ropa interior. Sonrió al notarlo.
—Ya venías preparada.
—Venía pensando en ti.
Me metió la mano entre las piernas y gruñó al notarme empapada. No me acarició; me apretó el clítoris con firmeza, obligándome a jadear contra su boca. Luego me giró de cara a la pared y me echó el pelo a un lado.
—Apóyate.
Obedecí sin discutir. La oí abrir un cajón. Cuando volvió, me rozó la entrada del coño con dos dedos y luego con algo más ancho, liso, cubierto de lubricante.
—Te voy a follar y no quiero que te eches atrás a la mitad.
Miré por encima del hombro. Llevaba un arnés sencillo con una polla de silicona oscura, gruesa, perfecta. La visión me hizo contraerme de deseo.
—No me voy a echar atrás —dije—. Métemela.
Me besó la nuca y entró despacio. La presión me abrió en un gemido largo. No era carne, pero entre el ángulo, el arnés apretado a su pelvis y la forma en que me sujetaba la cadera, se sentía demasiado real. Empujó hasta el fondo y se quedó ahí un segundo, dejándome acostumbrarme.
—¿Así?
—Más.
No necesitó que se lo repitiera. Empezó a embestirme con fuerza, clavándome una mano en la cintura y la otra en el pecho por encima del vestido. El cabezal golpeaba dentro con un ritmo seco que me dejaba sin voz. Cada empuje me hacía chocar contra la pared.
—Eso querías, ¿no? —me dijo al oído—. Que te follara de verdad.
—Sí... joder... sí.
Me bajó el escote y me pellizcó un pezón mientras seguía entrando y saliendo. Después deslizó la mano entre mis piernas y me frotó el clítoris al mismo tiempo. Ahí ya no pensé. Solo me dejé usar, abierta, húmeda, escuchando el golpeteo obsceno del arnés contra mis nalgas y mis propios jadeos rebotando en la habitación.
—Dime de quién eres.
La pregunta me encendió todavía más. Apoyé la frente en la pared y gemí:
—Tuya. Esta noche, tuya.
Me folló más fuerte. Cuando notó que estaba al borde, me sacó de golpe y me dio la vuelta. Me tumbó sobre la cama, me levantó las piernas y volvió a meterme la polla de silicona, esta vez mirándome a la cara. Sus embestidas cambiaron de ángulo y me tocaron tan profundo que grité su nombre.
—Así te quiero ver —murmuró—. Hecha un desastre por mí.
Se inclinó para besarme mientras me penetraba, y ese contraste entre la crudeza de sus caderas y la suavidad de su boca me remató. Me corrí apretando los muslos en su cintura, con el coño contrayéndose alrededor del juguete. Ella no paró. Siguió follándome durante el orgasmo, hasta alargarlo en pequeñas sacudidas que me dejaron llorando de gusto.
Luego se quitó el arnés y se colocó entre mis piernas. Yo ya estaba sensible, temblando, pero cuando me lamió de nuevo no fui capaz de apartarla. Chupó el clítoris hinchado con una paciencia perversa, sabiendo que me iba a hacer correrme otra vez.
Y lo hizo.
Cuando acabó, me dejó caer rendida sobre las sábanas y fue mi turno de ponerla a cuatro patas sobre la cama. Le abrí las nalgas, le besé la espalda, le lamí el coño y luego el culo con descaro. Le puse un dedo en el ano, despacio, apenas la punta, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Vera se volvió loca.
—Hostia, Naira... sigue... sigue...
Entré un poco más, muy despacio, escuchando su respiración y sus órdenes entrecortadas. Le gustaba. Mucho. La oí suplicar por primera vez esa noche, y no hubo nada más excitante que eso. La corrí con la cara enterrada entre sus piernas y los dedos trabajando donde la hacía temblar más.
Nos quedamos abrazadas un rato, sudadas, con el miedo agazapado al otro lado de la puerta. Fue la última noche de calma que tuvimos.
***
Lo que vino después fue sangre, traición y derrumbe. Mi padre mandó por nosotras. Nos capturaron. Quisieron matar a Vera delante de sus socios para dar ejemplo. Yo llevaba años preparando la caída de ese imperio, y esa noche todo estalló. Literalmente.
No voy a adornarlo. Hubo gritos, fuego que no llegó a prender, acero, disparos, el techo viniéndose abajo y una huida por debajo de la arena en una moto que Vera condujo como si la muerte nos lamiera los talones. La ciudad quedó atrás envuelta en polvo y sirenas. El hombre que me había hecho nacer para venderme murió bajo sus propias columnas.
Durante días nos dieron por muertas. Nosotras no corregimos a nadie.
Nos instalamos en un pueblo costero donde nadie conocía mi apellido ni el pasado de Vera. Compramos una casa con un garaje grande y ella montó un taller. Yo abrí una clínica pequeña. De día arreglábamos motores y cuerpos ajenos. De noche nos ocupábamos del nuestro.
La primera tarde de verdadero silencio llegó meses después, cuando por fin entendí que nadie iba a venir a por nosotras. Vera estaba en el taller, inclinada sobre una moto, con una camiseta blanca manchada de grasa y el cabello recogido de cualquier manera. La observé desde la puerta un rato, solo para disfrutar de cómo se le tensaban los antebrazos al usar una llave inglesa.
Se dio cuenta de que la miraba y sonrió sin dejar de trabajar.
—¿Qué?
—Nada. Solo pensaba que me salvaste la vida y además me la complicaste.
—Te la mejoré, querrás decir.
Me acerqué por detrás y le metí la mano por debajo de la camiseta. Su abdomen se contrajo.
—También.
En nuestro pueblo hacía calor, y bajo aquella ropa ligera no llevaba sostén. Le cubrí una teta con la palma y le froté el pezón mientras le mordía el hombro. Vera soltó la llave sobre la mesa.
—No me provoques en el taller si no quieres acabar sobre ese banco.
—Eso suena más a promesa que a amenaza.
Se giró, me sentó de un golpe sobre la mesa de trabajo y me abrió las piernas. Estábamos solas. La persiana a medio bajar dejaba pasar tiras de luz dorada. Me levantó el vestido, apartó mi ropa interior y se arrodilló entre mis muslos como si fuera a rezar. En cuanto me pasó la lengua por el clítoris, tuve que apoyar una mano en la pared para no irme hacia atrás.
El resto fue nuestro: grasa en las manos, sol cayendo, mi espalda contra herramientas frías, su boca devorándome como la primera noche y como todas las noches desde entonces. Eso era la libertad para mí. No la clínica, no la casa, no el mar al fondo. Su lengua. Su risa. Su cuerpo pegado al mío sin miedo a que nadie nos arrancara una de la otra.
Ahora, cuando me tumbo en la playa y la veo acercarse con esa torpeza orgullosa de mujer dura que todavía se avergüenza de que la miren, sé que por fin tengo algo que nunca creí posible. No un refugio. No una escapatoria.
Tengo a mi mujer favorita del mundo, la única por la que valió la pena incendiar el pasado, y todavía hay noches en que me despierta metiéndome los dedos, húmeda, caliente, susurrándome al oído que me abra para ella.
Y yo me abro.