La domé esa noche con mi vestido de látex negro
Llegué al hotel un jueves por la tarde con dos maletas de látex y una intención muy concreta. Me registré, subí a la última planta y colgué la ropa despacio, con la paciencia de quien conoce el precio de cada prenda. Cuando terminé de ordenarlo todo, me metí bajo la ducha, me sequé el pelo y elegí para bajar al bar un vestido negro sin tirantes, brillante, que se pegaba al cuerpo como una segunda piel.
El bar estaba prácticamente vacío. Un pianista tocaba algo lento en un rincón y detrás de la barra un chico secaba copas sin disimular la mirada cuando me acerqué. En un sofá pequeño, junto a la lámpara de pie, había una mujer sola. Vestido ajustado color marfil, piernas cruzadas, una copa de vino blanco entre los dedos y esa expresión que no distingue entre aburrida y curiosa. La miré una vez y supe que iba a pasar la noche con ella.
—¿Está ocupado? —pregunté, señalando el asiento a su lado.
—Todo tuyo —dijo, y me hizo sitio con una sonrisa que apenas movía la boca.
Me llamo Renata. Ella se llamaba Camila y venía de Rosario a un congreso que le importaba poco. Mientras hablaba pude fijarme en ella con calma. Piel muy blanca, boca grande, cuello largo. No parecía sumisa, pero ninguna lo parece de entrada. La sumisión no se ve, se despierta.
La conversación cayó donde yo quería que cayera al cabo de dos minutos. Camila miraba mi vestido sin escuchar del todo lo que le contaba sobre un cuadro colgado en la pared.
—¿Cómo demonios te metes en eso? —soltó por fin, con la copa a mitad de camino de la boca.
—Gracias —contesté—. Me alegra que te guste.
Pasé las manos por mis costados para que ella siguiera el gesto con los ojos. El látex sonaba bajísimo bajo mis palmas.
—Se hace a medida —le expliqué—. Te toman todas las medidas, te lo ajustan al cuerpo. Cuando por fin te lo pones, todo lo que no te gustaba de ti misma desaparece. Queda una superficie brillante que no perdona.
Le agarré una mano sin pedir permiso, se la abrí y la apoyé sobre mi estómago. Camila no la retiró. La dejé ahí unos segundos, sintiendo el calor de sus dedos filtrarse a través del material. Cuando por fin le solté la mano, dos huellas húmedas quedaron marcadas contra el negro brillante, justo debajo del ombligo.
—¿Ves? —le dije bajito—. No me digas ahora que esos se te han puesto duros porque hace calor en el bar.
Le miré los pechos. Los pezones se le marcaban debajo del vestido marfil como dos puntas nítidas. Se cruzó de brazos con un gesto instintivo y las mejillas se le pusieron del color del vino que tenía en la mano.
—¿Tienes… algo que me pueda probar? —preguntó, y la voz le tembló apenas.
Sonreí. Iba a ser mucho más fácil de lo que había imaginado.
—Sube conmigo a la habitación —dije—. Tengo cosas mucho más interesantes que este vestido.
***
En cuanto cerré la puerta del cuarto, abrí el armario. La colección estaba ordenada por colores: negro, rojo, blanco, azul. Elegí un maillot negro de manga larga, con cremallera trasera y dos aberturas circulares a la altura de los pechos.
—Desvístete —le dije, con el maillot doblado sobre el brazo—. Te voy a poner talco por todo el cuerpo. Este material no perdona la prisa.
Camila obedeció sin discutir. Se sacó el vestido por la cabeza, dejó las bragas en el suelo y se quedó de pie en medio de la habitación con los brazos pegados a los muslos, mirándome como si esperara instrucciones. Tetas medianas, muy blancas, con el vello del sexo recortado en una franja estrecha. La rocié de talco, le pasé las manos por la espalda, por los hombros, por las nalgas, alisando el polvo. Sentí que se le erizaba la piel.
Le abrí el maillot y le sujeté el frente para que fuera metiendo las piernas. Cuando llegué a su espalda, le fui subiendo la cremallera dos centímetros cada vez, pellizcando los bordes hacia adentro para que quedara ajustada. El material se le pegó como una piel prestada. Cuando terminé, sus pezones se abrieron paso por los dos agujeros del pecho hasta quedar apretados por el borde brillante, hinchados, más rosados que antes.
Abrí la puerta del armario donde estaba el espejo grande. Camila jadeó al verse. Se giró, se puso de perfil, se pasó las manos por los muslos.
—Agáchate —le dije—. Sepárate las rodillas y mírate desde ahí.
Lo hizo. En la entrepierna del maillot había una hendidura larga por la que asomaron sus labios, húmedos ya, hinchados sin necesidad de tocarla. Se llevó los dedos ahí abajo, tanteó, y encontró la abertura como quien encuentra un secreto.
—Esto está mal —susurró, sin apartar los ojos del espejo.
Me acerqué por detrás y le mordí el cuello.
—Está perfectamente bien —le dije al oído—. Y tú lo sabes.
La giré, la besé en la boca sin darle tiempo, le mordí el labio inferior y le apreté un pezón entre dos dedos. Camila soltó un gemido bajito contra mi lengua y me clavó las uñas en los hombros por encima del látex.
—Ayúdame con esto —dije, dándole la espalda para que me bajara la cremallera del vestido.
Me quité el vestido, me puse una bata corta de látex azul sin abrocharme el cinturón y la llevé hasta la cama. Las sábanas eran negras, brillantes, del mismo material que llevábamos puesto. La senté en el borde y le abrí las piernas con las manos.
—Túmbate —le pedí.
Se dejó caer sobre la espalda. Le besé la boca, luego la mandíbula, luego el cuello. Le pasé la lengua por la línea del maillot hasta que llegué a los pechos. Un pezón me lo metí en la boca entero y lo chupé despacio, dando vueltas con la punta de la lengua alrededor de la areola. El otro se lo pellizqué, tirando hacia arriba hasta que el pecho se le puso en forma de cono. Camila gimió con la boca abierta, sin cerrar los ojos. Le encantaba el dolor pequeño y ni siquiera lo sabía.
Bajé por su vientre. Le lamí el ombligo con la punta de la lengua, le mordí la cadera, y cuando llegué a la hendidura del maillot le metí la lengua sin previo aviso. Estaba empapada. Le separé los labios con dos dedos y le chupé el clítoris hasta que se le hinchó dentro de mi boca. Le metí dos dedos hasta el fondo y los curvé, buscándole el punto por dentro, mientras seguía chupándola.
—Renata, joder —gimió—. Renata, no pares.
No paré. Le metí un tercer dedo, la abrí un poco más, la follé con la mano cada vez más fuerte, sin dejar de lamerle el clítoris. Ella empezó a moverse contra mi cara, a levantar las caderas para clavarse más en mí, a pedirme más con las manos hundidas en mi pelo. Cuando noté que se le tensaban los muslos y el vientre, saqué los dedos y le tapé el coño entero con la boca abierta. Se corrió con un grito ronco, apretándose contra mí, mojándome la barbilla y el cuello. Me tragué todo lo que pude y le lamí despacio el clítoris, alargándole el orgasmo un poco más, hasta que ella empezó a apartarse del exceso.
Subí por su cuerpo. La besé en la boca para que se probara. Camila apartó la cara un segundo, dudando, y luego abrió los labios y me devolvió el beso con la lengua.
—Nunca había hecho esto con una mujer —susurró, con la voz rota.
—Ya lo sé —dije—. Por eso estás aquí.
***
La dejé descansar un rato, tumbada boca arriba, jadeando todavía. Me levanté a pedir cena a la habitación, y mientras esperaba fui reuniendo lo que necesitaba. Guantes de látex largos hasta el hombro. Medias negras. Una capucha abierta que le dejaba libres los ojos y la boca. Un collar de goma rígida con una R plateada en el centro. Un cojín firme.
Cuando volvió del baño, la vestí yo. Le puse las medias despacio, deslizándoselas desde los tobillos hasta la mitad de los muslos. Le calcé los guantes y se los subí hasta las axilas, apretando el borde para que no se movieran. Le encajé la capucha en la cabeza, le acomodé la boca en la abertura y le abroché el collar en el cuello. Camila se dejó hacer sin mirarme.
Le levanté la barbilla con un dedo.
—Esta noche no hablas si yo no te pregunto —le dije—. Y me llamas Renata si te dejo hablar. Nada de señora, nada de ama todavía. Eso lo veremos mañana. ¿Está claro?
Asintió.
—A la cama.
Se tumbó boca arriba, con los brazos abiertos. Le pasé la mano enguantada por toda la piel expuesta: el vientre, los pechos, la cara interna de los muslos. La goma sobre goma hacía un ruido bajo, pegajoso, que ninguna de las dos habíamos oído nunca así. Le metí dos dedos en la boca y ella los chupó como si llevara semanas esperándolo. Se los saqué mojados y bajé la mano. Le tapé el sexo con la palma abierta y apreté con fuerza. Se le escapó un gemido que le atravesó el pecho.
Le levanté las caderas y le metí el cojín debajo de la espalda para que el culo le quedara en alto. Le abrí las piernas al máximo. Le lamí primero los labios, despacio, recogiéndole los jugos que le habían vuelto a bajar. Después le metí la lengua entera y busqué el clítoris con la punta. Camila arqueó la espalda, agarrándose a las sábanas de látex con los guantes brillantes.
Le metí dos dedos en el coño y otro en la boca, para tenerla ocupada. La follé con la mano dura, dedicándole a la vez la lengua al clítoris. Cuando la sentí a punto, me lubriqué el meñique con su humedad y se lo bajé hacia el otro agujero. Se lo froté suave alrededor del ano y ella se tensó al primer contacto, pero cuando le devolví la lengua al clítoris se relajó de golpe. Aproveché para empujar el dedo hasta la primera falange. Camila levantó las caderas del susto, pero mi dedo la siguió, y al bajar de nuevo lo tenía dentro hasta el nudillo.
Se corrió gritando, con el meñique metido en el culo, dos dedos dentro del coño, mi boca chupándole el clítoris y su cuerpo entero temblando debajo del látex. Le brotó otra vez la corrida densa, resbaló por mi mano, mojó el cojín, empapó la sábana. La sostuve así hasta que se quedó floja, respirando entrecortado, con los ojos cerrados y los guantes brillantes apretados contra las sienes.
Le saqué los dedos con cuidado y le quité el cojín. Me tumbé a su lado y le pasé un brazo por encima. La R plateada del collar le brillaba en el hueco del cuello, subiendo y bajando con la respiración.
—Mañana firmamos cómo va a ser esto —le dije, besándole el hombro cubierto de goma—. Vas a mudarte a mi habitación las dos semanas del congreso. Después ya veremos si te quedas conmigo.
Camila me buscó la mano y la apretó contra su pecho. No respondió con palabras, sólo con la respiración. Nos quedamos dormidas pegadas al látex y una a la otra, respirando el olor cálido del material y de la corrida, con el bar del hotel y la vida ordinaria varios pisos por debajo.