La tarde que Lucía me leyó mi relato más íntimo
Hacía años que Lucía y yo no nos veíamos. Se enteró por una amiga en común de que yo había escrito un libro de relatos eróticos, y eso le bastó como excusa para escribirme. Quería tomar algo, ponernos al día y comprarme un ejemplar en persona, no por internet. Me hizo gracia el detalle. Casi nadie compra un libro queriendo que la autora se lo firme delante.
A mí me daba igual el sitio, pero ella insistió en que fuera a su casa. Decía que así estaríamos cómodas y podríamos hablar del contenido sin oídos ajenos alrededor. Por eso, un sábado a las cinco de la tarde, me encontré llamando a su puerta con el libro dentro del bolso.
—¡Carla, qué alegría! —abrió con una sonrisa enorme.
Nos dimos dos besos y un abrazo que se alargó un segundo de más. Entré, cerré la puerta y me recibió el olor de su ambientador, una música suave de fondo y la luz cálida de una lámpara de sal sobre la mesa del recibidor.
—Qué piso tan bonito tienes —dije al asomarme al salón. Todo era minimalista, pero estaba colocado con un criterio cuidadoso, sin un solo objeto fuera de lugar.
—Gracias. Por cierto, parece que nos hemos puesto de acuerdo —dijo, mirándome de arriba abajo.
Antes de salir de casa había elegido unas mallas rojas, unas zapatillas blancas y una camiseta gris oscuro de manga corta. Lo divertido es que ella llevaba prácticamente lo mismo: las mismas mallas rojas, las mismas zapatillas, y solo cambiaba el color de la camiseta, que en su caso era blanca.
—Me sorprende que vayamos casi iguales, pero me gusta. Estás estupenda —le dije.
Era morena, con el pelo ondulado recogido esa tarde en una coleta alta. Más alta que yo, con curvas que la camiseta ceñida no disimulaba. Se le marcaban las tetas grandes bajo la tela fina, sin sujetador, con los pezones asomando cada vez que se movía. Me sorprendió a mí misma reparando tanto en su figura, y sobre todo en cómo las mallas rojas se le pegaban al coño y le dibujaban la raja del culo cuando se giraba.
—Viniendo de la señorita de las mallas, lo tomo como un cumplido —contestó—. Aunque me ha hecho gracia que coincidiéramos hasta en el color.
—Guárdame el secreto de mi identidad —dije, guiñándole un ojo.
—Tranquila. No lo entiendo del todo, pero lo respeto. ¿Café? —preguntó, ya encendiendo la cafetera y sacando dos vasos, dos cucharas y unos sobres de azúcar.
Nos sentamos en el sofá con las tazas humeantes. Aproveché para sacar el libro del bolso y dejárselo en las manos.
—Vaya, un libro de verdad —dijo, pasando los dedos por la portada—. Siempre me ha fascinado esta escritura, pero nunca imaginé que la autora de uno fuera a ser una amiga.
—Empecé poco a poco, casi por jugar. Como iba gustando, me animé, y sin darme cuenta ya no podía parar hasta terminarlo.
—Tengo unas ganas tremendas de leerlo. Y, como dices en el título, de disfrutarlo a solas.
—Creo que te va a gustar. La verdad es que me siento afortunada con los comentarios que me llegan de quienes lo leen.
—¿Y te cuentan que les gusta o te dan detalles? —preguntó, arqueando una ceja.
—De todo. Hay quien se ha tomado la molestia de explicarme cómo se ha masturbado leyéndolo. Me han escrito tíos contándome que se corrieron a chorros sobre las páginas, y tías explicándome con qué dedo se frotaban el clítoris mientras leían tal o cual escena.
—Joder. ¿Y eso te gusta? Quiero decir, ¿hablas de estos temas con esta naturalidad siempre?
—Sí, me gusta. He escrito más de trescientas páginas de relatos eróticos. Para mí el sexo, follar, mamar pollas, comer coños, correrse a gritos, todo eso, es de lo más normal. No tengo tabúes en ese sentido.
—¿Y qué opinas del sexo de pago? —soltó, mirándome por encima de la taza.
—Me parece bien. Cada una hace con su cuerpo lo que quiere. Nunca me meto en esos debates, no creo que tenga nada que aportar.
—Pero ¿lo ves bien de verdad?
—Sí —respondí, escueta, porque no sabía por dónde quería llevar la conversación.
—Ven, te enseño una cosa.
***
Se levantó, me cogió de la mano y tiró de mí hacia el pasillo. Pasamos por delante de una puerta cerrada y abrió la de enfrente, encendiendo la luz.
—No te he enseñado el piso todavía. Esta es mi habitación. El baño está en aquella puerta, por si lo necesitas. Y tengo otras tres habitaciones: una de invitados, otra de vestidor y…
—Tienes cama de matrimonio —comenté—. No te he preguntado si tienes pareja.
—Tenía. Ahora estoy libre. Pero una cama grande siempre viene bien —dijo, sin soltarme la mano.
—Me encanta cómo decoras. Todo tiene su sitio.
—Y la cuarta habitación… —dejó la frase a medias.
Con cierto misterio, abrió la única puerta que seguía cerrada. Al encender la luz vi una cama individual, un trípode grande con una luz circular, una cajonera blanca, un perchero y una silla.
—Aquí es donde emito.
—¿Emites? ¿Eres…? —no me dejó terminar.
—Modelo erótica. Hace unos meses empecé a transmitir en directo, a grabar vídeos y a vender contenido. Me abro de piernas frente a la cámara, me meto los dedos, me follo con consoladores enormes y me corro para quien pague. Y no me quejo. Tengo mi público, me tratan bien, y es la forma de ganar ese dinero extra que el trabajo de siempre no me da.
—Esto confirma que no tienes tabúes —dije riéndome, al ver un tanga colgado del perchero.
—Siempre dejo detalles así para que me pregunten en directo —respondió con una sonrisa traviesa—. Ese está limpio, pero como ellos no lo saben, les digo que está usado, que lo tengo empapado de mis flujos, y me pagan por olerlo delante de la cámara.
—Ya me dirás cómo verte —se me escapó.
—Eso me recuerda algo que quería preguntarte.
—Claro, dime —y entonces me di cuenta de que seguíamos sin soltarnos las manos.
—Tú no tienes reparos en hablar de sexo, y yo tampoco. Así que voy directa: ¿eres bisexual?
—Es una pregunta de lo más normal. Sí, lo soy. He tenido muchas relaciones con mujeres. Me encanta comer coño, y me encanta que me lo coman. ¿Por qué lo dices?
—Porque… eres muy guapa. Y porque llevo media tarde pensando en cómo sabrás.
La química entre nosotras siempre había estado ahí, latente, desde los tiempos en que apenas la rozábamos. Ahora tomaba forma, mucho más nítida, sin máscaras ni secretos que esconder.
Si está en su casa, se ha puesto las mismas mallas que yo y lleva media tarde rodeando el tema, es porque quiere que pase algo. Y ella me gustaba. Así que decidí que lo mejor era callarme y dejar de hablar.
Me acerqué despacio, pero decidida, sin apartar los ojos de los suyos. Acerqué mi cuerpo al suyo, mis labios a los suyos, y la besé.
Nuestras manos seguían entrelazadas. Con la libre me rodeó la cintura y fue bajando hasta el culo, masajeándolo, apretándome contra ella, devolviéndome un beso largo, con lengua, que disfrutamos en absoluto silencio. Su lengua se enredaba con la mía, entraba y salía de mi boca, y yo sentía cómo su respiración se me aceleraba contra la cara. Cuando bajó la mano y me apretó una nalga con fuerza, se me escapó un gemido que le dio a entender que estaba tan mojada como ella.
—Me gustan mucho tus historias, Carla. Son muy originales —murmuró cuando nos separamos, ya con las dos manos abiertas sobre mi trasero—. Me gustaría tener algo contigo, algo igual de original. ¿Qué me propones?
—Sigue besándome mientras lo pienso —le dije, acariciándola yo también, dejando que mis dedos resbalaran de vez en cuando hacia sus muslos, hasta rozarle la entrepierna por encima de las mallas y notar que la tela ya estaba caliente y húmeda de coño.
***
Se me ocurrió una idea que estaba segura de que le iba a gustar. Era algo que había hecho una vez, hacía tiempo, con otra chica. Resultaba peligroso porque no había traído ropa para cambiarme, pero en el fondo eso me daba exactamente igual.
—Ven —dije, interrumpiendo el beso y llevándola de vuelta hacia su habitación. Cogí el libro de paso y lo dejé sobre la mesilla.
Lucía me miraba intrigada, deseando dejarse llevar. Sus ojos repasaban mi cuerpo sin disimulo, se detenían en mis tetas apretadas contra la camiseta y bajaban hasta el bulto que las mallas me marcaban entre las piernas.
Me coloqué frente a ella y empecé a quitarle la camiseta. Se la saqué por la cabeza despacio, disfrutando de cómo se le liberaban las tetas grandes en cuanto le desabroché el sujetador y se lo dejé caer por los brazos. Se los mordí, primero uno y luego el otro, y no pude evitar chuparle cada pezón, metérmelo entero en la boca y jugar con la punta de la lengua hasta que se le pusieron duros como piedras. Ella suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Por último bajé sus mallas, deslizándolas por sus muslos, y descubrí con una sonrisa que no llevaba nada debajo. El coño depilado, los labios hinchados, brillantes de humedad, un hilo fino de flujo colgando de la raja. Era de las mías.
—Qué rápido me has desnudado. Ahora me toca a mí —dijo, lanzando las mallas a un rincón.
—Quítame solo la camiseta y el sujetador —indiqué mientras ella ya lo hacía—. Pero no me toques las mallas.
—¿Por qué no? —preguntó, viendo cómo me sentaba en la cama y acomodaba varios cojines a mi espalda. Antes de dejarme, se agachó y me chupó los dos pezones despacio, uno detrás del otro, hasta dejármelos empapados de saliva y erguidos, tirantes.
—Ya lo verás —cogí su mano con suavidad y le pedí que se sentara encima de mí.
Se acomodó dándome la espalda, apoyando los hombros contra mi pecho. Se apartó el pelo hacia un lado para no taparme la cara y dejó el libro al alcance de la mano. Yo cerré las piernas y las estiré; ella hizo lo contrario, abriéndolas y dejando una a cada lado de las mías, con el coño abierto de par en par, ofrecido, brillante, apuntando al techo.
—Busca el capítulo quince —le dije al oído.
—«La niña bonita» —leyó, divertida, pasando páginas—. ¿«Mallas rojas»? ¿En serio se titula así?
—Sí —me reí—. Ahora léemelo despacio, en voz alta.
—¿Y tú mientras qué haces?
—Yo voy despacio también —respondí, mientras mis dedos bajaban por su vientre, se colaban entre sus muslos abiertos y empezaban a recorrerle los labios del coño, separándoselos, mojándose enseguida con su humedad. La tenía chorreando. Bastó pasar los dedos una vez por su raja para que me quedaran empapados de flujo espeso, transparente, resbaladizo.
—Vaya. Me encanta. ¿Me vas a masturbar mientras leo?
—Sí, pero no busco que te corras. Por eso iré lenta. Aunque si llegas, deja de leer y disfruta.
Empezó a leer con las piernas bien abiertas, dejando que la tocara en silencio. Al principio la trabajaba con dos dedos por toda la raja, arriba y abajo, esparciéndole el flujo desde el coño hasta el clítoris y volviendo a bajar. A veces le abría los labios con dos dedos en V, dejándole el coño expuesto, y con la yema del corazón le trazaba círculos lentos sobre el capullo, que se le fue hinchando hasta asomar por completo, rosa y brillante, latiendo bajo mi dedo.
Otras veces la penetraba, primero con un solo dedo, notando cómo su coño se me tragaba entero, apretándome, cómo las paredes internas se le contraían húmedas y calientes. Metía y sacaba despacio, curvando el dedo hacia arriba, buscándole ese punto rugoso que la hacía dar un respingo cada vez que lo rozaba. Cuando conseguí encontrarlo bien, añadí un segundo dedo, y luego un tercero, y noté cómo su coño se abría para recibirlos, cómo el chapoteo húmedo de mis dedos entrando y saliendo empezaba a sonar por encima de su voz.
—Sigue leyendo —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.
Lucía leía mi relato gimiendo de tanto en tanto, perdiendo el hilo y retomándolo, tropezando con las palabras cuando le hundía los dedos más adentro. Yo con la otra mano le buscaba las tetas, se las apretaba, le pellizcaba los pezones duros, se los retorcía suave hasta que ella se arqueaba contra mí. Le mordía el cuello, le lamía la nuca, mientras abajo mis dedos no paraban de trabajarle el coño.
Le saqué los dedos empapados y me los llevé a la boca. Los chupé despacio, uno a uno, saboreándola. Estaba salada, densa, deliciosa. Volví a bajar la mano y le hundí de nuevo tres dedos hasta el fondo, esta vez sin misericordia, follándola con la mano al ritmo que ella misma me marcaba con las caderas. Con el pulgar le presionaba el clítoris hinchado, sin frotarlo, solo apretándolo, dejando que su propio movimiento hiciera el resto.
Pensaba que conseguiría terminarlo sin correrse, pero cuando solo le quedaban un par de párrafos, su voz se quebró, se le atragantó la última frase y explotó.
Todo su cuerpo se estremeció contra el mío. Sus muslos se cerraron sobre mi mano, apresándomela dentro del coño, mientras su vientre se convulsionaba y una oleada de flujo caliente me empapaba la palma y me chorreaba por la muñeca hasta las mallas. Sus gemidos, intensos, en voz alta, la ayudaban a dejarse ir; «joder, joder, joder, sigue, no pares, así», repetía con la voz rota, mientras su coño se contraía a golpes contra mis dedos, apretándomelos como un puño húmedo. La respiración se le volvió agitada y una sonrisa enorme se le instaló en la cara.
—¡Joder! Me ha encantado.
—Termina de leerlo —le pedí, sin sacarle los dedos, dejándomelos dentro para notar cómo su coño seguía latiendo, dando espasmos más pequeños alrededor de mis nudillos.
Lo hizo, ya con la voz más calmada, y cerró el libro satisfecha. Me confesó que le gustaba mucho mi forma de escribir y que comprármelo en persona había sido todo un acierto. Pero le quedaba una última duda.
—Carla, ¿y ahora qué?
—Levántate —sonreí, sabiendo lo que venía.
Se puso de pie y, al girarse, lo vio: una enorme mancha de humedad en mis mallas rojas. Desde medio muslo hacia arriba, la tela ceñida se pegaba a mi piel, empapada, tan oscurecida por su corrida que la mancha se veía casi negra sobre el rojo, brillante, chorreando por dentro del muslo.
—Esto, guapa —le dije, abriéndome de piernas y pasándome dos dedos por encima de la tela mojada—, es todo tuyo. Toda tu corrida está aquí. Y ahora quiero que la limpies con la lengua.
Lucía se echó a reír, se relamió los labios y se dejó caer de rodillas entre mis muslos abiertos. Me agarró de las caderas, hundió la cara contra las mallas empapadas y empezó a chupar la tela, a lamerla de arriba abajo, saboreando su propio flujo mezclado con el mío. Notaba su lengua caliente presionando a través del tejido, buscándome el coño por debajo, mordiendo suave la costura que me cruzaba justo entre los labios. Yo le agarré la coleta y le apreté la cara contra mi entrepierna, moviéndole la cabeza al ritmo que quería.
Cuando ya no le bastó, tiró de las mallas hacia abajo con un gesto brusco, me las sacó de un jalón por los tobillos y me dejó desnuda de cintura para abajo. Se quedó mirándome el coño un instante, empapado, hinchado, brillando entero de excitación, y sin decir nada se abalanzó sobre él.
La primera lamida me arrancó un grito. Me pasó la lengua entera por la raja, desde abajo hasta el clítoris, plana y ancha, y volvió a bajar. Repitió el movimiento una y otra vez, cada vez más rápida, chupándome los labios, mordisqueándomelos suave, metiéndome la punta de la lengua dentro y sacándomela mojada de flujo. Me abrió el coño con dos dedos y se concentró en el clítoris, chupándomelo con los labios como si fuera un caramelo, dándole vueltas con la lengua, deteniéndose de vez en cuando para soplarme el capullo mojado y hacerme retorcer.
—Así, Lucía, joder, así, no pares, cómemelo entero —le pedí, agarrándole el pelo con las dos manos, empujándole la cara contra mí.
Me metió dos dedos en el coño mientras seguía chupándome el clítoris, y encontró rápido el mismo punto que yo le había encontrado a ella antes. Me lo frotaba con la yema, curvando los dedos hacia arriba, mientras la lengua no me dejaba en paz un segundo. Yo empecé a mover las caderas contra su cara, follándole la boca, apretándole la coleta cada vez más fuerte. Sentía el orgasmo subiendo, apretándome el vientre, tensándome cada músculo.
—Que me corro, que me corro, joder, no pares, dame más lengua…
Y me corrí. Le llené la boca de flujo, empapándole la barbilla, chorreándole por el cuello. El clítoris se me convulsionaba contra sus labios mientras ella no me lo soltaba, alargándome el orgasmo con lamidas cortas y suaves, tragándose cada gota, dejándome vaciar contra su cara hasta que ya no me quedaba nada.
Se subió a la cama y se dejó caer sobre mí, con los labios brillantes de mí, y me besó en la boca. Me hizo saborearme entera en su lengua, mezclada con ella. Entendí que aquella tarde de sábado todavía estaba muy lejos de terminar.





