Mi consejera cerró la puerta con seguro esa tarde
Era miércoles a mediodía cuando subí al cuarto piso de la facultad para mi cita con la consejera, como cada semana desde el inicio del último año de la carrera. Llegué puntual, igual que siempre, porque me permitían salir antes del seminario para alcanzar el turno. Al llegar todavía había alguien adentro, así que me senté en uno de los sillones de la pequeña recepción y esperé con la mochila sobre las rodillas.
Después de unos minutos salió el chico que estaba en su oficina, y detrás de él apareció ella. Renata llevaba una blusa con un escote más bajo de lo habitual y una falda recta que se ajustaba a sus caderas. Los tacones le marcaban el andar. Yo, en cambio, iba con lo de todos los días: jeans, una camisa lisa y unas zapatillas gastadas. Nada llamativo, nada que destacara junto a ella.
—Pasa, Mariana —dijo, y se hizo a un lado para dejarme entrar.
Cerró la puerta detrás de nosotras y, sin que yo lo notara del todo, echó el pestillo. Era para que nadie interrumpiera la sesión, me dije. Aun así, el ruido seco del seguro me erizó algo por dentro. No pude evitar desviar la mirada hacia su escote, donde la tela se abría apenas y dejaba ver el nacimiento de dos tetas grandes y firmes, apretadas por un sostén de encaje negro que se transparentaba. La aparté en cuanto me di cuenta de lo que hacía.
Nos sentamos, ella frente a mí, y empezó con las preguntas de siempre. Cómo me iba con las materias, si dormía bien, si había hablado con alguien de mi grupo. Yo respondía mientras ella anotaba en su libreta. Llegó un punto en que solo escribía, y el silencio se instaló entre las dos. Mis ojos divagaron por la habitación: ningún portarretrato, ninguna foto familiar, ningún anillo en su mano izquierda. Vivía sola, supuse. Y otra vez, sin querer, mi vista terminó en la línea de su escote.
—Noté algunos cambios en estas últimas semanas —dijo, y levanté la cara de golpe—. Has avanzado mucho. Ya no eres la chica que entró por esa puerta el primer día sin atreverse a mirarme. Pero tus profesores me siguen diciendo que casi no socializas. Deberías hacerlo. Es tu último año; estaría bien que te llevaras buenos recuerdos antes de terminar.
—Lo sé —contesté, y la observé levantarse del sillón de enfrente para sentarse a mi lado—. Es solo que todavía me cuesta. Es… es por eso que no me acerco a la gente.
—¿Qué te pasa? —preguntó en voz baja—. Te pusiste nerviosa apenas me senté junto a ti.
Sentí su mano apoyarse sobre mi muslo, sobre la tela del pantalón.
—Un poco —susurré, girando la cara hacia ella.
Estaba demasiado cerca. Mi respiración se aceleró sin que pudiera controlarla. Su perfume lo invadía todo, dulce y cálido, y de pronto cada detalle de su rostro me parecía nítido: la curva de su boca, una pequeña marca junto al ojo, el modo en que me miraba sin parpadear.
—Me di cuenta —dijo—. También sentí tu mirada antes de entrar. Y en las sesiones anteriores. No eres tan disimulada como crees.
Quise decir algo, justificarme, pero no me salió la voz.
—No tienes que avergonzarte —siguió, acercando un poco más la cara a la mía—. A mí también me pasa. Me gusta tenerte aquí cada miércoles. Me gusta más de lo que debería.
Esto no puede estar pasando.
Su mano subió apenas por mi pierna, un movimiento lento, casi una pregunta. La piel se me erizó por debajo de la ropa y noté, con una mezcla de vergüenza y deseo, que mi coño empezaba a humedecerse dentro de la bombacha antes que mi cabeza pudiera procesar nada. Tenerla así de cerca me gustaba. Me gustaba demasiado.
Su boca rozó mi oído cuando volvió a hablar, y el aire tibio de su voz me recorrió la nuca.
—Eres tan linda que cuesta no quererte cerca —dijo—. Dime que tú también lo sientes. Dímelo y no pasa de aquí si no quieres.
Tragué saliva. Llevaba meses construyendo esa escena en mi cabeza, en clases que no escuchaba, en noches en que me quedaba mirando el techo con los dedos metidos entre las piernas, corriéndome en silencio pensando en ella. Versiones distintas de lo mismo: ella y yo, esa oficina, esa puerta cerrada. Y ahora estaba ocurriendo de verdad.
—La deseo —admití por fin, en un hilo de voz—. Te deseo desde el primer día.
Eso bastó. Renata acortó la distancia y unió sus labios con los míos. Fue un beso torpe de mi parte, porque nunca había besado a una mujer y mis manos no sabían dónde quedarse, pero ella me guio sin prisa, marcando el ritmo, abriendo apenas la boca para que yo la siguiera. Su lengua entró despacio en mi boca, caliente, y jugó con la mía hasta que aprendí a devolverle el beso con la misma hambre. La torpeza se fue convirtiendo en algo más firme, más mío.
Una de mis manos terminó sobre su pecho, por encima de la blusa, sintiendo la firmeza bajo la tela y el pezón que ya se le marcaba duro contra el encaje. Ella soltó un gemido bajo dentro de mi boca y eso me dio valor. Metí los dedos por el escote y le bajé la copa del sostén de un tirón; una teta se le desbordó afuera, pesada, con el pezón oscuro y erecto apuntándome. Me quedé mirándola un segundo y ella me tomó la nuca y me empujó hasta hundirme la cara ahí.
—Chúpamelo —susurró—. Vamos, tenía razón, lo estabas queriendo hacer desde que entraste.
Le atrapé el pezón con los labios y lo lamí, primero con miedo, después con la lengua entera, chupando hasta que se lo dejé duro y brillante. Ella me clavaba los dedos en el pelo y me guiaba de una teta a la otra, jadeando bajito para que nadie del pasillo escuchara. Le abrí la blusa un par de botones más y le liberé también la otra teta, dos tetas grandes fuera del sostén, y me las llevé a la boca por turnos mientras su mano bajaba a mi entrepierna y me apretaba encima de los jeans.
—Estás mojada —dijo, sonriendo contra mi frente—. Se te siente el calor a través de la mezclilla.
Me desabrochó el botón del pantalón sin dejar de besarme el cuello y me bajó el cierre. Metió la mano por dentro de la bombacha y sus dedos, largos y fríos, se me deslizaron directo entre los labios del coño. Un gemido me salió sin permiso y ella me tapó la boca con la otra mano.
—Shhh. Callada, Mariana. Detrás de esa puerta hay medio pasillo.
Asentí, con los ojos cerrados, mordiéndome el labio mientras dos de sus dedos me recorrían de arriba abajo, empapándose en mi propio flujo antes de encontrarme el clítoris. Empezó a hacerme círculos, lentos primero, después más rápidos, y yo me deshacía sobre el sillón. Me abrí de piernas todo lo que el jean bajado me permitía y ella aprovechó para meterme un dedo, después dos, hasta el fondo. El sonido húmedo de su mano bombeándome dentro llenaba la oficina y me daba pánico y placer al mismo tiempo.
—Mírame —dijo, y le obedecí—. Así, chiquita. Mírame mientras te cojo con los dedos.
Estuvo a punto de hacerme correr ahí mismo, pero se detuvo de golpe, sacó los dedos brillantes y se los llevó a la boca. Los chupó frente a mí, mirándome, y me pasó la lengua por el labio para hacerme probar mi propio sabor.
—Ahora vas a hacer algo por mí —murmuró.
Se levantó, se subió la falda hasta la cintura y se sentó en el borde del escritorio, abriéndose de piernas. No llevaba bombacha. Su coño quedó a la vista, depilado, rosado, brillante de lo mojada que estaba. Me hizo un gesto con el dedo para que me arrodillara y yo me deslicé del sillón al piso sin pensarlo dos veces. Nunca lo había hecho con una mujer, nunca le había puesto la boca a otra, pero el olor de ella me tiró de los pelos hacia adelante.
—Con la lengua entera —me indicó—. De abajo hacia arriba. Despacio la primera vez.
Le hice caso. Le pasé la lengua por toda la raja, de la entrada hasta el clítoris, y ella echó la cabeza para atrás mordiéndose la mano. Repetí el movimiento, más firme, y después empecé a chuparle el clítoris como ella me había hecho a mí con los dedos. Sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza. Me metió una mano en el pelo y me apretó contra su coño, restregándose despacio en mi boca.
—Así, Mariana, así… métemela adentro también.
Le hundí la lengua entre los pliegues y la sentí temblar. Le lamí de abajo hacia arriba, la penetré con la punta, subí otra vez al clítoris y lo chupé con ganas. Ella jadeaba conteniéndose, moviendo la cadera contra mi cara, empapándome el mentón. Le subí una mano por el muslo y le metí dos dedos mientras seguía chupando, imitando lo que me había hecho a mí, y bastó eso para que se pusiera tensa, apretara los muslos contra mis orejas y se corriera en mi boca ahogando el gemido contra el antebrazo. Sentí su coño palpitar alrededor de mis dedos, la lengua bañada en su corrida caliente.
Cuando aflojó, me miró desde arriba, agitada, con el pelo pegado a la frente.
—Ven acá —susurró.
Me levantó del piso tirándome de las axilas y me sentó sobre el escritorio, en el lugar que ella acababa de dejar. Me arrancó los jeans y la bombacha de un tirón hasta las rodillas y se puso de rodillas frente a mí. Su boca fue directo a mi coño y yo tuve que morderme el puño para no gritar. Me lamía entera, me chupaba el clítoris como si le fuera la vida, me metía la lengua adentro y volvía a subir. Le agarré la cabeza con las dos manos y le fui marcando el ritmo sin darme cuenta, moviéndole la cara contra mí, follándole la boca desde arriba. Estaba tan cerca que sentía las piernas temblarme.
Me metió dos dedos otra vez, curvándolos hacia arriba, buscando un punto exacto adentro que me hizo ver blanco. Al mismo tiempo me chupaba el clítoris sin soltarlo. No aguanté más de un minuto. Me corrí con la boca abierta sin sonido, apretándole la cabeza contra mí, empapándole la cara, con todo el cuerpo sacudido en oleadas mientras ella me sostenía las caderas para que no me cayera del escritorio.
Cuando pude abrir los ojos, ella se estaba pasando el dorso de la mano por la boca, sonriéndome desde abajo. Se levantó, me besó hondo, y me hizo probarme entera mezclada con ella.
El beso se hizo más hondo, más lento. Mordí sin querer su labio inferior y la oí reír contra mi boca, un sonido bajo que me prendió todavía más. Su mano subió de mi cadera hasta el borde de mi camisa y sus dedos encontraron una franja de piel desnuda. Inspiré de golpe.
—Tranquila —murmuró—. Tenemos tiempo. Aunque no tanto.
No entendí esa última frase hasta que un pequeño reloj sobre su escritorio empezó a sonar: la señal de que la sesión había terminado. El timbre rompió el momento como un balde de agua. Renata se separó de mí despacio, con los ojos brillantes y el carmín corrido en una esquina, la barbilla todavía brillosa de mí.
—Nada mal, Mariana —dijo, pasándome el pulgar por el labio para limpiarme una mancha de su pintura—. Aunque ahora vas a dejarme con ganas de más. Esto quedó a medias, todavía no te cogí como quería.
—Mi próxima cita es hasta el miércoles que viene —susurré, todavía agitada, subiéndome la bombacha y el jean con las manos torpes, como si alguien pudiera oírnos del otro lado de la puerta.
Ella negó con la cabeza. Se acomodó la falda, se guardó las tetas dentro del sostén con una calma que yo estaba lejos de tener, y caminó hasta el escritorio. Tomó su libreta y me la extendió junto con un bolígrafo.
—Anota tu número —dijo—. Te escribo más tarde. No pienso esperar una semana para tenerte otra vez con las piernas abiertas.
Asentí y escribí los dígitos con la mano temblándome un poco. Cuando le devolví la libreta, me levanté y me acomodé la ropa, todavía aturdida por lo que acababa de pasar. Ella se acercó otra vez y me quedé quieta, sin saber qué hacer, mientras depositaba un beso breve y suave sobre mis labios.
—Espero que me respondas —dijo contra mi boca—. Y ahora ve, que llegas tarde a clase.
Le sonreí. Me acarició la mejilla con el dorso de la mano y, como si no hubiera ocurrido nada, retocó su labial frente a un pequeño espejo de bolsillo. Después abrió la puerta y me acompañó hasta el pasillo, profesional otra vez, como si la mujer que me había cogido con los dedos y la lengua segundos antes fuera otra persona.
Ya afuera, sentí que volvía a respirar. El corredor estaba lleno de estudiantes que iban y venían, ajenos por completo a lo que acababa de pasar en esa oficina. Caminé entre ellos con las piernas algo flojas, la bombacha empapada pegándose entre los muslos, repasando cada segundo: el ruido del pestillo, su perfume, sus dedos adentro de mí, el modo en que pronunció mi nombre mientras se corría en mi boca.
Mi cuerpo seguía encendido, y sabía que apenas llegara a casa iba a tirarme en la cama y meterme los dedos pensando en ella hasta correrme de nuevo. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me sentía sola ni invisible. Saqué el teléfono del bolsillo y lo miré sin soltarlo, esperando el mensaje que me había prometido, contando los minutos para volver a verla y dejarla cogerme como no había alcanzado a hacerlo.





