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Relatos Ardientes

La universitaria de pelo azul que lo cambió todo

Lucía conoció a Vera en la facultad, en la clase de italiano de los lunes, miércoles y jueves. Era imposible no fijarse en ella. Primero, porque era guapísima, con unos ojos oscuros que parecían no parpadear nunca y una boca de esas que distraen. Pero, además, llevaba un tatuaje que le nacía en el hombro derecho y bajaba serpenteando hasta el codo. El pelo de un azul eléctrico, casi irreal, y un aro fino atravesándole la nariz.

Por si fuera poco, Vera tenía la costumbre de vestir camisetas demasiado ajustadas o demasiado sueltas, y nunca usaba sujetador. Cuando entraba a un sitio, la sala entera giraba la cabeza para mirarle las tetas duras marcándose bajo la tela.

Eso le pasó a Lucía la primera vez que la vio. Y se inquietó, aunque estaba saliendo con Marcos desde hacía casi un año. Jamás había sentido nada parecido al mirar a una mujer, y muy pocas veces al mirar a un hombre. Vera transmitía una seguridad inquebrantable, casi rozando la arrogancia, pero tenía estilo, gracia y una belleza que no pedía permiso. Daba una imagen entre rebelde y peligrosa que a Lucía le resultaba irresistible.

Lucía, en cambio, era su opuesto en casi todo. Por su manera de vestir, cualquiera la habría tomado por una de esas chicas de dinero, presumida y superficial, lo cual no era cierto, o no del todo. Era tímida, insegura, a pesar de ser muy bonita. Su pelo liso, de un rubio casi transparente, llamaba la atención, y su cara dulce era justo lo contrario de la de Vera. Parecían venir de mundos distintos y, quizá por eso, Vera se quedó observándola con el mismo interés con que la otra la observaba a ella. Le atraía, además de su belleza suave, ese aire frágil, de persona indefensa frente a todo lo que la rodeaba.

Aun así, durante semanas siguieron viviendo cada una en su propio mundo. El único punto de contacto era esa clase compartida tres tardes por semana.

Un día, mientras Lucía tomaba algo en la cafetería esperando a su novio, Vera se acercó sin rodeos.

—¿Me das dos euros?

—¿Perdón? —respondió Lucía, descolocada.

—No me llega para un bocadillo. Venga.

Y, sin esperar respuesta, abrió el bolso de Lucía y sacó el dinero ella misma.

Lucía no alcanzó a reaccionar. La determinación de Vera, su descaro, la dejaron muda. Y, en el fondo, no le molestó. Al contrario, sintió una especie de alegría tonta. Era la primera vez que se hablaban, y esa confianza de tomar su bolso como si fueran amigas de toda la vida le pareció encantadora.

—Gracias, guapa. Por cierto, soy Vera.

—Lo sé.

—¿Y tú eres...?

—Lucía.

—Me gusta —dijo Vera, y se fue tan rápido como había llegado.

***

A partir de ese día, Lucía descubrió que no podía dejar de pensar en ella. No entendía qué le estaba pasando. Quería a Marcos, y sin embargo se daba cuenta de que se había prendado de Vera, y eso era absurdo por dos razones: primero, no la conocía de nada; segundo, era una mujer, y a ella le gustaban los hombres. O eso creía. Empezó a masturbarse por las noches pensando en ella, metiéndose los dedos en el coño hasta correrse mordiendo la almohada, mientras se imaginaba la boca de Vera entre sus piernas.

Lo que Lucía no podía sospechar era que a Vera le ocurría exactamente lo mismo. La atraía esa fragilidad, esa inseguridad, esa belleza de porcelana. Para Vera no había ningún misterio sobre lo que sentía; era lesbiana y lo tenía claro desde siempre. La única incógnita era por qué le fascinaba alguien tan opuesto a ella, tan del otro lado del mundo.

Así que las dos empezaron a buscarse, como por casualidad, en los pasillos, en la cafetería, en el ascensor. En clase se sentaban cerca y se miraban de reojo, fingiendo cada una que la otra no se daba cuenta.

Fue Vera quien terminó dando el paso, consciente de que Lucía no se atrevería jamás. El jueves tenían clase a última hora de la tarde, y Vera se sentó a su lado. Lucía se puso visiblemente nerviosa, y al notarlo, Vera se sintió enormemente satisfecha.

—Toma, tus dos euros —dijo, dejando dos monedas sobre la mesa.

—No tenías que devolvérmelos.

—Pues entonces me los quedo. —Y volvió a guardarlos en el bolsillo del pantalón.

Lucía no pudo contener la risa, lo que molestó al profesor, que las miró por encima de las gafas.

—Las del fondo. Si no les interesa la clase, hagan el favor de salir.

Las dos se levantaron, y media aula giró la cabeza. Eran el día y la noche. Vera llevaba unos vaqueros cortados a la altura del muslo y una camiseta de tirantes tan floja que, al inclinarse, dejaba ver de más. Lucía iba con un conjunto de chaqueta y falda rosa pálido, con un collar fino de perlas. El contraste era tan brutal que hasta el profesor las observó un segundo de más antes de seguir con la clase.

En el pasillo, Vera se apoyó en la pared con una sonrisa.

—Te invito a un café.

—Vale.

—En mi casa.

Lucía dudó apenas un instante. El corazón le golpeaba en la garganta.

—De acuerdo.

***

El piso de Vera era pequeño, muy pequeño, y estaba decorado fiel al gusto de su dueña: pósters viejos, plantas a punto de morir, una guitarra sin una cuerda apoyada en un rincón. No era precisamente acogedor, pero tenía una personalidad arrolladora, igual que ella.

—Quítate la chaqueta —dijo Vera, mientras ella misma se sacaba la camiseta de tirantes y la dejaba caer sobre una silla.

Lucía obedeció en silencio, con la boca seca al ver de golpe las tetas desnudas de Vera, pequeñas y firmes, con los pezones oscuros ya erguidos, como si llevaran horas esperando ese momento. Estaba sorprendida y, sobre todo, nerviosa. No decía nada; cuando hacía falta, respondía con un sí, un no o un gesto con la cabeza.

—Qué mona —murmuró Vera al ver que bajo la chaqueta llevaba una blusa blanca de seda.

Lucía se sentó en el sofá, que crujió de un modo poco tranquilizador. Vera se acomodó a su lado, con las tetas al aire sin ningún pudor, y se quedó mirándola fijamente. Estaba preciosa así, tan elegante, tan asustada. Parecía uno de esos cachorros que tiemblan sin saber muy bien si es de frío o de miedo, o de las dos cosas a la vez. Vera sintió un impulso casi incontrolable de abrazarla, de protegerla y, al mismo tiempo, de arrancarle la ropa y follársela hasta hacerla gritar.

Despacio, se acercó y juntó sus labios a los de ella. Lucía no se movió. Vera pudo oler su perfume, suave y caro, y por primera vez fue ella la que se sintió turbada. Los labios de Lucía eran tibios, blandísimos. Se quedó unos segundos inmóvil, simplemente apoyada contra su boca, sin forzar nada.

Lucía tampoco se apartaba. Estaba quieta, expectante, conteniendo el aliento. Entonces Vera empezó a besarla de verdad, con suavidad al principio, recorriendo con la lengua el contorno de sus labios, pidiendo permiso para entrar. Lucía fue abriendo la boca poco a poco, y un escalofrío le bajó por toda la columna cuando la lengua de Vera tocó la suya. Se enredaron despacio, con saliva compartida, y Vera aprovechó para meterle la mano por la nuca y mantenerla pegada a su boca, chupándole la lengua como si quisiera bebérsela entera.

Al principio parecía una estatua. Pero, al calor de aquellos besos, fue derritiéndose y empezó a responder, torpe y temblorosa. Era delicada, casi inexperta. Para Vera, acostumbrada a lo directo y a lo brusco, fue el beso más bonito que le habían dado en años. Le agarró una teta por encima de la blusa de seda y notó el pezón endurecerse contra la palma, y Lucía dejó escapar un gemido ahogado dentro de su boca.

Se puso de pie, tomó a Lucía de la mano y la llevó al dormitorio. De un cajón de la mesilla sacó unas esposas y cerró una de ellas alrededor de su muñeca. Cuando Lucía fue a protestar, Vera la besó otra vez, negando despacio con la cabeza, como diciéndole que confiara. La recostó sobre la cama, pasó la cadena por detrás de uno de los barrotes del cabecero y cerró la otra esposa. Lucía quedó así, con los brazos por encima de la cabeza, completamente a su merced.

—Ahora eres mía —le susurró Vera al oído, mordiéndole el lóbulo—. Voy a hacerte de todo, guapa. Y tú te vas a dejar.

Lucía asintió, roja hasta las orejas, sintiendo cómo las bragas se le empapaban solo de oírlo.

Temblando, respirando entrecortado, vio cómo Vera le desabotonaba la blusa botón a botón, sin prisa, saboreando cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Deslizó las manos por su espalda y le soltó el sujetador, tirándolo al suelo de un manotazo. Después se quedó un momento contemplándole las tetas, blancas, redondas, con los pezones rosados clavados hacia arriba, antes de inclinarse a chupárselos. Se metió uno entero en la boca, tirando con los labios, mientras con la lengua le daba vueltas al pezón, y con la otra mano le retorcía y pellizcaba el otro con la punta de los dedos. A Lucía se le escapó un gemido largo, un gemido que no supo de dónde había salido, y arqueó la espalda ofreciéndole las tetas todavía más.

—Qué ricas las tienes —murmuró Vera, chupándolas con hambre, dejándoselas brillantes de saliva—. Podría comértelas horas.

Sin dejar de besarla, Vera bajó la cremallera de la falda y se la quitó de un tirón, junto con las medias. Lucía quedó en bragas, unas bragas de encaje blanco ya oscurecidas por la humedad. Vera pasó un dedo por encima de la tela y sintió el bulto caliente del coño empapado.

—Mira cómo estás, guapa. Toda mojada. —Se rio bajito, con una sonrisa perversa—. Y ni te he tocado todavía.

Le arrancó las bragas deslizándolas por las piernas y se quedó mirando ese coño rubio, apenas cubierto por una fina pelusa clara, con los labios ya hinchados y separados, brillantes. Se relamió. Metió dos dedos entre los labios y empezó a frotarle el clítoris en círculos lentos, apretando bien la yema contra ese punto que hizo saltar a Lucía en la cama. Vera se lo trabajó despacio, arriba y abajo, marcando un ritmo tortuoso, viendo cómo se le hinchaba el clítoris y le crecía entre los dedos.

—Por favor... —susurró Lucía, sin saber muy bien qué pedía.

—¿Por favor qué? Dilo.

—No... no sé...

—Dilo, guapa. Aprende a pedir lo que quieres.

Lucía se mordió el labio, roja, con los ojos apretados.

—Métemelos... por favor...

Vera sonrió y le hundió dos dedos en el coño de golpe, hasta el fondo, y Lucía soltó un grito ronco. Estaba estrechísima, apretada, tan mojada que los dedos le entraban con un chapoteo obsceno. Vera empezó a follársela con la mano, sacando y metiendo con fuerza, mientras con el pulgar le seguía atendiendo el clítoris.

—Así de rica te la voy a poner. Para que no se te olvide.

Lucía se retorció, apretó los ojos y se dejó arrastrar a un terreno que no conocía. Estar esposada, indefensa, con las tetas al aire y las piernas abiertas siendo penetrada por otra mujer le añadía un morbo que no sabía que necesitaba. Por instinto trataba de mover las manos, para acariciar a Vera o a sí misma, pero al no poder hacerlo, el fuego dentro de ella ardía con más fuerza todavía. Las esposas le tintineaban contra el barrote cada vez que Vera le metía los dedos con más rabia.

Vera bajó por su cuerpo, dejando un rastro de besos y mordiscos por el vientre plano, y se colocó entre sus piernas. Le abrió los muslos del todo con las manos, se relamió y hundió la cara en su coño. Sacó la lengua y le dio un lametón largo, de abajo arriba, saboreando esa humedad dulzona. Lucía gritó otra vez, agitándose sobre las esposas.

—Cállate y disfruta —le ordenó Vera, y volvió a lamerla.

Le abrió los labios del coño con dos dedos, dejándole el clítoris al aire, y empezó a chupárselo directamente, envolviéndolo con los labios, tirando de él, azotándolo con la punta de la lengua. Lo hacía con una técnica de mujer que sabe exactamente qué necesita otra mujer. Iba variando: chupaba fuerte, luego lamía suave, luego le clavaba la lengua dentro del coño y la sacaba y volvía al clítoris, en un ciclo que estaba enloqueciendo a Lucía. La saliva y los jugos se le mezclaban por toda la cara y se le escurrían hasta el cuello.

—Ay Dios... Vera... por favor...

—Córrete en mi boca, guapa. Quiero probarte entera.

Le metió dos dedos otra vez en el coño mientras seguía comiéndoselo, y esta vez los curvó buscándole el punto por dentro, frotándolo sin piedad al ritmo de la lengua fuera. Lucía sintió cómo se le encogía todo el cuerpo, cómo el placer le subía por las piernas como una descarga eléctrica.

Cuando Lucía se corrió, lo hizo en sacudidas violentas que la levantaban de la cama, jadeando, casi al borde de las lágrimas, apretando el coño alrededor de los dedos de Vera con espasmos rítmicos que le duraron una eternidad. Se le escapó un chorrito de flujo caliente que Vera se tragó sin quitar la boca, chupando hasta la última gota. Vivió el mejor momento de la noche viéndola estallar así, con esa belleza que la dejó sin aire.

***

Después se levantó, se quitó los vaqueros y las bragas de un tirón y dejó que Lucía la mirara, todavía esposada, recorriéndola con los ojos. Vera se puso de pie al borde de la cama, desnuda del todo, con su tatuaje bajándole por el brazo, el sexo oscuro y depilado, brillante entre los muslos. Se pasó dos dedos por el coño, se los llevó a la boca y los chupó despacio delante de ella.

—¿Ves lo que me has puesto? —murmuró, enseñándole los dedos mojados—. Chúpalos.

Se los metió a Lucía en la boca, y esta cerró los labios alrededor y los chupó, probando por primera vez el sabor de otra mujer. Le supo intenso, salado, y sintió que el coño le volvía a palpitar.

Se inclinó sobre ella y frotó sus tetas duras contra su cuerpo cálido, ya sin la urgencia de antes. Lucía volvió a temblar al sentir aquella piel firme, los pezones rozándole los suyos, deslizándose desde el cuello hasta el bajo vientre. Por fin, Vera se tumbó a su lado y se besaron con una especie de gratitud, mezclando en la boca el sabor de las dos.

Unos minutos más tarde, le abrió las esposas. Lucía, libre, se frotó las muñecas y, tímidamente, empezó a acariciarla con sus manos delicadas, fascinada sobre todo por sus tetas, que parecían atraerla de un modo especial. Titubeando, comenzó a besarlas, a recorrer los pezones morenos con la lengua, primero con la punta, luego chupándolos enteros como había hecho Vera con los suyos. Vera se quitó la última prenda que le quedaba, si es que quedaba alguna, y se abrió de piernas sobre el colchón para facilitarle el camino a su amante novata.

—Mírame el coño, guapa. Míralo bien.

Lucía obedeció, incorporándose entre sus muslos. Nunca había tenido un coño de mujer tan cerca. Estaba abierto, húmedo, con el clítoris asomando entre los labios rosados. Le pareció bellísimo y aterrador al mismo tiempo.

Aun así, seguía sin atreverse a ir más allá del pecho con las manos. Vera tomó su mano, le humedeció los dedos metiéndoselos en la boca, chupándoselos uno a uno, y luego la guió hasta la entrada de su sexo, enseñándole el ritmo, el lugar exacto. Le hundió los dedos de Lucía en su coño y le movió la muñeca marcándole el vaivén.

—Así. Métemelos hasta el fondo. Fóllame despacio.

Tras unos segundos pudo soltarla, y la mano de Lucía empezó a moverse sola, explorando con una curiosidad que la encendía más que cualquier técnica. Notaba los músculos internos de Vera contrayéndose alrededor de sus dedos, la humedad caliente resbalándole por la palma. Vera se descubrió rendida ante esa mezcla de inocencia y deseo, ante esa manera de tocarla como si tuviera miedo de despertar algo peligroso. Todo aquello era nuevo para ella, y le pareció lo más excitante que había probado nunca.

Lucía fue soltándose a medida que veía a su amiga estremecerse, que notaba cómo el placer se apoderaba de aquel cuerpo fuerte y seguro. Se atrevió a mordisquear los pezones duros mientras sus dedos exploraban con más decisión, entrando y saliendo con un ruido húmedo. Vera empezó a agitarse, con las piernas abiertas de par en par, gimiendo grave.

—Chúpame —le susurró—. Anda, guapa, chúpame el coño. Quiero notarte la boca ahí.

Lucía dudó un instante, pero el deseo pudo más que el miedo. Bajó despacio, dejando un rastro de besos por el vientre de Vera, hasta que su cara quedó entre sus piernas. Sacó la lengua con timidez y le dio un primer lametón corto. El sabor la sorprendió, fuerte, íntimo, pero no le desagradó. Al contrario, la empujó a repetirlo. Le dio otro lametón, y otro, y otro, entrando en ritmo, subiendo hasta el clítoris y bajando otra vez, imitando lo que Vera le había hecho a ella minutos antes.

—Ay, así, novata, así... aprendes rápido —jadeaba Vera, agarrándola del pelo rubio y empujándole la cara contra su coño.

Se agitó, y Lucía, asustada por la fuerza con la que se movía, retiró un poco la mano y la boca. Vera se la volvió a colocar, firme, apretándole la nuca.

—Ahora no pares —jadeó—. Sigue. Chúpame más fuerte, me voy a correr.

Escuchar esa voz cargada de urgencia hizo que Lucía renovara las caricias y los besos, chupándole el clítoris con más ganas, metiéndole y sacándole los dedos con más ritmo. Estaba embriagada de ver lo cerca que estaba de hacerla acabar, ella, la tímida, la novata, teniendo a esa mujer tan segura de sí misma temblando entre sus manos.

Vera se sacudió respirando con dificultad, arqueando la espalda, apretando las tetas de Lucía con una mano mientras con la otra le seguía apretando la cabeza contra su coño. Lucía la miraba de reojo desde abajo, extasiada, sorprendida del poder que tenían sus manos, sus dedos, su boca. Se sentía feliz, encendida, y le clavó la lengua dentro del coño lo más hondo que pudo, mientras con el pulgar le frotaba el clítoris. Fue entonces cuando Vera se corrió, con fuerza, gritando ronco, agarrada a las sábanas, con el coño contrayéndose contra la lengua de Lucía, empapándole la cara de un flujo caliente que ella se tragó sin dudar.

Se dejó caer a su lado, sin aliento, y buscó su boca. Se besaron largo, hondo, y Vera lamió sus propios jugos de los labios y la barbilla de Lucía. Se rio bajito.

—No me digas que era tu primera vez comiendo un coño.

—Lo era.

—Pues bienvenida, guapa.

Pasaron la noche abrazadas, casi sin dormir, sintiendo el calor de la una contra la otra, la suavidad de la piel, acariciándose y besándose despacio en la penumbra. Volvieron a follar dos veces más antes del amanecer, más lento, más largo, tumbadas de lado con las piernas entrelazadas y las manos metidas en el coño de la otra, corriéndose casi a la vez, con la boca pegada a la boca. No existía nada más que sus cuerpos, el deseo por fin liberado y esa sensación rara y nítida de haber encontrado, sin buscarlo, justo lo que les faltaba.

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Comentarios(8)

RosaM_lectora

Excelente!!! me encanto de principio a fin, de verdad.

Valentina_1994

Por favor necesito una segunda parte, quede con ganas de mas. No puede quedar asi!

martina_lee

Me recordo mucho a algo que me paso en la facultad... esas miradas en clase que dicen todo sin decir nada jaja. Muy bien escrito, se siente real.

Celeste_88

increible, muy romantico y bien contado

LectoraCba

Hace mucho no leia algo tan lindo en esta categoria. Lo que mas me gusto es que no se apuran, se toman su tiempo y eso se nota en cada parrafo. Ojala haya mas relatos asi.

NocturnaL

Hay continuacion? me quede con ganas de saber que paso despues entre ellas

Sofi_Baires

buenisimo!!! 10/10 sin dudas

MarielaUNC

El detalle del pelo azul me hizo imaginar perfecto a la chica jaja, esos pequeños detalles hacen que el relato se sienta vivo. Felicitaciones

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