Mi admiradora me besó nada más cerrar la puerta
Habíamos pasado casi dos años hablando por cámara, casi siempre de madrugada, cuando Marta ya dormía y la casa quedaba en ese silencio que invita a confesar cosas. Valeria vivía al otro lado del océano, en Colombia, y aun así sentía que la conocía mejor que a muchas personas con las que comparto el día. Lo que empezó como una conversación entre dos mujeres curiosas terminó convirtiéndose en una promesa: algún día nos veríamos en persona.
Marta siempre estuvo de acuerdo. Lo nuestro nunca fue un secreto entre nosotras; al contrario, ella disfrutaba escuchando lo que Valeria me decía y a veces se sumaba a la cámara con una copa de vino en la mano. Así que cuando por fin organizamos el viaje, lo hicimos las dos, con la idea de recorrer primero algunos lugares de Sudamérica y terminar en casa de Valeria.
El plan tardó en concretarse. Una pérdida familiar nos obligó a posponerlo más de una vez, y durante ese tiempo seguimos viéndonos con Bea y con Noa, una pareja que conocíamos desde hacía años. Quedábamos un fin de semana al mes, alternando nuestras casas, y poco a poco nuestros encuentros se volvieron una costumbre tan natural como cualquier otra cena entre amigas. Bea, sobre todo, tenía una forma de llevar las riendas que nos volvía locas a las tres.
Fue en una de esas noches cuando les contamos el proyecto del viaje. Se interesaron tanto que terminamos invitándolas a venir, y ellas aceptaron sin pensarlo. Cuando se lo dije a Valeria por cámara, casi se cae de la silla de la emoción.
—¿Van a venir las cuatro? —preguntó, abriendo mucho los ojos—. Entonces tengo que conseguir un sitio en condiciones.
Y vaya si lo consiguió. Alquiló una casa de campo a las afueras de la ciudad, aislada, sin vecinos cerca, completamente cercada y oculta desde el exterior. Nos mandó fotos de cada rincón: siete habitaciones, un salón enorme con sofás bajos, una cocina amplia, un porche que daba al jardín y una piscina pequeña rodeada de césped. Privacidad absoluta, justo lo que necesitábamos para no tener que medir ni un solo gesto.
***
Llegó por fin el día. Volamos primero a Perú y pasamos casi dos semanas recorriendo el país: ciudades coloniales, mercados, montañas que cortaban la respiración. Fue un viaje hermoso, pero, curiosamente, apenas hubo sexo. Cada pareja se retiraba a su habitación a descansar, agotadas de tanto caminar, y lo poco que ocurría era íntimo y entre nosotras, nada más.
Cuando aterrizamos en Colombia, Valeria nos esperaba en el aeropuerto. La reconocí enseguida, aunque verla en carne y hueso era otra cosa: más alta de lo que imaginaba, con una sonrisa que se le iba hasta los ojos. No venía sola. La acompañaba una mujer pelirroja, de piel muy clara, con unas curvas generosas y un porte que no pasaba desapercibido.
—Ella es Camila —dijo Valeria, después de abrazarme tan fuerte que casi me levanta del suelo—. Es mi pareja ahora. También se queda con nosotras estos días.
Camila me dio dos besos y me miró de arriba abajo sin disimulo. Tenía algo de Bea en la actitud, esa seguridad que te hace bajar un poco la guardia. Entre risas y presentaciones organizamos el traslado: Marta, Bea, Noa y Camila se irían directamente a la casa en un taxi, y yo acompañaría a Valeria a su apartamento a recoger las maletas suyas y de Camila.
Lo que iba a ser un encuentro de tres se había convertido en uno de seis. Pero lo que no esperaba, lo que de verdad me tomó por sorpresa, fue lo que Valeria tenía pensado para ese desvío al apartamento.
***
Nada más entrar, cerró la puerta con llave. Se volvió hacia mí despacio, sonriendo de esa manera que ya le conocía por la cámara, y se acercó hasta dejarme contra la pared del recibidor. Sentí su cuerpo entero apretado contra el mío antes de que su boca encontrara la mía.
—Por fin solas —murmuró sobre mis labios—. Llevo demasiado tiempo esperando esto. No quiero compartirte todavía. Primero quiero tenerte yo.
No me dio tiempo a responder con palabras. Me sujetó la nuca y volvió a besarme, y esta vez le respondí con todas las ganas que había guardado durante dos años de conversaciones a deshora. Nos besamos largo, hondo, con esa urgencia de quien por fin toca lo que solo había podido mirar a través de una pantalla.
—Uf, qué impaciente —le dije cuando logré apartarme un segundo para respirar—. Tenemos cinco días por delante.
—Ya lo sé —contestó, sin soltarme—. Pero llevo soñando con este momento demasiado tiempo. Lo quiero íntimo, para nosotras dos, antes de todo lo demás.
No estaba en posición de negarme. Yo también lo deseaba.
Esta vez fui yo quien la agarró. La atraje hacia mí y la besé sin tregua, mientras nuestras manos empezaban a recorrernos por encima de la ropa, buscando la espalda, las caderas, todo lo que pudieran alcanzar. Nos comportábamos como dos adolescentes que se descubren por primera vez, con esa torpeza ansiosa que tiene su propio encanto.
—Estoy a mil —susurró ella, con los ojos entrecerrados—. Me besas igual que me imaginaba.
—Y eso que todavía no he empezado.
Le fui abriendo la blusa mientras le besaba el cuello, bajando despacio hasta el nacimiento de los pechos. Ella hacía lo mismo conmigo, con dedos torpes por las prisas. Cuando por fin nos liberamos la una a la otra, se quedó mirándome un instante.
—A través de la cámara no parecían tan… —dijo, y no terminó la frase.
Me reí. La empujé con suavidad hacia el sofá del salón y la senté allí, le terminé de quitar la ropa hasta dejarla completamente desnuda. Me arrodillé entre sus piernas y le abrí los muslos despacio, disfrutando de su impaciencia, de cómo arqueaba la espalda buscando un contacto que yo le negaba a propósito.
—No me hagas esperar más —pidió.
Bajé la cabeza y la besé donde más lo necesitaba. Empecé despacio, con la lengua plana, recorriéndola entera, y noté cómo le temblaban las piernas a los lados de mi cara. Sus manos se enredaron en mi pelo, marcando un ritmo que yo no pensaba seguir todavía.
—¿Te gusta así? —pregunté, levantando apenas la vista.
—Sí, sí, no pares… —respondió con la voz quebrada—. Creo que no voy a aguantar.
—Aguanta un poco más.
Aceleré, jugando con la punta de la lengua justo donde sabía que la volvía loca, alternando con caricias más lentas para alargarle la agonía. Cuando sentí que ya no podía contenerse, dejé de torturarla y me entregué del todo. Se corrió con un grito ahogado, apretándome contra ella, todo el cuerpo en tensión durante unos segundos eternos.
Subí despacio, besándole el vientre, el esternón, el cuello, hasta alcanzar su boca de nuevo. Ella me besó con una ternura distinta, todavía agitada, repitiendo una y otra vez:
—Lo sabía, sabía que iba a ser así contigo. Por eso te quería para mí sola hoy.
—Esto no ha hecho más que empezar —le dije—. Pero ahora me toca a mí. Y antes, una ducha.
***
Nos metimos juntas bajo el agua caliente. Lo que iba a ser un enjuague rápido se convirtió en otra cosa apenas nuestras manos se reencontraron, ahora resbaladizas, recorriéndonos sin obstáculos. Encajé un muslo entre sus piernas y ella entre las mías, y nos frotamos despacio bajo el chorro, besándonos con los ojos cerrados, dejando que el vapor lo difuminara todo.
—Vamos a la cama —le pedí al oído—. Quiero hacerlo bien.
—Lo que digas, maestra —contestó con una sonrisa—. Soy buena alumna.
Cruzamos el pasillo mojadas, sin molestarnos en secarnos, riéndonos por dejar el suelo hecho un desastre. La tumbé sobre las sábanas y volví a besarla, esta vez sin prisa, recorriéndole cada centímetro con la boca y las manos. Le pedí que se diera la vuelta y se pusiera de rodillas, y ella obedeció sin rechistar, ofreciéndose con una confianza que me encendió todavía más.
La acaricié despacio, con los dedos, mientras le besaba la base de la espalda. Estaba otra vez al límite enseguida; apenas necesité insistir un poco para que volviera a temblar bajo mis manos. Le acerqué los dedos a la boca y ella los chupó, mirándome por encima del hombro con una expresión que no olvidaré.
—Túmbate boca arriba —le ordené.
Lo hizo, y se sujetó las piernas contra el pecho, abierta del todo para mí. Volví a usar la boca, sin dejar de acariciarla con la mano, hasta que se corrió por segunda vez, retorciéndose y agarrando las sábanas con los puños.
—Me has dejado rota —jadeó, riéndose y sin aire—. Completamente rota.
Nos quedamos abrazadas un rato, mientras le acariciaba los pechos con movimientos lentos y escuchaba cómo su respiración se iba calmando poco a poco. Después, sin avisar, me levanté y me coloqué encima de ella, ofreciéndole mi cuerpo. No hizo falta decirle nada; sabía exactamente lo que quería.
—Así —murmuré, cerrando los ojos—. No pares.
Después nos buscamos a la vez, una sobre la otra, dándonos placer al mismo tiempo. Y cuando ninguna de las dos pudo más con esa postura, nos giramos hasta quedar enredadas, frotándonos despacio, sintiendo cómo la tensión volvía a crecer entre las dos.
—Qué ganas tenía de esto —susurró ella, abrazándome con las piernas—. Cuántas noches lo imaginé.
—Disfruta —le respondí, apretándome más contra ella—. Tenemos todo el tiempo del mundo.
Llegué yo esta vez, con un orgasmo que me recorrió entera y me dejó sin fuerzas sobre su cuerpo. Valeria no se corrió de nuevo —todavía se reponía de lo anterior—, pero me sostuvo entre sus brazos, acariciándome el pelo, satisfecha de una forma que iba más allá del sexo.
—Jamás había sentido algo así con nadie —me dijo en voz baja—. Gracias por venir, de verdad.
—Gracias a ti —contesté, todavía recuperando el aliento—. Y recuerda que esto es solo el primer día. —Hice una pausa, sonriendo—. Por cierto, Camila me ha gustado. Mucho. Espero que se anime a quedarse con nosotras.
Valeria soltó una carcajada y me besó la frente.
—Algo me dice que no vas a tener que insistirle demasiado.
***
Nos duchamos otra vez, esta vez de verdad, porque se nos había pasado el tiempo sin darnos cuenta y las demás ya nos esperaban en la casa. Mientras nos vestíamos, Valeria no paraba de mirarse al espejo con una sonrisa que no le cabía en la cara, radiante, feliz, ansiosa por todo lo que estaba por llegar en aquellos cinco días.
Lo que había soñado durante dos años se estaba cumpliendo. Y algo me decía que la realidad iba a superar con creces cualquier cosa que hubiéramos imaginado frente a una pantalla.