El verano que dormí en la cama de mi tía
Hace ya muchos veranos, mi tía Marisol me invitó a pasar unos días en su casa. La excusa era un viaje que mis padres querían hacer por su cuenta «para tomarse un respiro», aunque con los años terminé entendiendo el verdadero significado de aquella frase. Mientras ellos se encerraban en algún hotel de la costa a recuperar lo que el matrimonio les había ido robando, yo me instalaba en el piso diminuto de mi tía, donde vivía sola desde el divorcio. El juicio había dictado que mi primo pequeño se quedara con el padre justo durante aquellas semanas, así que el departamento quedó para los dos.
El mismo día que llegué me topé con la sorpresa: dormiría con ella, en su cama de matrimonio, por falta de espacio. Ni se me ocurrió protestar ni proponer el sofá. No era tonto. Tenía dieciocho años, y lo que más me convenía en ese momento era dormir en calzoncillos por el calor, con mi tía al lado en ropa interior, empinando el trasero mientras dormía.
Y vaya cuerpo que tenía. Caderas anchas, dos muslos firmes, dos nalgas llenas que apenas cabían en la ropa que usaba para andar por casa. Todavía hoy sospecho que lo hacía a propósito.
El primer día no tuvo nada de particular. Saqué la ropa de la maleta, acomodé mis cosas en el armario y dejé el portátil sobre la mesita, frente a la cama. Ahí me quedé, matando las horas hasta la cena. Cuando Marisol me llamó para comer, yo estaba a punto de meterme la mano dentro del pantalón, así que me senté a la mesa con la sangre todavía agolpada y un bulto que se asfixiaba contra la tela.
Ella tampoco ayudaba. Estaba en su casa, era verano, y se vestía en consecuencia. Llevaba unos pantalones cortísimos, metidos entre las nalgas, y una camiseta holgada que dejaba adivinar sus pechos pesados cada vez que se inclinaba sobre el plato. Mientras me hacía preguntas tibias sobre la facultad y sobre cómo iban las cosas con mis padres, yo masticaba los macarrones mirándole más el escote que los ojos, con su muslo pegado al mío bajo la mesa.
—¿Y novia? ¿No hay nadie? —preguntó, divertida, sirviéndome más comida.
—No, ahora no —respondí, y bajé la cabeza para que no me leyera la cara.
Al terminar nos sentamos en el sofá a ver una película cuyo título no recuerdo. Quedamos juntos, pegajosos por el calor, los cuerpos demasiado cerca. En un momento ella estiró las piernas y apoyó los pies sobre mi regazo, justo encima del bulto, presionando sin darse cuenta. O dándose cuenta, vaya uno a saber. Sus nalgas reposaban contra mi cadera, redondas, tentadoras, y yo apenas seguía la trama de la pantalla.
No mires, contrólate, es tu tía. Me lo repetía en la cabeza como un rezo, y no servía de nada.
Hice el intento de bajar la erección con pensamientos sensatos, con culpa, con todo lo que se me ocurría. Fue en vano. Cuando la película terminó, agarré un cojín y me lo puse sobre la entrepierna para levantarme sin que se notara. Lo volví todo más evidente, pero en ese estado uno no piensa con claridad. Caminé detrás de ella hacia el dormitorio, mirando cómo se le movían las nalgas dentro de aquellos pantaloncitos oscuros, casi transparentes.
Esa noche me metí a la ducha antes que ella. Dejé caer los calzoncillos al suelo y la erección saltó hacia arriba, dura, urgente. Respirando fuerte, me senté en el borde de la bañera con las piernas abiertas y empecé a tocarme con los ojos cerrados, imaginando todas las formas posibles de tener a esa mujer que dormía a un metro de distancia. Pensé que tal vez me escuchaba, que reconocía el ritmo de mi mano y mi respiración entrecortada a través de la pared fina. La idea me llevó al borde enseguida. Acabé con una fuerza que me dejó mareado, temblando, y limpié el desastre antes de meterme bajo el agua a lavar la culpa.
Salí en toalla y esperé a que ella ocupara el baño. Fue entonces cuando vi que se había dejado los pantaloncitos sobre la cama. Asumiendo que había entrado solo con la ropa interior y que tardaría un rato, los levanté con las dos manos y hundí la cara en la tela. Olí cada rastro de sudor, cada huella de su cuerpo que había quedado impregnada ahí.
Como era de esperar, otra erección creció entre mis piernas. Atento al ruido del agua corriendo, me saqué el miembro y lo froté contra la tela todavía tibia. La sensación era íntima, casi obscena, como si tuviera un pedazo de ella entre las manos. Acabé otra vez, con la misma intensidad que dentro del baño, manchando de blanco aquellos pantalones que habían sido negros. Los tiré al cesto de la ropa sucia, aturdido, sin demasiado sentido común, y me dejé caer en la cama con el móvil hasta quedarme dormido.
***
En mitad de la noche, el calor me despertó. Miré el teléfono: las dos y media. Toda la casa a oscuras, salvo por la franja de luz que salía del baño y caía justo sobre la cama. Me giré. Ahí estaba ella, con el pelo negro revuelto, dormida, de espaldas a mí, ofreciéndome aquel trasero servido en bandeja.
Lo miré durante un largo rato. Lucía irresistible. Estiré la mano, con el corazón golpeándome el pecho, y palpé la nalga que asomaba por la ropa interior. Estaba caliente, húmeda de sudor. La rodeé con la palma, la apreté despacio, y se sintió demasiado bien para detenerme.
Mientras la amasaba, bajé instintivamente mis calzoncillos y empecé a masturbarme lento, conteniendo cada gemido, deslizando un dedo por el borde de la tela. Tiré del filo hacia arriba, metiéndolo entre las nalgas, hasta que desde ese ángulo parecía completamente desnuda de la cintura para abajo. Aquello terminó de nublarme cualquier resto de cordura.
Me acerqué desde atrás y apoyé el sexo contra el centro de sus nalgas, en el surco, deslizándolo entre ellas. Fue una sensación celestial: el calor de su piel, el sudor, todo se mezclaba en algo tan intenso que empecé a empujar despacio, casi sin proponérmelo, sintiendo la redondez y el calor de su cuerpo contra la punta. Jugué así un buen rato, apretándole las nalgas con las manos para multiplicar el roce. Y entonces, con muy mala suerte, la desperté.
Del susto y el sobresalto que pegó, no se me ocurrió mejor idea que taparle la boca con una mano y empujar hacia delante. La punta y parte del miembro se hundieron de golpe, y ella gimió contra mi palma, los ojos muy abiertos clavados en los míos. Esperé el grito, el manotazo, la pregunta de qué demonios estaba haciendo. No llegó nada de eso.
En lugar de apartarme, empujó hacia atrás con la cadera, tragándose el resto, y dejó escapar un gemido largo y descarado que me erizó la piel. Le solté la boca despacio. No dijo una palabra. Solo me sostuvo la mirada en la penumbra, respirando rápido, como retándome a seguir.
Y seguí. Empecé a embestir con fuerza mientras nos mirábamos fijo, las bocas entreabiertas dejando salir el aire, atentos al sonido húmedo de los cuerpos chocando. Era estrecho, caliente, increíblemente apretado: nunca antes la habían tomado así, y se notaba. El miembro se abría paso con dificultad hasta el fondo, y yo iba marcando un ritmo firme, sostenido, sin volverme del todo brusco.
La agarré del cuello con cuidado y le planté un beso húmedo, intercambiando saliva mientras me movía. Por primera vez en mi vida vi de cerca un orgasmo de mujer: Marisol se arqueó, dejó de respirar un instante y murmuró algo parecido a una súplica, una palabra que mi cerebro caliente de adolescente todavía no sabía obedecer.
—Espera… —alcanzó a decir contra mi boca.
—No puedo —contesté, y era verdad.
La sostuve contra el colchón y me incliné sobre ella desde arriba, separándole las nalgas para ver lo que estaba pasando, presionándole la cabeza con suavidad contra la almohada. Me puse animal, dejando caer todo mi peso, y sentí cómo se acumulaba algo denso y caliente que se preparaba para salir. Cuando ya no aguanté, me retiré y dejé que chorro tras chorro le cubriera la espalda y el pelo, jadeando como si me hubieran sacado el aire de los pulmones.
Después del orgasmo, Marisol se dio vuelta y me besó con una calma extraña, casi tierna. Se acomodó sobre mi pecho, me rodeó la cintura con una de sus piernas y se quedó dormida así, como si nada de aquello necesitara explicación.
A la mañana siguiente desayunamos en silencio, mirándonos de reojo, con una sonrisa que ninguno de los dos terminaba de soltar. Y desde entonces han pasado más veranos de los que entonces creía que viviría. Volví a esa casa muchas veces, dormí en esa misma cama muchas noches más, y de aquello jamás salió una sola palabra de nuestra boca. No hizo falta.





