La italiana del hotel pagó por algo más que el coche
Encontré trabajo como conductor de coches con chófer para el verano, aprovechando que en la mili me había sacado el carnet de camiones. Era la mejor manera de juntar el dinero que necesitaba para seguir estudiando en invierno. Le caí bien al encargado y a los pocos días me asignaron un sedán de lujo, de esos reservados para clientes dispuestos a pagar la tarifa cara sin pestañear.
Mi segundo día me mandaron a recoger al aeropuerto a una mujer italiana, una tal Renata, para llevarla a su hotel en el centro. Era esbelta y se movía como si el mundo le perteneciera. Se notaba que pasaba de los cincuenta y que se había operado, al menos la cara y el pecho: la piel de las manos no terminaba de coincidir con la del rostro. Al llegar me puso en la mano un billete de cien euros de propina, el doble de lo que costaba la carrera que la empresa cobraba aparte con tarjeta.
Esa misma noche me encargaron recogerla otra vez para llevarla al teatro, esperarla y devolverla al hotel. Un trayecto ridículo, menos de tres kilómetros, por el que iba a pagar una fortuna. Pero la señora quería bajarse de un coche de lujo en la puerta del teatro y el dinero parecía no significar nada para ella. Al despedirse me dio otros cien euros, me pidió el número de móvil y me dijo que me avisaría diez minutos antes de necesitarme. Mientras tanto, que me divirtiera.
Al día siguiente me llamó el encargado. La señora quería el coche y al chófer en exclusiva durante los próximos cuatro días, sin horarios, las veinticuatro horas a su disposición. Como yo vivía cerca del centro y tenía garaje en el piso de alquiler, me preguntaron si quería cubrir el servicio. Por supuesto, se pagaría acorde al esfuerzo. No tuvo que repetírmelo.
A las diez de la mañana me avisaron de que la recogiera en el hotel. Como siempre, sin destino concreto. Resultó ser la calle de las boutiques, la milla de oro de las tiendas caras de la ciudad. Aparqué donde me indicó, en la zona de carga, y por suerte aguanté ahí hasta que salió seguida de una dependienta cargada de bolsas. Bajé, abrí el maletero y metí las compras. La misma escena se repitió en dos tiendas más.
De vuelta en el hotel me hizo entrar en el garaje y aparcar en su plaza. Antes de bajar me preguntó si me importaba subirle las bolsas a la habitación. Conociendo sus propinas, no lo dudé. Cargué casi todo y le dejé tres o cuatro bolsas a ella.
Su suite era más grande que mi piso entero. Dejamos las bolsas sobre la moqueta del salón y me ofreció algo de beber. Por prudencia dije que no, pero cuando comentó que necesitaba mi opinión sobre cómo le quedaban las compras, acabé aceptando la cerveza que ya me tendía. Entró al baño, tardó unos minutos y empezó a sacar prendas de las bolsas. Allí mismo se quitó la que llevaba puesta y empezó a probarse las nuevas, pidiéndome opinión de cada modelo.
La situación era incómoda para mí, pero ella se vestía y desvestía con total naturalidad. De vez en cuando me pedía ayuda con una cremallera o con los botones de la espalda. Era evidente que su cuerpo no se correspondía con su edad. Firme, cuidado, sin una sola cicatriz a la vista.
En algún momento se le marcaron los pezones bajo la tela y no me pasó desapercibido. A ella tampoco, aunque siguió a lo suyo como si nada. Media hora después empezó a enseñarme la lencería que había comprado, pieza por pieza, esperando mi veredicto. Eran prendas que no había visto colgadas en el tendedero de mi casa en la vida. De la docena que me mostró solo apartó tres conjuntos y una bata que, según ella, le quedaba demasiado larga.
Se quitó el sujetador y se probó uno nuevo delante de mí. Para mi sorpresa, el pecho no cedió ni un centímetro. Con el torso desnudo me miró, sonrió y se presionó los pezones con los dedos. Sentí el principio de una erección. Se acercó sin decir nada y me puso la mano sobre la bragueta, comentando lo mucho que le gustaba provocar esa reacción en un hombre tan joven.
Me cogió la mano y se la llevó al pecho mientras me apretaba por encima del pantalón. Solo dejó de hacerlo para bajarme la cremallera, después de pedirme permiso con la mirada. Ni me atreví a contestar, y ella lo tomó como un sí.
—No tengas prisa —murmuró—. Tenemos cuatro días.
Metió la mano y empezó a masajearme despacio, observando cómo respondía. Luego guió mi mano entre sus piernas y dejó que la recorriera. Cuando lo creyó suficiente, se llevó mis dedos a la boca y los chupó sin apartar los ojos de los míos. Para entonces lo que hacía ya no tenía nada de tímido.
***
Sacó un preservativo del bolso, lo desenvolvió y se agachó para ponérmelo ella misma. Se apoyó en el borde de una mesa, separó los pies y me indicó exactamente lo que quería. Me coloqué detrás. En cuanto entré soltó un gemido ronco y empujó hacia atrás para recibirme entero.
Era increíble el control que tenía de su propio cuerpo. Apretaba y aflojaba a voluntad, marcando ella el ritmo aunque fuera yo quien la sujetaba por las caderas. Sentí cómo se corría y estuve a punto de seguirla, pero me pidió que me apartara antes de terminar. Quería que lo hiciera sobre su vientre.
Me retiré, se sentó en la mesa y eyaculé donde me pedía. Se recostó hacia atrás, se acarició y luego me pidió que me acercara a su boca. Terminó con una lentitud casi calculada, como quien saborea algo que sabe que no se va a repetir. Cuando por fin paró, lo agradecí. No aguantaba más.
Miró el reloj. Pasaban de las dos. Llamó al restaurante del hotel y pidió mesa para dos. Antes nos metimos en la ducha y ella misma se encargó de quitarme los rastros de lo que acababa de pasar. Nos vestimos en el salón y, antes de ponerse la ropa interior, me enseñó un par de modelos nuevos para que eligiera. Señalé el más pequeño. Me puso doscientos euros en la mano y salimos hacia el restaurante.
Me preguntó si me gustaba el marisco. Juro que fue una de las mejores comidas de mi vida. Pedía sin medida, sabiendo de antemano que no íbamos a poder con todo. Al terminar me dijo que no me necesitaría hasta media tarde, que me confirmaría la hora para llevarla a un concierto. Me quedaban tres horas libres para ir a casa y cambiarme.
No paraba de pensar que estaba comportándome como un gigoló y que me daba exactamente igual. En menos de dos días había hecho caja con cuatrocientos euros de propina y, además, lo de la suite.
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A las siete y media la recogí en la puerta del hotel. Salió puntual, impecable, y tomamos camino del auditorio. Al llegar me dijo que la avisaría al terminar, me puso cien euros en la palma «para gastos» y se bajó. Dejé el coche en el aparcamiento, aunque me tocara pagarlo a mí, y me fui andando a tomar algo a casa de unos compañeros de la facultad que vivían cerca.
Pasadas las once me llegó el mensaje. La recogí en doble fila. Se montó, me miró por el retrovisor y me preguntó si me apetecía una sesión de masaje. Era lo último que esperaba y notó mi cara. Me explicó que después del masaje, que no me iba a arrepentir, ella iba a depilarse y que, si quería, podían rasurarme a mí también. Alguna vez lo había pensado sin decidirme nunca. Me encogí de hombros. Por qué no.
Llamó al centro, avisó de que llegábamos en un cuarto de hora y pidió una cabina doble «para supervisar el trabajo». Aquello fue otra sorpresa: nos iban a atender a los dos al mismo tiempo, en la misma sala. Subimos desde el garaje directamente en ascensor.
Nos llevaron a una sala amplia con dos camillas. Ella se desnudó sin pudor. Al ver que yo me sentaba en una banqueta, me dijo que así poco iban a poder hacer y que me quitara la ropa. Obedecí justo cuando entraban dos esteticistas. Renata les pidió que no nos dejaran ni un vello en las partes íntimas, se tumbó boca arriba y yo la imité en la otra camilla.
La chica me cubrió de espuma y empezó a pasar la cuchilla con un cuidado de cirujano. Cada pasada me obligaba a estar quieto mientras ella manejaba la piel con seguridad. La situación me tenía a medio camino entre la vergüenza y la excitación, y no había forma de disimular ninguna de las dos. En la otra camilla, Renata gemía bajito cada tanto, sin disimular tampoco.
Acabado lo de la cuchilla, nos dieron un masaje de verdad, largo y profundo, que me dejó por las nubes. Era la primera vez en mi vida que probaba semejante lujo y solo puedo decir maravillas. La pasta que costaba aquello explicaba la naturalidad con que las dos mujeres se movían a nuestro alrededor. Al terminar, Renata se acercó a mi camilla, comprobó el resultado del rasurado con la punta de los dedos y dio su aprobación con una sonrisa.
***
Ya en el coche me preguntó, sin rodeos, si me apetecía pasar la noche con ella. Casi me atraganto por lo directa que fue, aunque a esas alturas no me pillaba por sorpresa. Metimos el coche en el garaje y subimos a la suite. Me mandó descorchar el champán que esperaba en una cubitera y servir dos copas. Cuando me giré con ellas ya estaba desnuda otra vez.
Brindamos. Me pidió que me fuera desvistiendo mientras ella iba a por «un par de cosas». Volvió con una pequeña colección de juguetes que dejó sobre la mesa y me pidió que la fuera caldeando. Como lo hice con demasiada suavidad para lo que ella buscaba, me cogió las manos y me enseñó la intensidad exacta que quería, sin disimular que el límite estaba mucho más allá de lo que yo me habría atrevido a solas.
Fue una noche de instrucciones precisas. Ella sabía con exactitud lo que quería en cada momento y no le costaba pedirlo. Pinzas, un vibrador, unos azotes marcando los dedos en la piel, todo medido por ella, todo dentro de un guion que solo conocía la señora. Yo me limitaba a seguir el ritmo, sorprendido de mí mismo, hasta que en algún punto perdí la vergüenza y empecé a tomar la iniciativa. Eso pareció gustarle aún más.
Tardamos horas en parar. Cuando por fin lo hicimos, me pidió ayuda para meterse en la bañera con agua templada y se quedó allí un rato, recuperándose, mientras me hacía sentarme en el borde. La última vez fue lenta y casi cariñosa, nada que ver con todo lo anterior. Después la llevé en brazos a la cama y la acosté. Me tumbé a su lado, pegado a su espalda, y escuché su respiración hasta que se calmó. Se había dormido. Me relajé e hice lo mismo.
***
Dos días más estuve a su servicio. La última mañana apareció acompañada de una chica de aspecto extranjero y me soltó, divertida, que era una pena que no hubiera estado con ellas esa madrugada. Dejamos a la chica en el centro y fuimos a la calle de las boutiques a ajustar cuentas en las tiendas del primer día. Me invitó a comer y me avisó de que a las seis tenía que llevarla al aeropuerto.
El botones cargó su equipaje y yo lo pasé al carro al llegar a la terminal. Me puso mil euros en la mano, me dio las gracias, un beso en los labios y desapareció por la puerta sin mirar atrás. Avisé al encargado de que el trabajo había terminado y me mandó dejar el coche en la base y tomarme dos días libres. Al llegar me contó que la clienta había llamado para alabar el servicio. Me dio quinientos euros más por las horas extra.
Volví a casa en metro. Había ganado dos mil euros en menos de cuatro días y había vivido algo que sabía, ya entonces, que no iba a repetirse jamás. Tardé semanas en dejar de mirar el móvil cada vez que sonaba, esperando un número con prefijo italiano que nunca volvió a aparecer.





