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Relatos Ardientes

La señora que dejó a mi jefe me esperaba con su amante

Llevaba ya varios años entre el polvo de la madera y el olor a barniz de la maderera de don Aurelio. Entré ahí muy joven, casi sin saber distinguir un tornillo de un clavo, y con el tiempo me convertí en su mano derecha. El viejo me enseñó el oficio con paciencia, me trató casi como a un hijo, y por eso me sentía un miserable cada vez que su mujer, Mariela, cruzaba la puerta del local.

Mariela era una mujer imponente de casi cincuenta años, de esas que ya no necesitan demostrarle nada a nadie y lo saben perfectamente. Tenía la seguridad que solo dan los años bien vividos. Llegaba con unos vaqueros que parecían pintados al cuerpo, marcándole ese culo redondo y pesado que a mí me hacía tragar saliva, y unas tetas grandes que se movían debajo de la blusa cada vez que se agachaba. Yo bajaba la cabeza, fingiendo contar tornillos en el mostrador para que no se me notara el bulto que se me armaba en el pantalón de trabajo.

Cuando ella se largó con otro hombre y dejó a don Aurelio destrozado, a mí se me quedó grabada una idea absurda: si aquella mujer había sido capaz de dejarlo todo por alguien con la energía intacta, tal vez yo también tuviera mi oportunidad. Esa diferencia de edades me daba vueltas en la cabeza durante las horas muertas del taller, y más de una vez terminé encerrado en el baño del fondo, con la mano en la verga, pensando en su boca, en su coño, en cómo sería metérsela hasta el fondo mientras me miraba con esos ojos de mujer madura.

Esa obsesión terminó arrastrándome a las redes sociales. Me abrí una cuenta anónima y empecé a seguir perfiles de parejas liberales de mi zona. Subía fotos del cuello para abajo, mostrando el abdomen que el trabajo me había dibujado, y alguna vez el bulto de la polla marcada bajo el calzoncillo, pero nunca enseñaba la cara por miedo a que algún vecino me reconociera.

Una noche, una pareja me escribió. Después de un par de mensajes acepté pasar a otra aplicación, y cuando se cargó la primera imagen casi me da algo. La pareja era Mariela y el hombre por el que había dejado a mi jefe. Reuniendo todo el valor que tenía, les mandé una foto de mi rostro. La respuesta llegó de inmediato.

—¿Eres Damián? ¿El que trabaja en la maderera de mi exmarido? —escribió ella—. No me lo puedo creer. Quién te viera tan calladito cargando tablones, y mira la sorpresa que escondías bajo el uniforme. Mándame una foto de esa polla, quiero verla entera.

Le hice caso ahí mismo. Me bajé el pantalón, me la sacudí un poco para que se pusiera dura del todo y le mandé la foto. La respuesta fue una carcajada escrita y un audio de él riéndose, diciendo que iban a partirme en dos. Estuvimos hablando los tres hasta la madrugada, ella mandándome fotos de sus tetas caídas pero enormes, de su coño depilado abierto con dos dedos, y él mandándome un video corto en el que se la follaba por detrás mientras ella jadeaba mi nombre. Quedamos para el día siguiente. No pegué ojo. En el taller sentía que don Aurelio me leía el pensamiento, pero yo solo podía pensar en la mujer que me había quitado el sueño durante años y en cómo iba a metérsela.

***

A las cuatro de la tarde estaba parado frente al motel de la salida norte. Caminar por ese pasillo fue una tortura; sentía el pulso en las sienes con cada paso que daba hacia la puerta de la habitación nueve. Toqué y me abrió él. Estaba impecable, con una camisa cara y una cerveza fría en la mano. Me miró de arriba abajo como quien revisa una herramienta nueva.

—Pasa, Damián. No te quedes ahí parado como un sereno —me soltó con tono burlón.

Entré, y el ruido seco de la puerta al cerrarse me dio un respingo. Entonces se abrió la del baño y salió ella. Mariela. Al verla se me secó la boca. Llevaba una bata de seda oscura que apenas la cubría, con el escote abierto hasta el ombligo dejándome ver la curva pesada de las tetas, y el aroma de su perfume mezclado con la humedad del baño me dejó clavado en el sitio. Se me puso la polla dura al instante, tirando de la tela del pantalón.

Iba a dar un paso hacia ella, pero él me puso el brazo en el pecho y le dio un trago largo a la cerveza.

—Frena ahí —me dijo, con la voz tranquila—. Sé que vienes con prisa, pero aquí no se entra a lo bestia. Mariela no es cualquiera. Es mi mujer, y hoy mandas tú solo en lo que yo te diga.

Me miró fijo a los ojos.

—Escucha bien, Damián. ¿Alguna vez estuviste con una pareja? —negué con la cabeza—. Pues presta atención: aquí el que lleva el volante soy yo. Tú eres el motor. Si te digo que pares, paras. Si te digo que la folles hasta romperla, la follas. Tienes que mirarla, adorarla, comerle el coño, meterle la polla donde te pida, pero siempre pendiente de lo que yo diga. ¿Vas a poder o no?

Mariela soltó una risa baja, se acercó y me pasó la mano por encima de la tela del pantalón, apretando la polla que ya la tenía marcada de lado a lado.

—Mírenlo —susurró, apretando más fuerte y midiéndomela con la mano por encima de la ropa—. El muchacho de la maderera quiere demostrar que es todo un hombre. Y vaya polla que se gasta debajo del uniforme. Se me hace la boca agua.

—Bueno, basta de charla —dijo él entre risas—. Quítate el pantalón, Damián. Ponte ahí en medio, que Mariela quiere darte el visto bueno de cerca.

No me lo tuvo que repetir. Me desabroché el cinturón con las manos torpes por la adrenalina y terminé de desnudarme, sintiendo el aire frío del cuarto en las piernas y la polla parada apuntando al techo, latiendo sola. Con mi metro ochenta y el cuerpo firme que el trabajo me había moldeado, me sentí un animal expuesto bajo aquellas dos miradas.

Mariela caminó hacia mí, me recorrió de arriba abajo, se detuvo en la polla dura y goteando un hilo transparente en la punta, y soltó un suspiro que me terminó de encender.

—Dios mío. Sabía que tenías potencial, pero esta polla es otra cosa. Qué desperdicio tenerte cargando tablones, querido. Esto habría que llevarlo colgado como un trofeo.

Se puso de rodillas frente a mí, sin importarle el piso frío. Su cara quedó a la altura de mi vientre y sentí su aliento caliente rozándome la piel. Se abrió la bata y las tetas quedaron sueltas, pesadas, con los pezones oscuros ya duros como piedritas. Él se acercó también, se paró detrás de ella y le apoyó una mano en el hombro, mientras con la otra seguía sosteniendo la cerveza.

—Mira, Damián. Mira cómo la exmujer de tu jefe se arrodilla por ti. Pero no te muevas. Quédate quieto y déjala que juegue.

Mariela me rodeó la polla con su mano y empezó a moverla despacio, mirándome desde abajo con esos ojos de mujer que sabe exactamente lo que hace, relamiéndose los labios. Me pasó la lengua por los huevos primero, tomándose su tiempo, chupándome uno y después el otro, mientras seguía cascándomela con la mano. El contacto me arrancó un gemido que no pude controlar. Después subió la lengua por la vena gruesa de la polla, lamiéndomela entera de abajo arriba como si fuera un helado, hasta llegar al glande y darle un beso húmedo en la punta que me hizo cerrar los ojos.

—No le digas muchacho, que eso ya es un hombre hecho y derecho —respondió él, dándole otro trago a la botella—. Mariela, dale una probada de verdad. Quiero ver cómo le queda tu boca en esa polla.

Ella no necesitó más. Me la metió en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que sentí su garganta apretándome el glande, con los ojos llorosos pero clavados en mi cara. El sonido húmedo y el vacío que hacía cuando la sacaba y me la volvía a tragar me estaban volviendo loco. La punta le golpeaba la campanilla y ella no aflojaba, tragándomela una y otra vez, con la baba escurriéndole por la comisura hasta caerle sobre las tetas. Con una mano me apretaba los huevos y con la otra se acariciaba el coño, abriéndose los labios mientras me mamaba. Él soltó una carcajada al verme sin aire y apuró el último trago.

—Joder, Mariela, te la vas a tragar entera —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. El chico tiene madera, nunca mejor dicho. Sácala un poco, escúpele encima, quiero verla brillar.

Mariela la sacó con un plop obsceno, hizo un buche de saliva y me escupió la polla entera, esparciéndolo con la mano de arriba abajo hasta dejármela empapada. Después me la volvió a comer, esta vez más lento, ahuecando los cachetes, chupando con fuerza, y me miró desde abajo con una sonrisa cochina alrededor del glande.

***

Caminó hacia el sillón que estaba frente a la cama, se desparramó ahí con toda la calma del mundo, se abrió el pantalón y se sacó la polla afuera para empezar a acariciársela mientras nos miraba. Me señaló con la botella vacía.

—Damián, siéntate en la orilla de la cama. Mariela, todo tuyo. Hazle lo que quieras, mámasela como sabes, pero que yo lo vea desde aquí.

Ella me empujó con suavidad hacia el borde del colchón. Me senté con las piernas abiertas, la polla apuntando al techo, sintiéndome rey y prisionero al mismo tiempo. Se acomodó entre mis rodillas, se apartó el pelo de la cara, me clavó las uñas en los muslos y me miró con una malicia que me hizo temblar.

—Ahora esta polla es mía —dijo, y se abalanzó sobre mí.

Me hizo una mamada de esas que solo una mujer con años de experiencia sabe dar. Bajaba hasta el fondo, me clavaba la polla en la garganta, aguantaba unos segundos ahogándose con ella, y volvía a subir dejando un hilo de saliva colgando. Después me lamía los huevos, se los metía a la boca uno por uno, y volvía a tragarme entero. Yo miraba hacia el sillón, donde él se sacudía la polla despacio observándonos como en un cine privado, viendo cómo su mujer se devoraba al chico que años atrás le acomodaba los tablones. Le corrían dos hilos de baba por el mentón, se los limpiaba con el dorso de la mano y se los volvía a poner en la boca chupándose los dedos.

—Mariela… me voy a correr si seguís así —alcancé a gruñir, echando la cabeza hacia atrás y agarrando las sábanas con fuerza.

—Aguántatela, chaval —le respondió él desde el sillón—. Ni se te ocurra correrte todavía. Esa carga es para su coño.

Ella me soltó con un sonido húmedo y subió por mi cuerpo como una gata, arrastrándome los pezones duros por el pecho, la polla mía chorreando saliva quedándome atrapada entre nuestros vientres. Me sujetó la cara con las dos manos y me plantó un beso profundo, salvaje, metiéndome la lengua hasta la garganta, mezclando su saliva con la mía, mientras soltaba gemidos que le salían del pecho.

—Muérdeme, Damián. Chúpame las tetas fuerte, no me tengas miedo, apriétame los pezones, hazme lo que quieras —me ordenó al oído con la voz quebrada.

Le hice caso. Le mordí el cuello dejándole una marca, y bajé hasta sus pechos, chupando con hambre, con las tetas llenándome la boca. Le apretaba una con la mano mientras le tironeaba el pezón de la otra con los dientes, y ella arqueaba la espalda y se aferraba a mis hombros clavándome las uñas. El contraste de mi piel firme contra sus curvas maduras era demasiado.

De repente se separó, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas frente a mi cara y elevó las caderas anchas que siempre había querido agarrar. Ahí la tenía: el culo abierto, el coño hinchado, brillante, chorreando por dentro de los muslos, y el ojito del culo asomándome también.

—Lámeme el coño hasta que no pueda más. Y no te olvides del culo —me soltó, echando la cabeza atrás para ver cómo él se acariciaba desde el sillón.

No esperé indicaciones. Le sujeté las caderas, le abrí los cachetes con los pulgares, hundí la cara y empecé a comerle el coño con una desesperación que me salía de las tripas. Le lamía los labios mayores, le chupaba el clítoris con los labios como si fuera un caramelito, le metía la lengua hasta el fondo del coño y la sentía apretar. Después subía y le pasaba la lengua por el culo, dándole vueltas alrededor, hundiendo la punta hasta que le arrancaba un grito. Mariela gritaba, golpeando el colchón con los puños, meneándome la cara contra su entrepierna mientras yo no le daba tregua.

—¡Así! ¡Más fuerte! ¡Métele la lengua en el culo, cabrón! —gritó, mientras él, desde el sillón, aceleraba el ritmo de su mano sobre la polla.

Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el culo. Los curvé hacia arriba, buscándole ese punto que la hacía temblar, y sentí cómo se apretaba alrededor de mis dedos, cómo el coño le chorreaba encima de la palma. Se retorcía, sacudía las caderas contra mi cara, y yo tragaba todo lo que le salía.

***

Estaba fuera de sí, y yo iba a lanzarme sobre ella, pero me puso una mano en el pecho para frenarme y, sin dejar de jadear, miró hacia el sillón.

—Amor… —dijo con la voz entrecortada—. Prepárale la polla. Lo quiero adentro ya.

Él no dijo una palabra. Se puso de pie con una lentitud calculada, con la polla afuera del pantalón dura y roja, se acercó con una caja de preservativos y me preparó él mismo, despacio, rodándomelo sobre la polla con sus manos grandes mientras ella nos observaba con las piernas abiertas y dos dedos metidos en el coño. Sentir que el hombre de Mariela me la agarraba y me la enfundaba me puso el corazón en la garganta.

—Aguanta, fiera. Ahora sí, dale lo suyo. Rompela —susurró, dando un paso atrás sin dejar de tocarse la polla.

No resistí más. Me eché sobre ella, que me rodeó la cintura con las piernas, me guió el glande hasta el coño, y de un solo empujón me hundí hasta el fondo. El grito que soltó me llenó los oídos; estaba apretada, ardiente, chorreando. Empecé a darle con todo, sacándomela casi entera y volviéndosela a clavar de golpe, sintiendo cómo mi vientre chocaba contra el suyo, cómo los huevos me golpeaban el culo con cada estocada. El sonido de la carne golpeando la carne llenaba el cuarto, mezclado con los gemidos guturales de ella y su boca abierta pidiendo más.

—¡Eso es, Damián! ¡Fóllatela! ¡Dale duro en el fondo! —rugía él, acelerando la mano sobre su propia polla, a centímetros de nosotros, mirando cómo mi verga entraba y salía del coño de su mujer, empapada de flujo.

El ritmo se volvió frenético. Le agarré una pierna, se la levanté hasta ponérsela sobre mi hombro y le entré más profundo todavía, sintiéndola arañarme el fondo. Mariela ya no era la mujer refinada que entraba al taller; era pura hambre, con la boca abierta y la baba en las comisuras, pidiéndome cambios a gritos, apretándome el coño con cada embestida.

—¡Ponte arriba, Mariela! ¡Móntala esa polla y manda tú! —ordenó él.

Ella me empujó los hombros para que me acostara y se montó a horcajadas sobre mí. Con una mano se agarró la polla mía, se la acomodó en la entrada del coño y se sentó de golpe, tragándome entera con un gemido largo. Verla ahí arriba, dominando el ritmo, con las tetas rebotándole en la cara, el pelo pegado a la frente por el sudor y la boca abierta, fue una imagen de locura. Cabalgaba con fuerza, subiendo y bajando, restregándose el clítoris contra mi hueso, echando la cabeza atrás y gritando de placer mientras yo la sujetaba de la cintura y le daba estocadas desde abajo para encontrarme con ella en cada bajada.

Sin avisar, él se paró frente a su cara con la polla apuntándole a la boca, y ella lo atendió a él mientras seguía moviéndose sobre mí. Le tragó la polla hasta el fondo, ahogándose con ella, mientras yo desde abajo la seguía embistiendo. Él le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a moverle la cara sobre su verga, follándole la boca al mismo ritmo que ella me follaba la polla. Yo debajo, sintiendo cómo el coño se le apretaba con cada arcada, y ella entregada a los dos al mismo tiempo, con una polla en el coño y otra en la garganta: la escena me hizo perder la cabeza.

Sentí que el final se me venía encima. Le clavé los dedos en las caderas, la empujé hacia abajo con fuerza para clavármela hasta el fondo, y solté un gruñido sordo mientras me descargaba dentro del preservativo con una presión violenta, sin aire, con los músculos tensos y la vista nublada. La sentí apretar el coño como un puño alrededor de la polla mientras me vaciaba. Mariela soltó la polla de él con un tirón de baba y se dejó caer sobre mi pecho, empapada en sudor, y me plantó un beso largo con la boca todavía llena del sabor de su marido. Pero no se quedó quieta.

—Muévete, Damián —susurró, con los ojos vidriosos y una sonrisa satisfecha—. No hemos terminado ni por asomo.

***

Se acostó en el medio de la cama, abriéndose de piernas hasta que se le vio el coño abierto de par en par, hinchado y rojo de lo que le había dado, y señaló a su marido.

—Ahora tú, mi amor. Termina lo que él empezó, rompeme ese coño —y luego me miró a mí—. Tú quédate ahí, no te muevas. Quiero que veas cómo me lo hace mi hombre. Quiero que aprendas.

Me hice a un lado, apoyado en un codo sobre la almohada, a centímetros de ellos, con la polla mía todavía dura y goteando de nuevo. Él se posicionó entre sus piernas, se sacó el resto de la ropa, la sujetó de los muslos con sus manos grandes, se pasó el glande por los labios del coño para embadurnárselo con el flujo, y se hundió en ella con una estocada seca que hizo crujir la cama. Verlo dándole justo a mi lado fue una imagen que no voy a borrar de la cabeza; la polla de él entraba y salía brillante, el coño de Mariela se abría para tragárselo entero, y ella gritaba distinto, más hondo, con esos gemidos roncos que se le escapan a las mujeres que llevan años follando con el mismo hombre y saben exactamente qué esperar. Le clavaba las uñas en la espalda, le dejaba marcas rojas, y le mordía el hombro cada vez que él le entraba fuerte.

Yo asistía en primera fila a cómo poseía a la mujer que había deseado durante años. Ella giró la cara hacia mí, me buscó la boca y me besó mientras él seguía embistiéndola, mezclando sus gemidos dentro de mi boca. Después me agarró la polla con la mano y empezó a masturbarme al ritmo de las estocadas que le daba su marido.

Antes de que él pudiera terminar, ella lo frenó con la mano en el pecho, jadeando, y se giró hacia mí con un hambre que casi me dio miedo. Me sujetó la polla de nuevo y, con sus dedos rápidos y expertos, se la llevó a la boca y me la volvió a tragar entera, chupando fuerte, volviéndomela a poner dura como una piedra en segundos. Él se acercó por detrás, listo para el asalto final.

—No tan rápido, fiera —dijo él, alcanzando otro preservativo de la mesita—. Hay que prepararla otra vez, que ahora viene lo bueno. Los dos a la vez.

Cuando estuvo todo listo, la levantó de la cintura como si no pesara nada y la acomodó sobre mí, de frente. El gemido que soltó al sentir la polla mía entrarle otra vez fue profundo, largo, pero se cortó en seco cuando él, posicionado detrás de ella, le abrió los cachetes del culo con las dos manos, se escupió en el ojete, le pasó el glande untándole la saliva, y con un empuje firme se hizo lugar por detrás. El grito de Mariela fue ensordecedor. Se arqueó como un arco tenso, las manos buscando mis pectorales para sostenerse, la boca abierta sin poder hacer ruido durante unos segundos, completamente colmada por los dos al mismo tiempo.

—¡Damián, siente cómo se aprieta! ¡Notas mi polla al otro lado, cabrón! —rugía él, marcando un ritmo animal, entrando y saliendo del culo mientras yo le daba desde abajo en el coño.

Nos coordinamos sin hablar. Cuando yo salía, él entraba. Cuando él salía, yo la clavaba hasta el fondo. Ella no era más que un cuerpo temblando entre nosotros, con las tetas colgando contra mi cara, la boca abierta gimiendo obscenidades que ni entendía, el sudor cayéndole del pelo sobre mi pecho. Le chupé un pezón mientras la doble embestida seguía, y ella soltó un grito ahogado. Sentía la polla de él a través de la fina pared que nos separaba adentro de Mariela, y era una sensación bestial, como si estuviera follando con los dos a la vez.

De pronto, su cuerpo se puso rígido, sus músculos me apretaron la polla con una fuerza increíble, el coño se le cerró alrededor de la verga como si me la quisiera arrancar, y empezó a temblar de la cabeza a los pies.

—¡Me vengo, amor! ¡Me vengo con los dos! ¡No paren, no paren, hijos de puta! —gritó, alcanzando un orgasmo de esos que dejan sin aire, con el cuerpo sacudiéndose entre nosotros como si le pasara corriente.

Al verla romperse así, con el flujo chorreándonos las pollas a los dos, los dos perdimos el control. Él aceleró por detrás, gruñendo como una bestia, dándole estocadas cortas y rápidas en el culo mientras yo le daba con todo desde abajo, buscando el fondo del coño. La cama crujía, la cabecera golpeaba la pared. Solté un rugido sordo y me descargué con una presión brutal dentro del condón, mientras me arqueaba en la cama y ella se dejaba caer sobre mi pecho, sin fuerzas, todavía temblando. Casi al mismo tiempo, él soltó un alarido, se hundió por última vez en el culo hasta las bolas, y se quedó quieto, vibrando de placer, con las manos clavadas en las caderas de su mujer.

Fueron segundos de puro silencio, interrumpidos solo por nuestras respiraciones agitadas y el goteo del sudor cayendo sobre las sábanas. Él se retiró despacio, la polla saliéndole brillante del culo, y se dejó caer a un lado, agotado, con el preservativo todavía puesto. Mariela, sin fuerzas ni para hablar, se lanzó sobre mí y escondió la cara en mi cuello, con el culo y el coño chorreando entre mis piernas. La rodeé con un brazo, sintiendo su corazón latir desbocado contra mis costillas.

***

Más tarde nos metimos los tres en el agua caliente de la bañera de hidromasaje que había en un rincón del cuarto. El contraste del calor con el cansancio de los músculos fue una gloria. Mariela se acomodó entre mis piernas, apoyando la espalda en mi pecho, con las tetas flotando en el agua, y él nos pasó tres cervezas bien frías desde la pequeña nevera.

—Salud, Damián —dijo, brindando con la botella—. Te portaste como un grande. No cualquiera aguanta el ritmo de Mariela ni la doble penetración a la primera.

Ella soltó una risa, echando la cabeza atrás para mirarme, y bajo el agua me buscó la polla, agarrándomela con la mano sin ninguna vergüenza.

—Es que en la maderera lo entrenaron bien para aguantar peso —bromeó, apretándomela suave—. Pero en serio, Damián, me sorprendiste. Esta polla ya me tiene enganchada.

—Mañana, cuando veas al viejo, te vas a acordar de esto y te vas a reír solo —agregó él—. Pero discreción total. Lo que pasa en el motel se queda en el motel.

Mariela se giró en el agua, quedando frente a mí, con las tetas mojadas rozándome el pecho, y bajó la voz.

—Don Aurelio no tiene por qué saber nada. Pero yo sí quiero saber cuándo tienes tu próxima tarde libre. Porque esto no se queda acá.

***

Aquella tarde en el motel fue solo el comienzo. Lo que empezó como una curiosidad se transformó en una costumbre de tres. Mariela me buscaba a la salida del taller, y él, lejos de molestarse, disfrutaba cada vez más de organizarlo todo. Con el tiempo se creó entre nosotros una complicidad rara, sin nervios, hecha de pura confianza y deseo compartido.

La cosa se frenó de golpe cuando a Mariela le diagnosticaron una enfermedad seria. Entonces decidimos cortar por lo sano para que ellos vivieran su vida con calma. Por suerte se recuperó del todo, pero nunca volvimos a vernos en un cuarto de motel.

La mecha, eso sí, ya estaba prendida. Aquellos meses me dejaron con hambre de más, y desde entonces no me quedé quieto: me metí de lleno en ese mundo de parejas liberales, llevando conmigo todo lo que aquella mujer y su hombre me enseñaron una tarde cualquiera, cuando todavía era apenas el muchacho que contaba tornillos detrás de un mostrador.

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Comentarios(10)

RolandoNK

Que relato mas bueno, de verdad que me atrapo desde el principio. Sigue publicando!

Meli_cba

increible como esta escrito, se siente tan real. quede con ganas de mas

ClaroM

Excelente!!

LectorSur_77

Me recordo a algo que me paso hace años con una vecina... esas miradas que decian todo sin decir nada jaja. Muy bueno el relato, felicitaciones

Malena_SLP

Dios mio, me tuvo pegada hasta el final. Espero que haya segunda parte por favor!

NightReader_AR

De los mejores que lei en esta categoria, tiene algo diferente que te engancha. Saludos

TurnoNocturno

jaja el titulo ya me vendia todo, y el relato no defraudo. tremendo

ProfeSecreta22

Muy bien narrado, se nota que hay cuidado en los detalles. Gracias por compartirlo

CarlosEscalada

Esas señoras maduras que saben lo que quieren... sin igual. Sigue asi!!

Norberto_Cba

Me gusto bastante, aunque siento que se hizo corto. Con mas desarrollo hubiera estado 10 puntos

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