Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La señora que dejó a mi jefe me esperaba con su amante

Llevaba ya varios años entre el polvo de la madera y el olor a barniz de la maderera de don Aurelio. Entré ahí muy joven, casi sin saber distinguir un tornillo de un clavo, y con el tiempo me convertí en su mano derecha. El viejo me enseñó el oficio con paciencia, me trató casi como a un hijo, y por eso me sentía un miserable cada vez que su mujer, Mariela, cruzaba la puerta del local.

Mariela era una mujer imponente de casi cincuenta años, de esas que ya no necesitan demostrarle nada a nadie y lo saben perfectamente. Tenía la seguridad que solo dan los años bien vividos. Llegaba con unos vaqueros que parecían pintados al cuerpo y yo bajaba la cabeza, fingiendo contar tornillos en el mostrador para que no se me notara el hambre que le tenía.

Cuando ella se largó con otro hombre y dejó a don Aurelio destrozado, a mí se me quedó grabada una idea absurda: si aquella mujer había sido capaz de dejarlo todo por alguien con la energía intacta, tal vez yo también tuviera mi oportunidad. Esa diferencia de edades me daba vueltas en la cabeza durante las horas muertas del taller.

Esa obsesión terminó arrastrándome a las redes sociales. Me abrí una cuenta anónima y empecé a seguir perfiles de parejas liberales de mi zona. Subía fotos del cuello para abajo, mostrando el abdomen que el trabajo me había dibujado, pero nunca enseñaba la cara por miedo a que algún vecino me reconociera.

Una noche, una pareja me escribió. Después de un par de mensajes acepté pasar a otra aplicación, y cuando se cargó la primera imagen casi me da algo. La pareja era Mariela y el hombre por el que había dejado a mi jefe. Reuniendo todo el valor que tenía, les mandé una foto de mi rostro. La respuesta llegó de inmediato.

—¿Eres Damián? ¿El que trabaja en la maderera de mi exmarido? —escribió ella—. No me lo puedo creer. Quién te viera tan calladito cargando tablones, y mira la sorpresa que escondías bajo el uniforme.

Estuvimos hablando los tres hasta la madrugada y quedamos para el día siguiente. No pegué ojo. En el taller sentía que don Aurelio me leía el pensamiento, pero yo solo podía pensar en la mujer que me había quitado el sueño durante años.

***

A las cuatro de la tarde estaba parado frente al motel de la salida norte. Caminar por ese pasillo fue una tortura; sentía el pulso en las sienes con cada paso que daba hacia la puerta de la habitación nueve. Toqué y me abrió él. Estaba impecable, con una camisa cara y una cerveza fría en la mano. Me miró de arriba abajo como quien revisa una herramienta nueva.

—Pasa, Damián. No te quedes ahí parado como un sereno —me soltó con tono burlón.

Entré, y el ruido seco de la puerta al cerrarse me dio un respingo. Entonces se abrió la del baño y salió ella. Mariela. Al verla se me secó la boca. Llevaba una bata de seda oscura que apenas la cubría, y el aroma de su perfume mezclado con la humedad del baño me dejó clavado en el sitio.

Iba a dar un paso hacia ella, pero él me puso el brazo en el pecho y le dio un trago largo a la cerveza.

—Frena ahí —me dijo, con la voz tranquila—. Sé que vienes con prisa, pero aquí no se entra a lo bestia. Mariela no es cualquiera. Es mi mujer, y hoy mandas tú solo en lo que yo te diga.

Me miró fijo a los ojos.

—Escucha bien, Damián. ¿Alguna vez estuviste con una pareja? —negué con la cabeza—. Pues presta atención: aquí el que lleva el volante soy yo. Tú eres el motor. Si te digo que pares, paras. Tienes que mirarla, adorarla, pero siempre pendiente de lo que yo pida. ¿Vas a poder o no?

Mariela soltó una risa baja, se acercó y me pasó la mano por encima de la tela del pantalón, donde ya no podía esconder nada.

—Mírenlo —susurró—. El muchacho de la maderera quiere demostrar que es todo un hombre.

—Bueno, basta de charla —dijo él entre risas—. Quítate el pantalón, Damián. Ponte ahí en medio, que Mariela quiere darte el visto bueno de cerca.

No me lo tuvo que repetir. Me desabroché el cinturón con las manos torpes por la adrenalina y terminé de desnudarme, sintiendo el aire frío del cuarto en las piernas. Con mi metro ochenta y el cuerpo firme que el trabajo me había moldeado, me sentí un animal expuesto bajo aquellas dos miradas.

Mariela caminó hacia mí, me recorrió de arriba abajo y soltó un suspiro que me terminó de encender.

—Dios mío. Sabía que tenías potencial, pero esto es otra cosa. Qué desperdicio tenerte cargando tablones, querido.

Se puso de rodillas frente a mí, sin importarle el piso frío. Su cara quedó a la altura de mi vientre y sentí su aliento caliente rozándome la piel. Él se acercó también, se paró detrás de ella y le apoyó una mano en el hombro, mientras con la otra seguía sosteniendo la cerveza.

—Mira, Damián. Mira cómo la exmujer de tu jefe se arrodilla por ti. Pero no te muevas. Quédate quieto.

Mariela me rodeó con su mano y empezó a moverla despacio, mirándome desde abajo con esos ojos de mujer que sabe exactamente lo que hace, relamiéndose los labios. El contacto me arrancó un gemido que no pude controlar.

—No le digas muchacho, que eso ya es un hombre hecho y derecho —respondió él, dándole otro trago a la botella—. Mariela, dale una probada. Quiero ver cómo le queda tu boca.

Ella no necesitó más. Me lo metió en la boca de una sola vez, hasta el fondo, con los ojos llorosos pero clavados en mi cara. El sonido húmedo y el vacío que hacía me estaban volviendo loco. Él soltó una carcajada al verme sin aire y apuró el último trago.

—Joder, Mariela, te lo vas a tragar entero —dijo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. El chico tiene madera, nunca mejor dicho.

***

Caminó hacia el sillón que estaba frente a la cama, se desparramó ahí con toda la calma del mundo y me señaló con la botella vacía.

—Damián, siéntate en la orilla de la cama. Mariela, todo tuyo. Hazle lo que quieras, pero que yo lo vea desde aquí.

Ella me empujó con suavidad hacia el borde del colchón. Me senté con las piernas abiertas, sintiéndome rey y prisionero al mismo tiempo. Se acomodó entre mis rodillas, se apartó el pelo de la cara, me clavó las uñas en los muslos y me miró con una malicia que me hizo temblar.

—Ahora eres mío —dijo, y se abalanzó sobre mí.

Me hizo una felación de esas que solo una mujer con años de experiencia sabe dar, bajando hasta el fondo, disfrutando de cómo me retorcía sobre las sábanas. Yo miraba hacia el sillón, donde él nos observaba como en un cine privado, viendo cómo su mujer se devoraba al chico que años atrás le acomodaba los tablones.

—Mariela… —alcancé a gruñir, echando la cabeza hacia atrás y agarrando las sábanas con fuerza.

Ella me soltó con un sonido húmedo y subió por mi cuerpo como una gata. Me sujetó la cara con las dos manos y me plantó un beso profundo, salvaje, mientras soltaba gemidos que le salían del pecho.

—Muérdeme, Damián. No me tengas miedo —me ordenó al oído con la voz quebrada.

Le hice caso. Le mordí el cuello y bajé hasta sus pechos, chupando con hambre mientras ella arqueaba la espalda y se aferraba a mis hombros. El contraste de mi piel firme contra sus curvas maduras era demasiado.

De repente se separó, se dio la vuelta, se puso a cuatro patas frente a mi cara y elevó las caderas anchas que siempre había querido agarrar.

—Lámeme hasta que no pueda más —me soltó, echando la cabeza atrás para ver cómo él se acariciaba desde el sillón.

No esperé indicaciones. Le sujeté las caderas, hundí la cara y empecé a recorrerla con una desesperación que me salía de las tripas. Mariela gritaba, golpeando el colchón con los puños mientras yo no le daba tregua.

—¡Así! ¡Más fuerte! —gritó, mientras él, desde el sillón, aceleraba el ritmo de su mano.

***

Estaba fuera de sí, y yo iba a lanzarme sobre ella, pero me puso una mano en el pecho para frenarme y, sin dejar de jadear, miró hacia el sillón.

—Amor… —dijo con la voz entrecortada—. Prepáralo. Lo quiero ya.

Él no dijo una palabra. Se puso de pie con una lentitud calculada, se acercó con una caja de preservativos y me preparó él mismo, despacio, mientras ella nos observaba con las piernas abiertas. Sentir que el hombre de Mariela se encargaba de eso me puso el corazón en la garganta.

—Aguanta, fiera. Ahora sí, dale lo suyo —susurró, dando un paso atrás sin dejar de tocarse.

No resistí más. Me eché sobre ella, que me rodeó la cintura con las piernas, me guió, y de un solo empujón me hundí hasta el fondo. El grito que soltó me llenó los oídos; estaba apretada, ardiente. Empecé a darle con todo, sintiendo cómo mi vientre chocaba contra el suyo, mientras él se quedaba a centímetros, mirando cómo entraba y salía de su mujer.

—¡Eso es, Damián! —rugía él, acelerando con su propia mano.

El ritmo se volvió frenético. Mariela ya no era la mujer refinada que entraba al taller; era pura hambre, pidiéndome cambios a gritos.

—¡Ponte arriba, Mariela! ¡Móntalo y manda tú! —ordenó él.

Ella me empujó los hombros para que me acostara y se montó a horcajadas sobre mí. Verla ahí arriba, dominando el ritmo, fue una imagen de locura. Cabalgaba con fuerza, echando la cabeza atrás y gritando de placer mientras yo la sujetaba de la cintura. Sin avisar, él se paró frente a su cara y ella lo atendió a él mientras seguía moviéndose sobre mí. Yo debajo, sintiendo cómo me apretaba, y ella entregada a los dos al mismo tiempo: la escena me hizo perder la cabeza.

Sentí que el final se me venía encima. Solté un gruñido sordo y me descargué con una presión violenta, sin aire, con los músculos tensos y la vista nublada. Mariela se dejó caer sobre mi pecho, empapada en sudor, y me plantó un beso largo. Pero no se quedó quieta.

—Muévete, Damián —susurró, con los ojos vidriosos y una sonrisa satisfecha.

***

Se acostó en el medio de la cama, abriéndose de piernas, y señaló a su marido.

—Ahora tú, mi amor. Termina lo que él empezó —y luego me miró a mí—. Tú quédate ahí, no te muevas. Quiero que veas cómo me lo hace mi hombre.

Me hice a un lado, apoyado en un codo sobre la almohada, a centímetros de ellos. Él se posicionó entre sus piernas, la sujetó de los muslos con sus manos grandes y se hundió en ella con una estocada seca que hizo crujir la cama. Verlo dándole justo a mi lado fue una imagen que no voy a borrar de la cabeza; Mariela gritaba distinto, más hondo, mientras yo asistía en primera fila a cómo poseía a la mujer que había deseado durante años.

Antes de que él pudiera terminar, ella lo frenó con la mano, jadeando, y se giró hacia mí con un hambre que casi me dio miedo. Me sujetó de nuevo y, con sus dedos rápidos y expertos, volvió a despertarme en segundos. Él se acercó por detrás, listo para el asalto final.

—No tan rápido, fiera —dijo él, alcanzando otro preservativo de la mesita—. Hay que prepararlo otra vez, que ahora viene lo bueno.

Cuando estuvo todo listo, la levantó de la cintura como si no pesara nada y la acomodó sobre mí, de frente. El gemido que soltó al sentirme entrar de nuevo fue profundo, pero se cortó en seco cuando él, posicionado detrás de ella, la sujetó de las caderas y, con un empuje firme, se hizo lugar por detrás. El grito de Mariela fue ensordecedor. Se arqueó como un arco tenso, las manos buscando mis pectorales para sostenerse, completamente colmada por los dos.

—¡Damián, siente cómo se aprieta! —rugía él, marcando un ritmo animal.

De pronto, su cuerpo se puso rígido, sus músculos me apretaron con una fuerza increíble y empezó a temblar.

—¡Me vengo, amor! —gritó, alcanzando un orgasmo de esos que dejan sin aire.

Al verla romperse así, los dos perdimos el control. Él aceleró por detrás, gruñendo como una bestia, y yo le di estocadas cortas y rápidas buscando el fondo. Solté un rugido sordo y me descargué con una presión brutal mientras me arqueaba en la cama. Casi al mismo tiempo, él soltó un alarido y se hundió por última vez, quedándose quieto, vibrando de placer.

Fueron segundos de puro silencio, interrumpidos solo por nuestras respiraciones agitadas. Él se retiró despacio y se dejó caer a un lado, agotado. Mariela, sin fuerzas ni para hablar, se lanzó sobre mí y escondió la cara en mi cuello. La rodeé con un brazo, sintiendo su corazón latir desbocado contra mis costillas.

***

Más tarde nos metimos los tres en el agua caliente de la bañera de hidromasaje que había en un rincón del cuarto. El contraste del calor con el cansancio de los músculos fue una gloria. Mariela se acomodó entre mis piernas, apoyando la espalda en mi pecho, y él nos pasó tres cervezas bien frías desde la pequeña nevera.

—Salud, Damián —dijo, brindando con la botella—. Te portaste como un grande. No cualquiera aguanta el ritmo de Mariela.

Ella soltó una risa, echando la cabeza atrás para mirarme.

—Es que en la maderera lo entrenaron bien para aguantar peso —bromeó, pasándome la mano por la rodilla bajo el agua—. Pero en serio, Damián, me sorprendiste.

—Mañana, cuando veas al viejo, te vas a acordar de esto y te vas a reír solo —agregó él—. Pero discreción total. Lo que pasa en el motel se queda en el motel.

Mariela se giró en el agua, quedando frente a mí, y bajó la voz.

—Don Aurelio no tiene por qué saber nada. Pero yo sí quiero saber cuándo tienes tu próxima tarde libre.

***

Aquella tarde en el motel fue solo el comienzo. Lo que empezó como una curiosidad se transformó en una costumbre de tres. Mariela me buscaba a la salida del taller, y él, lejos de molestarse, disfrutaba cada vez más de organizarlo todo. Con el tiempo se creó entre nosotros una complicidad rara, sin nervios, hecha de pura confianza y deseo compartido.

La cosa se frenó de golpe cuando a Mariela le diagnosticaron una enfermedad seria. Entonces decidimos cortar por lo sano para que ellos vivieran su vida con calma. Por suerte se recuperó del todo, pero nunca volvimos a vernos en un cuarto de motel.

La mecha, eso sí, ya estaba prendida. Aquellos meses me dejaron con hambre de más, y desde entonces no me quedé quieto: me metí de lleno en ese mundo de parejas liberales, llevando conmigo todo lo que aquella mujer y su hombre me enseñaron una tarde cualquiera, cuando todavía era apenas el muchacho que contaba tornillos detrás de un mostrador.

Ver todos los relatos de Maduras

Valora este relato

Comentarios(7)

RolandoNK

Que relato mas bueno, de verdad que me atrapo desde el principio. Sigue publicando!

Meli_cba

increible como esta escrito, se siente tan real. quede con ganas de mas

ClaroM

Excelente!!

LectorSur_77

Me recordo a algo que me paso hace años con una vecina... esas miradas que decian todo sin decir nada jaja. Muy bueno el relato, felicitaciones

Malena_SLP

Dios mio, me tuvo pegada hasta el final. Espero que haya segunda parte por favor!

NightReader_AR

De los mejores que lei en esta categoria, tiene algo diferente que te engancha. Saludos

TurnoNocturno

jaja el titulo ya me vendia todo, y el relato no defraudo. tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.