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Relatos Ardientes

A los cuarenta y cuatro quise un amante mucho más joven

Por fin libre a los cuarenta y cuatro. El divorcio me sentó bien, mejor de lo que jamás habría imaginado. Firmé los últimos papeles, me despedí de mi abogado con un apretón de manos y salí del edificio sintiéndome diez años más joven. Mi ex tiene que pasarme una pensión más que generosa: su sueldo se lo permite de sobra. Y, encima, me quedé con el departamento. No tuvimos hijos. Soy libre de hacer exactamente lo que se me antoje.

Estamos separados desde que conoció a otra. No quiero saber nada de ella, ni de él. Que se arreglen entre los dos. Yo me consuelo a mi manera: navegando por internet hasta tarde, con una copa de vino al lado y la casa en silencio. Encontré un montón de sitios que me interesaron. Entre otros, uno que vende juguetes para adultos. Me encapriché con unas bolas chinas y un consolador sencillo, nada del otro mundo, lo justo para mejorar mis placeres en soledad.

A decir verdad, desconfío tanto de los hombres que durante meses preferí satisfacer mis necesidades por mi cuenta. Nada de complicaciones, nada de promesas. Mi cama, mi consolador y mis fantasías. De momento, no me quejaba.

Una noche, husmeando entre los perfiles masculinos de una página de encuentros, me topé con un chico que me gustó muchísimo. Lo contacté por el chat. Me respondió enseguida. Conversamos un rato largo y algo en su forma de escribir, directa y a la vez tímida, me hizo desearlo de verdad. Justo entonces se cortó la conexión. Maldije en voz alta a la pantalla apagada.

No era posible que un crío me pusiera así con cuatro frases.

Esa misma noche me masturbé pensando en él. Lo imaginé encima de mí, sin prisa, descubriéndome como si yo fuera un territorio nuevo. Hacía mucho que no me acostaba con un hombre, y la fantasía me bastó para correrme varias veces seguidas. Al día siguiente lo volví a buscar y retomamos la charla donde la habíamos dejado. Todo parecía calcado a mi sueño de la víspera. Quedamos en vernos en un bar la noche siguiente.

Lo deseaba con tanta urgencia que terminé dándole directamente mi dirección. Estoy loca, pensé al apretar enviar. Soy una mujer en celo y ya no me importa disimularlo. Mañana a las diez de la noche.

***

El día se me hizo eterno. Esa breve conversación me había dejado encendida, con un cosquilleo permanente en el bajo vientre que exigía atención inmediata. Fui a mi habitación, me desnudé y me obligué a no tocarme. Preparé una cena rápida que apenas probé. Encendí la televisión y no entendí una sola escena.

Nada funcionaba. Volví a la cama. Esta vez me acaricié el clítoris despacio, con paciencia, para que el placer durara. Dejaba que la mano subiera hasta el ombligo y se detuviera un instante, justo antes de retomar el movimiento. La misma fantasía de siempre: que me lo metiera. Me corrí largo y tendido y, por fin, me quedé dormida.

Amanecí desnuda, enredada en las sábanas. Aproveché para tocarme otra vez, ahora con el consolador, y fue casi una decisión deliberada. Esta noche, me dije, voy a ser una mujer de verdad, una que se muere por que un chico joven la haga suya. Quería comportarme sin pudor. Me puse únicamente el vestido de botones por delante, sin nada debajo. Si me veía así, esperaba que se lanzara sobre mí; y si no entendía la indirecta, ya me encargaría yo de aclarársela. Sobre la mesa baja dejé una botella de un armañac viejo, otra de whisky y una de licor de avellanas.

Por fin sonó el timbre. Le abrí y me costó no abalanzarme sobre él en el umbral. Se llamaba Mateo y era más guapo todavía que en las fotos. En la sala eligió el armañac, igual que yo. Calentamos las copas con las manos, en silencio, sosteniéndonos la mirada.

—Pensé que te ibas a arrepentir —dijo, y la voz le tembló apenas.

—Yo nunca me arrepiento de nada —contesté.

Me senté a su lado. Lo deseaba que me besara primero, que fuera él quien diera el primer paso, aunque por dentro yo ya estaba derretida. Le miré los labios con descaro. Entendió el mensaje. Se inclinó y me besó, y nuestras lenguas se encontraron en un vaivén lento que me erizó la piel. Me aferré a su nuca.

Tomó la iniciativa. Una mano fue a mi hombro, después bajó hasta mi pecho. Empezó a apretar con demasiada fuerza, como si tuviera miedo de que me escapara.

—Suave —le susurré—. No hace falta que aprietes tanto. Así me haces daño.

Se sonrojó hasta las orejas. Era evidente que ninguna de sus chicas anteriores se había atrevido a corregirlo. Aprendió rápido. Sus caricias se volvieron justas, deliciosas. Desabrochó otro botón y me dejó el pecho al descubierto. Besó mis pezones con avidez, esta vez controlando la fuerza, y yo ya estaba completamente mojada.

Bajó una mano hasta mi rodilla y se quedó ahí, dudando, esperando un permiso que yo no pensaba negarle. Avanzó hacia el interior de mi muslo. Lo dejé hacer. Cuando lo sentí decidido, me tocó el turno de tomar las riendas. Bajo la tela del pantalón se marcaba un bulto que tomé entero con la mano. Le solté el cinturón y lo liberé.

Lo acaricié como sé hacerlo, con la calma de quien tiene tiempo. Él, en cambio, cuando intentó devolverme el favor, no encontraba el punto exacto. Tuve que guiarle los dedos hasta el lugar preciso.

No es virgen, me dije, pero le falta práctica. Le falta una mujer que le enseñe.

Esta vez sí. Me acarició como es debido, atento a cada gesto mío, hasta que me hizo correr de verdad. Quedó tan orgulloso de sí mismo que tuvo que preguntar:

—¿Te gustó? ¿Estuvo bien?

—Estuvo muy bien —reí—. Sigue así.

***

Me quitó el vestido. Con tan pocos botones, no fue ninguna proeza. Desnuda frente a él, me dejé mirar sin un gramo de vergüenza, girando despacio para que me viera entera. Mi cuerpo no había cambiado tanto desde los veinte, y por su cara entendí que él no se esperaba algo así. Que una mujer de mi edad lo recibiera de ese modo lo dejó sin palabras.

Lo que no se imaginaba era lo que venía después. Me arrodillé a sus pies y lo tomé en la boca. Primero lamí la punta, despacio, antes de tomarlo casi entero. Iba y venía a mi ritmo. A su edad volvía a endurecerse en cuestión de segundos. Se reclinó contra el respaldo del sofá con los ojos cerrados, entregado a mis caricias. Cuando se corrió ni siquiera tuvo tiempo de avisarme. Por suerte, eso a mí no me molesta en absoluto.

Volví a sentarme a su lado, todavía con el sabor de él en la boca.

—Ahora tú —le dije.

Sin discutir, se puso de rodillas. Abrí las piernas y dejé que lo viera todo. Le tomé la cabeza y lo guie, indicándole cada paso con la mano y con la voz. Lo llevé despacio hasta donde yo quería. Tenía que aprender a tomarse su tiempo, a no apurar. Y cuando por fin dio con mi clítoris y lo lamió como correspondía, me corrí de nuevo, una y otra vez, mientras él creía que apenas estaba empezando.

Cuando se incorporó estaba más duro que la primera vez.

—¿Te gustó lo que hicimos? —pregunté.

No respondió. Me besó, y esa fue toda la respuesta que necesitaba.

Pasamos a mi habitación. Tumbado en la cama, volvió a besarme por todas partes. Yo lo tomé otra vez con la mano, como si fuera a empezar de nuevo, pero él me detuvo. Esta vez sabía bien lo que quería. Abrí las piernas y lo invité a entrar. Lo hizo despacio, demasiado despacio para mi gusto, así que lo dejé marcar el paso y me reservé para el final.

Los embates se fueron acelerando a medida que se acercaba su placer. Yo estaba a punto, justo a punto, cuando lo sentí estallar muy adentro de mí. Llegué apenas un instante después.

—Creo que eres el primero que me hace terminar así —le mentí un poco, solo para verlo sonreír.

Funcionó. Se le iluminó la cara como a un chico al que le regalan algo que no esperaba.

***

Me ocupé de ponerlo duro otra vez en un suspiro. Le enseñé, sin pudor, cómo me gusta tocarme a mí misma. Era la primera mujer que veía darse placer delante de él, y no podía apartar la vista. Cuando miré hacia abajo, ya estaba listo de nuevo.

—Esta vez te quiero en otra parte —le dije al oído.

Me puse a cuatro patas y lo guie. Confesó, con un hilo de voz, que nunca lo había hecho así con nadie. Lo frené antes de que se entusiasmara: muy despacio, al menos al principio. Obedeció como un alumno aplicado, entrando apenas, conteniéndose. En el momento justo fui yo quien empujó hacia atrás. Lo tomé entero. A partir de ahí me embistió con un ritmo que me hizo perder la cabeza. Me corrí como loca, sintiéndolo más profundo con cada espasmo. Él tardó en llegar, lo cual me venía de maravilla: estaba recuperando todos los meses perdidos.

Cuando estuvo a punto, quise verlo terminar con mis propios ojos. Esta vez no tuve que explicarle nada. Ya sabía lo que yo quería. Lo tomé en la mano, le bajé y le subí la piel muy despacio, tal como había aprendido que le gustaba. Él, a su vez, me devolvía la caricia con una destreza que dos horas antes no tenía. Lo sentí tensarse entero, y observé con una calma casi científica cómo lo invadía el placer hasta el último temblor.

Se acabó. Por un momento dijo que quería volver a su casa, pero yo no tenía ninguna intención de pasar la noche sola, no esa noche.

—Quédate —le pedí, y no era una pregunta.

Se quedó. Lo hicimos varias veces más, hasta que la luz gris del amanecer empezó a colarse por las cortinas. Para entonces ya lo tenía decidido. Esto va en serio: ahora tengo un amante mucho más joven que yo, paciente, dócil y con una resistencia que ningún hombre de mi edad podría igualar. Pienso aprovecharlo. Pienso dejarlo seco cada vez que venga a verme. Y, a juzgar por cómo me miraba al irse, él pensaba volver muy pronto.

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Comentarios(6)

SolMar87

Que bueno, me alegra encontrar relatos así con tanto carácter. Excelente!!

Ramiro1987

El titulo ya me atrapó desde el principio. Y el relato no decepciono para nada, quede con ganas de saber como termino todo entre los dos

NoraLectora_

Me rei con el detalle del vestido... hay ciertas señales que no necesitan explicacion jajaja. Muy bien escrito

BeatrizSurOk

Que historia tan bien contada, con ganas de mas!!

LectorCurioso_44

Lo mejor es esa seguridad que transmite la protagonista desde el principio. Nada de dudas ni culpa, solo decision. Me gusto mucho el enfoque

Javi_cordobes

buenisimo!!! sigan subiendo relatos asi

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